miércoles, 6 de enero de 2016

Infraoctava de Navidad 7 - Los ángeles y los pastores


         Los ángeles, cuyo nombre indica su función –mensajeros de Dios-, se alegran por contemplar a Dios Uno y Trino en su esencia  y por tener que comunicar a los hombres la más hermosa y alegre noticia que pueda jamás recibir la Humanidad, y es la Encarnación de la Persona Segunda de la Trinidad y su Nacimiento como un Niño humano, de María Virgen. Lo que contemplan extasiados los ángeles en el cielo, es lo que adoran los pastores y Reyes Magos en la tierra y es lo que describe el evangelista Juan en su Prólogo: los ángeles contemplan a la Palabra de Dios, que era Dios, que estaba junto a Dios, que era la vida y la luz de los hombres; los pastores y Magos adoran a esa misma Palabra, hecha Carne, hecha Niño-Dios, que vino a los suyos para donarse como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan celestial, un Pan que es la Carne gloriosa del Cordero de Dios, que al precio de su Sangre derramada en la Cruz, quitará los pecados del mundo. Para que los hombres pudieran alegrarse con la alegría de los ángeles y para que se alimentaran con Pan de ángeles, es que el Verbo, el Logos, la Palabra de Dios, que estaba junto a Dios desde la eternidad y era Dios por ser engendrado y no creado, viene a este mundo y se reviste de carne y sangre, de un cuerpo humano y un alma humanas, para que así el hombre pudiera, al igual que el ángel, contemplar con sus propios ojos la gloria de Dios, porque el Niño de Belén es el Dios de la gloria que se manifiesta en la humildad de la carne, de la naturaleza humana. A partir de la Encarnación, los hombres no tienen nada que envidiar a los ángeles, porque si estos se alegraban en la contemplación de la Palabra en los cielos y se extasiaban en su gloria, ahora los hombres, contemplando a la Palabra hecha Carne, que manifiesta visiblemente la gloria de Dios a través del Cuerpo del Niño, también se alegran y regocijan porque ha venido hasta ellos, hasta este “valle de lágrimas”, el Dios de gloria, de majestad y de alegría infinitas, para aliviar sus penas y alegrar sus días, hasta el Día del Juicio Final. Y esa misma alegría y regocijo sobrenaturales experimentan los hombres cuando adoran al Niño de Belén, con su Cuerpo ya glorioso y resucitado, que ha pasado ya por el misterio de su Pasión y Resurrección, en el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
         Los pastores

         En los pastores se cumple el adagio que dice: “Haz lo que debes y está en lo que haces”, porque al momento del anuncio de los ángeles acerca del nacimiento del Niño Dios, se encuentran realizando su labor, la de cuidar el rebaño. Por el mismo hecho, son una confirmación de que el trabajo, realizado con honestidad y con la mayor perfección posible, es un lugar de santificación. Pero lo más importante es el motivo por el cual son elegidos para recibir el anuncio del Nacimiento: su sencillez, su humildad de corazón y su amor a Dios, todo lo cual queda de manifiesto en la prontitud con la que aceptan el mensaje angélico y el amor y el candor que demuestran al acudir a adorar al Niño Dios. De esta manera, los pastores, hombres de escasa cultura humana pero que, súbitamente, se vuelven sabios al adquirir sabiduría divina –saber que el Niño que nace no es un niño más entre tantos, sino Dios que se hace Niño sin dejar de ser Dios- y se oponen así a las almas soberbias, a las almas centradas en sí mismas, que piensan que porque poseen sabiduría -sea de las ciencias divinas, sea de las ciencias humanas-, son superiores a los demás, con lo cual se vuelven impermeables tanto al mensaje celestial revelado y transmitido directamente por los ángeles, como en el Nacimiento, como al Magisterio de la Iglesia, tal como sucede, por ejemplo, con la transmisión ordinaria de la Verdad Revelada (Catecismo, Credo, Dogmas). Esto quiere decir que, al aceptar el mensaje angélico sin dudar ni por un instante y al adorar a Dios hecho Niño con alma humilde, los pastores nos dan ejemplo de cómo debe ser nuestra disposición –intelecto y voluntad- con respecto a las verdades de la fe, la principal de ellas, la relativa a la doctrina eucarística: como ellos, que creyeron sin dudar en lo que los ángeles les decían y así se dirigieron a adorar a Dios, de igual manera también nosotros, con la misma disposición y humildad, debemos creer en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor en la Eucaristía y postrarnos ante ese Dios que, hecho Niño en Belén, se nos manifiesta oculto, bajo apariencia de pan, en la Eucaristía.

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