viernes, 8 de abril de 2016

“Pedro, ¿me amas? (…) Apacienta mis ovejas”


(Domingo III - TP - Ciclo C – 2016)

         “Pedro, ¿me amas? (…) Apacienta mis ovejas” (cfr. Jn 21, 1-19). En el diálogo entre Jesús resucitado y Pedro, este último, con su triple profesión de amor, repara la triple falta de amor cometida en la Pasión de Jesús, cuando estando en el patio y mientras Jesús estaba ya encarcelado, ante la acusación de ser uno de los discípulos de Jesús, negó enfáticamente el conocerlo. Ahora, ya pasada la Pasión y con Jesús resucitado y habiéndose Pedro arrepentido de su cobardía, repara su triple negación con una triple profesión de amor a Jesús. Pero hay además otro elemento además de la reparación, y es la comprensión, por parte de Pedro –y gracias a la luz del Espíritu Santo-, de en qué es lo que consiste este amor declarado a Jesús. Este conocimiento se da cuando Jesús, por tercera vez, le pregunta si lo ama, Pedro responde que sí, y Jesús le profetiza de qué manera habría de morir, a causa de ese amor: “Cuando seas viejo, otro te llevará adonde no quieras”. Y dice el Evangelio que Jesús se estaba refiriendo a su muerte: “Esto lo dijo aludiendo a la muerte con la que iba a glorificar a Dios”. Luego Jesús le dijo: “Sígueme”.
         Es decir, en la triple declaración de amor, además de la reparación a su traición, hay una comprensión, dada por el Espíritu Santo, por parte de Pedro, acerca de lo que implica amar a Jesús: no es un mero amor sentimentalista; no es una mera declaración pasajera; no es un simple decir: “Tú sabes que te quiero”, para luego darse la vuelta y seguir con la vida propia. El amar a Jesús implica, por un lado, la realización concreta de obras que demuestren que ese amor declarado es realmente cierto y eficaz, en el sentido de que se traduce en obras -en el caso de Pedro, se trata de "apacentar las ovejas", es decir, conducir la nave de la Iglesia, como Sumo Pontífice y Vicario de Cristo, bajo la guía del Espíritu Santo-; por otro lado, implica el olvido más radical de sí mismos, puesto que el amor a Jesús implica seguirlo –por eso Jesús le dice: “Sígueme”- e implica también el dejar la vida terrena en ese seguimiento –por eso Jesús le profetiza su muerte martirial al final de su vida-, para así ganar la vida eterna.

         “Pedro, ¿me amas? (…) Apacienta mis ovejas”. También a cada uno de nosotros, Jesús resucitado en la Eucaristía nos hace la misma pregunta y, puesto que también nosotros, en mayor o menor medida, hemos abandonado a Jesús, como Pedro, por el pecado, también nosotros debemos, en consecuencia, guiados por el Espíritu Santo, reparar nuestras faltas de amor. Y también, al igual que Pedro, debemos ser conscientes de que el amor que declaramos a Jesús Eucaristía no es meramente declarativo ni vacío de contenido y que el contenido del amor son las obras de misericordia para con nuestros hermanos. Sólo así, demostraremos que amamos a Jesús con el amor del Espíritu Santo, el Amor de Dios, que nos hace tomar la cruz cada día, para seguirlo por el Camino del Calvario, para morir al hombre viejo y nacer, en el tiempo y para la eternidad, al hombre nuevo, el hombre que vive la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios.

“El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra”


“El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra” (Jn 3, 31-36.). Muchos cristianos reducen el misterio de Jesucristo, el Hombre-Dios, la Segunda Persona de la Trinidad encarnada, a lo que puede comprender su estrecha razón humana: para estos tales, Jesús es solo un hombre bueno y nada más. Al reducir la magnitud de la persona de Cristo –de Hombre-Dios a persona humana, común y corriente-, reducen en consecuencia el cristianismo, a un mero psicologismo, a una especie de “método de auto-ayuda y de superación personal” religioso. De esta manera, el cristianismo se convierte no en el único camino de salvación y acceso al Reino de los cielos por medio de la unión con Dios hecho hombre, sino en una corriente psicologista, entre tantas otras, que “ayudan” a la psiquis humana a “enfrentar sus miedos”, a “encontrarse a sí misma”, a “darse cuenta de que puede realizar sus sueños”, y así con una interminable serie de lugares comunes y cursis. Quedan de lado la vida de la gracia y la esperanza de la gloria en el Reino de los cielos; la lucha contra el pecado y la concupiscencia de la vida y de la carne; la lucha contra “las potestades siniestras de los aires” (cfr. Ef 6, 12ss); la necesidad imperiosa de “cargar la cruz de cada día” para ir en pos de Jesús (cfr. ); la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; la realidad de María Santísima como “Mediadora de todas las gracias”, y así con todas y cada una de las verdades del cristianismo. Y todas estas verdades quedan de lado puesto que simplemente no encajan –por ser verdades celestiales y sobrenaturales- en el estrecho horizonte del psicologismo humano. A estos cristianos, que hablan terrenalmente del Dios “bajado del cielo”, les cabe la frase de Jesús: “El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra”

miércoles, 6 de abril de 2016

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito, para que los creen en Él tengan vida eterna”


“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito para que los creen en Él tengan vida eterna” (cfr. Jn 5, 16-21). En esta frase de Jesús está revelado el motivo de su Encarnación, Pasión y Muerte, es decir, el motivo de su Misterio Pascual de Muerte en Cruz y Resurrección. Si alguien, al contemplar la Cruz, al contemplar a Jesús crucificado, al contemplar su Cuerpo lacerado y cubierto de heridas sangrantes, al contemplar sus manos y pies clavados al madero, al contemplar su Costado traspasado, al contemplar su corona de espinas, se pregunta el porqué de la muerte en cruz tan cruel de Jesús, ese alguien encontrará la respuesta en esta frase de Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito para que los creen en Él tengan vida eterna”. Es el Amor misericordioso de Dios Padre el que lo lleva a entregar a Jesús, Dios Hijo encarnado, a morir en cruz, para que una vez muerto donara a Dios Espíritu Santo por medio de la Sangre y el Agua que brotaron de su Corazón traspasado. No hay otro motivo que explique la Cruz de Jesús, que su Amor infinito y eterno, el Amor misericordioso de su Corazón. Y por lo tanto, es también el Amor misericordioso de Dios el que lo lleva a crear la Santa Misa, la renovación sacramental de su sacrificio en Cruz, para donarse a sí mismo en la Eucaristía, Pan de Vida eterna: no hay otro motivo ni otra causal divina, que explique el porqué del don de sí mismo que Jesús hace en cada Eucaristía, que el Amor de Dios. La Cruz y la Santa Misa se explican por esta frase de Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito para que los creen en Él tengan vida eterna”. Sólo Amor –divino, eterno, infinito- recibimos de parte de Dios, en la Cruz y en la Eucaristía, y es por eso que, en pago a ese Amor, sólo Amor –sin medida y sin distinciones, como el de Jesús en la Cruz- debemos dar a nuestros prójimos, comenzando por aquellos que, de un modo circunstancial, puedan ser nuestros enemigos. Sólo dando el mismo amor de Jesús, el que recibimos desde la Cruz y la Eucaristía, podremos cumplir el mandamiento del Amor: “Ama a Dios y al prójimo como a ti mismo; ama a tu enemigo, como Dios te ama desde la Cruz y desde la Eucaristía”. 

martes, 5 de abril de 2016

“Como Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”



       “Como Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del hombre” (Jn 3, 7-15). Jesús compara la acción de elevar la serpiente de bronce en el desierto, por parte de Moisés, con la elevación en la cima del Monte Calvario, de la cual Él mismo será objeto, para que el alma que lo contemple reciba algo mucho más grande que la curación de una herida, para que “todo aquel que crea en Él, tenga vida eterna”. Para poder aprehender el sentido sobrenatural de la frase de Jesús y el porqué de su comparación, hay que traer a colación el episodio bíblico. En el desierto, mientras peregrinaba hacia la Tierra Prometida, el Pueblo Elegido sufrió un ataque por parte de numerosas serpientes venenosas, ante lo cual Dios le ordenó a Moisés que fabricara una serpiente de bronce y la elevara en lo alto, para que el que hubiera sufrido la mordedura de la serpiente, fuera milagrosamente curado ante la vista de la serpiente de bronce, lo cual así sucedió. En este episodio, estamos representados los bautizados, como miembros de la Iglesia Católica: los integrantes del Pueblo Elegido representan a los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica; la Jerusalén terrena representa a la Nueva Jerusalén, la Ciudad Santa que está en el cielo, no en este mundo; las serpientes representan a los demonios; el desierto es esta vida terrena, que se desarrolla en el tiempo y el espacio; las mordeduras de las serpientes y el veneno inoculado representan a los demonios que inoculan en el alma el veneno de la soberbia y de la rebelión contra Dios; la muerte en el desierto representa la muerte eterna; la serpiente de bronce representa a Jesús; los que miran a la serpiente, representan a quienes se arrodillan ante Jesús crucificado y contemplan sus llagas, su corona de espina, su Costado traspasado, sus manos y pies clavados, su Sangre; las curaciones milagrosas que reciben los que ven la serpiente, representan el don de la vida eterna que recibe aquel que contempla a Jesús crucificado con fe y con amor: la vida eterna.
“Como Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. De manera análoga, y debido a que la Santa Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, también el que contemple a Jesús elevado en la Eucaristía, recibe el don de la vida eterna, don mediante el cual “nace de nuevo por el Espíritu”, no para este mundo, sino para el Reino de los cielos.

sábado, 2 de abril de 2016

Domingo in Albis o de la Divina Misericordia


         “Deseo que el primer domingo después de Pascua se celebre solemnemente la Fiesta de la Divina Misericordia (…) Esta Fiesta surge de Mi piedad mas entrañable... Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y abrigo para todas las almas y especialmente para los pobres pecadores. Las entrañas mas profundas de Mi Misericordia se abren ese día. Derramaré un caudaloso océano de gracias sobre aquellas almas que acudan a la fuente de Mi misericordia. El alma que acuda a la Confesión, y que reciba la Sagrada Comunión, obtendrá la remisión total de sus culpas y del castigo... Que el alma no tema en acercarse a Mi, aunque sus pecados sean como la grana”[1]. Es por deseo explícito de Jesús que la Iglesia celebra la Divina Misericordia con una fiesta litúrgica solemne el primer domingo después de Pascua. La razón de la celebración es que, en ese día, las compuertas de la Misericordia, se abren de par en par y se derraman sobre las almas; estas compuertas abiertas del cielo no son otra cosa que el Corazón traspasado de Jesús por la lanza del soldado romano el Viernes Santo. Al ser traspasado, de su Corazón brotaron “sangre y agua” (Jn 19, 34), según la descripción de Juan Evangelista, y es este contenido del Sagrado Corazón lo que quita el pecado de las almas, al mismo tiempo que las santifica y las justifica, al concederles la gracia divina. La Fiesta de la Misericordia es extender, en el tiempo y en el espacio, a fin de que caiga sobre la mayor cantidad de hombres posibles, el derrame del Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado de Jesús, para que tanto mayor sea la cantidad de almas que, recibiendo la Divina Misericordia, se salven, evitando de pasar por la Divina Justicia. Para poder apreciar el significado último de esta Fiesta de la Divina Misericordia, hay que tener en cuenta que Jesús crucificado se interpone entre la Divina Justicia y nosotros, convirtiendo la Ira santa de Dios, encendida por la malicia del corazón humano, en Divina Misericordia. Dios Padre nos mira a través de las llagas santas de Jesús y porque nos mira a través de ellas, es que en vez de descargar sobre nosotros la Justicia, derrama sobre nosotros su Misericordia. En el tiempo y en el espacio, esta Misericordia se derrama por el Sacramento de la Confesión, pero lo hace, de modo especialísimo, abundantísimo, en la Fiesta de la Divina Misericordia, de modo que quien acuda al Sacramento de la Penitencia en la Fiesta de la Divina Misericordia, recibe el perdón total de la culpa y de la pena, quedando su alma inmaculada y santa y su corazón como una imagen y copia viviente de los Sagrados Corazones de Jesús y María, lista para entrar en el Reino de los cielos.
         Quien acuda a la Divina Misericordia -de manera especial en la Fiesta de la Divina Misericordia-, que se derrama sobre el alma por el Sacramento de la Confesión, aun cuando sea “como un cadáver en descomposición”, renacerá a la vida nueva, la vida de la gracia, que es el anticipo, en esta tierra, de la vida futura de la gloria. Dice así Jesús Misericordioso: “Escribe de Mi Misericordia. Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia –el Sacramento de la Penitencia o Confesión; N. del R.) donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este  milagro no hay que hacer una peregrinación lejana ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria y el milagro de la
Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud. Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido. No es así para Dios. El milagro de la Divina Misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud. Oh infelices que no disfrutan de este milagro de la Divina Misericordia; lo pedirán en vano cuando sea demasiado tarde”[2].
Ahora bien, es el mismo Jesús Misericordioso quien advierte que, quien desprecie a la Divina Misericordia, persistiendo en su pecado y sin querer convertirse, deberá comparecer ante la Justicia Divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”[3]. Es decir, quien no quiera arrepentirse de sus pecados, manifiesta que libremente no desea recibir la Divina Misericordia -que es la que, precisamente, perdona los pecados- y que desea someterse, desafiante, a la Justicia Divina. Y Dios, que es infinitamente misericordioso, es también infinitamente justo, no puede dejar de dar, en virtud de su Justicia Divina, aquello que nos merecemos con nuestras obras libres y con nuestras libres decisiones: si obramos el mal y no nos arrepentimos, merecemos en justicia la retribución por el mal cometido, deseado y del que no hemos manifestado arrepentimiento. Quien no desee la Misericordia Divina, no la obtendrá, pero sí obtendrá el pago merecido por sus acciones, por medio de la Divina Justicia, y esto en virtud de lo que dice la Escritura: “De Dios nadie se burla” (Gál 6, 7). Esto es por lo que decíamos anteriormente: Cristo Jesús se interpone entre la Justicia Divina y nosotros; si no nos resguardamos bajo los rayos de su Sangre y Agua, entonces quedamos expuestos a la Divina Justicia: “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (cfr. Rom 1, 18).
         Para que nos quede en claro que Jesús, en cuanto Dios, es Misericordioso pero también Justo y que no deja de dar a cada uno lo que cada uno merece, es que Él mismo en Persona llevó a Santa Faustina al Infierno, para que fuera ella, la santa que debía difundir la Misericordia Divina al mundo, la que diera testimonio también de la Justicia Divina. Dice así Santa Faustina: “Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe. Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado. Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro. Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ese será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse [diciendo] que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es. Ahora no puedo hablar de ello, tengo, la orden de dejarlo por escrito. Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe. Cuando volví en mi no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas. Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado”[4].
         Esto nos hace ver que Jesús Misericordioso es un Dios de Bondad y Amor infinitos, sí, pero que también es un Dios de Justicia infinita y que nos da lo que nos merecemos con nuestras obras. Si deseamos evitar las puertas de la Divina Justicia, arrepintámonos de nuestros pecados, acudamos al Sacramento de la Penitencia, vivamos en gracia y obremos la misericordia –la Iglesia prescribe catorce obras, siete espirituales y siete materiales o corporales, accesibles para todos, de modo que ninguno diga que no podía obrar la misericordia-, a fin de pasar al cielo, al término de nuestras vidas, por las puertas de la Divina Misericordia, el Sagrado Corazón traspasado de Jesús.





[1] Cfr. Santa Faustina Kowalska, Diario, 699.
[2] Diario, 1448.
[3] Diario, 1146.
[4] Diario, 741.

Sábado de la Octava de Pascua


         Jesús resucitado se aparece a los discípulos; entre ellos, a María Magdalena y a los discípulos de Emaús (cfr. Mc 16, 9-15). Tanto María Magdalena como los discípulos de Emaús, van a anunciar a sus hermanos en religión, pero en ambos casos, los destinatarios de la Buena Nueva, se caracterizan por dudar de sus palabras: “no les creyeron”, dice el Evangelio. A esta incredulidad, hay que  sumarles las de la propia Magdalena y la incredulidad primera también de los discípulos de Emaús. Cuando Jesús se les aparece, personalmente, “a los Once”, lo primero que hace es “echarles en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado”. Jesús no pasa por alto la desconfianza infundada de sus discípulos, mucho menos la del Colegio Apostólico, puesto que esta desconfianza implica no solo no creer en las palabras de los testigos que lo han visto resucitado, sino que, en el fondo, implica no creer en Él mismo y en sus propias palabras, puesto que Él había anunciado que habría de resucitar “al tercer día”.
         “Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón”. La dureza de corazón es consecuencia de la incredulidad, puesto que la fe –la apertura de la mente a la luz de la gracia- permite que el corazón sea capaz de amar en un nuevo sentido, sobrenatural –al abrirse también a la acción de la gracia-, pero si la mente se cierra a la Verdad revelada, Jesucristo, también el corazón se cierra a la acción del Espíritu Santo en él.

         Prestemos atención al reproche de Jesús, que también va dirigido a nosotros, toda vez que actuamos como si Jesús no solo no hubiera resucitado, sino que no estuviera, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. También nosotros somos “necios de entendimiento y duros de corazón” cada vez que no elevamos la mente y el corazón a la Presencia gloriosa y resucitada de Jesús en la Eucaristía y obramos sin misericordia, no como si fuéramos cristianos, sino como si fuéramos paganos.

viernes, 1 de abril de 2016

Viernes de la Octava de Pascua


         “¡Es el Señor!” (Jn 21, 1-14). Luego de que Jesús, ya resucitado, realiza el prodigio de la segunda pesca milagrosa, San Juan Evangelista, que estaba en una de las barcas, reconoce a Jesús y exclama, con gran alegría: “¡Es el Señor!”. Hasta el momento, no lo habían reconocido, además de estar frustrados porque “no habían pescado nada en toda la noche”. A pesar de que Jesús ha resucitado y está con ellos, no pueden pescar nada y no reconocen a Jesús. Pero cuando Jesús hace el milagro de la segunda pesca prodigiosa, entonces lo reconocen, Juan el primero. Muchas veces nos pasa lo mismo con Jesús Eucaristía: Él nos espera en el sagrario, como esperaba a los discípulos en la orilla, pero no para alimentarnos, como a ellos, con carne de pescado, una carne sin vida, inerte, sino para alimentarnos con su propia carne -tal como un pío pelícano- con su Cuerpo resucitado y glorioso, con su Corazón inhabitado por el Espíritu Santo, el Amor de Dios.

“¡Es el Señor!” +, dice Juan, reconociendo a Jesús luego del milagro de la pesca prodigiosa; si el milagro es la ocasión para la efusión del Espíritu, que nos ilumina y nos permite reconocer a Jesús, entonces nosotros tenemos una ocasión infinitamente más grandiosa que una pesca milagrosa, y es la Santa Misa, en donde se verifica el milagro, cada vez, de la conversión del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Entonces, en la Santa Misa, luego de la consagración digamos, con el mismo gozo exultante de Juan Evangelista, a Jesús en la Eucaristía: “¡Es el Señor!”. Y, como Pedro, que se cubrió con su túnica para ir al encuentro de su Señor, cubrámonos nosotros con la vestidura de la gracia, para ir al encuentro de Jesús en la Eucaristía.