jueves, 9 de diciembre de 2010

Quien imite a Cristo será el más grande en el Reino de los cielos


“El Bautista es el más grande de todos los hombres nacidos en esta tierra, y sin embargo, el más pequeño en el cielo es más grande que el Bautista” (cfr. Mt 11, 1-11). Jesús plantea una paradoja difícil de resolver: si el Bautista es el más grande de todos los hombres nacidos en esta tierra: ¿cómo es posible que en el cielo, sea el más pequeño de todos? ¿O, lo que es o mismo, que en el cielo todos sean mayores que él?

¿Cómo puede ser que alguien que, habiendo sido alabado por el mismo Jesucristo como el más grande entre todos los hombres de la tierra, sea considerado el más pequeño en el cielo?

Jesús se refiere a la época de los profetas, que termina con Juan el Bautista: Juan el Bautista es el último de esta época que anuncia el cumplimiento de las profecías, el inicio de los tiempos mesiánicos, y la instauración del Reino de Dios en la Persona de Jesús, Hijo de Dios[1].

El Bautista es el más grande de todos los hombres nacidos hasta el inicio del Reino; representa a la antigua economía, no regida por la gracia, por la participación en la vida divina de Dios Trino. Es el más grande de todos los que nacieron antes de Jesús y se encontraban bajo el régimen de la ley antigua; pero a partir de Jesús, todo hombre nacido en esta tierra, que participe de la gracia divina, es decir, que sea hecho hijo de Dios por adopción, es más grande que el Bautista en este sentido, en que participa de la vida de Dios Trinidad, en que posee un principio vital, de vida y de movimiento, que no son simplemente los humanos, como sucedía hasta Juan el Bautista, sino que posee un principio de vida que es el Espíritu de Dios en Persona.

La grandeza de ser hijos de Dios por la gracia, que es la grandeza de los integrantes del reino, es una grandeza superior a la grandeza del Bautista en cuanto representante de la antigua economía. La grandeza del Bautismo, de la comunión sacramental, son superiores a la grandeza del Bautista, último representante de la antigua ley.

Pero no solo por ser bautizados se consigue la grandeza en el reino de los cielos. La grandeza del reino de los cielos se consigue por medio de la imitación de quien es absolutamente el más grande de todos los hombres, el Hombre-Dios: solo imitando al Hombre-Dios, e imitándolo principalmente en la cruz, es que el cristiano adquiere la grandeza superior a la del Bautista.

En otra paradoja, el más grande de todos los hombres, el Hombre-Dios, aparece en la cruz como el más pequeño de todos: en la cruz, Cristo parece el más pequeño, indefenso y débil de todos los hombres. Más aún, parece un fracasado, hablando humanamente. En la cruz, Jesús parece el más pequeño de todos los hombres, porque, en apariencia, sus ideales fracasan, sus partidarios lo abandonan, sus enemigos se multiplican y terminan por derrotarlo; sólo es acompañado por su Madre, una Mujer también en apariencia absolutamente indefensa. Y sin embargo, es el más grande, por ser el Hijo de Dios, en el reino de los cielos.

Quien imite a Cristo en la cruz, quien participe de su sacrificio redentor que se actualiza en cada sacrificio del altar, donando su pequeña vida junto al sacrificio del Cordero en el altar en oblación por amor a Dios y a los hombres, será el más grande en los cielos. Quien done su vida por amor en el sacrificio del altar, junto al sacrificio del Hombre-Dios, será el más grande en el reino de los cielos.


[1] Cr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 389.

viernes, 3 de diciembre de 2010

En Adviento dispongamos nuestros corazones para recibir a Cristo, la luz de Dios, que viene oculto en la Eucaristía


Jesús nació en Belén, y cuando nació, ya era de noche: el sol se había ocultado y las tinieblas envolvían la tierra: “Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: "No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 8-11). Es decir, los ángeles son quienes van a anunciar a los pastores el Nacimiento, y cuando les van a anunciar, es de noche.

Pero esa oscuridad cosmológica, debida al ocultamiento del sol, no era la única oscuridad que envolvía a los hombres cuando nació Jesús.

Además de la noche cosmológica, es decir, de la noche que acaece cuando se oculta el sol, había otra oscuridad, mucho más tenebrosa, mucho más oscura, mucho más peligrosa: esa otra oscuridad era la oscuridad del corazón humano, envuelto en las tinieblas del pecado, de la ignorancia y del error. A su vez, la noche del corazón humano era una continuación y una prolongación de la noche de la criatura angélica caída, que habiendo rechazado voluntariamente la luz divina, se sumergió voluntariamente en la oscuridad más densa y más profunda del desamor y del odio a Dios, y así, convertido en tiniebla viviente, fue arrojado a la tierra, en donde oscureció el corazón del hombre, contaminándolo con su propia oscuridad.

Jesús nació de noche, en una noche doblemente oscura, la noche cosmológica, y la noche del corazón humano apartado de Dios a causa de la perfidia del ángel caído. Es de esta última noche de la que se habla en el Evangelio, cuando se relata la Encarnación y el Nacimiento del Verbo de Dios: “…la Palabra estaba en Dios (…) la Palabra era Dios (…) (la Palabra) era la luz y la vida de los hombres (…) vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). La Palabra de Dios, que era Dios, que habitaba junto a Dios, y que era la luz y la vida de los hombres, que vino a este mundo encarnándose y naciendo como un Niño, para alumbrar las tinieblas de los hombres, fue rechazada: “la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3, 19).

Cuando Jesús nació, hace dos mil años, la humanidad vivía en una oscura y densa noche, la noche del rechazo de la Palabra de Dios, que es luz y vida para los hombres, y por eso los hombres habitaban en “oscuridad y sombra de muerte”, y rechazaron la Palabra, que es luz y vida, aún cuando era para ellos para quienes se les manifestaba: “El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido” (Mt 4, 16).

Jesús, la Palabra eterna del Padre, se encarnó para iluminar y dar vida, con su propia luz, a los hombres, que yacían en sombras de muerte, contaminados en sus corazones por la oscuridad del ángel caído, que había logrado arrastrar a los hombres en su caída, y los había sumergido en su propia oscuridad, los hombres lo rechazaron, porque prefirieron sus tinieblas y su muerte a la cruz y a la vida de Dios.

Hoy, a dos mil años del Nacimiento, la humanidad vive también una noche oscura, aunque mucho más oscura que en la Noche de Belén.

La noche que envuelve hoy a la humanidad es mucho más densa, profunda y peligrosa que la noche del corazón humano en la Primera Venida, porque hoy el Mesías, venido en carne, revestido del cuerpo de un Niño, muerto en cruz para la salvación de la humanidad, Presente en el sacramento eucarístico, ha sido arrojado del corazón del hombre, de modo que el hombre vive y muere como si Dios no existiera, como si Dios no fuera necesario ni siquiera como una hipótesis imaginaria.

La oscuridad que envuelve hoy a la humanidad, a dos mil años de su Nacimiento, es una oscuridad mucho más profunda y densa, porque si en la Primera Venida los hombres vivían en la oscuridad, era porque la Palabra de Dios no se había encarnado y no había llegado a ellos; pero hoy, después de que Jesús ha cumplido su misterio pascual de muerte y resurrección, su Nombre, que es vida, ha sido olvidado y desterrado de toda actividad humana y de todo pensamiento y de todo deseo humano, y así, olvidado su Nombre, fuente de vida, el hombre ha creado una cultura, que es la “cultura de la muerte”, que atenta contra la vida humana desde que nace hasta que muere; hoy la oscuridad es más densa que en la noche de Belén, porque el Nombre santo de Jesús es olvidado, y cuando no es olvidado, es despreciado e insultado, y ofendido por quienes no lo aman; la oscuridad es más oscura que en Belén, porque hoy la juventud ha perdido todo valor: los varones se visten de seda y las mujeres se visten como varones; muchos, de entre los sacerdotes, no aman a Jesús y a su Madre; hoy la noche es más oscura que en la Noche de Belén, porque las ideologías anticristianas y antihumanas dominan el mundo, trayendo sólo dolor al hombre: el comunismo crece, y crece también el liberalismo capitalista que hunde a pueblos enteros en la miseria; hoy la noche es más oscura que en Belén, porque al haberse alejado de Dios, que es Amor, ha germinado en el corazón del hombre el odio por su hermano, y así, el odio del hombre por el hombre ha llevado a los pueblos a inventar y construir armas cada vez más poderosas, con una capacidad destructiva nunca antes alcanzada en la humanidad: basta la detonación de sólo el uno por ciento del arsenal nuclear mundial, para provocar la muerte de cientos de millones de personas; el odio crece entre los pueblos, y la prueba son, por sólo mencionar una, el reciente genocidio ruandés, y el creciente odio entre razas, propiciado por el indigenismo ideológico; el hambre hace estragos en pueblos enteros, y no es porque la tierra no puede producir alimentos, o porque la lluvia no riegue los campos: si hay niños que mueren de hambre, es debido al egoísmo humano, que prefiere que el trigo se pudra en los silos, antes que dar de comer al hambriento; los inocentes son exterminados antes de nacer, en un genocidio silencioso y pavoroso; la familia ha sido desintegrada, porque además de haber sido atacada en su unidad, ha sido desvirtuada, al inventar formas de familia que nada tienen que ver con el plan divino para el hombre; la tecnología ha convertido a cada hogar en un mundo virtual de fantasía y de vida irreal, porque ha transmitido y ha implantado y ha hecho crecer la semilla del ateísmo, del materialismo y del hedonismo, y ha construido, en las mentes y en los corazones de niños, jóvenes y adultos, un mundo irreal, un mundo fantástico, en donde Dios no existe, y tampoco existen el cielo y el infierno, sino solo el placer del momento presente; la cultura de la muerte siega la vida humana en sus extremos, por el aborto y la eutanasia, mientras que la droga, enarbolada como estilo de vida y reclamada como derecho humano, se lleva la vida de cientos de millones de jóvenes y de adultos; los Mandamientos de Dios han sido sepultados y pisoteados, para continuar con el desenfreno, sin sentir el remordimiento de la conciencia; la Madre de Dios es despreciada e ignorada por millones de hijos suyos; el Cuerpo y la Sangre de Jesús son recibidos indignamente, principalmente por sacerdotes y laicos que deberían recibirlo con un corazón puro y misericordioso, y en estado de gracia, y así Cristo Dios es profanado una y otra vez en el sacramento de la Eucaristía, por las comuniones sacrílegas; los falsos profetas, los profetas de la Nueva Era de Acuario, proliferan como hongos, mientras que los hijos de Dios, los que deberían ser la “sal de la tierra y la luz del mundo” (cfr. Mt 5, 13), duermen una especie de letargo espiritual, similar al sopor y al sueño en el que cayeron los discípulos de Jesús cuando, orando en el Huerto de Getsemaní, estaba a punto de ser entregado para ser crucificado (cfr. Mt 14, 37); los rumores de guerra se escuchan por todas partes, porque el corazón del hombre se ha oscurecido, porque se ha apartado de Cristo, el Dios de la luz y de la paz; los templos del Dios verdadero deben ser cerrados, porque están vacíos, a causa de la apostasía de sacerdotes y fieles, mientras que los templos de las sectas y de los adoradores de Satán se llenan cada vez más, y el espíritu anticristiano cubre al mundo.

Por eso la noche del alma y del corazón que vive hoy el hombre, es una noche más oscura que la noche de Belén, y en esa noche oscura, ronda un lobo de afilados dientes, de gruñido ronco, y de ojos llameantes, que no es de este mundo.

Hace dos mil años, vino la luz de Dios, Cristo Jesús, oculta en el cuerpo de un Niño, el Niño de Belén, y la luz fue rechazada; hoy, la luz de Dios, Cristo Jesús, viene oculta en el sacramento del altar, la Eucaristía. El tiempo de Adviento es el tiempo para disponer nuestros corazones para recibir la luz de Dios, que viene hoy, para nosotros, oculta en la Eucaristía, así como vino oculta hace dos mil años en el Niño de Belén.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La noche que se ha abatido hoy sobre el corazón del hombre es más oscura que la Noche de Belén


Jesús nació en Belén, y cuando nació, ya era de noche: el sol se había ocultado y las tinieblas envolvían la tierra. Pero esa oscuridad cosmológica, debida al ocultamiento del sol, no era la única oscuridad que envolvía a los hombres el día que nació Jesús.

Había otra oscuridad, mucho más tenebrosa, mucho más oscura, mucho más peligrosa, como toda oscuridad: esa otra oscuridad era la oscuridad del corazón humano, envuelto en las tinieblas del pecado, de la ignorancia y del error. La noche humana era una continuación y una prolongación de la noche de la criatura angélica caída, que habiendo rechazado voluntariamente la luz divina, se sumergió voluntariamente en la oscuridad más densa y más profunda del desamor y del odio a Dios, y así, convertido en tiniebla viviente, fue arrojado a la tierra, en donde oscureció el corazón del hombre.

Hoy, a dos mil años del Nacimiento, la humanidad vive una noche oscura, mucho más oscura que en la Noche de Belén.

La noche que envuelve hoy a la humanidad es mucho más densa, profunda y peligrosa que la noche del corazón humano en la Primera Venida, porque hoy el Mesías, venido en carne, revestido del cuerpo de un Niño, muerto en cruz para la salvación de la humanidad, Presente en el sacramento eucarístico, ha sido arrojado del corazón del hombre; su Nombre ha sido olvidado, y cuando no olvidado, despreciado e insultado; la juventud ha perdido todo valor: los varones se visten de seda y las mujeres se visten como varones; muchos, de entre los sacerdotes, no aman a Jesús y a su Madre; el comunismo crece, y la capacidad de destruir a la humanidad con el más moderno armamento es tal, que basta la detonación de sólo el uno por ciento del arsenal nuclear mundial, para destruir a la humanidad entera, provocando la muerte de miles de millones de personas; el odio crece entre los pueblos, y la prueba son, por sólo mencionar una, el reciente genocidio ruandés, y el creciente odio entre razas, propiciado por el indigenismo ideológico; el hambre hace estragos en pueblos enteros; los inocentes son exterminados antes de nacer, en un genocidio silencioso y pavoroso; la familia ha sido desintegrada; la tecnología ha creado mundos virtuales de fantasía y de vida irreal, en donde Dios no existe, ni tampoco existen el cielo y el infierno, solo el placer del momento presente; la cultura de la muerte siega la vida humana en sus extremos, por el aborto y la eutanasia, mientras que la droga, enarbolada como estilo de vida y reclamada como derecho humano, se lleva la vida de cientos de millones de jóvenes y de adultos; los Mandamientos de Dios han sido sepultados y pisoteados, para continuar con el desenfreno, sin sentir el remordimiento de la conciencia; la Madre de Dios es despreciada e ignorada por millones de hijos suyos; el Cuerpo y la Sangre de Jesús son recibidos indignamente, principalmente por sacerdotes y laicos que deberían recibirlo con un corazón puro y misericordioso, y en estado de gracia, y así Cristo Dios es profanado una y otra vez en el sacramento de la Eucaristía, por las comuniones sacrílegas; los falsos profetas, los profetas de la Nueva Era de Acuario, proliferan como hongos; los rumores de guerra se escuchan por todas partes, porque el corazón del hombre se ha oscurecido, porque se ha apartado de Cristo, el Dios Luz; los templos del Dios verdadero deben ser cerrados, porque están vacíos, a causa de la apostasía de sacerdotes y fieles, mientras que los templos de las sectas y de los adoradores de Satán se llenan cada vez más; el espíritu anticristiano cubre al mundo.

Por eso la noche del alma y del corazón que vive hoy el hombre, es una noche más oscura que la noche de Belén. Y en esa noche, ronda un lobo furioso que no es de este mundo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Nuestro Adviento es una espera gozosa centrada en el misterio eucarístico


La Iglesia finaliza un año litúrgico, y comienza un nuevo año, y en el inicio del año litúrgico, está el tiempo llamado “Adviento”, en el cual toda la Iglesia se prepara para la fiesta máxima de la cristiandad, que es la Navidad.

¿En qué consiste la preparación del Adviento?

No consiste en una preparación psicológica para la Navidad; tampoco se trata sólo de una ocasión para rezar más, ni tan siquiera para cambiar el comportamiento: el Adviento es un momento, en el tiempo de la Iglesia, en el cual ingresamos en el misterio de Cristo, Hombre-Dios, para participar del mismo. Adviento es contemplar y participar del misterio de Cristo, en los momentos previos a la encarnación; Adviento es esperar al Mesías que “ya viene”, envuelto en pañales, y revestido del cuerpo de un Niño.

En Adviento, el cristiano espera al Mesías, y esa espera se concreta en la liturgia de la Iglesia: con su liturgia, la Iglesia coloca al creyente en una situación similar a la que se encontraban los justos del Antiguo Testamento, que esperaban al Mesías: así como los justos esperaban al Mesías, porque sabían de las profecías mesiánicas, así el cristiano “espera” el nacimiento del Mesías en Navidad.

Aunque ya se ha cumplido el misterio pascual de muerte y resurrección de Jesús, y aunque sabemos que reina glorioso en los cielos, y que ha de venir a juzgar a la humanidad en el Día del Juicio Final, la Iglesia, por medio de la liturgia, se introduce en un clima espiritual similar al clima espiritual que reinaba entre los justos del Antiguo Testamento, que esperaban el Nacimiento del Mesías.

Por el misterio de la liturgia, la Iglesia contempla el misterio de Cristo –Dios encarnado, muerto en cruz y resucitado- desde una perspectiva particular, la perspectiva del tiempo inmediato anterior al Nacimiento del Mesías.

Por eso mismo, si recreamos el clima espiritual de quienes esperaban al Mesías en su Primera Venida, tendremos una idea de lo que debe ser el clima espiritual del Adviento: en el Antiguo Testamento, quienes conocían las profecías mesiánicas, sabían que, cuando se cumplieran, los hombres habrían de recibir una gran bendición divina; sabían que algo grandioso y sublime estaba por suceder, y por eso estaban alegres y ansiosos, esperando que viniera el Mesías, así como un agricultor, que está viviendo tiempos de grave sequía, espera con ansias la lluvia, y ve con alegría el acercarse de las nubes que descargarán el agua. Los justos del Antiguo Testamento estaban alegres y ansiosos, esperando al Mesías, porque sabían que Su llegada significaría el comienzo de una nueva era para los hombres, porque el Mesías habría de inaugurar un Reino no de la tierra, sino del cielo, y ese Reino habría de ser un Reino de justicia, de paz, de alegría, y de amor fraterno y universal; sabían también que significaría la derrota de las tinieblas y del mal, porque el Mesías que había de venir, iluminaría al mundo con su luz, una luz eterna, desconocida para los hombres, inaugurando un nuevo día para el hombre, el día de la eternidad divina, el día sin ocaso, de la felicidad y del amor en Dios y entre los hombres.

Los justos del Antiguo Testamento esperaban con alegría contenida la aparición del Mesías, porque éste iba a traer algo inesperado, algo grandioso, algo jamás visto entre los hombres, una nueva vida en Dios y de Dios.

El Mesías era el Emmanuel, el Dios con nosotros, caminando entre los hombres, hablando con ellos. Por eso leían las Escrituras y se alegraban, esperando el cumplimiento de las profecías, y escrutando los signos de los tiempos, para saber el momento en el que esas señales se cumplirían.

Esperaban que una Virgen diera a luz, tal como lo había profetizado el profeta Isaías: “Una virgen concebirá y dará a luz” (cfr. Is ): cuando ocurriera esa prodigio, sería la señal del cielo de que Dios había venido a la tierra, y por eso los hombres debían exultar de gozo y alegría.

Este era el Adviento, o la espera “Del que viene” en el Antiguo Testamento; éste era el clima espiritual de quienes esperaban al Mesías, y por lo tanto, debe ser el clima espiritual de los cristianos católicos en Adviento, en el tiempo previo a la Navidad: de expectación, en alegre espera, de Aquel que ha de venir; de Aquel que, con su luz eterna, derrotará para siempre a las tinieblas del Hades, e iluminará con la luz de su gracia y con el esplendor de su divinidad las almas y los corazones de quienes lo aman con un corazón puro.

Éste es el sentido del Adviento, de la espera de la Iglesia: esperar al Mesías, al Dios con nosotros, al Salvador, al Dios de todo Amor y de toda Misericordia, al Dador del Espíritu, que viene a quitarnos el pecado y a darnos una vida nueva, una vida que no es esta vida humana, una vida que es su propia vida, la vida de la gracia, una vida celestial, sobrenatural.

El Adviento consiste en esperar con alegría al Niño de Belén, a Aquel que viene a sacarnos de este horizonte de tiempo y espacio, en el que discurre la existencia humana, para llevarnos más allá del tiempo y del espacio, más allá de las estrellas y del sol, y a introducirnos en su eternidad divina, en el seno de Dios Padre, en la comunión de vida y de amor con las Tres Divinas Personas.

El Niño que nace en Belén viene para llevarnos a una nueva vida, que no es la vida de esta tierra, sino la vida del cielo, la vida absolutamente feliz y gloriosa en el seno de Dios Uno y Trino, de quien no podemos ni imaginar su hermosura y fascinación.

Los justos del Antiguo Testamento vivían alegres, en la espera del Mesías, y esa alegría y serenidad llenaba de esperanza sus vidas terrenas, y los consolaba en sus tristezas y en sus pesares, porque sabían que, cuando el Mesías viniera, les daría la vida nueva, la vida alegre y sin fin en Dios.

Si ellos vivían alegres, en medio de los pesares y las tribulaciones de la vida, porque sabían que el Mesías iba a venir, y todavía no había venido, cuánto más nosotros, que vivimos en el tiempo de la Iglesia, el tiempo en el que el Mesías se manifiesta, no visiblemente y glorioso, como al fin de los tiempos, sino en el misterio de la Iglesia y de la liturgia, cuánto más nosotros, debemos vivir, en medio de las tribulaciones y de los pesares de la vida, con alegría exultante y con gozo, porque aunque el Mesías no está glorioso y visible, sí está glorioso y resucitado en la Eucaristía, oculto en el Pan del altar, a la espera del cumplimiento del tiempo fijado por el Padre para darse a conocer visiblemente por toda la humanidad. Porque lo tenemos ya al Mesías con nosotros, en la Eucaristía, los cristianos debemos alegrarnos y regocijarnos, porque la Eucaristía es el Emmanuel, el Dios con nosotros, y así, lo tenemos al Mesías no en promesas, como lo tenían los justos del Antiguo Testamento, sino en la realidad, en Persona, Vivo, con su Corazón Sagrado latiendo de amor por todos y cada uno de nosotros, deseoso de donarse a cada uno con toda la plenitud y la intensidad de su amor de Hombre-Dios.

Nuestro Adviento entonces, tiene que ser una espera gozosa centrada en el misterio eucarístico: el Mesías, al que esperaban los justos en el Antiguo Testamento, está ya entre nosotros, en la Eucaristía, y es por eso que lo que tenemos que esperar, es el momento del paso de la contemplación sacramental del Mesías Cristo, en el tiempo y en el misterio del sacramento de la Eucaristía, a la contemplación personal, cara a cara, en la eternidad, en donde la fascinación de Su Rostro embriagará de amor y de alegría sin fin a toda la Iglesia.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Cuando veáis el Brote Nuevo el fin está cerca


“Cuando veáis el brote nuevo de la higuera, sabed que el fin está cerca”. (cfr. Lc 21, 34-36). El cristiano tiene que saber leer, en el signo de los tiempos, las señales que indican lo que va a suceder, así como se sabe que cuando la higuera da brotes nuevos se acerca el verano. La advertencia de Jesús debe ser tomada en el marco de las señales antes del fin: cuando los discípulos vean suceder estas cosas –la apostasía, el abandono del culto al Dios verdadero y la adoración del Anticristo, la abominación de la desolación, la última persecución a la Iglesia-, los discípulos de Cristo deben saber que el Reino –es decir, su instauración definitiva, el fin de los tiempos-, está cerca. Hay abundantes señales, en nuestros días, que indican que el fin de los tiempos está cerca, tal vez más de lo que imaginamos: por ejemplo, algo similar a la marca de la Bestia, que se nombra en el Apocalipsis (cfr. 16, 2), está siendo ya implementado en todo el mundo: para acceder a ciertos lugares, como oficinas gubernamentales secretas, en México, o simplemente clubs selectos, reservados para multimillonarios, como en Barcelona, se presenta como identificación personal un chip que contiene todos los datos personales, implantado en forma subcutánea en el antebrazo y la información está codificada numéricamente de modo tal que las cifras se disponen en tres grupos de seis, como el 666 con el cual la bestia del Apocalipsis marcará a los suyos; otra señal son las pestes –Sida, enfermedades virósicas incurables, como la gripe española, que provocó millones de muertos-, las catástrofes naturales –como el tsunami, la mayor catástrofe natural de que se tenga memoria, con excepción del diluvio-, la maldad anidada en los corazones humanos, que está alcanzando niveles inauditos, al punto de aparecer algo insólito en la historia de la humanidad, como el hecho de que hayan niños asesinos de nueve años; el proliferar de las sectas, sobre todo, la secta de Acuario, una secta de claro origen infernal, que propicia en forma oculta y en forma directa el culto al demonio; las guerras, que si bien han existido en toda la historia de la humanidad, hoy alcanzan formas extremas de crueldad, al punto de parecer hacerse realidad las palabras de una santa[1] sobre el fin del mundo: “Cuando se haya perdido el temor de Dios, guerras crueles y atroces sucederán a porfía, morirán muchedumbres y muchas ciudades se convertirán en ruinas. Dios se servirá de una nación inmunda y cruel, del extremo del mundo para castigar a la cristiandad”; otra señal es la perversión moral, que alcanza grados antes nunca vistos: “(habrá un tiempo) en el que las mujeres vestirán como hombres y se portarán según sus gustos licenciosamente y los hombres vestirán vilmente como mujeres”[2]. Se podría seguir pero el listado se haría interminable: las ideologías perversas, como el comunismo, el nazismo, el liberalismo capitalista de las democracias occidentales, que condenan a cientos de millones de personas a todo tipo de sufrimientos y a la muerte en sus diversas formas. Son todas señales que indican una gran actividad de los agentes infernales y de que por lo tanto algo va a suceder, aunque cuando, solo Dios lo sabe: podrían ser diez, cien o mil años. Pero además de estas señales, que indican actividad del infierno en la tierra, hay también otras señales que indican una intervención prodigiosa, no del infierno, sino del mismo cielo, también en la tierra. Entre estas señales, que indican un brote nuevo, como la higuera, está la misma Iglesia Católica: Ella misma, en su misteriosa constitución, es una señal del cielo: una sociedad religiosa que se presenta a sí misma como la Esposa del Cordero, que da permanentemente a luz a hijos adoptivos de Dios por la obra del Espíritu Santo en su seno, igual que María dio a luz al Hijo de Dios por obra del Espíritu en su seno; sus hijos, los hijos de Dios, los que están ya en el cielo, los santos, obran obras propias del cielo, con el poder del cielo: los milagros, pero sobre todo la misericordia y la caridad, que no es un mero sentimiento humano de filantropía, sino signos de un Amor sobrenatural, sobrehumano, sobrecreatural, de origen divino: el Amor de Dios, Dios Amor, obra a través de sus hijos más destacados, los santos –como la Madre Teresa, el Padre Pío, y los cientos de miles de santos a lo largo de la historia-; otro signo del cielo es la aparición de Jesús Misericordioso, ya que Él mismo lo dice: “Anuncia al mundo que está próxima mi Segunda Venida (esta imagen) es la señal antes del fin”[3]; otra señal venida del cielo es su Presencia Eucarística: es el mayor y más grande de todos los prodigios obrados por Dios, mayor que la Creación y mayor que la Encarnación: es Su Presencia en medio nuestro, el cielo en la tierra, la eternidad y la bienaventuranza en la tierra: la Eucaristía es el brote nuevo de la higuera que anuncia un nuevo amanecer, una nueva primavera para la humanidad, porque contiene algo insólito, el signo más grande del cielo: la vida eterna de Dios Trino.

“Cuando veáis el brote nuevo de la higuera, sabed que el fin está cerca”.


[1] Santa Hildegarda de Bingen, 1098-1179.

[2] Cfr. San Vicente Ferrer, 1350-1419.

[3] Cfr. Diario.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Se verá al Hijo del hombre venir con gran poder y gloria


“Se verá al Hijo del hombre venir con gran poder y gloria” (cfr. Lc 21, 20-28). Dando culminación a la serie de eventos catastróficos que se sucederán antes de la Segunda Venida, Jesús aparecerá, en el Último Día, en el Día del Juicio Final, revestido de poder y de gloria, para juzgar a toda la humanidad, desde Adán y Eva, hasta el último hombre nacido en ese día.

La Segunda Venida será distinta a la Primera: en la Primera, Jesús vino oculto, y nadie, excepto su Madre y su padre adoptivo, sabía de su Nacimiento; nadie sabía que era Dios ese Niño que nacía milagrosamente en Belén. En la Segunda Venida, todos sabrán que viene, porque vendrá, no oculto, a nacer en una pobre cueva, sino que vendrá a juzgar a la humanidad, y será visto por todos los hombres de todos los tiempos, muertos y vivos.

En la Primera Venida, vino de noche, en la noche del tiempo y en la noche del alma; en la Segunda Venida, vendrá, y cuando vendrá, su resplandor será tan intenso, que palidecerá la luz del sol, y su luz gloriosa iluminará y alcanzará todos los rincones del universo, y todos los escondrijos del alma, hasta la raíz más profunda del ser.

En la Primera Venida, su Venida a la tierra culminó con su humillante muerte en cruz; en la Segunda Venida, finalizará el tiempo, para dar inicio a la eternidad, y la cruz de madera, en la que sufrió y murió el Salvador, se convertirá en una cruz de luz, que permanecerá en los cielos por la eternidad, y la muerte de su cuerpo real, en el tiempo, será fuente de vida eterna y de resurrección, para su cuerpo místico, en el tiempo sin tiempo de los cielos.

Pero la Segunda Venida será también similar a la Primera: así como en la Primera nadie lo esperaba, así también en la Segunda, nadie lo esperará; será su Venida “como un relámpago” (cfr. Mt 24, 27), “como un ladrón” (Mt 24, 37-44), al que nadie espera; así como en la Primera Venida vino de noche, en medio de la frialdad y maldad del corazón humano que no le dieron cabida, de manera tal que tuvo que nacer en una pobre cueva en Belén, refugio de animales, así también, en la Segunda Venida, vendrá, y la maldad del corazón humano será tan grande y tan profunda, por haberse apartado de Dios, que aunque brille el sol, y dé luz la luna, habrá más oscuridad y más frío en los corazones de los hombres, que en la Noche de Belén.

Finalmente, así como en la Primera Venida, vino a través del amor maternal de María Santísima, así también, en su Segunda Venida, vendrá por medio del Inmaculado Corazón de María, que será quien preparará los corazones de las almas justas, para recibir a su Señor que viene a juzgar a la tierra.

Mientras tanto, entre una y otra venida, está su Venida por la liturgia de la Santa Misa: en cada Santa Misa, Cristo viene desde los cielos hasta el Pan del altar, para luego venir al corazón del alma fiel que lo espera y desea recibirlo con ansia. Para esta venida, preparamos nuestros corazones con la penitencia, la oración, el ayuno y el amor al prójimo, y decimos, con el Apóstol Juan: “Maranathá, ven, Señor Jesús” (cfr. Ap 22, 20).

jueves, 18 de noviembre de 2010

Celebremos a nuestro Rey, que reina desde la cruz y desde la Eucaristía


La Iglesia celebra a su Rey, y para eso le dedica una fiesta litúrgica especial, en el último domingo del año litúrgico. También el mundo celebra a sus reyes, pero estos se diferencian del Rey de la Iglesia.

Los reyes de la tierra visten con vestidos de lino finísimo, bordados en oro y plata; nuestro Rey lleva por un manto púrpura, que es su propia sangre; los reyes de la tierra llevan brillantes coronas de oro, de diamantes, de rubíes, de esmeraldas; nuestro Rey lleva una opaca corona, una corona de gruesas y filosas espinas, que horadan su sagrada cabeza, y abren ríos de sangre que corren por su rostro, inundando sus ojos, sus oídos, su nariz, su boca; los reyes de la tierra se sientan en mullidos tronos, confeccionados con madera costosísima, adornada con ricos metales; nuestro Rey, Jesucristo, reina desde un trono muy particular, la cruz, hecha de madera dura y pesada, tan pesada, que laceró sus hombros, abriéndole profundas heridas y haciendo correr abundante sangre, y los metales que la adornan no son ni oro ni plata, ni nada parecido: el metal que adorna el trono de este Rey, es el duro y frío hierro de los clavos que atraviesan y horadan sus manos y pies, abriendo torrentes de sangre bendita, la sangre del Cordero, que riega y empapa la seca tierra del Monte Calvario, pero sobre todo riega, empapa e inunda los secos corazones humanos, fecundándolos con el Amor santo del Santo Espíritu del Dios del Amor.

Los reyes de la tierra son aclamados por las multitudes que, enfervorizadas y asombradas por los triunfos terrenos, aplauden las victorias mundanas, y ensalzan a sus reyes con vítores y alabanzas, porque han sometido a sus enemigos; el Rey de la tierra, a pesar de haber vencido, desde la cruz, a los enemigos del hombre, el demonio, el mundo y la carne, es tratado con burla, con desprecio, con indiferencia y con sorna, por las multitudes humanas que lo vituperan, lo insultan, lo ultrajan, rechazando su cruz, su sangre y su triunfo, y sólo es aclamado, ensalzado y alabado, por unos cuantos pocos que, con el corazón dolido, se lamentan de sus pecados y de la muerte de su Rey, al tiempo que le agradecen con el canto de sus labios y de sus corazones.

Los reyes de la tierra reciben títulos honoríficos, dados por los hombres, y aunque esos títulos pocas o casi ninguna vez se corresponden con la realidad, los reyes de la tierra son reconocidos por ellos; el Rey Jesucristo, recibe un título, dado por los hombres, que es clavado en la cruz de madera, y es el título de “Rey de los judíos”, pero también tiene otros títulos, dados por Dios Padre, y esos títulos son: Rey de los hombres y Rey de los ángeles, Rey del cielo y de la tierra, Rey vencedor, Rey Misericordioso, Rey Fuerte, Rey Tres veces Santo, Rey Inmortal, Rey piadoso, Rey Bondadoso, Rey Omnipotente, Rey Omnisciente, Rey Sabio, Rey Majestuoso, Rey poderoso, Rey Invencible, Rey Humilde, Rey Pacífico, Rey Vencedor del Infierno, de la muerte y del pecado, Rey Amable, Rey del Amor, Rey de la Paz, Rey que reconcilia a los hombres con Dios.

Quienes se acercan a los reyes de la tierra, si gozan de su favor, reciben de estos reyes gloria mundana y posesiones terrenas, y títulos nobiliarios, que no son más que títulos humanos, que se imprimen en el papel, y no tienen más realidad que la del papel; quienes se acercan al Rey de los cielos, y a su trono de la cruz, reciben de Él un título real y verdadero, un título de sangre, el ser hijos de Dios, porque este Rey, que es Dios Hijo, les dona su filiación divina, su Ser Hijo de Dios, y esto es tan real, que convierte al alma, de criatura, en hija adoptiva de Dios; quien se acerca a este Rey, que reina en la cruz, recibe de Él el bien más preciado de todos, su Costado abierto, y de su Costado abierto, su Corazón traspasado, y con Su Corazón traspasado, su Sangre bendita, y con su Sangre bendita, su Espíritu, el Espíritu Santo, el Amor de Dios; quien se acerca a este Rey, recibe de este Rey el bien más preciado de cualquier bien, el ser hijo adoptivo de Dios, y recibe la Sangre del Cordero, y con esta sangre, todo bien, todo amor, toda luz y toda paz, infinitamente más del bien, del amor, de la luz y de la paz la que pueda desear o esperar cualquier corazón humano.

Los reyes de la tierra someten y sojuzgan sin piedad a sus súbditos, en cambio, nuestro Rey, Jesucristo, reina con amor y compasión, derramando sobre las almas el océano infinito de Amor eterno contenido en su Corazón, su Espíritu y el de su Padre, el Espíritu Santo.

Los reyes de la tierra, si aman, lo hacen con un amor humano, imperfecto, limitado; un amor que, de ninguna manera, da vida, puesto que es sólo amor humano; el Rey de los cielos, Jesucristo, ama a toda la humanidad, a todos y a cada uno en particular, y su amor, es un amor humano-divino, porque es el amor del Hombre-Dios, de Dios, hecho Hombre perfecto, sin dejar de ser Dios Perfecto, y el amor humano-divino del Corazón Sagrado de este Rey, es un amor que no cambia, es un amor eterno, infinito, como un océano infinito de amor eterno, que no termina nunca, que no se agota nunca, que es siempre el mismo, y que está siempre entregándose en acto presente, es decir, que abarca todos los tiempos, el pasado, el presente y el futuro, por que es eterno.

El Amor de este Rey se dona siempre, de modo continuo, entregándose en Acto presente, por todos y cada uno, y la donación de su Amor se hace real y efectiva, para cada alma, en la comunión eucarística. Celebremos entonces a nuestro Rey, que nos dona su Amor real en la Eucaristía.