martes, 12 de enero de 2016

“Ya sé quién eres, el Santo de Dios”


“Ya sé quién eres, el Santo de Dios” (Mc 1, 21-28). Al escuchar a Jesús que predica en la Sinagoga, un demonio -hablando en plural, porque se dirige a Jesús en nombre de todos los demonios que poseen a un hombre- le dice a Jesús: “¿Qué quieres de nosotros? (…) Ya sé quién eres: el santo de Dios”. El Demonio dice esto  a Jesús porque reconoce en Jesús la voz de Dios y la reconoce por su autoridad y su sabiduría; el Demonio se da cuenta de que la voz de Jesús es la voz de Dios; percibe, con certeza, de que Dios habla a través de Jesús, y es por eso que increpa a Jesús, diciéndole, con temor, que ya sabe quién es: “el santo de Dios”. San Jerónimo[1], al comentar este pasaje, corrige al demonio, afirmando que Jesús no es “santo de Dios”, sino que es “Dios Santo”, lo cual es algo mucho más grande que ser “el santo de Dios”, porque una cosa es ser un hombre santo, a quien Dios asiste de modo especial, otorgándole gracia y poder, y otra cosa es ser Dios Tres veces Santo. De todos modos, lo que destaca en el Evangelio es la fe del demonio –de los demonios- que posee al hombre que está en la sinagoga, porque se da cuenta de que Jesús no es un hombre cualquiera. Si bien no puede saber que es Dios Hijo encarnado, sí se da cuenta de que Jesús es algo más que un simple hombre y se da cuenta por la sabiduría de sus palabras y por la autoridad con la que habla. Lo que debemos tener en cuenta es que Jesús es el Creador de los espíritus angélicos, incluso de aquellos como los demonios que, por propia voluntad, decidieron hacerse malos y reos de eterna condenación. El demonio reconoce en la voz de Jesús, la voz de su Creador, la voz de Aquel que lo trajo a la existencia, como así también la voz de Aquel que lo apartó para siempre de su Presencia, por haberse rebelado contra su Amor y su Ser divino trinitario, y por eso tiembla de terror ante su Jesús. Con su pregunta, el demonio demuestra tener fe en Jesús, sino como Dios, sí como “santo de Dios”, es decir, como alguien a quien Dios acompaña y lo reconoce con terror, porque siente en la voz de Jesús el poder omnipotente de Dios, que puede expulsarlo del cuerpo que posee, con solo quererlo.
Muchos cristianos, en nuestros días, demuestran tener menos fe que los demonios, porque no reconocen a su Dios ni a su Sabiduría, manifestada en los Mandamientos y en el Magisterio; muchos cristianos no reconocen a Dios, cuando Dios habla en las Sagradas Escrituras; muchos cristianos no lo reconocen en el Sacramento de la Confesión, cuando es Jesús el que habla a través del sacerdote ministerial, concediendo el perdón de los pecados; no lo reconocen cuando habla a través de la Iglesia, sea en la Palabra de Dios, en las lecturas que se leen en la Misa, sea en la Liturgia Eucarística, cuando Jesús pronuncia las palabras de la consagración, a través del sacerdote ministerial, obrando el milagro de la conversión del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.
“Ya sé quién eres, el santo de Dios”. Si bien el demonio reconoce el poder de Dios en Jesús y lo hace con terror, porque reconoce la fuerza omnipotente de Dios que puede expulsarlo del cuerpo que ocupa, los cristianos podemos aprender, incluso de estos demonios, que hablan a través de un poseso, reconociendo a Jesús, que no solo habla en su Iglesia, sino que está Presente en su Iglesia, en la Eucaristía. Parafraseando al demonio, y afirmándonos en la fe bimilenaria de la Iglesia, le decimos a Jesús, con fe y con amor: “Jesús, ya sé quién eres en la Eucaristía: Tú eres el Dios tres veces Santo”.





[1] Cfr. Comentario al evangelio de Marcos, 2; PL 2, 125s.

lunes, 11 de enero de 2016

“Conviértanse y crean en la Buena Noticia”


“Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1, 14-20). Jesús predica y pide la conversión del corazón: “Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. La conversión y el creer en la Buena Noticia, el Evangelio, es indispensable para poder entrar en el Reino de los cielos. Para apreciar mejor la necesidad de la conversión, hay que reflexionar acerca del pecado original, el pecado cometido por los primeros Padres, Adán y Eva, pecado que les valió la expulsión del Paraíso, la pérdida de la amistad con Dios y el quedar bajo el dominio de la muerte y del demonio. Como consecuencia del pecado original, la humanidad perdió la gracia santificante y los dones con los cuales había sido creada y dotada –impasibilidad, inmortalidad, integridad-, pero lo más grave de todo, es que quedó con el corazón vuelto hacia las cosas terrenas, hacia las cosas bajas, dominado por las pasiones, y oscurecido por las tinieblas del pecado.
La conversión consiste en volver la mirada del corazón hacia Dios, en un movimiento que recuerda al girasol: este, cuando es de noche, se encuentra con su corola cerrada e inclinado hacia la tierra; las penumbras hacen que el girasol quede inclinado hacia la tierra y cerrado en sí mismo, a oscuras. Cuando comienza el amanecer, anunciado por la Aurora, la estrella luciente de la mañana, la estrella que anuncia la llegada del nuevo día, el girasol comienza a abrir su corola, al mismo tiempo que realiza un giro, desde la tierra hacia donde está inclinado, hacia el cielo, el lugar en el que la estrella de la mañana anuncia la llegada de un nuevo día. Cuando aparece la estrella de la mañana, que es la más brillante de todas, en el firmamento, eso constituye para el girasol la señal de que aparecerá, en breve, en el cielo, el sol, que pondrá fin a la noche y dará inicio al nuevo día. Luego, a medida que avanzan las horas, y mientras el sol se desplaza por el firmamento, el girasol, al tiempo que abre su corola y despliega sus pétalos, realiza un movimiento de rotación por el cual deja de estar orientado hacia la tierra, para orientarse hacia el sol y seguirlo, durante todo su recorrido por el cielo.
En la conversión, sucede algo similar en el corazón: antes de la conversión, el corazón del hombre está cerrado sobre sí mismo, además de estar inclinado hacia la tierra, atraído por las cosas bajas de este mundo, al estar dominado por las pasiones. Pero luego, cuando aparece en su alma y en su vida la Estrella luciente de la mañana, la Aurora brillante de los cielos que anuncia la llegada del nuevo día, la Virgen María, el corazón comienza, de a poco, a elevarse, a despegarse de los atractivos del mundo. La presencia de la Virgen en el alma significa el inicio de la conversión, porque es la Virgen, Medianera de todas las gracias, la que concede la gracia de la conversión, y así el corazón, al tiempo que comienza a desapegarse de los falsos atractivos del mundo, gira hacia los bienes del cielo, y cuando aparece en el cielo de su alma el Sol de justicia que es Jesucristo, el alma, al igual que hace el girasol cuando aparece el sol, siguiéndolo a lo largo de su recorrido por el cielo, así el corazón que recibe la gracia de la conversión, no solo se despega de su afección por lo terreno, sino que eleva su mirada a Jesucristo, Sol de justicia, y lo sigue. Para el alma, la aparición –no significa una manifestación sensible- de la Aurora de la mañana, la Virgen, es una clara señal del comienzo del nuevo día, es decir, del inicio de su vida de converso, el inicio del comienzo de su vida como hija adoptiva de Dios, que va en pos del Sol de justicia, Jesucristo.

“Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. Así como para el girasol, la aparición de la estrella de la mañana y del sol en el firmamento señala el inicio del nuevo día y el despegarse de su inclinación hacia la tierra para abrir su corola, desplegar sus pétalos y seguir al sol en el recorrido por el firmamento, así también, para el cristiano, la aparición de la Virgen en su vida, representa el inicio de la vida nueva de la conversión, que implica no solo el despegarse de las cosas bajas de este mundo y de este mundo mismo, sino ante todo, la adoración a Jesucristo en la Eucaristía, Sol radiante de justicia que ilumina el alma con la Luz Eterna de Dios. Así el alma que inicia la conversión, orientando su vista a Jesús Eucaristía, comienza a vivir ya en la tierra una nueva vida, una vida que se desplegará en su plenitud en los cielos, la vida de la bienaventuranza eterna, la vida del Reino de los cielos.

sábado, 9 de enero de 2016

Bautismo del Señor


(Ciclo C - 2016)

         “Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús” (Lc 3, 15-16. 21-22). Juan bautiza a Jesús, lo cual es un hecho llamativo, puesto que, por un lado, el bautismo de Juan es un bautismo meramente moral, de deseo, incapaz de llegar hasta la raíz más profunda del ser del hombre; además, el bautismo de Jesús, como Juan mismo lo dice, es un “Bautismo con el Espíritu Santo y Fuego”, es decir, infinitamente superior al de Juan; por último, Jesús mismo no tiene necesidad alguna de bautizarse, desde el momento en el que Él es Hijo de Dios, Dios Hijo Encarnado y, por definición, la santidad misma, por lo que el bautismo, realizado para la conversión, como en el caso de Juan, o para borrar el pecado original, como en el caso de Jesús, no tienen cabida en Jesús, que es la Santidad Increada, por ser Dios en Persona. Es decir, el bautismo es para los pecadores y Jesús, por definición y por imposibilidad metafísica, no era, no es, ni podrá jamás ser pecador y, por lo tanto, no necesita del bautismo. Mucho más cuando, como afirmamos más arriba, el bautismo de Jesús es infinitamente más grande que el del Bautista, porque Jesús bautiza con el Fuego del Divino Amor,  el Espíritu Santo, que llega hasta lo más profundo del hombre, mientras Juan bautiza sólo con agua, que corre superficialmente por el cuerpo, sin llegar hasta lo más profundo del alma. Pero el argumento decisivo en contra del bautismo de Jesús es lo que también ya afirmamos: Jesús es Dios en Persona y por lo tanto, no necesita ser bautizado de ninguna manera, puesto que no es, no fue y no será nunca, por los siglos de los siglos, pecador. Entonces, surge la pregunta: ¿por qué Jesús se hace bautizar con Juan, si Él no tiene necesidad de bautismo alguno, por el hecho de ser el Hombre-Dios? ¿Por qué se bautiza Jesús, si Él administra un bautismo inimaginablemente superior al de Juan?
       La respuesta a estas preguntas está en el hecho de que en el bautismo de Jesús por inmersión, está significado y realizado, místicamente, el bautismo sacramental que todos nosotros hemos recibido en la Iglesia. En otras palabras, en la inmersión de Jesús, es decir, en su bautismo, está comprendido -de forma mística, sobrenatural y misteriosa- nuestro propio bautismo sacramental y su acción en nuestras almas. 
       Para que seamos capaces de adentrarnos en el misterio del bautismo de Jesús y su relación con nosotros, los bautizados, hay que considerar que Jesús es Dios y que Él está unido personalmente -hipostáticamente- a la Humanidad redimida; por otra parte, por medio del Bautismo sacramental, quedan unidos a Él, en su Cuerpo Místico, todos los hombres que son redimidos por su gracia santificante, es decir, todos los que reciben el bautismo sacramental. 
      Esto quiere decir que, en su bautismo -al ser sumergido en su Cuerpo en las aguas del Jordán por Juan el Bautista-, en su Humanidad Santísima inmersa en el agua del Jordán, somos sumergidos, místicamente, todos los que recibimos el bautismo sacramental. De esta manera, somos hechos partícipes de su misterio pascual de muerte y resurrección, porque en la inmersión de Jesús, somos sumergidos todos los bautizados, significando y realizando esta inmersión nuestra muerte al hombre viejo, porque con la Humanidad de Jesús sumergida, nos sumergimos místicamente nosotros cuando recibimos el agua del bautismo sacramental; al emerger Jesús de las aguas del Jordán, significa su resurrección y significa y realiza, también, para nosotros, el nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, el nacer a la vida de la gracia. 
           Entonces, por la inmersión de la Humanidad de Jesús en el Jordán, queda significada y realizada nuestra propia inmersión -así como un hombre se sumerge en el río o en el lago- y con esta inmersión, nuestra muerte al pecado y al hombre viejo; al emerger Jesús con su Humanidad Santísima, queda significada y realizada nuestra vida nueva, la vida de los hijos de Dios, la vida de la gracia, porque el emerger significa la resurrección gloriosa de Jesucristo, a la cual somos incorporados y hechos partícipes por el bautismo sacramental.
         Ahora bien, hay otro elemento sobrenatural, presente en el bautismo de Jesús, que también está presente en el misterio de nuestro bautismo sacramental, y es la teofanía trinitaria, es decir, la manifestación de Dios como Uno y Trino. En efecto, cuando Jesús, Dios Hijo encarnado, es bautizado, al emerger Él de las aguas del Jordán, se escucha la voz de Dios Padre, que dice: “Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”, al tiempo que aparece el Espíritu Santo, en la forma corpórea de una paloma: se manifiestan las Tres Divinas Personas, el Padre, con su voz; el Hijo, que se bautiza con su Humanidad; y el Espíritu Santo, en forma de paloma. 
     Cuando somos bautizados, emergemos -como dijimos anteriormente- como una nueva creación en Cristo, siendo re-creados, al pasar de meras creaturas a hijos adoptivos de Dios; emergemos unidos a Él, como hijos adoptivos de Dios, porque somos unidos a Él, en su Cuerpo Místico, por el Espíritu Santo; por el bautismo sacramental, somos integrados a Cristo y formamos su Cuerpo, constituyéndonos en miembros suyos vivientes; somos convertidos en hijos adoptivos de Dios, animados por el Espíritu Santo, que viene a ser el alma de nuestra alma y por lo tanto también aletea en nuestro bautismo, de forma invisible, el Espíritu Santo. Y porque somos convertidos en “hijos en el Hijo” (cfr. Ef 1, 3-6. 15-18), también Dios Padre pronuncia similares palabras a las que dirigió a Jesús cuando salió del Jordán, esta vez dirigidas a nosotros; cuando el sacerdote nos bautiza, derramando agua y pronunciando la fórmula trinitaria del bautismo, Dios Padre nos dice a cada uno de nosotros: “Tú eres mi hijo adoptivo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección”. La teofanía trinitaria del Jordán se renueva -de modo invisible e insensible-, cada vez, en cada bautismo sacramental, porque el alma es sumergida místicamente –real y sobrenaturalmente- con Cristo en el Jordán, es unida a Él en su Cuerpo Místico por el Espíritu Santo, es convertida en hija adoptiva de Dios y recibe de Dios Padre todo el amor y el beneplácito, como Jesús en el Jordán.

“Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”. Las palabras de Dios Padre, dirigidas a Dios Hijo en su bautismo en el Jordán, también son dirigidas a nosotros en nuestro bautismo sacramental; eso quiere decir que Dios Padre tiene puesto todo su Amor de predilección  en nosotros, en cada uno de nosotros, sus hijos adoptivos por el bautismo, y por lo tanto, espera que nosotros, unidos en cuerpo y alma al Sacrificio redentor en cruz de su Hijo Unigénito Jesús, unidos a Él por el Espíritu Santo, nos ofrezcamos, como Jesús y en Jesús, como hostias vivas, puras y santas, para la salvación de nuestros hermanos, los hombres.

viernes, 8 de enero de 2016

“Jesús multiplica panes y peces y da de comer a una multitud”


“Jesús multiplica panes y peces y da de comer a una multitud” (Mc 6, 34-44). Jesús realiza un milagro para satisfacer el hambre de la multitud que había ido a escuchar sus palabras. Según el Evangelio, los integrantes eran más de “cinco mil hombres”, porque a estos deben agregárseles las mujeres y los niños, con lo cual, el número final asciende a más de diez mil. No es extraño que Jesús multiplique panes y peces: siendo Él Dios Hijo en Persona, siendo Él el Creador del universo visible y del invisible, es decir, siendo Él el Creador de los espíritus puros, los ángeles y de las almas espirituales de los hombres, además de ser el Creador de sus cuerpos materiales y de toda la materia del universo, el hecho de crear los átomos y las moléculas que componen los panes y los peces, es algo prácticamente insignificante para Él,  y es esto lo que Jesús hace, en el milagro de la multiplicación de panes y peces.
Ahora bien, este milagro, por medio del cual satisface el hambre corporal de la multitud, es sólo una señal de un milagro posterior, infinitamente más grande, porque satisfacer el hambre corporal de la humanidad no es el objetivo último del Mesías: su objetivo último es saciar el hambre y la sed que de Dios tiene toda alma humana, y para ello, multiplicará, en el correr de los siglos y en el signo de los tiempos, no el pan material ni la carne muerta de peces, sino que lo que multiplicará, por medio de la Santa Misa, será el Pan Vivo bajado del cielo y su Carne gloriosa y resucitada en la Eucaristía.

“Jesús multiplica panes y peces y da de comer a una multitud”. Para con nosotros, Jesús hace un milagro infinitamente más grandioso que el del Evangelio: multiplica su Presencia sacramental, la Eucaristía, para alimentar nuestras almas con la Carne del Cordero de Dios y con el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.

jueves, 7 de enero de 2016

“Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas de sombra y muerte brilló una gran luz”


“Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas de sombra y muerte brilló una gran luz” (Mt 4, 12-17. 23-25). Jesús se establece en Cafarnaúm y lo hace para que se cumpla la profecía de Isaías: “Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas de sombra y muerte brilló una gran luz”. Ahora bien, Jesús se establece en un lugar determinado, según el Evangelio, “en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí”. Por lo tanto, se podría pensar que la profecía de Isaías se refiere a solo esta pequeña parte de la población de la tierra, la cual sería la única beneficiada por la “gran luz”. Sin embargo, es obvio que no es así, puesto que “el pueblo que habita en sombras de muerte”, no es ni el pueblo que habitaba en esa región de Cafarnaúm, ni el Pueblo Elegido, sino toda la humanidad. De la misma manera, las “sombras de muerte” en las que vive sumergida la humanidad, no son las sombras provocadas por la noche cosmológica, que sobreviene en la tierra cuando se oculta el sol: se trata de “sombras de muerte”, es decir, por un lado, es la sombra del pecado, esa mancha oscura que sumerge en las tinieblas a todo hombre que nace en esta tierra, ocultándolo de los rayos vivificantes de ese Sol de justicia que es Dios. Por otro lado, las “sombras de muerte” que envuelven en las tinieblas a los hombres, son también los ángeles caídos, sombras vivientes que habitan en el infierno y que salen de él para acechar a los hombres, tentarlos y procurar que caigan en el pecado mortal y que mueran en pecado mortal, para así lograr su condenación eterna. Y con relación a la “gran luz” que ilumina a toda la humanidad, no se trata de ninguna luz creada, puesto que es la luz de Cristo, el Hombre-Dios; es la luz que brota de su Ser divino trinitario y que por lo mismo, es una luz nueva, desconocida y distinta a toda luz conocida por la creatura: una luz viva, que vivifica con la vida misma de Dios Trino a todo aquel que ilumina. La “gran luz” que ilumina a los pueblos todos, a toda la humanidad, no es una luz de este mundo; no es una luz artificial, sino una luz Increada, porque se trata de la Luz Eterna de Dios, de Dios, que es Luz en sí mismo.

“Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas de sombra y muerte brilló una gran luz”. La Luz de Cristo, que brota de su Ser divino trinitario, no solo disipa a las “sombras de muerte”, sino que, ante todo, ilumina y vivifica, con la vida misma de la Trinidad, a quien a Él se acerque, con fe y con amor. La misma luz eterna que brilló en el Pesebre de Belén y que manifestó la Presencia de “Dios entre nosotros”, es la misma luz eterna que brilla desde la Eucaristía, porque la Eucaristía es ese Emmanuel, ese “Dios con nosotros” (cfr. Is 7, 14), que vino a nuestro mundo como Niño en Belén, Casa de Pan, para permanecer entre nosotros como Eucaristía, como “Pan Vivo bajado del cielo” (cfr. Jn 6, 31-60).

miércoles, 6 de enero de 2016

Solemnidad de la Epifanía del Señor


(Ciclo C – 2015)


         “Hemos venido a adorar al Rey” (Mt 2, 1-12). Los Reyes Magos acuden al Portal de Belén para adorar al Niño Dios y para ofrecerle sus dones. Vienen de lejanos países y la señal que los conduce hasta el Pesebre es una estrella que brilla en el cielo, destacándose por encima del brillo de las demás estrellas. Una vez que llegan al Pesebre, se postran ante el Niño y lo adoran, entregándole dones de gran valor: oro, incienso y mirra. La adoración de los Magos, un hecho real y verdaderamente acaecido en la historia, tiene un significado sobrenatural en la figura de los Reyes Magos está representado el itinerario de conversión del alma: el hecho de provenir de países lejanos y paganos, representa a las almas que, aun habiendo recibido el bautismo sacramental que convierte al hombre en hijos adoptivos de Dios, se comportan en sus vidas, sin embargo, como paganos, y es por eso que los Reyes representan tanto a los paganos, como a los cristianos neo-paganos; la estrella que los guía, es un fenómeno cósmico y por lo tanto, real, que real y verdaderamente sucedió en la historia, tratándose de una verdadera estrella que, aumentando prodigiosamente su brillo, condujo a los Magos a su destino final, el Niño de Belén: esta estrella, real, representa a la Estrella Luciente de la mañana, la Virgen, cuya presencia en la vida de una persona, anuncia la pronta llegada del Sol de justicia, Jesucristo, que inaugura el Nuevo Día del hijo de Dios, esto es, el inicio de la vida de la gracia en el alma. Así, la estrella de Belén que guía a los Reyes Magos hasta el Niño Dios, representa a la Virgen, que guía a las almas hasta su Hijo, Jesucristo. Por último, los dones que ofrecen los Reyes Magos –oro, incienso y mirra-, representan los dones que el alma ofrece a Jesucristo cuando se convierte, es decir, cuando lo reconoce como lo que Es: Dios Hijo encarnado. De esta manera, el oro representa la adoración, tributada a Jesucristo como el Verbo del Padre humanado; la mirra, representa la adoración a la Humanidad de Jesucristo, divinizada por su unión personal, hipostática, a la Segunda Persona de la Trinidad, y el deseo de unirse, en cuerpo y alma, al sacrificio redentor Jesús; el incienso, representa la oración de alabanza, de adoración, de acción de gracias y de petición, que se tributan a Jesús en el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa. En los Reyes Magos, entonces, está representado el itinerario espiritual del alma que, guiada por la Estrella de la mañana, la Virgen María, adora a Dios, hecho Niño en el Pesebre y entregado con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Cruz y como Pan Vivo en el Altar Eucarístico.

Infraoctava de Navidad 7 - Los ángeles y los pastores


         Los ángeles, cuyo nombre indica su función –mensajeros de Dios-, se alegran por contemplar a Dios Uno y Trino en su esencia  y por tener que comunicar a los hombres la más hermosa y alegre noticia que pueda jamás recibir la Humanidad, y es la Encarnación de la Persona Segunda de la Trinidad y su Nacimiento como un Niño humano, de María Virgen. Lo que contemplan extasiados los ángeles en el cielo, es lo que adoran los pastores y Reyes Magos en la tierra y es lo que describe el evangelista Juan en su Prólogo: los ángeles contemplan a la Palabra de Dios, que era Dios, que estaba junto a Dios, que era la vida y la luz de los hombres; los pastores y Magos adoran a esa misma Palabra, hecha Carne, hecha Niño-Dios, que vino a los suyos para donarse como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan celestial, un Pan que es la Carne gloriosa del Cordero de Dios, que al precio de su Sangre derramada en la Cruz, quitará los pecados del mundo. Para que los hombres pudieran alegrarse con la alegría de los ángeles y para que se alimentaran con Pan de ángeles, es que el Verbo, el Logos, la Palabra de Dios, que estaba junto a Dios desde la eternidad y era Dios por ser engendrado y no creado, viene a este mundo y se reviste de carne y sangre, de un cuerpo humano y un alma humanas, para que así el hombre pudiera, al igual que el ángel, contemplar con sus propios ojos la gloria de Dios, porque el Niño de Belén es el Dios de la gloria que se manifiesta en la humildad de la carne, de la naturaleza humana. A partir de la Encarnación, los hombres no tienen nada que envidiar a los ángeles, porque si estos se alegraban en la contemplación de la Palabra en los cielos y se extasiaban en su gloria, ahora los hombres, contemplando a la Palabra hecha Carne, que manifiesta visiblemente la gloria de Dios a través del Cuerpo del Niño, también se alegran y regocijan porque ha venido hasta ellos, hasta este “valle de lágrimas”, el Dios de gloria, de majestad y de alegría infinitas, para aliviar sus penas y alegrar sus días, hasta el Día del Juicio Final. Y esa misma alegría y regocijo sobrenaturales experimentan los hombres cuando adoran al Niño de Belén, con su Cuerpo ya glorioso y resucitado, que ha pasado ya por el misterio de su Pasión y Resurrección, en el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
         Los pastores

         En los pastores se cumple el adagio que dice: “Haz lo que debes y está en lo que haces”, porque al momento del anuncio de los ángeles acerca del nacimiento del Niño Dios, se encuentran realizando su labor, la de cuidar el rebaño. Por el mismo hecho, son una confirmación de que el trabajo, realizado con honestidad y con la mayor perfección posible, es un lugar de santificación. Pero lo más importante es el motivo por el cual son elegidos para recibir el anuncio del Nacimiento: su sencillez, su humildad de corazón y su amor a Dios, todo lo cual queda de manifiesto en la prontitud con la que aceptan el mensaje angélico y el amor y el candor que demuestran al acudir a adorar al Niño Dios. De esta manera, los pastores, hombres de escasa cultura humana pero que, súbitamente, se vuelven sabios al adquirir sabiduría divina –saber que el Niño que nace no es un niño más entre tantos, sino Dios que se hace Niño sin dejar de ser Dios- y se oponen así a las almas soberbias, a las almas centradas en sí mismas, que piensan que porque poseen sabiduría -sea de las ciencias divinas, sea de las ciencias humanas-, son superiores a los demás, con lo cual se vuelven impermeables tanto al mensaje celestial revelado y transmitido directamente por los ángeles, como en el Nacimiento, como al Magisterio de la Iglesia, tal como sucede, por ejemplo, con la transmisión ordinaria de la Verdad Revelada (Catecismo, Credo, Dogmas). Esto quiere decir que, al aceptar el mensaje angélico sin dudar ni por un instante y al adorar a Dios hecho Niño con alma humilde, los pastores nos dan ejemplo de cómo debe ser nuestra disposición –intelecto y voluntad- con respecto a las verdades de la fe, la principal de ellas, la relativa a la doctrina eucarística: como ellos, que creyeron sin dudar en lo que los ángeles les decían y así se dirigieron a adorar a Dios, de igual manera también nosotros, con la misma disposición y humildad, debemos creer en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor en la Eucaristía y postrarnos ante ese Dios que, hecho Niño en Belén, se nos manifiesta oculto, bajo apariencia de pan, en la Eucaristía.