jueves, 17 de diciembre de 2020

Santa Misa de Navidad

 



(Ciclo B - 2020 – 2021)

“En el principio era el Verbo (…) el Verbo era Dios (…) el Verbo era la Vida y la Luz (…) y el Verbo habitó entre nosotros” (Jn 1, 1-5. 9-14). Podemos decir que en estas pocas palabras, el Evangelista Juan nos describe la esencia, el fundamento y la razón de ser de la Navidad. ¿Por qué razón? Porque el Evangelista Juan describe a Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, que al nacer en Belén es, obviamente, el Niño Dios; es decir, la descripción que Juan Evangelista hace de Jesús adulto, es la descripción que le corresponde a Jesús siendo Niño recién nacido, en Navidad. Y así como Jesús de Nazareth es un misterio incomprensible e inaferrable a los ojos y a la razón humana, así lo es el Niño de Belén; por esta razón, la escena de Belén tiene que ser contemplada, meditada y reflexionada a la luz del Principio del Evangelio de Juan que, si bien lo dijimos, se refiere a Jesús adulto, se aplica obviamente a Jesús recién nacido en el Portal de Belén. La razón por la cual la Navidad no se comprende o, mejor dicho, la razón por la cual los cristianos viven una navidad pagana y no cristiana, es debido a que se mira la escena de Belén con ojos y razón humana y no con los ojos del alma iluminados por la luz de la gracia.

Al contemplar al Niño de Belén, contemplamos un Niño humano recién nacido: sin embargo, ese Niño humano ya era desde la eternidad, porque fue engendrado, no creado, desde toda la eternidad, desde el seno del Padre y por eso este Niño es la Palabra de Dios y es Dios que se auto-revela en su Palabra: “En el principio ya existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios”.

Vemos un Niño recién nacido, acunado por su Madre, indefenso, necesitado de todo, pero es por este Niño por el cual todo –absolutamente todo, el universo material visible, como el inmaterial e invisible- fue creado: todo fue creado en Él, para Él y por Él: “Ya en el principio él estaba con Dios. Todas las cosas vinieron a la existencia por él y sin él nada empezó de cuanto existe”.

En el Pesebre vemos un Niño recién nacido que necesita del alimento de la Madre para subsistir, como todo niño recién nacido; sin embargo, ese Niño que es alimentado por la Madre Virgen, es el Creador del universo visible e invisible, por Quien todo recibe el acto de ser y se mantiene en el ser; es decir, Él recibe vida de su Madre, pero Él es a su vez El que da la vida –natural y sobrenatural- a hombres y ángeles: “Él era la vida”.

En el Pesebre de Belén la única luz que alumbra es la del fuego que encendió su Padre adoptivo, San José, y sin embargo, ese Niño de Belén es, además del Dador de vida, la Luz de ángeles y hombres, porque Él es Dios y en cuanto Dios, es Luz Eterna e Increada, aunque al venir a este mundo no haya sido recibido por los hombres, quienes prefirieron seguir viviendo en las tinieblas: “Y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron”.

El Niño de Belén es la Sabiduría del Padre y en cuanto Sabiduría, es luz del intelecto, que ilumina a toda inteligencia creada, sea humana o angélica y en cuanto Sabiduría divina, ya estaba en el mundo antes de la Encarnación, por cuanto todo en el mundo fue hecho con y por medio de la Sabiduría divina, pero aún así, fue rechazado por los hombres: “Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba; el mundo había sido hecho por él y, sin embargo, el mundo no lo conoció”.

En el Pesebre de Belén vemos a una típica familia hebrea de Palestina; vemos que Dios, al nacer, se hace Niño sin dejar de ser Dios y asume una naturaleza humana de una raza específica, la raza hebrea, y así viene “a los suyos”, pero “los suyos” no lo recibieron: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”.

Pero que haya asumido una raza no significa que haya venido sólo para esa raza: la Venida del Hijo de Dios en carne humana es para adoptar a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las razas, sólo basta que el hombre lo acepte como Salvador y se bautice y así será adoptado por Dios como hijo: “Pero a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.

Los que creen en el Niño Dios y lo aceptan como Salvador y Redentor, son hijos adoptivos de Dios, que han nacido no por concepción humana, sino que han nacido por el bautismo de “fuego y Espíritu” que el Niño de Belén ha venido a traer para los hombres y así todo hombre que recibe el Bautismo sacramental que viene a traer el Niño de Belén, se llaman y son “hijos de Dios”: “Los cuales –los hijos adoptivos de Dios- no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre, sino que nacieron de Dios”.

En el Pesebre de Belén vemos un Niño humano, con un cuerpo humano, con su alma humana, pero lo que no vemos y está en el Niño de Belén, es a la Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo de Dios, la Palabra de Dios, que se ha encarnado, precisamente en la Humanidad Santísima del Niño de Belén y es por eso que el Verbo de Dios, que es Dios, que estaba en Dios desde la eternidad, que es la Luz y la Vida de los hombres, se ha encarnado y ha venido a habitar entre nosotros: “Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

Por esta razón, quien contempla al Niño de Belén, contempla la gloria del Padre, la gloria que le corresponde desde la eternidad, porque la recibió desde la eternidad y en cuanto pleno de gloria, el Niño de Belén está también “lleno de gracia y de verdad”: “Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como a unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

“En el principio era el Verbo (…) el Verbo era Dios (…) el Verbo era la Vida y la Luz (…) y el Verbo habitó entre nosotros”. Lo mismo que se dice de Jesús adulto, se dice del Niño de Belén y lo mismo que se dice del Niño de Belén se dice de la Eucaristía, porque la Eucaristía es la prolongación de la Encarnación del Verbo. Por eso, el misterio insondable del Verbo Eterno encarnado en María Virgen y nacido en el Pesebre de Belén no finaliza ahí, sino que se prolonga, inefablemente, en cada Santa Misa.

Santa Misa de Nochebuena

 



(Ciclo B - 2020 – 2021)

         “Le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre” (Lc 2,1-14). La sencillez de la descripción del Nacimiento del Redentor van de la mano con la grandeza y gloria del Niño Dios recién nacido en Belén. En efecto, según el Evangelio, se produce un nacimiento, en un establo que servía de refugio para animales, de un niño, que descripto así parece uno más entre tantos, el cual luego es envuelto en pañales por su madre. Aunque el Evangelio no lo describe, también está presente el esposo legal de esta madre, San José. Así descripto, tal como aparece en el Evangelio, el Nacimiento de Jesús de Nazareth es, en apariencia, como uno más de entre tantos, con la salvedad que el mismo se produce en un pequeño pueblo, perdido en la inmensidad del Imperio Romano, en Palestina, llamado Belén, aunque en rigor de verdad, no nace en el pueblo, sino en las afueras del pueblo, en un establo para animales. Visto con los ojos y la razón humana y teniendo en cuenta que los Evangelios son libros que describen hechos históricos, se puede decir que en este pasaje se describe el nacimiento de un niño hebreo, uno más entre tantos, en una cueva que servía de refugio para animales y que apenas nacido, su madre hizo lo que hacen todas las madres, esto es, envolverlo en pañales.

         Pero eso es lo que aparece a los sentidos y a la razón y lo que aparece y se manifiesta como un nacimiento más entre muchos, es en realidad algo inmensamente más grandioso y glorioso que lo descripto por el Evangelio. La razón es que el Niño que nace no es uno más entre tantos; la Madre que da a luz no es una madre más entre tantas; el padre del Niño, San José, es sólo su padre adoptivo y no biológico.

         El Niño que nace en Belén no es un niño más entre tantos: es la Segunda Persona de la Trinidad que, generada en la eternidad en el seno del Padre, se une hipostáticamente, personalmente, a una naturaleza humana y nace en el tiempo, milagrosamente, del seno de la Virgen Madre. El Niño que nace en Belén, por lo tanto, es, con toda justicia, llamado “Niño Dios”, porque es Dios Hijo, encarnado en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth y nace en Belén, que significa “Casa de Pan”, porque ha venido a este mundo para donarse a Sí mismo como Pan de Vida eterna, entregando su Cuerpo y su Sangre en la Cruz y en la Sagrada Eucaristía, para la salvación de los hombres. El Niño que yace en el Pesebre, envuelto en pañales, es el Salvador del mundo, tal como se lo dicen los ángeles a los pastores.

         La Madre de este Niño no es una madre hebrea más entre tantas, sino que es la Madre de Dios, porque se llama “madre” a la que da a luz a una persona y la Persona a la que da a luz esta Madre y Virgen es la Segunda de la Trinidad, Dios Hijo encarnado.

         Por último, el padre del niño, que aparece en la escena del Pesebre, es el Padre adoptivo del Niño, no es su padre biológico, porque el Padre del Niño es Dios Padre, quien lo engendra en su seno eterno, comunicándole su naturaleza divina. San José es sólo Padre adoptivo de Jesús, pero no es quien lo ha engendrado, porque el Niño nacido milagrosamente de la Virgen “ha sido engendrado por el Espíritu Santo”, tal como le dice el Arcángel Gabriel a María Santísima en la Anunciación.

         “Le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre”. El Nacimiento de Belén, sucedido hace más de dos mil años, trasciende el tiempo y el espacio, puesto que la salvación que viene a traer el Niño de Belén es para todos los hombres de todos los tiempos. Y ese Nacimiento, misteriosamente, se renueva y actualiza cada vez, sacramentalmente, en la Santa Misa, porque se prolonga en la Eucaristía la Encarnación del Verbo de Dios, Cristo Jesús, Pan de Vida eterna. Por esta razón, la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena y es por esto que sin Misa de Nochebuena no tiene sentido celebrar la Navidad.

“Mi alma glorifica al Señor”

 


“Mi alma glorifica al Señor” (Lc 1, 46-56). La Virgen entona el “Magnificat”, el poema con el cual glorifica a Dios y la razón es la inmensidad de prodigios que Dios ha obrado en su alma. En el Magníficat, además de una acción de gracias por los dones con los que Dios la ha colmado, hay una descripción de la infinidad de perfecciones que hay en Dios, con lo cual nos permite conocer un poco más a ese Dios a quien la Virgen glorifica.

Ante todo, es la virtud de la humildad –a la que se opone el pecado de soberbia, el pecado luciferino por antonomasia- lo que atrae la mirada de Dios Trinidad sobre el alma de María Santísima, quien se llama a sí misma “esclava”, siendo como es, la Madre Virgen de Dios Hijo encarnado: “Mi alma glorifica al Señor/y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador,/porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

Las magníficas obras de gracia y de toda virtud con las que Dios ha adornado a María Santísima, serán motivo de gozo y de admiración por parte de todas las generaciones, que la llamarán “dichosa” por ser la Elegida del Señor: “Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,/porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede”.

El Nombre de Dios es Santo –en realidad, Tres veces Santo, porque Santo es el Padre, Santo es el Hijo y Santo es el Espíritu Santo- y porque es Santo, es Misericordioso, una misericordia que se derrama incontenible sobre generaciones de generaciones de hombres que lo aman: “Santo es su nombre,/y su misericordia llega de generación en generación/a los que lo temen”.

Dios Uno y Trino, al tiempo que enaltece a los humildes –porque los humildes lo imitan a Él, que es la Humildad Increada y participan de esta humildad-, “derriba a los poderosos” de sus tronos, estén estos en el Cielo, como hizo con el Ángel caído, a quien hizo precipitar desde lo alto del Cielo a lo más profundo del Infierno, o estén en la tierra, porque humilló a favor de Israel a los reyes poderosos terrenos que se oponían al Pueblo Elegido: “Ha hecho sentir el poder de su brazo:/dispersó a los de corazón altanero,/destronó a los potentados/y exaltó a los humildes”.

A los que tienen “hambre y sed de justicia, los sacia y los colma de bienes, mientras que a los soberbios y engreídos, pagados de sí mismos, son despedidos “con las manos vacías”: “A los hambrientos los colmó de bienes/y a los ricos los despidió sin nada”.

Dios es Justicia Infinita, pero también es Misericordia Infinita y es en virtud de esta misericordia que no olvida de su pueblo Israel, aun cuando éste sí lo olvide y vaya en pos de ídolos y esta misericordia permanece para siempre, es eterna, porque es eterno su Amor: “Acordándose de su misericordia,/vino en ayuda de Israel, su siervo,/como lo había prometido a nuestros padres,/a Abraham y a su descendencia,/para siempre’’.

Así como la Virgen entona el Magnificat glorificando a Dios Uno y Trino por todos los dones y gracias con que ha colmado su alma, así el alma en gracia debe entonar también el Magníficat, porque estando en gracia, tiene el Sumo Bien, que es Dios, en esta vida y en la eternidad.

jueves, 10 de diciembre de 2020

“Alégrate, Llena de gracia, concebirás por el Espíritu Santo y darás a luz a Dios con nosotros”

 


(Domingo IV - TA - Ciclo B - 2020 – 2021)

         “Alégrate, Llena de gracia, concebirás por el Espíritu Santo y darás a luz a Dios con nosotros” (Lc 1, 26-38). En las palabras del Arcángel Gabriel dirigidas a María y del breve diálogo que se desarrolla entre ellos, se encuentra el fundamento de la Navidad según la Fe católica y está también la explicación del significado de cada una de las principales figuras del Pesebre de Belén.

En efecto, de estas palabras se deduce lo siguiente:

-el padre del Niño que nacerá en Belén no es San José, sino Dios Padre, porque es Dios Padre quien engendra, desde la eternidad, en su seno, a su Palabra y es el Amor del Padre, el Espíritu Santo, quien lleva a esta Palabra al seno virgen de María para que se encarne, para que se una a la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; de esta manera, otra verdad que se revela es la paternidad del Niño de Belén: si el Padre del Niño de Belén es Dios Padre, entonces queda San José como lo que es, simplemente Padre adoptivo y no biológico del Niño Jesús;

-María, la Mujer a la que saluda el Ángel, es Virgen y es al mismo tiempo Madre de Dios: es Virgen porque lo que engendra no viene de parte de hombre alguno, sino de parte del Amor de Dios, el Espíritu Santo y es Madre de Dios porque lo que Ella engendra por obra del Espíritu Santo no es un niño humano más entre tantos, sino el Niño-Dios, es decir, la Persona de Dios Hijo que se hace Niño –embrión- sin dejar de ser Dios; también se deducen de las palabras del Ángel las características extraordinarias de María Santísima: es Virgen y “Llena de gracia”, lo que significa “Llena del Espíritu Santo”, Llena del Amor de Dios y no puede ser Plena del Divino Amor sino es Virgen en cuerpo y alma;

-el Niño que nacerá en Belén no es un niño humano, sino la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo encarnado y esto se deduce del nombre: el Niño de Belén será llamado “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros” y así ese Niño no es un ser humano más, sino el mismo Ser divino Trinitario que se oculta en la Humanidad del Niño Dios: en otras palabras, el mismo Dios Hijo que en cuanto Dios es Espíritu Puro e Invisible y es adorado por los ángeles en el cielo, es el mismo Dios que nace como Niño humano –sin dejar de ser Dios- en Belén, para ser contemplado por los hombres al hacerse visible y así ser adorado en la humanidad del Niño Dios, Jesús de Nazareth;

Por último, se revelan en estas palabras el inicio del plan de salvación de Dios Trino para los hombres, porque la Encarnación del Verbo no tiene otro objetivo que la auto-comunicación de Dios a los hombres por el Amor, para librar a los hombres de la tiranía del Demonio, del Pecado y de la Muerte y así conducirlos al Reino de los cielos y para conseguir este objetivo, Dios Hijo, que nacerá en Belén, Casa de Pan, entregará su Cuerpo y su Sangre en la Cruz, para luego darse cada vez, en cada Santa Misa, como Pan de Vida eterna, al donar su Cuerpo y su Sangre en cada Eucaristía.

“Alégrate, Llena de gracia, concebirás por el Espíritu Santo y darás a luz a Dios con nosotros”. Las palabras del Ángel se cumplen en la Virgen y el milagro de la Encarnación y Nacimiento del Verbo del Padre, Cristo Jesús, se continúan en la Santa Iglesia, en cada Santa Misa, por lo que no solo la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena, sino que sin la celebración de la Santa Misa de Nochebuena, la celebración de la Navidad carece de significado para el católico.

“La Virgen concebirá y dará a luz un hijo”


 

“La Virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Mt 1, 18-24). En este breve Evangelio, se narran verdades fundamentales de nuestra Fe católica: la condición de María de ser Virgen y Madre de Dios al mismo tiempo, es Virgen porque quien la hace concebir es el Espíritu Santo y no un hombre y es Madre de Dios porque lo que concibe y da a luz no es a una persona humana, sino a la Persona Segunda de la Trinidad, Dios Hijo; la condición de Jesús como Dios encarnado, puesto que su nombre será “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros”, porque Dios, que es Invisible al ser Espíritu Purísimo, se encarna, se une a una naturaleza humana, para ser visible y así el Dios que es adorado por los ángeles en el cielo, puede ser contemplado por los hombres en la tierra; la condición de Jesús de ser Dios encarnado, es decir, verdadero Hombre y verdadero Dios, ya que quien lo engendra para la vida terrena es el Espíritu Santo, que procede desde la eternidad; la condición, por lo tanto, de San José, de ser meramente Padre adoptivo y no biológico de Jesús, por la misma razón, por ser engendrado Jesús por obra del Espíritu Santo y no por obra humana; la seguridad de que las profecías del Antiguo Testamento relativas al Mesías se cumplen en Jesús, porque es Aquel a quien Isaías contempló en visión como Dios Hijo y luego lo vio encarnado por obra del Espíritu Santo y es a esto a lo que se refiere su profecía: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros”; por último, la condición de los Ángeles de ser Mensajeros de Dios, lo cual nos da un criterio para discernir una verdadera de una falsa devoción a los ángeles: si los ángeles nos conducen a la Virgen y a Jesucristo, entonces son ángeles de Dios, ángeles de Dios: si no lo hacen, entonces son ángeles caídos.

“La Virgen concebirá y dará a luz un hijo”. Podemos parafrasear al Evangelio y trasladar la escena a la Iglesia, diciendo: “La Iglesia Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, Jesús Eucaristía” y esto lo podemos hacer porque la Virgen es figura y modelo de la Iglesia y lo que sucede en Ella sucede en la Iglesia: así como la Virgen concibió en su seno a la Palabra de Dios, Dios Hijo, por el poder del Espíritu Santo y dio a luz al Hijo de Dios encarnado, así la Iglesia concibe en su seno, el altar eucarístico, por obra del Espíritu Santo -que obra la transubstanciación por las palabras de la consagración, prolongando la Encarnación del Verbo en la Eucaristía- a la Palabra de Dios humanada, Cristo Jesús.

No hay religión más asombrosa y plena de misteriosos asombrosos, que la Santa Religión Católica.

“Genealogía de Jesucristo”


 

“Genealogía de Jesucristo” (Mt 1, 1-17). ¿Qué sentido tiene insertar una larga lista de nombres, indicativos de la ascendencia de Jesucristo? Tiene un doble sentido: por un lado, corrobar, por la historia humana y al modo como lo hacen los humanos, la existencia en la historia y en el tiempo de Jesús de Nazareth, de manera que nadie pueda decir que Jesús “no existió” o que fue un personaje inventado por las primeras comunidades cristianas; por otro lado, sirve para enmarcar, en el tiempo y en el espacio, el ingreso, desde la eternidad, del Hijo de Dios, porque Jesús es Hombre según la naturaleza humana, pero es Dios según la Persona Divina del Hijo de Dios.

Entonces, insertar la lista de ancestros de Jesucristo tiene este doble propósito, uno humano y temporal y otro divino y celestial: corroborar, con datos históricos, la existencia en el tiempo de Jesús de Nazareth, descartando de plano la posibilidad de que sea un personaje inventado o inexistente; por otro lado, corroborar, con exactitud, el inicio de la plenitud de los tiempos –los últimos tiempos de la humanidad-, tiempos que comienzan con la Encarnación del Verbo y con el Nacimiento de Jesús de Nazareth en Belén.

“Genealogía de Jesucristo”. La larga lista de ancestros de Jesús tiene entonces la intención de corroborar nuestra fe en Jesús como Hombre perfecto, cuya ascendencia humana puede rastrearse genealógicamente, tal como lo puede hacer cualquier hombre de la tierra, y al mismo tiempo nos corrobora el dato de que Jesús de Nazareth es Dios Hijo encarnado, que ha venido para salvarnos y conducirnos al cielo por medio de su Santo Sacrificio en Cruz, renovado cada vez, sacramentalmente, en la Santa Misa.

“Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído"

 


“Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio” (Lc 7, 19-23). Juan el Bautista envío a dos de sus discípulos para que le pregunten a Jesús si Él es el Mesías, o si deben esperar a otro. Jesús no les responde directamente, sino indirectamente, enumerando los milagros que Él hace –curar paralíticos, sanar a leprosos y sordos, resucitar muertos- y finalizando con su actividad evangelizadora: “a los pobres se les anuncia el Evangelio”. Con esta respuesta, es evidente que Jesús responde afirmativamente, es decir, dice que sí es Él el Mesías esperado, porque esas obras que hace Él, no las hace en cuanto hombre santo a quien Dios acompaña con su poder, sino que las hace en cuanto Hombre-Dios, que despliega su poder divino, un poder que está en su Ser divino y que Él dispone de la manera que quiere y cuando quiere. En otras palabras, las obras que hace Jesús sólo las puede hacer Dios; entonces, si Jesús se auto-proclama Dios y hace obras que sólo Dios puede hacer, entonces es Dios en Persona, tal como Él lo dice. De otra manera, si no hiciera estas obras divinas, sería sólo un falso profeta, como los falsos profetas y falsos cristos que han aparecido a lo largo de la historia y que continúan apareciendo en nuestros días.

Ahora bien, si las obras que hace Jesús son una confirmación de que Él es el Mesías y Dios Hijo encarnado, el anuncio que Él hace del Evangelio, es una obra que sólo el Mesías y Dios puede hacer: anunciar a los pobres el Evangelio. “Anunciar a los pobres el Evangelio” no hace referencia sólo a los pobres materiales, sino ante todo a los pobres espirituales, los que están privados de la riqueza de la gracia y anunciar el Evangelio significa revelar a los hombres el plan de salvación puesto en marcha por la Trinidad con la Encarnación del Verbo y sellado luego con el sacrificio del Cordero en la Cruz del Calvario. Ésta sí que es una noticia que sólo el Mesías Dios podía dar, porque es un plan del Padre y “sólo el Hijo conoce al Padre” y “el Hijo habla de lo que el Padre le dice” desde la eternidad.

“Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”. Si aplicamos esta respuesta a la Iglesia, tendremos como revelación que así como Cristo es Dios y Mesías, así la Iglesia Católica es la Única Iglesia del Dios verdadero, porque sólo Ella obra, con el poder participado de Cristo, la sanación de los enfermos con la gracia santificante y sólo Ella anuncia a los hombres, a toda la humanidad, que Cristo es el Mesías esperado. Y si nosotros vemos y oímos que sólo la Iglesia Católica es la Iglesia verdadera, entonces eso es lo que debemos comunicar al mundo.