jueves, 3 de marzo de 2016

“Si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes”


“Si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11,14-23). Jesús expulsa a un demonio mudo de un hombre poseso; en cuanto el demonio sale, el hombre recupera el habla, pues la había perdido a causa de la posesión. Algunos de entre los que observan la escena comentan y critican con malicia el exorcismo realizado por Jesús: “Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios”. En tanto “otros”, dice el Evangelio, “para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo”. No puede ser más grande la malicia, la obcecación en el mal y la necedad de estos tales, pues exigen a Jesús que haga aquello mismo que está haciendo, porque a pesar de que Jesús expulsa al demonio con el poder de Dios, lo culpan de hacerlo con el poder del demonio, es decir, lo acusan de ser un mago, un hechicero, un aliado del Demonio; por otro lado, le piden “un signo del cielo”, cuando lo están viendo con sus propios ojos, con lo cual quiere decir que, maliciosamente, piden un signo similar al que ven, para volver a negarlo, tal como están negando el exorcismo que contemplan con sus propios ojos. La necedad y la voluntaria obstinación en el mal de los que asisten a la escena -pecado idéntico al de los fariseos-, que los lleva a no querer reconocer que Jesús es Dios y que expulsa a los demonios con el poder de Dios –y que esto es un signo del cielo-, lleva a Jesús a advertirles: “Si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes”. Como si dijera: “No expulso los demonios con el poder del Demonio, sino con el poder de Dios y esto mismo es un signo del cielo, el signo que ustedes mismos, obcecadamente, se niegan a reconocer”. La muchedumbre -y también los fariseos- no niegan la realidad de la posesión demoníaca por parte de un ángel caído; su error consiste en atribuir a Jesús estar Él mismo poseído, porque la fuerza con la que lo expulsa, según ellos, proviene de Beelzebul, jefe de los demonios. Esto, además de ser un alegato contra algunos cristianos que reducen el cristianismo –y, en consecuencia, episodios como el del Evangelio- a un psicologismo –el “espíritu mudo” no sería un ángel caído, como lo es en la realidad, sino “callar las cosas y no hablar en su momento” (sic) y cosas por el estilo-, pone de manifiesto la ceguera voluntaria de quienes no quieren creer –lo cual demuestra malicia extrema porque, frente a un milagro realizado con el poder de Dios no solo niegan su origen divino, sino que lo atribuyen a Satanás-, pero sobre todo, el objetivo de la actividad del Mesías, el Hombre-Dios Jesucristo, que ha venido para “destruir las obras del Demonio” (cfr. 1 Jn 3, 8). Por otra parte, evidencia que la lucha del cristiano no es contra su prójimo –aun cuando este prójimo suyo sea su enemigo, por algún motivo circunstancial- sino, como dice un Padre de la Iglesia citando la Escritura, contra “los espíritus malos que están en el aire (cfr. Ef 6,12) que levantan las guerras contra la Iglesia del Señor, el nuevo Israel”[1]. Pero además hay otro elemento que también debe ser considerado: los milagros de Jesús –en este caso, la expulsión de un demonio- son realizados para llamarnos a la conversión, que es lo que Jesús dice indirectamente: “Si expulso los demonios con el poder de Dios, es porque ha llegado a ustedes del Reino de Dios; entonces, conviértanse”. Más allá de la malicia de quienes no quieren ver el poder divino de Jesús, tanto la “destrucción de las obras del Demonio” como la realización de prodigios, está dirigida a la conversión del corazón del hombre, condición sine qua non y requisito indispensable para ingresar en el Reino de los cielos.
“Si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes”. Si la expulsión de demonios es una señal de que Jesús ha traído a nosotros el Reino de Dios, porque es un prodigio obrado con el poder divino –y, por lo tanto, es un llamado a la conversión para todo aquel que desee ingresar en el Reino de los cielos- hay un prodigio mucho más sorprendente y fascinante que la expulsión de un demonio, y es la conversión del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Entonces, si un exorcismo es, en definitiva, un llamado a la conversión, lo es mucho más el milagro de la Transubstanciación ocurrido en cada Santa Misa. Por lo tanto, no debemos sorprendernos de la malicia de los fariseos o de quienes piensan como ellos, si nosotros mismos, cristianos del siglo XXI, que asistimos al más fascinante y grandioso milagro que jamás pueda ser realizado por la omnipotencia y la sabiduría de la Trinidad, como lo es la Eucaristía, no buscamos nuestra propia conversión y no somos capaces de asombrarnos, agradecer y adorar por este signo evidente del Reino de Dios entre nosotros.





[1] Orígenes (c. 185-253), presbítero y teólogo, Homilías sobre Josué 15, 1-4; SC 71 pp. 331-345.

miércoles, 2 de marzo de 2016

“No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar cumplimiento”


“No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar cumplimiento” (Mt 5, 17-19). Jesús, siendo Él el Legislador divino, ha venido no para abrogar la ley mosaica, sino a perfeccionarla[1], según el sentido que Él mismo en cuanto Dios ha dispuesto al promulgarla. Esto quiere decir que no es que el orden moral del Antiguo Testamento pasará o quedará caduco, sino que surgirá a una nueva vida, vida que le será infundida con un nuevo espíritu. Ahora bien, este “nuevo espíritu” será el Espíritu mismo de Dios, infundido por Jesús en su Cuerpo Místico, en su nueva Iglesia, la Iglesia Católica. La Iglesia de Jesús se diferencia del orden de la Antigua Alianza por la perfección de su espíritu interior, aunque no por eso dejará de lado las obras externas: por el contrario, será tan exigente en su cumplimiento, que el discípulo descuidado será menos estimado que su hermano más cuidadoso: “El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes (…) será el menos importante en el Reino de los cielos”.
“No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar cumplimiento”. Cuando Jesús afirma que Él ha venido a “dar cumplimiento” significa que, hasta Él, sólo se daba una observancia meramente extrínseca de la ley: bastaba con un cumplimiento meramente exterior, apegado a la letra, pero sin espíritu -y, sobre todo, sin el Espíritu de Dios-. Hasta Jesús, se cumplía la Ley, pero sólo de un modo literal, extrínseco, ritualista; un cumplimiento meramente material que vaciaba a la religión de su esencia espiritual, la caridad y la justicia. En otras palabras, bastaba una observancia exacta y extrínseca de la ley, sin que importara la ausencia de misericordia, para ser “justos”. Jesús viene a cambiar este orden de cosas y la forma de hacerlo es por el don de aquello que permitirá cumplir la Palabra de Dios no sólo en la letra, sino en el espíritu: dará a los hombres el Espíritu Santo, el Amor Divino, quien informará desde lo más profundo del alma los actos del hombre concediéndoles una perfección interior y exterior que antes no poseían, por el hecho mismo de que la ley antigua sólo podía controlar con efectividad los actos externos[2]. Lo que caracterizará al nuevo Reino de Cristo –del cual la Iglesia es su anticipo en la tierra- será que la ley y los profetas –el Antiguo Testamento- hallarán su término y su sentido más profundo por el Espíritu de Dios que infundirá Jesús. Será este Espíritu, el Espíritu de Dios quien, obrando desde la raíz del ser del hombre, le conceda la gracia de alcanzar la sublime perfección de la santidad divina, la cual asemejará al hombre al mismo Dios, objetivo último de la Nueva Ley de Cristo: “Sed perfectos, como vuestro Padre del cielo es perfecto” (Mt 5, 48).



[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 360.
[2] Cfr. ibidem.

martes, 1 de marzo de 2016

“Perdona setenta veces siete”


“Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 21-35). Llevado por la casuística farisea, Pedro pregunta a Nuestro Señor “cuántas veces” debe perdonar al prójimo que lo ofende. Pensaba que “hasta siete veces” era un número suficiente, puesto que los hebreos consideraban al número siete como sinónimo de perfección; según este modo de pensar, a la ofensa número ocho ya se tenía la libertad  para responder al ofensor y de acuerdo a la ley del Talión, es decir, “ojo por ojo y diente por diente”. Pero Jesús, que en cuanto Dios ha venido a “hacer nuevas todas las cosas” (cfr. Ap 21, 5), sorprende a Pedro al decirle que debe perdonar “setenta veces siete”, con lo cual quiere decir “siempre”. La razón es que el anterior perdón –el de la Antigua Alianza- estaba más bien basado en la buena voluntad de la persona, con lo cual el perdón surgía de las propias fuerzas del hombre que quería ser justo; en cambio el perdón cristiano no se origina en el hombre, sino en el Hombre-Dios Jesucristo y su gracia santificante: el cristiano debe perdonar “siempre” y sin considerar la magnitud de la ofensa porque el perdón con el que perdona, no es el mero perdón humano, sino el perdón con el cual Jesucristo lo perdonó desde la cruz y este perdón es un perdón divino –y por eso, infinito- por originarse en el Hombre-Dios. Esta es la razón por la cual el cristiano no tiene excusas para no perdonar a su prójimo, como tampoco tiene límites en el perdón, porque Jesús nos perdonó desde la cruz sin ningún mérito por parte nuestra y sin poner límites a su perdón. Además, asociado al perdón cristiano, está el nuevo mandamiento de la caridad, que ordena “amar al enemigo” (Mt 5, 44), con lo cual queda abolida y superada por la caridad cristiana la Ley del Talión. En otras palabras, el cristiano no solo debe perdonar “setenta veces siete” –siempre-, sino que no puede permanecer en el solo hecho de perdonar, sino que debe amar a quien lo ofende, a quien es, por alguna circunstancia, su enemigo. El perdón sin medida está asociado al amor sin medida, independientemente de la magnitud de la ofensa e independientemente de si el ofensor es o no enemigo; aún más, si es enemigo, el cristiano está obligado, por la fuerza del Divino Amor que brota del Corazón traspasado de Jesús, a amar a su enemigo y no simplemente limitarse a perdonarlo.

“Perdona setenta veces siete”. Puesto que la fuerza del Amor celestial necesario para poder perdonar a nuestro prójimo y amar a nuestro enemigo proviene de Cristo crucificado es necesario, por lo tanto, que acudamos a la Fuente inagotable de perdón y Amor divino, Jesús en el Calvario y que, arrodillados ante Jesús crucificado, meditemos acerca del infinito perdón que Él nos ha concedido siendo nosotros sus enemigos y que le pidamos la gracia de poder perdonar con el mismo perdón que nosotros mismos recibimos de su Sagrado Corazón. Sólo así el cristiano se vuelve capaza de “perdonar setenta veces siete” y de “amar a su enemigo”, tal como nos lo pide Jesús.

“Ningún profeta es bien recibido en su tierra”


“Ningún profeta es bien recibido en su tierra” (Lc 4,24-30). Debido a que Jesús es Dios Hijo encarnado, sabe con absoluta precisión lo que sucederá en el futuro –en su Ser eterno, toda la historia de la humanidad está ante sus ojos, como en un eterno presente-, les profetiza a los asistentes de la sinagoga qué es lo que harán con Él cuando termine su enseñanza: “Ningún profeta es bien recibido en su tierra”. En efecto, cuando Jesús finalice su intervención en la sinagoga, todos sus concurrentes -“enfurecidos”, dice el Evangelio-, intentarán nada menos que quitarle la vida, llevándolo fuera hasta el borde del precipicio para despeñarlo, aunque no lo conseguirán.
Ahora bien, ¿qué es lo que les dice Jesús, que motiva tanta furia? Jesús les trae a la memoria dos ejemplos de favores divinos realizados a paganos y no a miembros del Pueblo Elegido: el del profeta Elías, enviado a una viuda de Sarepta, y el del profeta Eliseo, a través del cual recibe la curación de su lepra Naamán el sirio. La razón por la cual estos paganos reciben el favor divino radica en la disposición de sus corazones para recibir a los enviados, por un lado y, por otro, en la posesión y práctica de virtudes que hacen a la esencia de la religión. La viuda de Sarepta demuestra poseer un corazón misericordioso para con el prójimo, pues da al profeta de lo que tiene para su subsistencia, y con esto realiza la obra de misericordia que dice: “Dar refugio al peregrino”; a su vez, el sirio Naamán demuestra, además de fe en el verdadero Dios –paradójicamente, a pesar de ser pagano-, el don de la piedad y el temor hacia Dios, pues obedece –aunque es cierto que, al menos al inicio, con algo de reticencia- las indicaciones de Eliseo de sumergirse en el río siete veces para obtener su curación. En definitiva, ambos paganos, la viuda de Sarepta y Naamán el sirio demuestran amor al prójimo y amor a Dios, respectivamente, y así cumplen el primer Mandamiento de la Ley de Dios, el más importante de toda la ley y el que resume y concentra toda la Ley: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. Y puesto que el que verdaderamente ama a Dios y al prójimo es también justo, hacen sus almas semejantes a Dios al poseer caridad y justicia, con lo cual Dios se complace en sus almas al ver que en ellas hay una semejanza de Sí mismo, que es Amor Eterno y Justicia infinita, con lo cual les concede su favor. Jesús les hace ver a los asistentes de la sinagoga que lo vale el favor de Dios a un alma, no es la mera pertenencia al Pueblo Elegido, sino ante todo que esa alma sea una imagen suya, es decir, que sea justa y caritativa. Al enfurecerse contra Jesús por sus palabras, los asistentes a la sinagoga sólo confirman lo que Jesús les estaba diciendo. Puesto que los bautizados en la Iglesia Católica formamos el Nuevo Pueblo Elegido, debemos tomar la enseñanza de Jesús como dirigida directamente a nosotros, por lo que necesitamos ejercitarnos en la misericordia y la piedad, si es que queremos recibir el favor de Dios.


viernes, 26 de febrero de 2016

“Si ustedes no se arrepienten, todos van a perecer”



(Domingo III - TC - Ciclo C – 2016)

         “Si ustedes no se arrepienten, todos van a perecer” (Lc 13, 1-9). Jesús trae a colación dos hechos trágicos, en el que murieron de forma violenta varias personas, advirtiéndoles que el hecho de que hayan muerto de esa manera, no significa que ellos eran pecadores y necesitaban conversión, mientras que los que no murieron así, no eran pecadores y por lo tanto no necesitaban conversión. El ejemplo y la aclaración de Jesús es sumamente necesario, porque en el mundo bíblico la muerte violenta –como los ejemplos que trae Jesús- era considerada como un castigo divino por los pecados cometidos. Jesús –que es Dios- les advierte que no es así, puesto que todos los hombres necesitamos conversión; se trata de una advertencia para quien, creyéndose ya convertido, piensa que no necesita hacer nada más por su conversión, lo cual es un error, porque la conversión –que es, en definitiva, el trabajo por la santidad, para que prevalezca el hombre nuevo sobre el hombre viejo-, es una tarea de todos los días, hasta el día de la propia muerte.
         Ahora bien, la advertencia de Jesús va seguida de un consejo: “conviértanse”, porque "de lo contrario, correrán la misma suerte": Jesús nos llama a la conversión, porque la falta de conversión implica estar en un riesgo vital, según sus palabras textuales. Ahora bien, para convertirse, el cristiano debe obrar, de modo concreto y efectivo, porque solo quien obra –en nombre de Cristo y para Cristo-, demuestra que busca la conversión y demuestra también que su fe está viva, puesto que si no se busca la conversión, no se obra, y si no se obra de acuerdo a lo que se cree, es porque la fe está muerta: “Una fe sin obras es una fe muerta”. 
           ¿En qué debe trabajar el cristiano para convertirse? No en los demás, sino en sí mismo y el modo de hacerlo es tomando a los Sagrados Corazones de Jesús y de María como modelos, ejemplos y fuentes inagotables de toda virtud: el cristiano debe comparar su corazón –no el del prójimo, sino el suyo- con los Corazones de Jesús y de María y tender hacia la perfección, esto es, hacia la imitación de Cristo y la imitación de María. Y esto, de modo concreto, constante, diario, en las pequeñas cosas de todos los días. Por ejemplo, quien es susceptible –es decir, se ofende por cualquier cosa-, demuestra una gran soberbia, y la soberbia es la antítesis exacta de la humildad, la virtud del Sagrado Corazón de Jesús y también del Inmaculado Corazón de María. Entonces, el cristiano debe preguntarse: “Jesús y María son humildes y yo soy soberbio, porque me ofendo por cualquier cosa, incluso hasta por cosas que sólo existen en mi imaginación (hay personas que dialogan consigo mismas y terminan enojándose con el prójimo por pensamientos que sólo existen en su mente); ¿qué puedo hacer, de modo concreto, para disminuir mi soberbia y adquirir, aunque sea mínimamente, algo de humildad?”. De la comparación con los Sagrados Corazones de Jesús y María, surge casi de forma inmediata qué es lo que debo hacer para imitarlos, para adquirir y/o crecer en cualquier virtud que sea. Y así con todas las virtudes, trabajando todos los días, todo el día, esforzándose por la imitación de Jesús y María. Un trabajo espiritual de este tipo demuestra que esa alma se esfuerza por la conversión, que es precisamente girar el corazón, desde las cosas terrenas y bajas –las propias pasiones, el propio yo, el orgullo-, hacia Jesús, tal como hace el girasol cuando amanece, cuando comienza a salir el sol.
         Hacia el final, Jesús refuerza la idea de la necesidad imperiosa de la conversión, con la parábola de la higuera que no da frutos y que está a punto de ser cortada, hasta que intercede alguien para que no sea cortada, suplicándole al dueño que la deje un tiempo más, esperando a que dé frutos. El dueño de la higuera es Dios Padre; la higuera estéril somos nosotros, que no nos decidimos a vivir como cristianos, buscando siempre vivir como paganos, lejos de la cruz de Cristo y sin importarnos su imitación; la higuera estéril hachada, es el cristiano al que Dios se cansó de esperar para que diera frutos y lo llama a su Presencia, para recibir el Juicio Particular y el correspondiente castigo por sus malas obras, por su corazón sin conversión; el que intercede ante el dueño de la higuera para que ésta no sea cortada, es Jesucristo, quien desde la cruz, muestra al Padre sus heridas y su Sangre que brota de ellas a borbotones, suplicando clemencia al Padre y pidiendo que nos dé un poco más de tiempo, a ver si en algún momento decidimos empezar a trabajar por nuestra conversión y comenzamos a dar frutos de santidad. La conversión es necesaria para salir de un gran peligro espiritual, común a todos los cristianos –seamos sacerdotes o laicos, según San Antonio de Padua: “El gran peligro de los cristianos es predicar y no practicar; creer, pero no vivir de acuerdo a lo que se cree”.

         Y Dios, mirando a su Hijo en la cruz, golpeado, malherido, agonizante, sangrante, sólo por las heridas y las súplicas de su Hijo, nos concede más tiempo para que nos convirtamos. Pero Dios no espera infinitamente, porque la vida terrena tiene un límite. ¿Cuánto tiempo más vamos a esperar para convertirnos? No sabemos hasta cuándo Dios esperará y soportará nuestra decidia, nuestra pereza espiritual, por lo que la Cuaresma es un tiempo de gracia adecuado, dispuesto por la Providencia, para que dejemos de comportarnos como paganos, como hijos de las tinieblas y comencemos, de una vez por todas, a vivir como cristianos, como hijos de Dios, como hijos de la luz.

“El Dueño de la Viña la entregará a quienes le den el fruto a su debido tiempo”


Parábola de los viñadores homicidas
(Diego de Quispe)

“El Dueño de la Viña la entregará a quienes le den el fruto a su debido tiempo” (Mt 21,33-43.45-46). En esta parábola, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el dueño de la viña es Dios; la viña es el Pueblo Elegido y la Iglesia; los enviados por el dueño para reclamar la renta, son los profetas -muchos de los cuales son asesinados; los primeros arrendatarios de la viña -que quieren usurparla y apropiarse ilegalmente de ella- son los fariseos y los escribas, que pretenden apropiarse del Pueblo de Dios, gobernándolo no con la Ley de Dios, sino con sus propios mandamientos humanos; estos arrendatarios son también los homicidas de la viña que dan muerte primero a los profetas y luego al hijo de Dueño, que es Jesucristo; los nuevos arrendatarios de la viña son los bautizados en la Iglesia Católica, de quienes espera Dios que den frutos de santidad.

Por lo tanto, en esta parábola debemos vernos reflejados nosotros mismos, los bautizados en la Iglesia Católica, que somos al mismo tiempo la Viña del Señor, el Nuevo Pueblo de la Alianza, como también los nuevos arrendatarios, por lo que debemos ser conscientes de que Dios, el Dueño de la Viña, buscará en nosotros, en el Juicio Particular y en el Juicio Final, frutos de santidad: caridad, misericordia, compasión, justicia, sabiduría, humildad, y cualquier otra perfección hallada en Cristo, pues como cristianos tenemos el deber de imitarlo en sus virtudes, en sus perfecciones, en su vida de santidad. También debemos saber que si el Dueño de la Viña no encuentra en algún bautizado -que son los sarmientos injertados en la Vid Verdadera que es Jesucristo-, esos frutos de santidad, entonces “arrancará los sarmientos y los arrojará al fuego” (cfr. Jn 15, 1-8). 
“El Dueño de la Viña la entregará a quienes le den el fruto a su debido tiempo”. Con esta parábola Dios se asemeja a un viñador que, llegado el tiempo de la vendimia, prueba las uvas de su vid para quedarse con las uvas que rebosan de dulzura, mientras que a las uvas que no sirven, sea por agrias o por aguadas, las desecha: esas uvas son los corazones de los cristianos y la Vendimia es el Juicio Final; por eso debemos preguntarnos: ¿qué sabor encontrará el Viñador cuando llegue la Vendimia y pruebe nuestros corazones? ¿El dulce sabor de la santidad y de la gracia divina? ¿O encontrará el sabor amargo y agrio del pecado? 
De nuestra libertad depende si encuentra uno u otro sabor.

jueves, 25 de febrero de 2016

“A las puertas del rico Epulón, yacía un pobre llamado Lázaro”


Lázaro y Epulón.

“A las puertas del rico Epulón, yacía un pobre llamado Lázaro” (Lc 16, 19-31). Con la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro Jesús nos advierte acerca de las enormes consecuencias que, para la vida eterna, tienen el apego al dinero y a los bienes materiales, además del egoísmo y la indiferencia para con el prójimo más necesitado. Con esta parábola, Jesús revela, además, lo que sucede en el momento de la muerte: un juicio divino particular para cada uno en persona –en la parábola está implícito, porque el destino de cada uno depende de sus obras- y luego los destinos finales –eternos- para las almas: o el cielo –el Purgatorio es temporal, como una antesala del cielo- o el infierno, en compañía del Demonio y sus ángeles y los condenados.
Además de la revelación de los novísimos –muerte, juicio, infierno, cielo-, lo importante en esta parábola es la causa de la condena de Epulón y de la salvación de Lázaro: un análisis superficial llevaría a concluir que el rico se condena por sus riquezas –la simple posesión de estas serían, en sí mismas, las que lo llevan al infierno-, mientras que el pobre se salva por su pobreza –la pobreza en sí misma sería lo que lo lleva al cielo-. Sin embargo, no es así, porque lo que condena a Epulón no es la posesión de bienes materiales, sino su posesión egoísta, desde el momento en que nunca se preocupó, mientras vivía en la tierra, de auxiliar a su prójimo necesitado, Lázaro. Hubiera bastado el gesto de socorrer a Lázaro en sus necesidades, pero no lo hizo y no lo hizo porque en su corazón no había lugar para el amor, la compasión, la caridad, la misericordia y puesto que Dios es Amor, Compasión, Caridad y Misericordia, no había nada de común entre Él y Dios en la otra vida y es por eso que fue apartado de la Presencia de Dios para siempre. Epulón se condena, entonces, no por el hecho de ser rico, sino por usar de modo egoísta sus riquezas y por no apiadarse ni tener compasión por el prójimo más necesitado.
A su vez, Lázaro no se salva por el simple hecho de ser pobre materialmente: se salva porque, en su pobreza material y en la tribulación que le supone vivir, además, de pobre, enfermo, no solo no reniega de Dios ni se queja por su suerte, sino que sufre de modo paciente y sereno, aceptando con mansedumbre de corazón su penosa existencia en esta vida (pobreza, enfermedad, soledad). En Lázaro brillan las virtudes de la humildad, de la mansedumbre y de la piedad y además del amor fraterno, porque no guarda rencor contra su prójimo Epulón,  a pesar de que este se comporta de forma tan egoísta para con él. En definitiva, son todas estas virtudes las que le valen ganar el cielo a Lázaro, y no el simple hecho de no poseer bienes materiales.

“A las puertas del rico Epulón, yacía un pobre llamado Lázaro”. Jesús nos advierte acerca de la realidad del más allá, no para infundirnos temor, sino para que comprendamos el valor de la caridad para con el prójimo y practiquemos las obras de misericordia, de manera de alcanzar el Reino de los cielos.