domingo, 20 de diciembre de 2020

Octava de Navidad 6

 



(Ciclo B – 2020)

         Una de las características que presentan los principales protagonistas del Pesebre de Belén -el Niño, la Madre y el Padre-, es que todos son reyes o descendientes de reyes. En efecto: el Niño, que es Dios Hijo, es Rey de cielos y tierra; su padre adoptivo, San José, desciende de linaje real, del linaje de David; la Virgen, que es también Reina de cielos y tierra, es descendiente de linaje terrenal. Por lo tanto, podríamos suponer que siendo los tres miembros de la Sagrada Familia reyes e hijos de reyes, el Niño Dios podría haber nacido en un palacio magnífico, en un palacio majestuoso, ornamentado con mármoles, piedras preciosas, plata y oro, aunque teniendo en cuenta quien es, Dios Hijo encarnado, un palacio que fuera de oro y sólo de oro, sería para su majestad igual que cenizas y barro. Teniendo en cuenta estas consideraciones, nos preguntamos la razón por la cual Jesús, Rey de cielos y tierra, no nace en un palacio real, o en su defecto, por qué no nace en una de las ricas posadas de Belén, llenas de gente adinerada, bien iluminadas y con abundante espacio y comida, sino que nace en un pobre portal, el Portal de Belén, ubicado en las afueras del poblado y que era en realidad un establo para animales, un buey y un asno.

La razón por la cual nace en el portal y no en un palacio, o que no nazca en las posadas, no es que no se hubiera podido construir un palacio digno de este Rey, ni que en las ricas posadas de Belén no hubiera lugar para la Virgen, San José y el Niño: la razón por la que nace en el Portal de Belén es que el Portal de Belén, oscuro y con animales, es figura del corazón humano sin Dios y con el pecado: así como es el Portal de Belén, así es el corazón del hombre sin Dios y su gracia: oscuro y sometido a las pasiones sin freno, representadas en las bestias irracionales, el buey y el asno. Sin Dios, sin su Amor, sin su gracia, el corazón humano es oscuro, frío, sin amor de caridad, tenebroso y dominado por sus pasiones, que no pueden ser controladas por la razón y así lo dominan por completo, siendo estas pasiones representadas, como dijimos, por el buey y el asno, bestias carentes de razón.

Pero la Presencia de Dios todo lo transforma y es así que el Portal de Belén, oscuro y frío antes del Nacimiento, se ve envuelto en una luz brillantísima, como si brillaran en él miles de soles juntos, cuando el Niño Dios nace; de la misma manera, cuando la gracia entra en el corazón del hombre, el corazón se ilumina con la Luz de Dios y con su Vida y así se convierte, de pobre Portal, en el más rico y esplendoroso palacio. Y de la misma manera a como las bestias –el asno y el buey- luego del Nacimiento, se comportan con toda mansedumbre y se acercan al Niño para darle calor en la fría noche, así las pasiones del hombre, una vez que está la gracia en su corazón, se vuelven mansas y son controladas por la razón iluminada por la gracia. Ésta es la razón entonces por la que el Rey de reyes, el Niño Dios, nace en el pobre Portal de Belén y no en palacio de oro.

Octava de Navidad 5

 



(Ciclo B – 2020)

         La escena del Pesebre de Belén es la escena de un nacimiento: se ve a una joven madre, primeriza; se ve al padre del niño; se ve al Niño recién nacido, acostado en una pobre cuna de madera. Podría decirse que se trata de la escena de un típico nacimiento de hace dos mil años, en un pueblito perdido de Palestina. Esto es a los ojos de la razón y a los ojos del cuerpo, pero la Fe Católica nos dice algo más profundo y misterioso. La Fe nos dice que es un Nacimiento, sí, pero un nacimiento del todo especial, porque es una nueva forma de nacer, desconocida en absoluto por los hombres. El Niño de Belén nace de la Virgen Madre, pero no nace como nacen todos los niños del mundo y no lo puede hacer, porque su Madre es Madre y Virgen y porque Él no es el hijo humano de un padre humano, sino que Él es el Hijo de Dios encarnado; es decir, es Dios Hijo, que nace y aparece como un niño humano, pero es Dios. Y puesto que es Dios, nace como Dios: los Padres de la Iglesia y los santos nos dicen que el Niño Dios nació así como un rayo de sol atraviesa el cristal: de la misma manera a como el rayo de sol deja intacto al cristal, antes, durante y después de atravesarlo, así el Hijo de Dios encarnado, Sol de justicia, al atravesar las paredes del abdomen superior de su Madre, que estaba de rodillas, dejó intacta su virginidad y por eso la Virgen es Virgen antes, durante y después del Nacimiento y seguirá siendo Virgen por toda la eternidad. El Nacimiento del Niño Dios, por lo tanto, fue milagroso y virginal y no podía ser de otra manera, porque Él es Dios Hijo y como tal, no podía nacer sino milagrosa y virginalmente y su Madre, al mismo tiempo, era Virgen y no podía dejar de ser Virgen, además de ser la Madre de Dios.

         Pero hay otro elemento en el Nacimiento que debemos considerar y es que este Nacimiento prodigioso, llevado a cabo en Belén hace dos mil años, se renueva y prolonga, misteriosamente, en cada Santa Misa: el mismo Espíritu Santo que lo condujo al seno virgen de María en Belén, Casa de Pan, para que se encarnara y naciera como Dios Hijo y así entregarse como Pan de Vida eterna en la Eucaristía, es el mismo Espíritu Santo que convierte, por las palabras de la consagración, al pan y al vino en el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios, Presente en Persona en la Eucaristía, que así se entrega a Sí mismo como Pan de Vida eterna. Por esta razón, tanto la Encarnación como el Nacimiento se actualiza y prolongan, misteriosamente, en cada Santa Misa.

 

Octava de Navidad 4

 



(Ciclo B – 2020)

         Además de sus padres –la Virgen y Madre de Dios, María Santísima y San José, su Padre adoptivo-, los primeros seres humanos que se acercaron al Pesebre de Belén para ver al Niño recién nacidos, fueron los pastores. Estos se encontraban realizando su labor de pastoreo cuando fueron visitados por los ángeles, quienes les avisaron que en el Portal de Belén, recostado en una cuna, se encontraba el Redentor y Salvador de los hombres, Cristo Jesús. Haciendo caso del Anuncio recibido de los ángeles, los pastores fueron hasta la gruta, en donde encontraron al Niño, a su Madre y a su Padre, según les habían dicho los ángeles. Es importante considerar la figura de los pastores, porque ellos tienen mucho para enseñarnos en nuestra Fe: ante todo, no acuden al Pesebre movidos por la curiosidad, ni por mera casualidad, sino que lo hacen obedeciendo al Anuncio de los ángeles, lo cual demuestra que no sólo creían en los Ángeles, sino que también creían en el Mesías, lo cual quiere decir que leían con frecuencia la Palabra de Dios y que estaban atentos a la Llegada del Salvador, todo lo cual demuestra una gran fe en la Palabra de Dios y un gran amor a Dios. Por otra parte, lo que hacen los Pastores, al llegar al Pesebre, es postrarse en adoración ante el Niño Dios, lo cual significa que sus almas están llenas de fe católica: están iluminados interiormente por el Espíritu Santo, de modo que saben y reconocen que ese niño no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, la Palabra de Dios encarnada, que se manifiesta ante ellos como un Niño, pero es Dios. Es decir, la Palabra de Dios que ellos leían y en la que creían, ahora se encarna en el Cuerpo de un Niño y ellos adoran a la Palabra de Dios encarnada, el Niño de Belén. Los Pastores, entonces, mientras realizan sus tareas cotidianas, reciben, de parte de los Ángeles, el anuncio de que la Palabra de Dios se ha encarnado y se manifiesta a los hombres como un pequeño Niño en el Portal de Belén y acuden presurosos a adorar al Niño de Belén: a imitación suya, también nosotros cumplamos con nuestro deber de estado y, guiados por la Santa Iglesia, acudamos al Nuevo Portal de Belén, el altar eucarístico, para adorar al Redentor de los hombres, Cristo Jesús, que si en Belén se manifestaba a través del cuerpo de un Niño recién nacido, a nosotros se nos manifiesta, con su Cuerpo resucitado, en la apariencia de pan, la Sagrada Eucaristía. Y a ejemplo de los Pastores, también nosotros adoremos a la Palabra de Dios encarnada, Jesús Eucaristía, postrándonos ante su Presencia.

Octava de Navidad 3

 



(Ciclo B – 2020)

         Al contemplar el Pesebre de Belén, vemos a Quien es el personaje central del mismo: el Niño, que yace en una pobre cuna, rodeado de su Madre, de su esposo, de dos animales, un buey y un asno –que proporcionan calor con sus cuerpos-; luego vendrán los pastores y los Reyes Magos, además de un coro de ángeles celestiales. ¿Quién es este Niño del Pesebre? Ante los ojos del cuerpo y ante la luz de la razón humana, aparece como un niño más entre tantos, con la particularidad de que es el primogénito de una madre primeriza y que ha nacido no en un palacio o en una rica posada en Belén, sino en una pobre gruta que, en realidad, es el refugio de los animales que ahora lo rodean, el buey y el asno. Sin embargo, si nos quedamos con sólo los datos que nos proporcionan los ojos del cuerpo y la luz de la razón, nunca podremos ni siquiera acercarnos y mucho menos penetrar en el misterio que se encierra en el Niño de Belén. El Niño de Belén no es un niño más entre tantos otros; es un Niño sumamente especial, porque es Niño-Dios, es decir, es Dios quien, sin dejar de ser Dios, se ha encarnado en el seno virgen de su Madre y ha nacido milagrosamente en el Portal de Belén. En otras palabras, el Niño de Belén es Dios Hijo, es la Segunda Persona de la Trinidad que, por voluntad de Dios Padre y llevado por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, se encarnó en María Santísima y nació milagrosamente en el Portal de Belén, para así dar cumplimiento al plan de salvación de la Trinidad para la humanidad, porque este Niño, siendo ya adulto, habría de subir a la Cruz, para entregar su Cuerpo y su Sangre para la salvación de los hombres. Ese Niño, que abre sus bracitos de niño para abrazar a quien se le acerca, es el mismo Salvador que, en la plenitud de su edad, abrirá sus brazos en la Cruz, para abrazar a todos los que se acerquen a Él, para ser salvados. El Niño de Belén, entonces, es Niño y es Dios: es el mismo Dios Hijo, que en cuanto Dios es Invisible a los ojos humanos, que es adorado en la eternidad, en los cielos y que ahora se encarna y nace de una Madre Virgen, para ser visible a los ojos de los hombres y así poder ser adorado, por los hombres, en la tierra. El Niño-Dios nace en Belén, Casa de Pan, para donarse a Sí mismo como Pan de Vida Eterna en la Eucaristía. Al contemplarlo en el Pesebre, pensemos que ese Niño, que abre sus bracitos para abrazar al que se le acerca, es el mismo Jesús, Dios Hijo, que en la Eucaristía, Pan de Vida eterna, se dona a Sí mismo, con todo el Amor de su Sagrado Corazón, a quien lo recibe con fe, en gracia y con amor.

 

Octava de Navidad 2

 



(Ciclo B – 2020)

         Dentro de las figuras principales del Pesebre de Belén, está la del que parece ser el padre del niño, llamado San José. Es él quien condujo a la Virgen encinta, buscando posadas en Belén; es él quien encontró la gruta, que habría de servir para el Nacimiento de su hijo; es él quien limpió el lugar y luego fue a buscar leña para encender una fogata y así combatir la oscuridad y el intenso frío de la noche. ¿Quién es San José? Ante los ojos de los hombres, aparece como el padre del niño que está recostado en una cuna; sin embargo, la Fe Católica nos dice que San José no es el padre biológico de Jesús, porque así lo revela el Ángel en sueños: “Lo concebido en la Virgen viene del Espíritu Santo”. En otras palabras, San José no es padre biológico de Jesús, sino su Padre adoptivo y terreno, porque el Padre real de Jesús es Dios Padre, que es Quien lo engendró desde la eternidad, en su seno, comunicándole su naturaleza divina. Por eso el niño no es un niño más, sino el Niño-Dios, y no podría ser Niño-Dios si en su concepción hubiera intervenido la obra humana. San José es el varón casto y puro, elegido por Dios Padre, para que compartiera su paternidad en la tierra y fuera en la tierra el Padre adoptivo de Dios Hijo encarnado. Esto se deduce del Anuncio del Ángel a la Virgen: “Concebirás a darás a luz a Dios entre nosotros” y de las palabras del Ángel dichas a San José en sueño: “No temas recibirla, porque el fruto de su concepción proviene del Espíritu Santo”. San José, entonces, es sólo Padre adoptivo de Jesús, a quien Dios Padre lo eligió para que compartiera de su paternidad divina y para que cuidara a su Hijo Dios en la tierra, para que fuera el sustento de la Sagrada Familia de Nazareth. Por otra parte, siendo María Virgen y Madre de Dios, San José fue sólo el esposo meramente legal de la Virgen, lo cual quiere decir que no sólo no intervino, de ninguna manera, en la concepción del Niño de Belén, sino que se comportó, con su Esposa legal, María Santísima, durante su matrimonio, sólo como un hermano. Esto quiere decir que jamás hubo entre ellos trato alguno esponsal, fuera del meramente legal. A los ojos de los hombres San José aparecía como esposo de María y como padre de Jesús, pero era sólo el esposo legal de María, ya que el Esposo real de María era el Espíritu Santo, y era sólo el Padre adoptivo del Niño de Belén, porque el Padre real y verdadero, desde la eternidad, era Dios Padre. Al contemplar a San José en el Pesebre de Belén, pensemos en estos misterios de nuestra Fe Católica y a él, varón casto, justo y puro, le encomendemos nuestras familias.

 

Octava de Navidad 1

 



(Ciclo B – 2020)

         Cuando se contempla el Pesebre de Belén, si se lo mira sólo con los ojos del cuerpo y sólo con la razón humana, se ve a un típico matrimonio hebreo, con su hijo recién nacido, en una pobre gruta de Palestina. A este niño van a visitarlos pastores y también unos Reyes Magos, venidos desde lejos.

         Sin embargo, el Pesebre de Belén no puede nunca contemplarse sólo con los ojos del cuerpo y no puede nunca analizarse con el sólo alcance de la razón humana: es necesario contemplarlo con los ojos del alma, iluminados con la luz de la fe.

         Contemplemos, entonces, a la Madre del Niño. Parece una mujer joven, hebrea, que acaba de dar a luz a su hijo primogénito. Como toda madre, lo envuelve en pañales, lo abraza, le transmite su calor, lo alimenta, lo acuna, trata de hacerlo dormir. ¿Quién es esta Madre, según la Fe Católica? Esta Madre no es una madre más entre tantas: es la Virgen y Madre de Dios; es Virgen, porque hasta la concepción de su Hijo no habitó con ningún hombre y el fruto de su concepción, según las Palabras del Arcángel Gabriel, no es producto de hombre, sino de Dios Padre, quien ha enviado su Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, para que se encarnara en su seno virgen y esta obra de la Encarnación del Verbo la ha realizado a través de su Amor, el Espíritu Santo.

         De manera que la Madre del Niño no es una madre más entre tantas: es la Virgen y al mismo tiempo, es la Madre de Dios; es la Nueva Eva, es la Mujer del Génesis, que aplasta la cabeza de la serpiente; es la Mujer del Calvario, que acompaña a su Hijo en su agonía y muerte en cruz; es la Mujer del Apocalipsis, revestida de sol, revestida de la gracia divina.

         Al contemplar a la Mujer del Pesebre, la contemplemos con los ojos de la Fe Católica y así contemplaremos no a una mujer hebrea primeriza, que atiende con amor su primogénito, sino que contemplaremos a la Virgen y Madre de Dios que alimenta y acuna, entre sus brazos, a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios.

jueves, 17 de diciembre de 2020

“La mano de Dios estaba con él”


 

“La mano de Dios estaba con él” (Lc 1, 57-66). El nacimiento del Bautista está acompañado de grandes signos que provocan la admiración de sus contemporáneos y en realidad es así, puesto que el Evangelio lo confirma: “La mano de Dios estaba con él”. La razón por la cual Dios acompaña al Bautista desde su nacimiento es que él ha de ser el último profeta del Antiguo Testamento, que anunciará la Llegada del Mesías: el Bautista es el Precursor del Salvador de los hombres; es el que anuncia a los hombres que la salvación ha llegado en la Persona de Jesús de Nazareth; es el que verá al Espíritu Santo descender sobre Jesús y es el que dará a Jesús un nombre nuevo, jamás dado antes: “el Cordero de Dios”. Por todo esto, el Bautista es alguien especial, no solo por su parentesco biológico con el Redentor, sino ante todo por su misión de anunciar la Llegada en carne del Mesías y de predicar la conversión del corazón para recibir la gracia santificante del Mesías. El Bautista habrá de sellar con su sangre, muriendo mártir por Cristo, por la Verdad que él proclama en el desierto: Jesús, el Hombre-Dios, ha venido en carne y es El que ha de salvar al mundo del pecado, del demonio y de la muerte y es el que ha de conducir a los hombres nacidos de la gracia, al Reino de Dios.

“La mano de Dios estaba con él”. La vida y la misión del Bautista no deben ser algo ausente o distante en la vida del cristiano: por el contrario, el cristiano debe conocer a fondo lo que el Bautista hizo y dijo y conocer también su muerte martirial, porque todo cristiano está llamado a ser un nuevo bautista, que predique en el desierto de la historia y del tiempo humanos la Llegada del Mesías, pero ya no de la Primera, como lo hacía el Bautista, sino de la Segunda Llegada en la gloria; además, el cristiano debe predicar al mundo la Venida Intermedia del Señor Jesús, su descenso desde los Cielos a la Eucaristía, en la Santa Misa, por el milagro de la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Cordero. Y, al igual que el Bautista, el cristiano católico debe estar dispuesto a derramar martirialmente su sangre, en testimonio de la Venida Eucarística del Señor y en testimonio de su Segunda Venida en la gloria.