martes, 15 de marzo de 2016

“Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy”


“Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy” (Jn 8, 21-30). En el momento en el que Jesús sea crucificado, es decir, cuando más inerme y desamparado parezca a los ojos de los hombres, cuando todos piensen que sus enemigos han triunfado sobre Él, entonces quienes lo crucifiquen sabrán la Verdad acerca de Jesús: sabrán que Él es Dios, puesto que “Yo Soy” es el nombre propio de Dios: “Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy”. En otras palabras, al aplicarse a sí mismo el nombre propio de Dios –“Yo Soy”-, Jesús se está auto-revelando a sí mismo como Dios. Lo que resulta paradójico es que el momento en el que, quienes lo crucifiquen, sepan quién es Él, es el momento de la crucifixión, el momento de mayor debilidad y desamparo, y la razón es que Dios se manifiesta con toda su omnipotencia en la debilidad aparente de la cruz, para confundir y derrotar a los tres grandes enemigos mortales de la humanidad: el demonio, el pecado y la muerte. Además, en el momento en el que Jesús sea “levantado en alto”, es decir, crucificado, no solo serán derrotados para siempre estos tres grandes enemigos del hombre, sino que se producirá la efusión del Espíritu Santo en las almas de los que contemplen a Jesús crucificado y será el Espíritu Santo quien les infundirá el conocimiento sobrenatural acerca de Jesús de Nazareth: el que es levantado en la cruz no es un hombre más entre tantos, aunque tampoco es un profeta ni un hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos: el Crucificado es Dios Hijo en Persona, que en la cruz despliega su omnipotencia divina y efunde el Amor de su Sagrado Corazón.

“Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy”. No solo quienes asistían el Viernes Santo a la crucifixión de Jesús, fueron iluminados por el Espíritu de Dios, quien les hizo saber que Jesús era el Hombre-Dios: todo aquel que, arrodillado ante Jesús crucificado, bese con fe y con amor sus pies clavados y sangrantes y le confiese sus pecados, se humille ante Él y le pida su divino perdón, recibirá la iluminación interior del Espíritu de Dios que no solo le hará saber que Jesús es Dios, sino que incendiará su corazón en el Fuego del Divino Amor, para que ame a su Dios, crucificado para la salvación de los hombres, y lo unirá a Cristo y en Cristo lo llevará al Padre y lo unirá a Él en el Divino Amor. En la cruz, Jesús no solo se da a conocer como el Hombre-Dios, sino que insufla su Espíritu en las almas para que las almas se unan al Padre en el Divino Amor.

viernes, 11 de marzo de 2016

“Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”


Jesús perdona a la mujer adúltera
(Pieter Van Lint)

(Domingo V - TC - Ciclo C – 2016)

         “Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más” (Jn 8, 1-11). Jesús, en cuanto Divino Legislador y Sumo y Eterno Juez, es también Dios de misericordia infinita, y ante el caso de la mujer adúltera, muestra cómo la misericordia prevalece sobre la Divina Justicia: “Yo tampoco te condeno”. Ahora bien, no hay que entender esta misericordia divina de modo falsificado, porque Jesús perdona a la mujer adúltera –que muchos dicen que es María Magdalena- y en esto la Misericordia triunfa sobre la justicia, pero al mismo tiempo, le advierte que no vuelva a pecar: “Vete y no peques más”. Es decir, si bien la misericordia triunfa sobre la justicia, la justicia siempre está y está dispuesta a pasar por sobre la misericordia si el alma se obstina, sin arrepentimiento, en el mal. Al decirle Jesús: “Vete y no peques más”, le está diciendo que se aleje del pecado, que viva en la gracia que acaba de recibir. Esto también les cabe a los jueces que pretenden apedrearla, porque Jesús los desenmascara y les evidencia su hipocresía: pretenden apedrear a una mujer por su pecado, cuando ellos mismos están llenos de pecado, pero esto no significa una justificación del pecado de la mujer ni mucho menos, sino que los pretendidos jueces justicieros quedan evidenciados en su hipocresía y que a ellos mismos les vale la advertencia de Jesús: “No pequen más”. Si esto no es así, entonces los jueces, por ser hipócritas, justificarían el pecado de la mujer adúltera, lo cual es falso, porque Jesús no justifica el pecado de nadie: los perdona, por su misericordia, pero al mismo tiempo advierte que no se debe volver a pecar, porque con la misericordia de Dios no se juega: “De Dios nadie se burla” (Gál 6, 7).
La escena, real, anticipa el Sacramento de la Penitencia, en donde el penitente expone, ante la Divina Misericordia, sus pecados, pero para que estos queden destruidos por el poder de la Sangre de Jesús; ahora bien, la condición de la actuación de la misericordia de Dios, en el Sacramento de la Penitencia, es el arrepentimiento del penitente –y si es una contrición, es decir, un arrepentimiento perfecto, mucho mejor-, es decir, que el penitente tome conciencia de la malicia del pecado que anida en su corazón, de la magnitud de la ofensa que esta malicia significa hacia la bondad y la majestad divina, y también la repercusión que tiene sobre el Cuerpo real de Cristo, pues la corona de espinas, los golpes, las flagelaciones y la misma crucifixión, se deben a nuestros pecados personales, los que confesamos en el Sacramento de la Penitencia. Es requisito indispensable, para la absolución, que el penitente se arrepienta de sus pecados, para recibir la Misericordia de Dios, porque si el corazón se cierra en su pecado y se convierte en impenitente, se vuelve voluntariamente impermeable  al perdón de Dios y la Misericordia Divina nada puede hacer. Jesús le dice a la mujer pecadora: “Vete y no peques más”, le está diciendo claramente que es necesario su arrepentimiento y su propósito de enmienda y esto lo recuerda la Iglesia en la fórmula que el penitente dice al final: “Propongo firmemente no pecar más y evitar toda ocasión próxima de pecado”. Si no está esta condición, la de hacer el propósito de no volver a pecar, no están dadas las condiciones para la absolución.

“Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”. Cada vez que nos confesamos, Jesús nos repite las mismas palabras: “Vete y no peques más” y para eso es que hacemos el propósito de “evitar las ocasiones próximas de pecado”: sólo así el alma se asegura de vivir siempre en la gracia de Dios, con Jesús inhabitando en Persona en el alma.

jueves, 10 de marzo de 2016

“Mi testimonio (…) son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo”



“Mi testimonio (…) son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo” (cfr. Jn 5, 31-47). Jesús, el Mesías, se auto-proclama como Dios Hijo, en igualdad de majestad -“que todos honren al Hijo como honran al Padre”-y poder -“lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo”- que el Padre. Esta revelación, basada en la realidad del Ser trinitario de Jesús -por cuanto Él es la Segunda Persona de la Trinidad encarnada o unida hipostáticamente, personalmente, a una naturaleza humana-, constituye para los fariseos un motivo de –incomprensible- escándalo, ocasionado por su negativa voluntaria a creer en sus palabras. En consecuencia, tratándolo –al menos indirectamente- de mentiroso e impostor, lo acusan de blasfemia, afirmando que “se hace igual a Dios”, razón por la cual buscarán “matarlo” (cfr. Jn 5, 17-30).
La negativa de los fariseos a reconocer la divinidad de Jesús es infundada, porque se trata de una decisión voluntaria y libre de no querer creer en Jesús. Para tratar de romper esta obstinación en el mal, es que Jesús les revela que lo que Él hace –sus milagros- son un testimonio de lo que Él afirma de sí mismo –el ser Dios Hijo- es verdad: “Mi testimonio (…) son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo”. El razonamiento es simple: si alguien dice ser Dios y realiza obras –signos, milagros, prodigios- que sólo Dios puede hacer, entonces, ese Alguien, es quien dice ser, esto es, Dios. Jesús les dice, en definitiva: “Los milagros que Yo hago son la prueba de que Yo Soy Dios”. Y en el Evangelio hay innumerables milagros realizados por Jesús –multiplicación de panes y peces, resurrecciones de muertos, curaciones de todo tipo, expulsiones de demonios, etc.-, los cuales son de tal magnitud, que sólo la omnipotencia divina puede llevarlos a cabo. Si los milagros son un testimonio de la divinidad de Jesús, lo contrario también es cierto: si alguien afirma ser Dios –como los casos de los falsos mesías aparecidos en la historia y sobre todo los de los últimos tiempos, los de la Nueva Era-, pero se muestra incapaz de hacer milagros propios de Dios, entonces ese alguien es un impostor.

“Mi testimonio (…) son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo”. La obstinación en el mal hará que los fariseos, movidos por el odio a Jesús, lo acusen con calumnias, lo condenen a muerte en un juicio inicuo, y finalmente lo crucifiquen. Ahora bien, de modo análogo, así como los milagros testimonian la divinidad de Jesús, así también la Iglesia realiza un milagro, infinitamente más grandioso que todos los grandiosos milagros de Jesús, y es la conversión de las ofrendas sin vida del pan y del vino, en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía, en la Santa Misa, y esto es un testimonio acerca de la naturaleza divina de la Iglesia Católica, por cuanto ninguna otra Iglesia en el mundo puede obrar este milagro que asombra y maravilla a los ángeles y santos. Quienes niegan este carácter divino de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, se comporta como los fariseos del Evangelio.

miércoles, 9 de marzo de 2016

“El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió”


“El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió” (Jn 5, 17-30). Jesús revela su condición divina, la de ser Hijo de Dios, que procede eternamente del Padre y que por lo tanto merece, como Hijo, ser honrado igual que el Padre: “que todos honren al Hijo como honran al Padre”. Esta identidad divina de Jesús como Hijo de Dios se reafirma cuando manifiesta que posee la misma potestad divina del Padre: “lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo”. Es decir, Jesús se auto-revela como Dios Hijo, que posee la misma majestad del Padre -“que todos honren al Hijo como honran al Padre”- y con igual poder: “lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo”.
Que Jesús afirme ser Dios Hijo, de igual poder y majestad que Dios Padre, es algo que no pasa inadvertido para los judíos, puesto que es así como lo entienden, aunque misteriosamente, en vez de alegrarse por esta revelación, esto constituye un motivo “para matarlo”: “(…) para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre”. Y puesto que es Dios igual al Padre también, al igual que el Padre, tiene el poder de dar la vida –eterna- a quien quiera el Hijo darla: “Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que Él quiere”. El Padre y el Hijo están unidos por el Amor y es el Amor el que lleva al Padre a obrar por el Hijo –le muestra sus obras-, para que nosotros, los hombres, quedemos “maravillados”: “Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados”. ¿Y cuál es la “obra más grande” -entre todas las obras grandes de Dios- que el Padre realiza por el Hijo, para que nosotros quedemos “maravillados”? Es la Eucaristía, Presencia real, en Persona, con su Cuerpo resucitado y su Persona divina de Hijo de Dios, en medio nuestro, en la Santa Misa, en el sagrario, en la adoración eucarística.

“El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió”. Porque la “maravilla” que nos asombra es la Eucaristía –el cumplimiento del “Emmanuel”, el Dios con nosotros-, también podríamos decir: “El que no adora al Hijo en la Eucaristía, no adora al Padre que, por el Espíritu Santo, lo envió sobre el altar eucarístico”. ¿De qué manera podemos adorar al Hijo, para así adorar al Padre, con el Amor del Espíritu Santo? Uniéndonos a la adoración de la Maestra de los Adoradores Eucarísticos, Nuestra Señora de la Eucaristía, consagrándonos a su Inmaculado Corazón. Así, honraremos, adoraremos y amaremos al Hijo de Dios, enviado por el Padre a la cruz y a la Eucaristía, por medio del Corazón de María, lleno de Amor de Dios, el Espíritu Santo.

martes, 8 de marzo de 2016

“Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”


“¿Quieres curarte?” (Jn 5, 1-16). Jesús encuentra a un paralítico en uno de los pórticos de la piscina de Betsaida, quien estaba enfermo desde hacía  más de treinta años, y que esperaba vanamente por alguien que lo sumergiera en la piscina para curarse milagrosamente ante la llegada del Ángel del Señor. La pregunta de Jesús es retórica, pues es evidente que el hombre se encontraba allí para lograr la curación y si no había obtenido su curación, es porque no recibía auxilio de parte de ninguno de los que acudían a la piscina. Luego de su pregunta retórica, Jesús cura inmediatamente al paralítico, al cual, al encontrarlo más tarde en el Templo, le advierte que “no vuelva a pecar”: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”. En el entretiempo, los judíos, que han encontrado al paralítico llevando su camilla luego de ser curado, le reprochan su falta legal, pues “es sábado y no (te) está permitido llevar tu camilla”, al tiempo que averiguan acerca de Jesús “para atacarlo”, porque “hacía estas cosas –es decir, curaba- en sábado”.
En el episodio evangélico se contraponen con toda claridad, por un lado, la Misericordia Divina, encarnada en Jesús, que cura inmediatamente, gratuitamente, al paralítico, dándole alivio luego de treinta y ocho años de enfermedad; por otro lado, destaca la indiferencia y falta de caridad de los hombres –ninguno de los asistentes a la piscina se acerca para ayudar al paralítico a entrar en ella-, y al mismo tiempo, la observancia escrupulosa y legalista, vacía de amor a Dios y al prójimo, de parte de los fariseos, quienes primero, en vez de alegrarse porque el paralítico ha sido aliviado de su dolencia, le reprochan su falta legal –transportar su camilla en sábado- y en vez de dar gracias a Jesús que, con su misericordia, lo ha curado, lo buscan “para atacarlo”, también por su supuesta falta legal. Es decir, si fuera por los fariseos, ni Jesús debería haber curado al enfermo, ni el enfermo habría podido luego transportar su camilla para retirarse del lugar, una vez sanado. Contrasta por lo tanto el amor misericordioso de Dios, con la necedad y la ceguera espiritual de los fariseos.

Ahora bien, hay además otro elemento a tener en cuenta y es lo que Jesús le dice al final al paralítico: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”. Puesto que podemos decir que en el paralítico –que fue un hombre real, verdaderamente enfermo y que verdaderamente recibió la curación milagrosa por parte de Jesús- está representada la humanidad caída en el pecado; y puesto que también podemos decir que su curación es representación del Sacramento de la Penitencia, en donde el alma es levantada de su postración por la gracia santificante, esta última advertencia es también para nosotros: Jesús, con su Amor misericordioso, nos perdona nuestros pecados, pero nos pide que evitemos el pecado definitivamente, tal como la Santa Madre Iglesia nos hace decir en la fórmula del arrepentimiento: “Propongo firmemente no pecar más y evitar toda ocasión de pecado”. Al recibir la absolución en la Confesión sacramental, Jesús nos dice a través del sacerdote ministerial lo mismo que le dijo al paralítico ya curado: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”.

sábado, 5 de marzo de 2016

“Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”


(Domingo IV - TC - Ciclo C – 2016)

         “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lc 15, 1-3. 11-32). En la parábola del hijo pródigo se representa el itinerario espiritual del alma que cae en pecado y que luego, recibiendo el don de la conversión, acude al Sacramento de la Penitencia para volver al estado de gracia. Cada personaje y cada elemento de la parábola, remite a una realidad espiritual: así, Dios Padre es el dueño de la estancia; la casa del Padre –la estancia- y todos los bienes que posee, son el estado de gracia en el alma, por la cual le vienen al alma toda clase de bienes, además de ser constituida como hija adoptiva de Dios; el hijo pródigo es el alma que, cediendo a la tentación y a las seducciones del mundo, olvida a Dios, que es su Padre por el bautismo, sin importarle su filiación divina adoptiva; la fortuna dilapidada es la gracia; el país extranjero, en el que el hijo pródigo gasta su fortuna, es la vida mundana, atea, agnóstica, alejada de Dios, de la oración, de la fe, de los sacramentos y del Amor de Dios, que es reemplazado por el amor del mundo y sus atractivos; los banquetes a los que asiste luego de abandonar la casa paterna, representan la satisfacción de las pasiones por medio del hedonismo y el materialismo; el hambre que experimenta luego de consumidos los banquetes, representa el efecto del pecado en el alma: aunque en un primer momento el alma, que sucumbió a la tentación y cometió el pecado, pareciera quedar satisfecha al complacer la concupiscencia, muy pronto comienza a experimentar  el vacío del Amor de Dios, que ya no está más con ella, además del sabor amargo de la concupiscencia satisfecha, sumada a la ausencia de paz, porque cuando el alma pierde la gracia, pierde la paz que sólo da Jesucristo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27); la estadía en el país extranjero y la posterior decisión de regresar a la casa del Padre, representa la reflexión que –producto de la gracia- sobreviene en el alma luego del pecado; a esta reflexión le sigue luego la contrición, es decir, el verdadero arrepentimiento y dolor de los pecados, que consiste en tomar conciencia de la malicia del pecado, que se contrapone a la bondad y misericordia infinita de Dios. La contrición o verdadero arrepentimiento está representada en la parábola en la reflexión que hace el hijo pródigo, la que lo lleva luego a “levantarse para ir a la casa del padre” para pedirle perdón. Se trata de una verdadera contrición, del dolor profundo del corazón del hijo que se duele por haber ofendido, con su malicia, la bondad de su padre y esto está representado en la parábola, porque si bien el hijo pródigo se recuerda de los bienes que poseía en la casa de su padre, sin embargo no se lamenta por la pérdida de los bienes materiales, sino que su dolor se origina por haber abandonado a su padre y este dolor está representado en la frase: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti”. Se trata de un dolor profundo, espiritual, por cuanto el hijo pródigo se arrepiente por haber abandonado a su padre, pecando al mismo tiempo contra el cielo, al faltar al Cuarto Mandamiento. Es un indicativo de la contrición del corazón, porque significa el alma a la que le duele el haber ofendido a Dios, que es Padre amoroso, y no tanto por haber perdido el cielo. A su vez, la actitud del padre de la parábola, que consiste en abrazarlo, en no reprocharle ni el abandono de la casa paterna, ni la dilapidación de su fortuna, organizando para él una fiesta para celebrar su regreso, representan el perdón y el Amor misericordioso de Dios que se nos ofrece por la Sangre de Jesús vertida en su sacrificio en cruz y se nos derrama en el Sacramento de la Penitencia. El ternero cebado, que es lo más preciado que tiene el padre y que sacrifica para celebrar el regreso del hijo pródigo, representa a Jesús, el Cordero de Dios "como degollado" (cfr. Ap 5, 1-14), que es lo que el Padre más ama desde la eternidad y que Él ofrece a las almas en el banquete escatológico, la Santa Misa, como manjar exquisito, super-substancial, para celebrar el regreso de sus hijos pródigos -nosotros, los bautizados en la Iglesia Católica-. Las vestimentas de fiesta, el anillo y las sandalias, indican que el alma recobra su condición y su dignidad de hija de Dios por la gracia recibida en la Confesión sacramental. La frase que el padre pronuncia: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”, representan a los dos estados del alma: con pecado mortal –“estaba muerto” y se dice así porque el alma muere a la vida de la gracia, aun cuando la persona se desplace, respire, hable; está muerta a la vida de Dios y por eso se llama “pecado mortal”- y en estado de gracia –“ha vuelto a la vida”-, porque la gracia concede una vida nueva al alma, que es la vida misma de Dios Uno y Trino.

“Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”. La misma alegría y la misma dicha que experimenta el padre de la parábola al ver regresar a su hijo, que estaba perdido, la experimenta Dios Padre cada vez que un alma, respondiendo a la gracia de la conversión, se duele en su corazón por haber ofendido a Dios y se confiesa sus pecados con una contrición perfecta, es decir, con el dolor que se produce no por el temor al castigo, sino por haberse comportado como un hijo malo que ha ofendido a su Padre Dios, infinitamente bueno y misericordioso. Como pecadores que somos, la Iglesia nos pone esta parábola en el tiempo de Cuaresma –además estamos en el Año de la Misericordia- para que nos reconozcamos en el hijo pródigo y para que, meditando acerca del Amor misericordioso de Dios materializado en Cristo Jesús, nos acerquemos al Sacramento de la Penitencia para así experimentar el abrazo y la ternura de Dios Padre. La confesión sacramental es el acto propio del hijo pródigo que regresa a su Padre Dios, siendo bienvenido por Él y recibiendo de Él el beso de la paz, y la garantía de su perdón y de su Amor es la Sangre de Cristo derramada en la cruz.

viernes, 4 de marzo de 2016

“Amarás a Dios con todo tu corazón y con todas tus fuerzas”



“Amarás a Dios con todo tu corazón y con todas tus fuerzas” (Mc 12, 28b-34). Preguntan a Jesús cuál es el “primero de los mandamientos” y Jesús responde citando el primer mandamiento según como lo conocía el Pueblo Elegido, a través de las Escrituras: “Escucha Israel (…) Amarás a Dios con todo tu corazón y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-9). Debido a que Jesús cita el Antiguo Testamento puede parecer, a primera vista, que la nueva religión fundada por Jesús no se diferencia en nada de la religión del Antiguo Testamento, con lo cual no habría novedad alguna de parte de Jesús, al menos con respecto a los Mandamientos. La pregunta es, entonces, si Jesús trae o no alguna novedad con respecto al Antiguo Testamento puesto que, como decimos, a primera vista, el mandamiento parecer ser el mismo. La respuesta es que sí, sí hay una novedad y es tal, que puede decirse que es casi como un nuevo mandamiento. ¿En qué consiste esta novedad o diferencia, entre el mandato del Antiguo Testamento y el Mandato de Jesús? La diferencia es que, en la Antigua Alianza, se debía amar a Dios “con todo tu corazón y con todas tus fuerzas”, lo cual quiere decir, literalmente, con el corazón y las fuerzas del hombre, de la naturaleza humana. A partir de Cristo el cristiano debe amar a Dios y al prójimo no ya con sus solas fuerzas humanas, sino con el Amor mismo de Dios, infundido por Jesús con su Sangre que brota de su Corazón traspasado. Es decir, si antes se mandaba “amar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas” -lo cual quería decir amarlo con las solas fuerzas de la naturaleza humana-, ahora también hay que amar a Dios “con todo tu corazón y con todas tus fuerzas”, pero con el corazón y las fuerzas impregnados por la gracia santificante, lo cual significa amarlo con el Corazón, las fuerzas y el Amor del Hombre-Dios Jesucristo. Y lo mismo sucede con el mandamiento del amor al prójimo: si antes se lo amaba con las propias fuerzas humanas, ahora hay que amarlo con el Amor de Cristo, que es Amor de la cruz, Amor que permite amar a todo prójimo, comenzando por el enemigo, porque es el Amor del Sagrado Corazón de Jesús. La novedad del mandamiento de Jesús es entonces el hecho de amar a Dios y al prójimo con el Amor mismo del Sagrado Corazón de Jesús, el Espíritu Santo, y no ya con el solo amor humano, natural, como sucedía en la Antigua Alianza, y esto es una novedad radical, porque se trata del Amor substancial de Dios, efundido por el Sagrado Corazón a través de su Sangre derramada en la cruz. En otras palabras: el mandamiento sigue siendo “amar a Dios con todo tu corazón y con todas tus fuerzas”, solo que ahora, a partir de Cristo y su gracia, el “corazón” y las “fuerzas” del cristiano no son ya las suyas propias, sino que el cristiano ama con el Corazón de Jesús, en el Corazón de Jesús, a través del Corazón de Jesús, por el Corazón de Jesús, contenido en la Eucaristía.