miércoles, 7 de febrero de 2024

“Recorrió toda la Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando demonios”


 

(Domingo V - TO - Ciclo B – 2024)

         “Recorrió toda la Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando demonios” (Mc 1, 29-39). En el párrafo del Evangelio de hoy, se destacan dos actividades de Nuestro Señor Jesucristo, desde el inicio del párrafo hasta el final; son solamente dos actividades, y lo que llama la atención es que el Evangelio las resalta a lo largo de toda la narración. Estas dos únicas actividades de Nuestro Señor y que el Evangelio repite desde el principio al fin, son: curar enfermos y expulsar demonios. Comienza con una primera curación personal, la suegra de Pedro, que estaba con fiebre y en cama, es la primera mención; luego sigue una segunda mención: “cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados (…) Curó a muchos enfermos y expulsó muchos demonios”; finaliza con una tercera mención, haciendo referencia implícita a la de curar enfermos, agregando la de la predicación y continuando con la de expulsar demonios: “Recorrió toda la Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando demonios”. Es llamativa la insistencia del Evangelista, quien insiste en remarcar estas dos actividades de Jesús, dejando en un segundo plano otras que podrían considerarse más importantes, como la predicación de la Buena Noticia, a la que agrega al final, o la realización de milagros portentosos, como la resucitación de muertos, o el perdón de los pecados, como sucede en otros pasajes de la Escritura.

Entonces, el Evangelista se detiene principalmente en estas dos actividades de Jesús: la curación de las enfermedades y la expulsión de demonios. La razón puede deberse a que precisamente la enfermedad -junto con el dolor y la muerte que suelen acompañarla-, más la actividad demoníaca que perturba al hombre, son las consecuencias más directas de la Caída Original de Adán y Eva, luego del Pecado Original. La Escritura dice: “Dios no creó la muerte; la muerte entró por la envidia del Diablo”[1], el Diablo, el Tentador, quien, por medio de la seducción y la tentación, hace perder la gracia santificante y la amistad con Dios a Adán y Eva y con ellos a toda la humanidad y a partir de allí, la humanidad experimenta la enfermedad, el dolor, la muerte, además de la constante acechanza perversa del Demonio que busca arrastrar al hombre caído a los abismos del Infierno.

         Como la enfermedad -el dolor, la muerte- y la perturbación demoníaca -percibida o no percibida- son las consecuencias más notables, por así decir, percibidas por el hombre, Jesús se dedica a contrarrestarlas, curando las enfermedades y realizando exorcismos, como medio de preparación para la recepción de la gracia, es decir, la curación de enfermedades y la expulsión de demonios no son la Buena Noticia, sino los prolegómenos de la misma, son los que preparan el camino para recibir la gracia.

         La enfermedad entonces tiene un origen preternatural, como vimos, porque se origina en la actividad demoníaca sobre Adán y Eva, lo cual no quiere decir que todo enfermo sea un poseso, eso sería un absurdo. Pero sí se debe tener en cuenta que el origen está en el Pecado Original. También el origen de muchos males de la humanidad está en la actividad demoníaca, que actúa sobre los hombres, seduciéndolos y conduciéndolos al mal. En nuestros días, el mayor triunfo del Demonio es hacer creer que no existe, pero no es eso lo que nos dicen Nuestro Señor y los santos. Santa Verónica Giuliani describe así una experiencia mística que tuvo cuando, en vida terrena, fue llevada al Infierno para que diera testimonio de su existencia. Dice así la santa: “En un momento, me encontré en un lugar oscuro, profundo y pestilente; escuché voces de toros, rebuznos de burros, rugidos de leones, silbidos de serpientes, confusiones de voces espantosas y truenos grandes que me dieron terror y me asustaron. También vi relámpagos de fuego y humo denso. ¡Despacio! que todavía esto no es nada. Me pareció ver una gran montaña como formada toda por mantas de víboras, serpientes y basiliscos entrelazados en cantidades infinitas; no se distinguía uno de las otras. Se escuchaba por debajo de ellos maldiciones y voces espantosas. Me volví a mis Ángeles y les pregunté qué eran aquellas voces; y me dijeron que eran voces de las almas que serían atormentadas por mucho tiempo, y que dicho lugar era el más frío. En efecto, se abrió enseguida aquel gran monte, ¡y me pareció verlo todo lleno de almas y demonios! ¡En gran número! Estaban aquellas almas pegadas como si fueran una sola cosa y los demonios las tenían bien atadas a ellos con cadenas de fuego, que almas y demonios son una cosa misma, y cada alma tiene encima tantos demonios que apenas se distinguía. El modo en que las vi no puedo describirlo; sólo lo he descrito así para hacerme entender, pero no es nada comparado con lo que es. Fui transportada a otro monte, donde estaban toros y caballos desenfrenados los cuales parecía que se estuvieran mordiendo como perros enojados. A estos animales les salía fuego de los ojos, de la boca y de la nariz; sus dientes parecían agudísimas espadas afiladas que después reducían a pedazos todo aquello que les entraba por la boca; incluso aquellos que mordían y devoraban las almas. ¡Qué alaridos y qué terror se sentía! No se detenían nunca, fue cuando entendí que permanecían siempre así. Vi después otros montes más despiadados; pero es imposible describirlos, la mente humana no podría nunca nuca comprender. En medio de este lugar, vi un trono altísimo, larguísimo, horrible ¡y compuesto por demonios! Más espantoso que el infierno, ¡y en medio de ellos había una silla formada por demonios, los jefes y el principal! Ahí es donde se sienta Lucifer, espantoso, horroroso. ¡Oh Dios! ¡Qué figura tan horrenda! Sobrepasa la fealdad de todos los otros demonios; parecía que tuviera una capa formada de cien capas, y que ésta se encontrara llena de picos bien largos, en la cima de cada una tenía un ojo, grande como el lomo de un buey, y mandaba saetas ardientes que quemaban todo el infierno. Y con todo que es un lugar tan grande y con tantos millones y millones de almas y de demonios, todos ven esta mirada, todos padecen tormentos sobre tormentos del mismo Lucifer. Él los ve a todos y todos lo ven a él. Aquí, mis Ángeles me hicieron entender que, como en el Paraíso, la vista de Dios, cara a cara, vuelve bienaventurados y contentos a todos alrededor, así en el infierno, la fea cara de Lucifer, de este monstruo infernal, es tormento para todas las almas. Ven todas, cara a cara el Enemigo de Dios; y habiendo para siempre perdido Dios, y no tenerlo nunca, nunca más podrán gozarlo en forma plena. Lucifer lo tiene en sí, y de él se desprende de modo que todos los condenados participan de ello. Él blasfema y todos blasfeman; él maldice y todos maldicen; él atormenta y todos atormentan. - ¿Y por cuánto será esto?, pregunté a mis Ángeles. Ellos me respondieron: - Para siempre, por toda la eternidad. ¡Oh Dios! No puedo decir nada de aquello que he visto y entendido; con palabras no se dice nada. Aquí, enseguida, me hicieron ver el cojín donde estaba sentado Lucifer, donde eso está apoyado en el trono. Era el alma de Judas. Y bajo sus pies había otro cojín bien grande, todo desgarrado y marcado. Me hicieron entender que estas almas eran almas de religiosos; abriéndose el trono, me pareció ver entre aquellos demonios que estaban debajo de la silla una gran cantidad de almas. Y entonces pregunte a mis Ángeles: - ¿Y estos quiénes son? Y ellos me dijeron que eran Prelados, Jefes de Iglesia y de Superiores de Religión. ¡Oh Dios!!!! Cada alma sufre en un momento todo aquello que sufren las almas de los otros condenados; me pareció comprender que ¡mi visita fue un tormento para todos los demonios y todas las almas del infierno! Venían conmigo mis Ángeles, pero de incógnito estaba conmigo mi querida Mamá, María Santísima, porque sin Ella me hubiera muerto del susto. No digo más, no puedo decir nada. Todo aquello que he dicho es nada, todo aquello que he escuchado decir a los predicadores es nada. El infierno no se entiende, ni tampoco se podrá aprender la acerbidad de sus penas y sus tormentos. Esta visión me ha ayudado mucho, me hizo decidir de verdad a despegarme de todo y a hacer mis obras con más perfección, sin ser descuidada. En el infierno hay lugar para todos, y estará el mío si no cambio vida. ¡Sea todo a gloria de Dios, según la voluntad de Dios, por Dios y con Dios!”[2]. De esto se deduce porqué el Evangelista se detiene en el relato de los exorcismos de Jesús y porqué Jesús realiza exorcismos y porqué nos advierte acerca del peligro mortal que implica para nuestras almas no obedecer la Ley de Dios, porque quien no ama y cumple la Ley de Dios, tiene ya puesto un pie en el Abismo en donde no hay Redención, el Infierno.

 

jueves, 1 de febrero de 2024

“Convertíos y creed en el Evangelio”

 


(Domingo III - TO - Ciclo B – 2024)

          “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 14-20). ¿Qué significan estas dos acciones, “convertirse” y “creer en el Evangelio”?

          “Convertirse”, quiere decir llamar a las cosas por su nombre, o también, llamar a las cosas tal como son en su ser, en su esencia y no según como el hombre en pecado las ve. Es decir, las cosas, en su ser, tienen un nombre que las define y las define en el bien o en el mal, sin posibilidad de que exista un intermedio o una posición neutral o indiferente. El hombre que no conoce ni teme a Dios, o peor todavía, el hombre tibio, el hombre que alguna vez conoció a Dios pero decidió darle la espalda en su existencia, para su vida diaria, nombra a las cosas no según el ser de las cosas, no según la esencia de las cosas, sino según cómo él, el hombre, con su corazón perverso y contaminado con el pecado, las ve. Porque sin el auxilio divino, sin el auxilio de la gracia, el hombre se sumerge en la oscuridad de su propia razón y con esa oscuridad, con esa luz oscura que es su razón sin la gracia santificante, ilumina, por así decirlo, con esta luz oscura -paradójicamente- las cosas, la existencia, y así invierte toda su cosmovisión, creándose un mundo invertido, un mundo oscuro y siniestro, un mundo sin luz, que es contrario al mundo luminoso en el que viviría de continuo si, en vez de dar las espaldas a Dios se convirtiera a Dios, es decir, si volviera hacia Dios, de rodillas ante Cristo crucificado, con un corazón contrito y humillado, lleno de piedad, de fe, de humildad y de amor, para así recibir de Él, de su Sagrado Corazón la luz de su gracia y con la luz de la gracia divina sería capaz de llamar a las cosas por su nombre, empezando por él mismo y así su cosmovisión, su mundo, sería no un mundo de tinieblas, sino un mundo iluminado con la luz y el Amor Divinos.

Convertirse entonces significa llamar a las cosas por su nombre y no según las pasiones depravadas del hombre sin Dios: así, la fornicación sería lo que es, el tener relaciones sexuales fuera del matrimonio con cualquier persona y no como el mundo progresista y liberal lo presenta, una forma “normal” de relación entre los seres humanos; la “pareja” sería lo que es, una unión sumamente débil, que jamás puede ser equiparada al matrimonio, porque carece justamente de lo que posee el matrimonio, la santidad, la sacralidad de Cristo y el sello de su Sangre que une a las almas en el Divino Amor y por eso hace de las dos almas una sola, unidas en el Amor de Cristo; el amor esponsal derivado del sacramento del matrimonio jamás sería considerado en igualdad de condiciones con el concubinato, es decir, la relación marital de dos personas sin estar casadas; la conversión permite apreciar la hermosura de la pureza de cuerpo y alma y permite al mismo tiempo aborrecer la impureza del cuerpo, pecado al que incita Asmodeo, Demonio de la lujuria, y también hace aborrecer la impureza del alma, la herejía, el error en la fe, que es la abominación de la desolación y un pecado peor que la brujería y la hechicería. Con estos ejemplos, podríamos seguir hasta el infinito, el amor verdadero al Dios verdadero se demostraría en la adoración a la Santa Cruz y a Jesús Eucaristía y no en la idolatría, en la adoración de ídolos paganos como la Pachamama, la Santa Muerte o el Gauchito Gil; no habría olvido de los progenitores y desamor hacia ellos, para llevar una vida de comodidad y desatención, sino un amor sincero, filial, que brota del corazón agradecido por ser ellos quienes nos dieron la vida, más allá de los errores que en algún momento pudieran haber cometido.

Convertirse quiere decir entonces llamar a las cosas según la ley de Dios y no según las pasiones malsanas y depravadas del corazón humano, corazón infectado por el pecado original y por lo tanto inclinado al mal y a la concupiscencia.

Por último, ¿qué quiere decir “creer en el Evangelio”? “Evangelio” significa en griego “Buena Noticia”, entonces nos preguntamos de qué “Buena Noticia” se trata: es la “Buena Noticia” de la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno del Padre, encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth en el seno santísimo de la Madre de Dios, María Santísima, por obra del Espíritu Santo, para redimirnos, para salvarnos del pecado, de la muerte, del demonio, de la segunda muerte, es decir, del infierno, y para concedernos la participación en su filiación divina por medio de la gracia santificante, para que al final de nuestro transcurrir por nuestro paso en la tierra, seamos llevados al Reino de los cielos. Pero para eso, es necesaria previamente la conversión; de ahí que no se casual el orden de las dos acciones: primero la conversión, preparando así el alma para la acción de la gracia santificante y luego el creer en el Evangelio, para que la gracia santificante nos conduzca, en medio del peregrinar por el desierto, las tentaciones y las tribulaciones de esta vida, por medio de la Santa Cruz, al Reino de Dios.

“Salieron a predicar la conversión, a expulsar demonios y curar enfermos”

 


“Salieron a predicar la conversión, a expulsar demonios y curar enfermos” (Mc 6, 7-13). Jesús reúne a los Doce Apóstoles y los envía a misionar con un triple encargo: predicar la conversión, a expulsar demonios y curar enfermos. Los encargos que da Jesús no son al azar ni por casualidad: se trata de las tres grandes heridas que posee la humanidad luego de la caída de Adán y Eva en el pecado original. Por la pérdida de la gracia, han vuelto la espalda a Dios y no siguen su Ley, sino la ley depravada de sus pasiones sin el control ni de la razón y mucho menos de la gracia, de ahí la necesidad de la conversión del corazón a Dios, con la ayuda de la gracia, para que el hombre regrese a la unión primigenia con su Creador. Les concede el poder de expulsar demonios, porque antes de Adán y Eva, quienes perdieron la gracia y fueron expulsados de la Presencia de Dios fueron el Demonio y sus ángeles apóstatas, quienes desde entonces vagan por la tierra acechando a los hombres, ocultándose detrás de ídolos paganos, detrás de ideologías materialistas y ateas como el liberalismo, el comunismo, el marxismo, el ateísmo, para poder así apresarlos bajo sus garras y precipitarlos al infierno al final de la vida terrena; de ahí también la necesidad de que los Apóstoles posean el poder de exorcizar demonios, el poder de expulsar demonios de los cuerpos de los hombres, para que el hombre no caiga en el engaño de Satanás de hacerle creer que no existe, para que el hombre se dé cuenta de que Satanás existe, que es un Ángel que odia a Dios y a los hombres y cuyo mayor deseo es que se pierdan en el Infierno la mayor cantidad posible de almas. Por último, Jesús les concede el poder de curar enfermos, porque la enfermedad, el dolor y la muerte, son la consecuencia de la pérdida de la gracia santificante por el pecado original y la curación de las enfermedades constituyen una figura de la curación del alma por medio de la gracia y el inicio de una vida nueva, así como el enfermo que al curarse inicia una vida nueva, así el cristiano que recibe la curación corporal inicia una vida nueva, esto es figura de la vida nueva de la gracia que confieren los sacramentos, sobre todo la Eucaristía y la Penitencia.

“Salieron a predicar la conversión, a expulsar demonios y curar enfermos”. Desde los tiempos en que Jesús envió a sus Apóstoles a predicar la conversión, a expulsar demonios y a curar enfermedades, nada ha cambiado; por el contrario, todo ha ido a peor: el mundo rechaza cada vez más la conversión al Dios verdadero, Jesucristo; el demonio y sus ángeles apóstatas se muestran cada vez más explícitamente a través de medios de comunicación masiva y a través de iglesias dedicadas a su adoración y así innumerables almas se pierden para siempre y las pestes, paradójicamente, creadas muchas de ellas por la ciencia, provocan estragos entre la humanidad. Hoy más que nunca es necesario entonces elevar los ojos a Cristo crucificado para implorar nuestra conversión, la protección contra las acechanzas del Príncipe de las tinieblas y la sanación de todo tipo de enfermedades provocadas por seres humanos sin escrúpulos.

miércoles, 31 de enero de 2024

“Sé quién eres, el Santo de Dios”



 (Domingo IV - TO - Ciclo B – 2024)

          “Sé quién eres, el Santo de Dios” (Mc 1, 21-28). Mientras Jesús está enseñando el día sábado en la sinagoga de la ciudad de Cafarnaúm, un hombre, que estaba poseído por un demonio, interrumpe la enseñanza de Jesús y comienza a gritar, gritando: “¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús, con toda calma y con su autoridad divina, lo increpa y le da autoritativamente al demonio dos órdenes: que se calle y que salga del cuerpo del hombre endemoniado. En otras palabras, Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, hace un exorcismo, mientras hace una pausa en su enseñanza divina.

          El Evangelio nos deja muchas enseñanzas. Por un lado, el carácter divino, sobrenatural, celestial, del Hombre-Dios Jesucristo, puesto que solo siendo Dios puede expulsar a un demonio que ha tomado posesión del cuerpo de un ser humano. En otras palabras, si Jesús fuera solo un hombre, como sostienen los evangelistas, los musulmanes, los judíos y todas las sectas, no sería capaz de expulsar demonios, porque no tendría fuerza suficiente, ya que la naturaleza angélica, aunque sea demoníaca, sin la gracia santificante, es inmensamente superior a la naturaleza humana.

          Otra enseñanza que nos deja el Evangelio es el carácter sobrenatural de las palabras de Jesús, es decir, su doctrina, que proviene del Intelecto del Padre, puesto que Él es la Sabiduría del Padre, Él es el Verbo del Padre, en Él el Padre se auto-expresa y se auto-revela; toda la sabiduría infinita, celestial, divina y eterna que posee el Padre, es expresada y revelada por Jesucristo y esto es percibido por los asistentes a la sinagoga, quienes quedan perplejos ante el esplendor y la majestad de la revelación celestial del Hombre-Dios Jesucristo, revelación que se distingue netamente de la retórica a menudo vacía y sin autoridad de los rabinos hebreos, tal como los mismos hebreos lo dicen en la sinagoga.

          Otra enseñanza que nos deja, es la realidad de la existencia de los demonios, de los ángeles caídos y por lo tanto del Infierno, el cual es un lugar creado por Dios para Satanás y los ángeles rebeldes y también para los hombres impenitentes; el Infierno es real, existe y dura para siempre, no está vacío, es inmensamente grande y hay lugar, si se diera la oportunidad, para toda la humanidad y para todos los ángeles creados y por crear.

          La existencia del Infierno es un dogma de fe, revelado por Nuestro Señor Jesucristo y quien lo pone en duda, ofende a Nuestro Señor, tachándolo de embustero o fabulador, además de atentar contra el Magisterio de la Iglesia. Solo por dar un ejemplo, citamos una visión del Infierno de una santa de la Iglesia Católica: ““La entrada me parecía un callejón largo y estrecho, como un horno muy bajo, oscuro y angosto; el suelo, un lodo de suciedad y de un olor a alcantarilla en la que había una gran cantidad de reptiles repugnantes. En la pared del fondo había una cavidad como de un armario pequeño encastrado en el muro, donde me sentí encerrar en un espacio muy estrecho. Pero todo esto era un espectáculo agradable en comparación con lo que tuve que sufrir” […].

“Lo que estoy a punto de decir, sin embargo, me parece que no se pueda ni siquiera describirlo ni entenderlo: sentía en el alma un fuego de tal violencia que no se como poderlo referir; el cuerpo estaba atormentado por intolerables dolores que, incluso habiendo sufrido en esta vida algunos graves […] todo es incomparable con lo que sufrí allí entonces, sobre todo al pensar que estos tormentos no terminarían nunca y no darían tregua”.
[…].

“Estaba en un lugar pestilente, sin esperanza alguna de consuelo, sin la posibilidad de sentarme y extender los miembros, encerrada como estaba en esa especie de hueco en el muro. Las misas paredes, horribles a la vista, se me venían encima como sofocándome. No había luz, sino unas tinieblas densísimas” […].

“Pero a continuación tuve una visión de cosas espantosas, entre ellas el castigo de algunos vicios. Al verlos, me parecían mucho más terribles […]. Oír hablar del infierno no es nada, como tampoco el hecho de que haya meditado algunas veces sobre los distintos tormentos que procura (aunque pocas veces, pues la vía del temor no está hecha para mi alma) y con las que los demonios torturan a los condenados y sobre otros que he leído en los libros; no es nada, repito, frente a esta pena, es una cosa bien distinta. Es la misma diferencia que hay entre un retrato y la realidad; quemarse en nuestro fuego es bien poca cosa frente al tormento del fuego infernal. Me quedé espantada y lo sigo estando ahora mientras escribo, a pesar de que hayan pasado casi seis años, hasta el punto de sentirme helar de terror aquí mismo, donde estoy” […].

“Esta visión me procuró también una grandísima pena ante el pensamiento de las muchas almas que se condenan (especialmente las de los luteranos que por el bautismo eran ya miembros de la Iglesia) y un vivo impulso de serles útil, estando, creo, fuera de dudas de que, por liberar a una sola de aquellos tremendos tormentos, estaría dispuesta a afrontar mil muertes de buen grado” […]”.

          Una última enseñanza que nos deja el Evangelio es el reconocimiento que el demonio hace de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, ya que le dice: “Sé quién eres: el Santo de Dios”. Si bien los demonios están cegados a la divinidad y no pueden contemplar a Dios por haber perdido la gracia, no pueden contemplar a la Persona Segunda de la Trinidad en Cristo Jesús, pero como son muy inteligentes, deducen, con toda claridad, que Cristo es Dios y no puede no ser Dios, porque solo Dios puede hacer los milagros que Cristo hace: los demonios ven a Cristo hacer milagros que solo la omnipotencia divina puede hacer: resucitar muertos, curar enfermedades incurables, multiplicar panes y peces, leer los corazones, perdonar los pecados. Los demonios deducen, con toda claridad, que Jesús es Dios y por eso, a su pesar, confiesan que Él es Dios. Y esto es una enseñanza para los católicos, para la inmensa mayoría de los católicos que, habiendo tomado una postura contraria al Magisterio, a las Escrituras y a la Tradición, niegan la condición divina de Nuestro Señor Jesucristo, con lo cual niegan también la condición divina de la Sagrada Eucaristía, es decir, si niegan que Cristo es Dios, niegan que la Eucaristía sea el mismo Cristo Dios oculto en las apariencias de pan y vino.

          Si bien los demonios mienten por esencia, en este caso, dicen la verdad: Cristo es Dios, por esto mismo, el Demonio exorcizado por Cristo nos deja esta enseñanza y es lo que debemos repetir y decir a Jesús en la Eucaristía: “Jesús Eucaristía, ya sé quién eres: el Santo Dios”.

miércoles, 17 de enero de 2024

“Éste es el Cordero de Dios”

 



(Domingo II - TO - Ciclo B – 2024)

          “Éste es el Cordero de Dios” (Jn 1, 35-42). El Evangelio narra que, estando Juan el Bautista con dos de sus discípulos, al ver pasar a Jesús caminando cerca de ellos, lo señala y les dice: “Éste es el Cordero de Dios”. En esta frase, en este nombre dado por Juan el Bautista a Jesús de Nazareth, se esconde a la vez que se revela, el secreto sobrenatural y eterno, escondido desde toda la eternidad, que ahora en Juan se revela a los hombres: Jesús de Nazareth, quien a los ojos de los hombres era nada más que “el hijo del carpintero”, “el hijo de María”, “uno de nosotros”, uno que “se había criado en el pueblo”, era nada menos que el Cordero del Sacrificio Divino, Sacrificio Redentor, Sacrificio Celestial, el Cordero no originado entre las reses de animales humanos, sino en el seno del Padre Eterno, porque Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Invisible, que se encarna en el seno purísimo de María Santísima para que la Virgen le tejiera, con su substancia maternal, un cuerpo, formado de órganos, de huesos, de sangre -sobre todo de sangre, de sangre preciosísima-, que no solo haría visible al Dios Invisible, sino que lo haría capaz de ser sensible, es decir, de sufrir, de padecer, para así poder sufrir la Pasión, para que una vez que cargara sobre sí los pecados de los hombres,  los llevara consigo por el Camino Real de la Cruz, para lavarlos con su Sangre Preciosísima, derramada en el Calvario.

          Los otros corderos del sacrificio, ofrecidos en el templo hasta Jesús, eran solo figura del Verdadero Cordero y obviamente, al ser simplemente animales, eran absolutamente incapaces de reparar los pecados de los hombres, pecados que ofenden infinitamente a la Justicia Divina; mucho menos eran capaces de vencer a la Bestia del Abismo, el Ángel caído, el Ángel soberbio, el Padre de la mentira, el Orgullo en sí mismo, Satanás, la Antigua Serpiente y a todo el Infierno, a todos los príncipes y potestades malignas que lo siguieron en su irracional y absurda rebelión contra la Santísima Trinidad; tampoco la sangre de los corderos animales podía vencer a la muerte, justo castigo recibido por Adán y Eva al cometer el pecado original y transmitido a toda la especie humana desde entonces. Mucho menos era el sacrificio de los corderos animales capaz de conceder la participación en la filiación divina por medio de la gracia santificante, concediendo la filiación divina a quienes la reciban con piedad, con fe y con amor. Todo esto, todo el sacrificio de los corderos que era realizado en figura por los hebreos en el templo, es ahora realizado en la realidad por el Verdadero y Único Cordero del Sacrificio, Jesús de Nazareth, a quien justamente Juan el Bautista le da el nombre no dado por nadie hasta entonces: “Éste el Cordero de Dios”.

          “Éste el Cordero de Dios”. Imitando a Juan el Bautista, la Santa Iglesia, al contemplar a la Santa Eucaristía, elevado en lo alto luego de la consagración eucarística, luego de pronunciadas las palabras de la transubstanciación, repite, junto con el Bautista, las mismas palabras que él le dirigía a Jesús, dirigiéndolas a la Eucaristía: “Éste el Cordero de Dios”. Y, al igual que el Bautista, la Iglesia se inclina, con la frente hasta el suelo, para adorar al Cordero de Dios, Cristo Jesús.


sábado, 6 de enero de 2024

Epifanía del Señor



(Ciclo B – 2024)

          Luego del Nacimiento en Nochebuena y luego de la Solemnidad de la Sagrada Familia, la Iglesia Católica celebra otra fiesta litúrgica, la Fiesta de los Reyes Magos, en la cual se conmemora la visita de unos sabios de Oriente quienes, guiados milagrosamente por la Estrella de Belén, acudieron a presentar sus homenajes y sus dones al Salvador de los hombres, Aquel a quien el Espíritu Santo les había señalado que encontrarían recostado en un pesebre, envuelto en pañales, en los brazos de la Virgen Madre. Los Reyes Magos, hombres sabios y piadosos, aunque paganos, habían recibido la gracia divina de parte del Espíritu Santo, de conocer y amar al Redentor de los hombres, de saber que venía en su Primera Venida como un Niño pequeño, indefenso, pero que ese Niño pequeño e indefenso era Dios y que estaba destinado, cuando fuera adulto, a ofrecerse en el Ara Santa de la Cruz, como sacrificio expiatorio para la salvación de los hombres.

          La visita de los Reyes Magos no es, ni remotamente, una leyenda, ni la guía de la Estrella de Belén una piadosa fábula: son relatos de real y auténtica historia, dirigidas por el Señor de la Historia, Nuestro Señor Jesucristo, que de esta manera hacía conocer a los pueblos paganos la maravillosa y extraordinaria historia de la salvación de los hombres, historia que iniciaba con la Encarnación del Verbo en las entrañas purísimas de la Virgen y Madre de Dios, continuaba con su Nacimiento virginal y milagroso y proseguía ahora con su manifestación o Epifanía -manifestación gloriosa- ante los ojos de los paganos-, para que estos dieran testimonio ante sus respectivos pueblos de que la salvación venía de Israel, venía en forma de un Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, para que los hombres, hechos Dios por la gracia, fueran conducidos como niños al Reino de los cielos.

          Puesto que los Reyes Magos habían sido advertidos por el Espíritu Santo de que el Niño de Belén era el “Emanuel”, esto es, “Dios con nosotros”, traían presentes para el Niño, dignos de un Dios: oro, incienso y mirra: oro, para adorar su divinidad; incienso, para indicar la oración que al Niño Dios se le debe tributar, día y noche, en cuanto Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios; mirra, para indicar su Humanidad Santísima y Purísima, sin rastro alguno, no ya de pecado, sino ni siquiera de ninguna imperfección.

          Éste es entonces el origen piadoso de la hermosa fiesta de los Reyes Magos que la Santa Iglesia Católica tributa a su Rey, el Niño Dios. Hagamos el propósito, no de pedir regalos, sino de ofrecer nosotros, tributos espirituales a nuestro Dios, a imitación de los Reyes Magos: en vez de oro, la adoración de nuestros corazones a su divinidad, que le corresponde en cuanto es Dios Hijo; la oración incesante, día y noche, que le corresponde en cuanto es el Hombre-Dios, nuestro Redentor y Salvador; y mirra, la intención, al menos, con la ayuda de la gracia, de conservar la pureza de cuerpo y alma que Él merece, para así recibirlo, con todo el amor posible, en la Comunión sacramental.

 

viernes, 29 de diciembre de 2023

Solemnidad de la Sagrada Familia

 



(Ciclo B – 2024)

         La Iglesia celebra la Solemnidad de la Sagrada Familia luego de la Natividad del Niño Dios precisamente porque lo que constituye a la familia, o lo que hace que el matrimonio o unión esponsal se convierta en familia, es la aparición del fruto del amor de los esposos, los hijos. En este caso, sabemos que, si bien exteriormente la Sagrada Familia aparece, cuando se la contempla por fuera, como una familia más entre tantas -la Madre-mujer, el esposo-varón y el hijo-Niño-, se trata sin embargo de una familia especial, una Familia Sagrada, puesto que San José es Padre Adoptivo de Jesús, ya que el Padre de Jesús es Dios Padre; la Virgen es Madre de su Humanidad, nacida en el tiempo, ya que Jesús es Dios Hijo desde la eternidad; y el Niño es Hijo de Dios Padre que procede desde su seno, por el Espíritu Santo, desde toda la eternidad. Entonces, aunque por fuera parece una familia más -la madre-mujer, el papá-varón, el hijo-, al contemplarla a la luz de la fe, se contempla con admiración que la Sagrada Familia de Nazareth es Santa porque en ella todo es sagrado: es sagrado el Hijo, porque es la Santidad Increada; es sagrada la Madre, porque es la Madre de Dios; es sagrado el Padre, porque es un varón casto y justo, temeroso Dios y por eso esta Familia Santa es modelo de santidad para toda familia católica.

         La Madre de esta Familia es la Mujer del Génesis, que aplasta la cabeza de la Serpiente; es la Mujer al pie de la Cruz, que adopta como hijos a todos los hombres; es la Mujer del Apocalipsis, revestida de sol, revestida de gracia y así la Madre de la Sagrada Familia es modelo de santidad para toda madre de familia que desee ser santa a los ojos de Dios.

El Hijo de esta Familia Santa, aunque es pequeño y frágil como todo recién nacido, es el Hijo del Eterno Padre, es el Verbo del Padre Eterno que se ha encarnado y se ha manifestado a los hombres como Niño humano, sin dejar de ser Dios, para ofrecerse como Víctima Santa y Pura en la edad adulta, en el ara de la Cruz, para la salvación de la humanidad, obedeciendo la Voluntad del Padre y así es modelo para todo hijo que desee ser santo, cumpliendo la voluntad de Dios en sus vidas.

El esposo y padre de esta Familia Santa, quien es esposo meramente legal de María Santísima y es padre adoptivo de Jesús, es San José, varón casto, justo, santo, de altísima santidad, que da su vida por su Esposa y por su Hijo y así se convierte en modelo de todo padre que desee ser santo, santificándose en los quehaceres propios de la vida familiar, obedeciendo también la voluntad de Dios.

Si bien por fuera la Sagrada Familia parece una familia más entre tantas, es una Familia Sagrada, es una Familia Santa y por eso mismo, es la Primera Familia, la Familia de todas las familias cristianas, el modelo y el ejemplo para todas las familias cristianas, pero también es el único modelo y ejemplo para todas las familias de toda la humanidad y por esta razón la Iglesia celebra con una solemnidad litúrgica su conmemoración.

         Entonces, si antes del nacimiento de los hijos, el matrimonio es solo la unión de los esposos, cuando nacen los hijos, en este caso, el Niño Dios, el matrimonio se convierte en “familia”, en este caso, la Sagrada Familia y es lo que sucede en la Sagrada Familia de Nazareth luego del Nacimiento virginal y milagroso de Nochebuena. A partir del Nacimiento del Niño Dios y la formación de la Sagrada Familia, la Familia Santa de Nazareth se convierte en el único modelo insuperable de santidad para toda familia católica y la razón es que todo en la Sagrada Familia de Nazareth es santo y puro: lo humano se diviniza por participación y lo divino se humaniza, sin dejar de ser divino.

         En la Sagrada Familia, todo gira en torno al Hijo Tres veces Santo de esta Familia, el Verbo Encarnado de Dios, Jesús de Nazareth: Él es el Hijo de Dios Padre y en cuanto Dios, es el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin, es la Alegría de ángeles y hombres, es el Creador, el Redentor, el Salvador; es la Santidad Increada y la Fuente de toda Santidad Increada; nada es santo si no lo santifica Jesús; nada es puro si Jesús no lo purifica con su Sangre Preciosísima. El Niño de la Sagrada Familia es la Segunda Persona de la Trinidad hecha Niño, sin dejar de ser Dios para que nosotros, hechos niños por la gracia, nos hagamos Dios por participación.

         El alimento cotidiano de la Sagrada Familia no es tanto el material, sino el espiritual y es la santidad que brota del Ser divino trinitario del Sagrado Corazón del Niño Dios, santidad que se desborda sobre su Madre, la Virgen Santísima y sobre su Padre adoptivo, San José, varón casto y justo.

         En esta Familia no hay ni la más mínima sombra de pecado, de malicia: no hay enojos, ni impaciencias, ni mezquindades, ni mentiras, ni desavenencias; todo en esta Familia Santa es bondad, comprensión, paciencia, misericordia, paz, dulzura, humildad, suavidad y sobre todo Amor, pero no el amor humano contaminado por el pecado original, sino el Amor del Corazón del Niño de la Familia de Nazareth, el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, que del Niño circula hacia la Madre, la Virgen y hacia el Padre, San José, formando por analogía una trinidad en la tierra, como proyección santa de la Santísima Trinidad en el Cielo.

         En la Sagrada Familia de Nazareth todo se hace para mayor gloria, honra y alabanza de Dios Trino; todo es Amor de Dios, Amor del Espíritu Santo, Amor que todo lo llena, todo lo colma, todo lo sacia, Amor de Dios que no deja resquicio sin ocupar. En la Familia Santa de Nazareth se está siempre en la Presencia de Dios, porque se lo tiene a Dios en medio, porque Dios Hijo está en medio de ellos, el Niño Dios, Jesús de Nazareth, porque Jesús es el Emanuel, es el “Dios con nosotros” y por este motivo la Familia de Nazareth es la Familia más feliz y alegre del mundo, porque no hay alegría, gozo y dicha más grande que tener a Dios con nosotros, que tener a Dios en el sagrario, que tener a Jesús Eucaristía en el corazón por la Comunión Eucarística en gracia.

         En la Sagrada Familia de Nazareth no solo se alaba, se adora y se glorifica a Dios Trino, sino que ante todo se agradece, antes que los bienes materiales y espirituales que nos da, se agradece a Dios por ser Dios Quien Es, Dios de infinita majestad y bondad y esto se hace no un día ni dos, ni tres, sino todos los días, noche y día, todo el tiempo y esto en momentos de tranquilidad y también en tiempos de tribulación, como por ejemplo cuando el Niño es amenazado de muerte por Herodes y deben huir a Egipto guiados por el Ángel de Dios; la Sagrada Familia adora y agradece a Dios en la tribulación y en la pobreza, porque la pobreza no es obstáculo para entonar cánticos de alabanzas a la Santísima Trinidad por haber donado al Niño Cordero para el Santo Sacrificio del Calvario y en esto es ejemplo insuperable la Sagrada Familia, que siempre vivió una digna pobreza, la pobreza de la Cruz.

          En el primer Domingo después de Navidad, la Iglesia nos coloca a la Sagrada Familia no sólo para que la contemplemos, sino para que, como familia, la imitemos y la imitemos ante todo en su santidad: así como todo en la Sagrada Familia de Nazareth gira en torno al Niño Dios, Jesús, así debe ser en toda familia católica: todo debe girar en torno al Redentor, el Hijo de la Sagrada Familia de Nazareth. Sólo así la familia católica podrá cumplir el designio divino sobre ella y ser, como la llaman los Padres de la Iglesia, un “iglesia doméstica” que transforme al mundo para Cristo Dios con su santidad.