sábado, 13 de febrero de 2016

“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto y allí fue tentado por el Demonio”



(Domingo I - TC - Ciclo C – 2016)


         “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto y allí fue tentado por el Demonio” (Lc 4, 1-13). El Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto, en donde Jesús ayuna durante cuarenta días y cuarenta noches. Al finalizar su ayuno, Jesús experimenta hambre; es en ese momento en el que se le aparece el Demonio, quien lo tienta para tratar de hacerlo caer (en realidad, el Demonio tentó a Jesús durante los cuarenta días, aunque no dice nada acerca de la naturaleza de estas tentaciones; sí relata el Evangelio cuáles son las tres tentaciones a las que lo somete el Demonio, al finalizar los cuarenta días de ayuno). Ahora bien, hay que decir que esto que pretendía el Demonio, el hacer caer a Jesús por medio de las tentaciones, era imposible, debido a que Jesús era Dios Hijo encarnado, por lo cual nunca habría podido ni siquiera tener la más ligera vacilación frente a la tentación. Si Jesús se deja tentar por el Demonio, es sólo para darnos ejemplo de cómo tenemos que hacer frente a las tentaciones, lo cual es sumamente útil para nuestra vida espiritual puesto que, como dice el Santo Cura de Ars, “seremos tentados hasta el último instante de nuestra vida”.
         En la primera tentación, el Demonio trata de hacer caer a Jesús por medio del hambre corporal; sabe que ha estado cuarenta días y noches sin ingerir alimento alguno y que siente hambre. Aprovechándose aviesamente de la debilidad natural del cuerpo de Jesús, luego de tanto tiempo sin ingerir alimentos, el Demonio trata de convencer a Jesús de que pida a Dios que “convierta las piedras en panes”: Dios es bueno y no dejará de hacer un milagro como este, para que Jesús pueda alimentarse. Jesús le responde que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Así, Jesús nos enseña que, si alimentamos el cuerpo con el alimento terreno, es mucho más importante alimentar el alma con el manjar exquisito de la Palabra de Dios, la cual proporciona todo al alma todo aquello que Dios es: luz, amor, paz, alegría, fortaleza. Así, Jesús nos enseña –y sobre todo a los padres de familia- que si nos preocupamos y desvelamos por el alimento corporal, mucho más lo debemos hacer por el alimento espiritual, la Palabra de Dios. Además, al poner por encima la satisfacción del hambre espiritual con la Palabra de Dios, sobre la satisfacción del hambre corporal con el alimento terreno, Jesús nos advierte no solo contra la tentación de la gula -es decir, el ingerir alimentos cuando no hay necesidad alguna de hacerlo o bien, el gasto excesivo en alimentos exóticos y demasiado caros-: también nos advierte contra la tentación del hedonismo, la tentación de pretender los sentidos sin medida ni regla moral alguna. El cristiano, por el contrario, debe ser ascético y sobrio, mortificando su cuerpo y no concediéndole todo lo que el cuerpo le pide, además de privilegiar el alimento de la Palabra de Dios por sobre el alimento corporal.
         En la segunda tentación, el Diablo pasa ya al plano espiritual, tratando de que Jesús caiga en la petición de milagros absurdos e innecesarios, es decir, trata de que Jesús lo imite a él en su tarea diabólica de tentar, pidiendo un milagro que es absolutamente innecesario. Primero, lo lleva al pináculo del templo y le dice que se tire desde allí hacia el vacío: Dios, que es bueno, “mandará sus ángeles para que lo protejan de su caída”. Jesús responde con la Escritura: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Se trataba de un milagro innecesario, inútil, y su petición, un acto temerario contra Dios, porque en primer lugar, no tenía necesidad alguna de subir al pináculo del templo; en segundo lugar, si se arrojaba, lo hacía por propia voluntad y con total libertad, demostrando que quería caer desde lo alto, sin que nadie lo obligara, para luego pedirle a Dios que envíe a sus ángeles. Pero si Jesús cedía a esta tentación, cometía un acto de temeridad, de desafío a Dios, pidiendo un milagro absurdo e innecesario. Así, Jesús nos enseña que debemos estar muy atentos a no caer en esta tentación, pues muchas veces somos nosotros mismos quienes nos alejamos de Dios y nos arrojamos al vacío, para luego quejarnos de Dios, porque Dios “no nos ayuda”. Debemos prestar mucha atención, porque es en realidad esto último lo que pasa: somos nosotros quienes nos alejamos voluntariamente de Dios, cayendo en el vacío de la existencia de Dios –esto es lo que está representado en la hipotética caída voluntaria de Jesús desde el pináculo del templo. Es esto lo que hacemos –alejarnos de Dios, arrojarnos al vacío de una vida sin Dios- toda vez que nos alejamos de los sacramentos, porque para los católicos, la unión con Dios se da por la fe, por el amor y sobre todo por los sacramentos, principalmente la Confesión sacramental y la Eucaristía-. Y al alejarnos de Dios, perdemos la luz de su Sabiduría, que nos permite obrar según la Divina Voluntad, comportándonos temerariamente por doble partida: por alejarnos de su Voluntad –por hacer algo que Él no quiere que hagamos- y por pedir, desde esta posición, algo que no es acorde a su santa Voluntad. Esto es lo que nos enseña Jesús con la segunda tentación.
         Luego el Demonio lo lleva a lo más alto de una montaña, le muestra los reinos de la tierra “y su gloria mundana” y le dice que “le dará todo eso si, postrándose, lo adora”, a lo cual Jesús responde, también citando la Escritura: “Sólo a Dios adorarás”. Así, Jesús nos enseña a despreciar los honores mundanos y las riquezas terrenales, además de la vanagloria, porque detrás de todo eso está el Demonio; nada de eso se debe desear y mucho menos, se debe adorar al Demonio, sino sólo a Dios, Uno y Trino, encarnado en la Persona del Hijo, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, por eso solo se debe adorar la Eucaristía y nada más que la Eucaristía. Por otra parte, el Demonio, “Padre de la mentira”, no puede dar lo que promete, y como es el Engañador por excelencia, lo único que pretende es perder el alma del hombre, al cometer el acto más perverso y erróneo que jamás alguien pueda cometer, la adoración de una creatura –que encima es perversa y maligna-, como es el Demonio (o también, los ídolos demoníacos, como el Gauchito Gil, San La Muerte, la Difunta Correa, entre otros muchos).
         Por último, notemos que tanto el Demonio, para sus tentaciones, como Jesús, para resistir a las mismas, citan a las Sagradas Escrituras, aunque con fines y con métodos de interpretación diametralmente opuestos: el Demonio cita las Escrituras para justificar la perversión, torciendo su sentido, porque la Escritura de Dios jamás puede inducir al mal, en esto se ve el accionar de las sectas, pero también de muchos católicos que malinterpretan las Escrituras, buscando auto-justificarse en su pecado. Por su parte, Jesús también acude a las Escrituras –obviamente, con el único sentido posible, el de iluminar las tinieblas del hombre- para responder a las tentaciones con la Palabra de Dios, enseñándonos que es así como debemos proceder: buscando siempre la recta interpretación católica, sin apartarnos de las enseñanzas del Magisterio, no interpretando la Biblia según nuestro propio parecer o nuestros propios caprichos y mucho menos acomodar la Fe católica a nuestros incrédulos razonamientos humanos.

Ahora bien, si Jesús cita la Palabra de Dios escrita para responder a las tentaciones del Demonio, para nosotros, los católicos, la Palabra de Dios no está sólo en la Biblia: está también en la Tradición y en el Magisterio y, sobre todo, está encarnada en la Eucaristía, de manera que es a todas estas fuentes a las que debemos recurrir para resistir y vencer a la tentación. Sólo los sectarios piensan que la Palabra de Dios está sólo en la Escritura: para nosotros, los católicos, está en tres lugares: Tradición, Magisterio y Biblia, además de estar encarnada, gloriosa, en la Eucaristía. Como dice el Santo Cura de Ars, “seremos tentados hasta el momento antes de morir”, pero tenemos que saber que si recurrimos al auxilio de la Palabra de Dios, tal como nos da ejemplo Jesús, no solo nunca caeremos en la tentación, sino que, cuanto más seamos tentados, tanto más saldremos fortalecidos. 

viernes, 12 de febrero de 2016

Viernes después de Cenizas


“Cuando se lleven al novio, entonces ayunarán” (Mt 9, 14-15). Preguntan a Jesús porqué sus discípulos no ayunan, como sí lo hacen los discípulos de Juan. Jesús responde utilizando la figura de un novio con sus amigos: cuando estos están con el novio, hay alegría y, por lo tanto, no hay necesidad de ayunar; pero cuando el novio no está, entonces sí. El novio –o esposo- que está con sus amigos, es Él que está con sus discípulos: Él, Dios Hijo, el Unigénito de Dios, eternamente engendrado en el seno del Padre, es el Esposo que se une en desposorios místicos con la Humanidad, por la Encarnación, en el seno de María Santísima; el novio que es llevado, es Él que muere en la cruz, cumpliendo su misterio pascual de muerte y resurrección, llevando a cabo el sacrificio redentor en el Calvario, sacrificio cruento por el cual habría de salvar a toda la humanidad al precio de su Sangre derramada en la cruz. Mientras Él esté con sus discípulos, no tienen necesidad de ayunar, pero cuando vengan las horas amargas de la Pasión, horas en las que Él sufrirá la muerte en cruz, entonces sí lo harán.

“Cuando se lleven al novio, entonces ayunarán”. El ayuno prescripto para el tiempo cuaresmal tiene, para la Iglesia y los cristianos, el sentido de recordarnos que no estamos aún con el Esposo de la Iglesia Esposa, porque nos encontramos aún en esta vida terrena y no lo contemplamos todavía cara a cara en la visión beatífica. El ayuno realizado en el tiempo –ayuno de alimento corporal, pero ante todo, ayuno de la malicia del corazón, esto es, el pecado-, tiene entonces esta finalidad: hacernos recordar que somos los amigos del Esposo, los amigos del Novio, que nos ha sido quitado por la muerte en cruz en el Calvario. El ayuno corporal finalizará cuando, por la gracia de Dios, alcancemos el Reino de los cielos y contemplemos cara a cara al Cordero de Dios y a Dios Uno y Trino. Entonces finalizará nuestro ayuno terreno, porque nos alimentaremos de la contemplación beatífica de la Trinidad y del Cordero por toda la eternidad.

jueves, 11 de febrero de 2016

Jueves después de Cenizas


“Si alguno quiere venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame” (Lc 9, 22-25). Quien quiera seguir a Jesús, debe hacer dos cosas: “renunciar a sí mismo” y “tomar su cruz de cada día”, y recién seguirlo. Si no se cumplen estas condiciones, no se puede seguir a Jesús de ninguna manera.
Ahora bien, ¿qué es renunciar a sí mismo? Principalmente, es renunciar a nuestras pasiones que, como consecuencia del pecado original, están desordenadas y, en muchas ocasiones, priman sobre la razón, de ahí que se les llame “pasiones irracionales”; estas son por ejemplo, la ira, el odio, la lujuria, la pereza, la gula, la avaricia, etc. Sin embargo, para seguir a Jesús no basta con negarse a sí mismo en lo que a estas pasiones extremas se refiere: negarse a uno mismo quiere decir negarse en nuestros defectos dominantes, que pueden ser la impaciencia, el no decir la verdad, faltas leves a la caridad, o incluso ligeras imperfecciones. Negarse a uno mismo quiere decir también llevar en el corazón los mandamientos de Cristo –amar a los enemigos, perdonar setenta veces siete, por ejemplo- por encima de nuestras propias tendencias desviadas, que nos conducen en dirección opuesta a la Voluntad de Dios. Negarse a uno mismo es negar nuestras pasiones, vicios y defectos, que nos impiden obrar como cristianos, al tiempo que nos hacen obrar como neo-paganos, como cristianos neo-paganos.
¿Qué significa “Tomar la cruz”? Quiere decir que para seguir a Jesús, es necesario crucificar al hombre viejo con sus pasiones, porque no basta el mero voluntarismo para ir en pos de Jesús. Muchos –que reducen el ser cristiano y su mensaje a la antropología y el psicologismo- piensan que el cristiano puede, con su propia voluntad y su propio querer, ser virtuoso, prescindiendo de la gracia, lo cual es un imposible. Es la gracia santificante del Cordero de Dios la que cambia nuestros corazones, pero la gracia la concede Jesús crucificado con la Sangre que brota de su Corazón traspasado, por lo que es necesario –más bien, indispensable, condición sine qua non- tomar la cruz, para ser crucificados con Cristo en la cima del Monte Calvario. Sólo así podrá morir el hombre viejo y nacer el hombre nuevo, que vive la vida nueva de la gracia.
“Si alguno quiere venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame”. La negación de sí mismo y el tomar la cruz, no es por una única vez, sino todos los días, a cada momento de la vida cotidiana, porque el seguimiento de Jesús camino del Calvario comprende el entero arco de nuestra vida terrena. La negación de sí mismos y el portar la cruz cada día, todos los días, sólo terminará cuando atravesemos el umbral de la muerte cargando nuestra cruz, para encontrarnos cara a cara con Jesús en el Reino de los cielos. Ahí, en la contemplación gozosa de Dios Trino y su Cordero, y convertidos en imágenes vivientes de su gloria, Cristo será todo en todos y nuestra alegría no tendrá fin.


martes, 9 de febrero de 2016

Miércoles de Cenizas


(Ciclo C - TC - 2016)

         El ritual de la imposición de cenizas tiene como objetivo el hacernos recordar, a los cristianos, que esta vida terrena, que se desarrolla en el transcurso del tiempo, tiene un fin: “Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás”. Las cenizas nos recuerdan que nuestro cuerpo, el cuerpo al que tanto cuidamos y alimentamos, está destinado a convertirse, por la muerte, en cenizas, en polvo, puesto que nada de él quedará luego de que el alma, que es el principio vital que le da vida, se separe en el momento de la muerte.
         Ahora bien, como cristianos, sabemos, porque nos lo ha revelado Jesucristo, que con la muerte temporal no termina nada, sino que, por el contrario, comienza todo, si podemos decir así, porque en el mismo instante en el que alma se desprende del cuerpo –y el cuerpo comienza su proceso de descomposición orgánica-, el alma ingresa en la eternidad y la conciencia adquiere pleno conocimiento de las realidades de la vida eterna, comprendida la Dios Uno y Trino. Al ingresar en la eternidad, el alma es conducida ante la Presencia de Dios Trino, para recibir lo que el Catecismo llama “Juicio particular”, un juicio en el que el alma puede ver, a la luz de Dios y con total perfección y detalle, todas sus obras, las buenas y las malas, y el destino eterno –cielo o infierno- que con dichas obras, realizadas libremente, se mereció.
         La imposición de cenizas nos recuerda, por lo tanto, las verdades de fe acerca del más allá, los denominados “novísimos”: muerte, juicio, purgatorio, cielo o infierno, y nos lo recuerda para que, por la penitencia, el arrepentimiento del corazón por los pecados cometidos y la realización de obras de misericordia, evitemos el infierno y ganemos el cielo, saliendo victoriosos, por la Sangre de Cristo, de nuestro Juicio particular. Es por esto que el Miércoles de cenizas no pretende sólo recordarnos que “somos polvo y en polvo nos convertiremos” -verdad que, por otra parte, nos ayuda a vivir más despreocupados acerca de los cuidados excesivos dados al cuerpo, que finalmente se convertirá en polvo-, sino que, además de esto, nos recuerda que nuestra alma será juzgada al fin de sus días de vida en la tierra, para recibir el destino final que se mereció libremente por sus obras, el cielo o el infierno; por lo tanto, debemos prepararnos, desde ahora, para ganar el cielo.
         El cristiano no pone sus esperanzas en esta vida terrena -que se termina, tarde o temprano, con la muerte-, sino en Jesucristo crucificado, muerto y resucitado, porque Jesús, con su cruz, nos ha abierto las puertas del cielo, nos ha convertido en hijos de Dios y nos ha dado como herencia el Reino de los cielos. Conquistar este Reino, con la gracia, la oración, la penitencia y la misericordia, es el objetivo del cristiano, que ha sido liberado de la esclavitud del pecado por la Sangre del Cordero de Dios (derramada en la cruz y vertida, misteriosa y sobrenaturalmente, cada vez, en la Santa Misa, por la liturgia eucarística).

         Además de lo que hemos considerado, existe otro significado del Miércoles de cenizas -con el cual inicia el tiempo litúrgico de la Cuaresma- y es la participación, también misteriosa y sobrenatural, de la Iglesia a la Pasión de Cristo: la imposición de cenizas no es un mero ritual recordatorio, sino un gesto litúrgico por el cual la Iglesia toda, como Cuerpo Místico, comienza a participar de la Pasión de su Cabeza, Cristo, Pasión por la cual la Iglesia, al tiempo que triunfa “sobre las puertas del Infierno” (cfr. Mt 16, 18), conduce a sus hijos al Reino de los cielos. No hay mejor manera de vivir el Miércoles de cenizas y la Cuaresma, que meditando la Pasión de Cristo, buscando de imitar las virtudes del Corazón de Jesús, "manso y humilde" (Mt 11, 9).

“Dejan de lado los Mandamientos de Dios, para seguir los de los hombres”


“Dejan de lado los Mandamientos de Dios, para seguir los de los hombres” (Mc 7, 1-13). Jesús culpa a los fariseos y escribas de tergiversar la religión, vaciándola de su contenido, que es la caridad. Jesús les dice que “Dejan de lado los Mandamientos de Dios, para seguir los de los hombres” y da un ejemplo concreto: el mandamiento de Dios que dejan de lado –entre otros tantos- es el Cuarto, que manda “Honrar padre y madre”, y lo dejan de lado, por cumplir “los mandamientos de los hombres”, es decir, las disposiciones de la ley farisaica, según las cuales, si se dejaba lo que se poseía en el altar del templo, entonces ya no había obligación para con los padres. Sin embargo, esto último es un acto de malicia porque, amparándose en una ley religiosa, los fariseos y escribas, lo que hacían, era desentenderse del amor debido a los padres. Por otra parte, lo que se depositaba ante el altar, lo recolectaban ellos mismos, con lo cual su ganancia era óptima: se desentendían del deber de caridad y justicia para con los padres, se quedaban con todo el dinero –con el cual deberían haber ayudado a sus padres, además de auxiliar al templo- y tranquilizaban sus conciencias citando la ley, un “mandamiento de hombres”, como les dice Jesús, poniéndolo por encima del “mandamiento de Dios”, que mandaba “honrar padre y madre”.
Obrando de esta manera, los fariseos y escribas vacían a la religión de su contenido esencial, la caridad, el amor sobrenatural a Dios y al prójimo, amor que impide cualquier acto de impiedad hacia Dios y de injusticia hacia el prójimo. Es por eso que, cuando no hay caridad en un acto de religión, sólo queda lo externo, el mero cumplimiento ritual, exterior, visible a los ojos de los hombres, pero inútil a los ojos de Dios. La caridad, esencia del acto religioso, impide la impiedad y la injusticia, volviendo al acto religioso piadoso para con Dios y justo para con el prójimo. Jesús desenmascara a los fariseos y escribas, haciéndoles ver que se han olvidado de la caridad y por lo tanto, son injustos para con el prójimo, al tiempo que inmediatamente se vuelven impiadosos para con Dios, porque no puede haber verdadera piedad para con Dios, si hay falta de caridad para con el prójimo.

“Dejan de lado los Mandamientos de Dios, para seguir los de los hombres”. Tengamos en cuenta las palabras de Jesús, para no solo no reemplazar nunca los Mandamientos de la Ley de Dios, por preceptos humanos, sino ante todo para que vivamos los Mandamientos divinos con la perfección sobrenatural de la caridad cristiana, es decir, para que cumplamos los Mandamientos de Dios con amor sobrenatural en el corazón, con actos religiosos plenos de caridad y piedad.

sábado, 6 de febrero de 2016

“Navega mar adentro y echa las redes”


(Domingo V - TO - Ciclo C – 2016)
         “Navega mar adentro y echa las redes” (Lc 5, 1-11). En este Evangelio llamado “de la primera pesca milagrosa”, hay en realidad dos pescas: una primera, hecha por Pedro y sus discípulos, sin Cristo, de noche, en la que no logran pescar nada; una segunda, milagrosa, de día, con Cristo, en la que pescan con abundancia. Jesús realiza por lo tanto un gran milagro, que es el de atraer los peces a la red. La escena evangélica, sucedida realmente, tiene además un significado espiritual y sobrenatural; para poder aprehenderlo, hay que considerar que cada elemento terreno, real, remite a una realidad sobrenatural. Así, por ejemplo: la barca de Pedro, a la que sube Cristo, es la Iglesia Católica, conducida por el Vicario de Cristo, el Papa, bajo las órdenes de su Cabeza, el Hombre-Dios Jesucristo; el mar, es el mundo y la historia humana; la noche significan las tinieblas del pecado, del error y de la ignorancia, además de las tinieblas vivientes, los demonios, que acechan a la Iglesia y la perturban en su tarea de salvar almas; el día –la hora de la mañana en la que se lleva a cabo la pesca milagrosa-, caracterizado por la iluminación con la luz del sol, significa la Iglesia iluminada por la luz de la resurrección de Cristo, el Sol de justicia que ilumina el mundo con su luz eterna desde el Domingo de Resurrección y significa por lo tanto el triunfo de Cristo, muerto en cruz y resucitado, sobre los enemigos mortales de la humanidad, las tinieblas que son el demonio, la muerte y el pecado; los peces en el mar, son los hombres a los que no se ha predicado el Evangelio; la red echada en el mar, con la cual se atrapan los peces, es el Evangelio de Jesucristo predicado por el Magisterio eclesiástico, con el cual la Iglesia salva las almas de los hombres; como toda pesca, y aunque no aparezca en este episodio, los pescadores separan a los peces buenos de aquellos que están muertos: los pescadores son los ángeles de Dios, que en el Día del Juicio Final, y bajo las órdenes del Sumo y Eterno Juez Jesucristo, separarán a los hombres buenos, aquellos en quienes la Palabra de Dios dio fruto en un treinta, sesenta y ciento por uno, de los peces malos, es decir, aquellos hombres muertos a la gracia y destinados a la condenación, por no haber creído en Jesucristo; la pesca infructuosa, realizada de noche, sin Jesucristo en la barca, significan los esfuerzos apostólicos de la Iglesia que no están precedidos por la oración y que por lo tanto no cuentan con el favor de Dios, pero también significa una Iglesia sin Cristo; la pesca milagrosa, realizada en una hora y en un lugar no aconsejados para la pesca, pero que a pesar de eso consigue abundancia de peces y realizada con Cristo en la Barca de Pedro, es la Iglesia que, junto al Vicario de Cristo sigue sus mandatos, y significa que los esfuerzos apostólicos, misioneros y evangelizadores de la Iglesia, aunque realizados en condiciones humanamente imposibles, obtienen sin embargo la conversión de numerosas almas, porque el que convierte los corazones con su gracia, es Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
         Hay dos pescas en el Evangelio, entonces: una infructuosa, de noche, sin la guía de Jesucristo, que no logra pescar nada, a pesar de hacerlo en la hora adecuada –la noche- y en el lugar adecuado; la pesca milagrosa, se realiza bajo las órdenes de Cristo, y obtiene numerosísimos peces, indicando así que no somos nosotros quienes atraemos a las almas, sino Jesús, aunque el hecho de que Jesús atraiga las almas por medio del trabajo de Pedro y los demás Apóstoles, indica que Él quiere atraer a las almas mediante nuestro trabajo apostólico en su Iglesia.
         El Evangelio de las dos pescas –la infructuosa, sin Cristo, y la milagrosa y abundante, con Cristo-, nos enseña que, tanto en la vida personal, como en la vida de la Iglesia, “nada podemos sin Cristo”, Presente en la Eucaristía: “Sin Mí, nada podéis hacer” (Jn 15, 5).
         Ahora bien, hay otro elemento para considerar, y es que cuando Pedro se da cuenta de que Cristo acaba de hacer un gran milagro y que por lo tanto es Dios Encarnado, se postra ante Jesús y le dice: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Nosotros, reconociendo también en Jesucristo su condición de Hombre-Dios, también nos postramos ante Él, pero no le pedimos que se aparte de nosotros, sino que se quede con nosotros, porque somos pecadores y queremos ser convertidos por su gracia. Es por eso que le decimos: “Señor Jesús, no te apartes de mí, porque soy pecador. Quédate conmigo, quédate en mí, yo soy uno de los peces atrapados por la red de tu Palabra de Vida eterna. Quédate conmigo, entra en mi corazón por la Eucaristía y santifica mi alma con tu gracia, conviérteme en Ti, en una imagen viviente tuya. Jesús Eucaristía, no te apartes de mí, que soy un pecador. Quédate conmigo, y no te apartes nunca de mí”.


jueves, 4 de febrero de 2016

“Jesús envió a los Doce de dos en dos (…) fueron a predicar, exhortando a la conversión”


“Jesús envió a los Doce de dos en dos (…) fueron a predicar, exhortando a la conversión” (cfr. Mc 6, 7-13). Jesús envía a sus Apóstoles a misionar y, si bien les concede al mismo tiempo poder para expulsar demonios y curar enfermos, la tarea principal de los Apóstoles es la de “exhortar a la conversión”. Puesto que esa misión es la misión de la Iglesia Universal –sean sacerdotes o laicos- en todos los tiempos, tenemos que considerar que también nosotros somos enviados para llamar a la conversión a nuestros hermanos. Esto nos lleva a plantearnos las siguientes preguntas: ¿qué significa “conversión”? La conversión es un giro del corazón, que se encuentra volcado hacia las cosas terrenas y bajas, hacia lo alto, hacia Dios; por la conversión, el corazón se despega de lo mundano, para dirigir su mirada hacia el Sol de justicia, Jesucristo, de manera tal que, a partir de este encuentro con Cristo, lo que guíe su vida sean sus mandatos y no las seducciones del mundo. Ésta es la tarea de los Doce, y es también la tarea de toda la Iglesia de todos los tiempos y, por lo tanto, es también nuestra tarea: llamar a la conversión a nuestros hermanos.
La otra pregunta es: ¿cómo “exhortar a la conversión”? Lograremos la conversión de nuestros hermanos mediante la oración, en primer lugar; luego, por la acción. Sin oración previa, ninguna empresa apostólica puede seguir adelante; con la oración, la empresa apostólica se desenvuelve según los designios de Dios. Una manera concreta de actuar apostólicamente, en vistas a la conversión de nuestros hermanos, es por medio de obras de misericordia espirituales, como por ejemplo, las tres primeras: dar un consejo a quien lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que peca. Y una vez que hemos dado consejo, enseñado y corregido, nuestra tarea continúa enseñando a nuestros hermanos que todos los remedios espirituales que necesitan están en la Iglesia, y estos son, principalmente, el Bautismo, la Confesión Sacramental y la Eucaristía, esto es, la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo.
“Jesús envió a los Doce de dos en dos (…) fueron a predicar, exhortando a la conversión”. La misión de los Apóstoles es nuestra misión, que es eminentemente espiritual y sobrenatural: que le mundo tome conciencia de la necesidad de la conversión y de que fuera de la Iglesia Católica, la Iglesia del Hombre-Dios Jesucristo, no hay salvación.