viernes, 2 de mayo de 2014

“Jesús tomó el pan y lo partió (…) se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”


(Domingo III - TP - Ciclo A – 2014)
         “Jesús tomó el pan y lo partió (…) se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron” (Lc 24, 13-35). Jesús resucitado se aparece a los discípulos de Emaús, pero estos no lo reconocen. Los discípulos de Emaús conocen a Jesús y han recibido directamente de Él sus enseñanzas; conocen también las Escrituras, en donde se decía que el Mesías debía resucitar; han vivido los tristes y amargos días de la Pasión; han recibido las promesas de la Resurrección de parte del mismo Jesús; han sido testigos auriculares de la Resurrección, porque han escuchado de las santas mujeres de Jerusalén que Jesús ha resucitado; todavía más, ahora son testigos oculares de la Resurrección, porque ven con sus propios ojos a Jesús resucitado, y aun así, no creen en Jesús resucitado. Están, dice el Evangelio, “con el semblante triste”, porque hay algo misterioso que impide que reconozcan a Jesús: “algo impedía que sus ojos lo reconocieran”.
         Esta situación no cambia ni siquiera a lo largo de todo el camino; ni siquiera con la larga conversación que tienen con Jesús, o más bien, con el largo monólogo que tiene Jesús con ellos, porque luego de que Jesús les reprocha su dureza de mente –“¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!”-, les comienza a explicar las Escrituras, “en lo referente al Mesías”, es decir, a Él mismo, a cómo se habían cumplido en Él todas las profecías mesiánicas, a cómo se habían cumplido en Él todo lo que los profetas habían profetizado acerca del Mesías Redentor de Israel y de la humanidad.
       Esta ceguera y dureza, que no es tanto mental cuanto espiritual, cambia radicalmente en un momento determinado: cuando Jesús parte el pan. Algunos dicen que se trataba de la Santa Misa, con lo cual se trataría de un gesto sacramental; otros dicen que no; se trate o no de la Santa Misa, lo importante es que, en ese momento Jesús infunde el Espíritu Santo, que es el les concede la gracia santificante, la cual los hace partícipes del modo de conocimiento con el cual Dios Uno y Trino se conoce a sí mismo, y es en ese momento, debido a esa gracia recibida, que los discípulos, participando del modo con el cual el Hijo de Dios se conoce a sí mismo como Dios Hijo, es que los discípulos de Emaús reconocen a Jesús como al Hombre-Dios, como a Dios Hijo encarnado, y no como a un forastero, como a un hombre extraño, tal como lo habían tomado hasta ese entonces. Es el gesto de Jesús, de soplar el Espíritu Santo sobre ellos, lo que les permite a los discípulos de Emaús adquirir un nuevo modo de conocimiento, una nueva capacidad de conocimiento, una capacidad divina, la capacidad misma de Dios, y es por eso que conocen a Jesús como Jesús se conoce a sí mismo, es decir, como Dios Hijo en Persona. Pero al mismo tiempo, lo aman como Jesús se ama a sí mismo, es decir, con el Amor de la Santísima Trinidad, con el Amor del Espíritu Santo, porque el Padre ama al Hijo con la Persona-Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo, y los discípulos de Emaús, llenos del Espíritu Santo, conocen y aman a Jesús como Jesús se conoce y se ama a sí mismo, con el conocimiento y el Amor del Espíritu Santo, que es el conocimiento y el Amor del Padre. Por eso es que les arde el corazón, porque el Espíritu Santo habita en sus corazones, haciéndoles arder el corazón en el Amor de Dios: “¿No ardían acaso nuestros corazones cuando nos explicaba las Escrituras?”, se preguntarán después, sorprendidos.
         Como bautizados y miembros de la Iglesia, debemos identificarnos con los discípulos de Emaús: también nosotros conocemos las Escrituras; también nosotros hemos recibido las enseñanzas de Jesús; también nosotros somos testigos de la Resurrección, porque hemos aprendido el Catecismo; también nosotros conocemos a Jesús, porque lo hemos recibido muchas veces en la comunión, pero, al igual que los discípulos de Emaús, en el fondo, andamos “con el semblante triste”, porque en el fondo no reconocemos a Jesús, aun cuando comulguemos, aun cuando confesemos, aun cuando recemos el Credo, aun cuando nos digamos ser cristianos católicos, aun cuando invitemos a Jesús a cenar con nosotros en la Comunión eucarística. Aun así, nos sucede como a los discípulos de Emaús: “algo impide que nuestros ojos lo reconozcan” en la Eucaristía, algo impide que nuestros ojos lo reconozcan a Jesús vivo, glorioso, resucitado, en la Eucaristía, y por ese mismo motivo, eso impide que demos testimonio ante el mundo de la existencia de Jesús resucitado y glorioso y de la existencia de un mundo nuevo de eternidad, el Reino de los cielos, al cual Jesús resucitado nos conduce. El hecho de que en el fondo no creamos en Jesús resucitado, nos incapacita para dar un testimonio creíble de una vida de eternidad y por eso seguimos apegados a las cosas de la tierra y así nos presentamos como una contradicción: nos llamamos cristianos católicos, es decir, somos en teoría futuros ciudadanos del Reino de los cielos, pero vivimos apegados a la materia, al dinero, a los vicios, al pecado, y no solo no vivimos los mandatos del Rey del cielo, Jesucristo, sino que obedecemos ciegamente los mandatos del Príncipe de las tinieblas, el Demonio.
         Es por eso que también a nosotros nos cabe el reproche de Jesús a los discípulos de Emaús: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!”; cómo nos cuesta creer todo lo que aprendimos en el Catecismo, todo lo que recitamos en el Credo, todo lo que leemos de las vidas de los Santos, todo lo que nos enseña la Santa Iglesia acerca del Cielo, el Purgatorio y el Infierno. Pensamos que el Cielo, el Purgatorio y el Infierno, son cuentitos para niños, y que nosotros aquí podemos hacer y vivir como queramos, total eso es eso, precisamente: un cuentito para niños. Es más fácil y cómodo creer en lo que más me gusta y dejar de creer en lo que menos me gusta. No en vano Sor Faustina Kowalska advierte, en su Diario, que el Infierno está ocupado con aquellos que creían que el Infierno no existía.

“Jesús tomó el pan y lo partió (…) se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”. Los discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando Jesús les infunde el Espíritu al partir el pan. De la misma manera, solo cuando poseamos el Amor de Dios en nuestros corazones, el Amor que es el Espíritu Santo, el Amor que nos permita conocer y amar a Cristo con el Amor y el conocimiento de Dios Uno y Trino, nuestras mentes brillarán con la luz de Dios y nuestros corazones arderán con la caridad, con el Amor mismo de Dios, y entonces, reconociendo a Jesús, vivo y glorioso en la Eucaristía, le diremos: "Quédate con nosotros, Jesús, quédate en nuestros corazones, quédate para siempre, y no te vayas nunca jamás".
Es por eso que también nosotros, como los discípulos de Emaús, necesitamos que Jesús nos infunda el Espíritu Santo, para que lo conozcamos y lo amemos como Él mismo se conoce y se ama, con un conocimiento y con  un Amor sobrenatural, para que seamos capaces de dar testimonio de Él al mundo, un testimonio que llegue hasta la muerte de cruz, para que el mundo vea y crea y creyendo se salve.

miércoles, 30 de abril de 2014

“El que cree en el Hijo tiene Vida eterna”


“El que cree en el Hijo tiene Vida eterna” (Jn 3, 31-36). Jesús contrapone, en este Evangelio, a Él, que viene “de arriba”, es decir, del cielo, con quienes están “abajo”, es decir, en la tierra. Él, que viene del cielo, “está por encima de todos”, porque lo celestial “está sobre todo”, mientras que lo terreno tiene las limitaciones de la tierra. Él es testigo de las cosas de Dios; ha visto y oído, desde la eternidad, lo que su Padre Dios le ha comunicado, su Ser divino, porque es Dios como Él, y ése es el fundamento de su autoridad. Las palabras de Jesús son, por lo tanto, las palabras del mismo Dios; recibir las palabras de Jesús es recibir las palabras del mismo Dios, y como Dios es Vida y Vida eterna en sí mismo, quien recibe la Palabra de Dios recibe la Vida de Dios que es Vida eterna. Es decir, quien recibe a Jesús y a su Evangelio, recibe la Vida eterna de Dios y se salva; por el contrario, quien rechaza a Jesús, Palabra eterna de Dios, rechaza la única fuente de Vida eterna y se auto-condena a sí mismo a la muerte eterna, porque no hay otra fuente de vida posible.
Ahora bien, puesto que esta Palabra de Dios, se ha encarnado en Jesús de Nazareth y Jesús de Nazareth, cumpliendo el designio divino ha realizado su misterio pascual de muerte y resurrección y prolonga su encarnación en la Eucaristía, quien rechaza la fe de la Iglesia en la Eucaristía, rechaza la única fuente de Vida eterna que Dios Uno y Trino ofrece a la humanidad para su salvación. Es a esto a lo que Jesús se refiere cuando dice: “El que se niega a creer en el Hijo en la Eucaristía no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesará sobre él”. Por el contrario, “el que cree en el Hijo en la Eucaristía, tiene Vida eterna”.

         

martes, 29 de abril de 2014

“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”


“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16-21). Algunos autores[1] sostienen que “este versículo encierra la revelación más importante de toda la Biblia” y que por lo tanto, debería ser lo primero que se diera a conocer a los niños y catecúmenos (…) Más y mejor que cualquier noción abstracta, contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Redención”.
Contiene el misterio de la Trinidad, porque revela a Dios Uno y Trino: Dios Padre envía a Dios Hijo, para que donara todo su Amor, que es el Espíritu Santo; contiene el misterio de la Redención, porque el envío del Hijo por parte del Padre, es para la salvación de todo aquel que crea en el Nombre del Hijo. De hecho, la terrible consecuencia, es la sanción eterna que recibirán aquellos que rechacen al Hijo del Padre: serán abandonados en su ceguera (Mc 4, 12) para que crean al Príncipe de la mentira y se pierdan; esto es lo que San Pablo advierte que ocurrirá cuando aparezca el Anticristo (2 Tes 2, 9-12).
“Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Lo que el hombre tiene que entender, en su relación con Dios, es que lo que mueve a Dios en su relación con él, es el Amor y solo el Amor y nada más que el Amor; no hay, en Dios, otro motor ni otro interés hacia el hombre, que no sea el Amor. Es solo por Amor, que Dios Padre envía a su Hijo a este mundo en tinieblas, a sabiendas que nosotros, los hombres, que “habitábamos en tinieblas y en sombras de muerte” y que estábamos bajo el dominio y la guía del Príncipe de las tinieblas, habríamos de devolverle al Hijo de su Amor, crucificado y muerto en una cruz, y sin embargo, Dios Padre nos lo envía de todas formas, porque su omnipotencia cambia el significado de muerte y odio deicida que nosotros le adjudicamos a la cruz, por el Amor y la Misericordia.
“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Quien libremente no quiera aceptar esta sublime Verdad, contenida en estos dos renglones, indefectiblemente deberá pasar una eternidad de tinieblas; quien la acepte, vivirá una eternidad de Luz, de Amor, de Paz y de Alegría inimaginables.



[1] Por ejemplo, Mons. Keppler.

domingo, 27 de abril de 2014

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”


“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Luego de resucitar y de dejar el mandato misionero, Jesús ascenderá al cielo, y sus discípulos ya no lo verán más sensiblemente, pero el hecho de que ya no lo vean más sensiblemente, no significa, de ninguna manera, que los dejará sin su Presencia y sin su protección. Jesús les promete que permanecerá con ellos todos los días, hasta el fin de los tiempos: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos”. La ausencia sensible de Jesús se verá compensada por un modo de Presencia nueva y desconocida hasta entonces por el hombre, la Presencia sacramental, porque la promesa de quedarse en medio de los suyos ya ha empezado a cumplirla antes de formularla, desde la Última Cena, desde la consagración de la Eucaristía por primera vez en el Cenáculo en Jerusalén, con la institución de la Eucaristía y lo continúa haciendo toda vez que se celebra la Santa Misa y se consagra la Eucaristía, y lo continuará haciendo hasta el fin de los tiempos, mientras haya un sacerdote ministerial varón, válidamente ordenado que, en comunión con Roma y con la intención de hacer lo que la Iglesia quiere hacer, celebre la Santa Misa.

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. La promesa de Jesús de permanecer con sus discípulos, en medio de su Iglesia, todos los días, hasta el fin del mundo, se cumple toda vez que un sacerdote ministerial, varón, celebra la Santa Misa y consagra la Eucaristía, pronunciando las palabras de la consagración: “Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre…”.

viernes, 25 de abril de 2014

Domingo in Albis o de la Divina Misericordia


(Domingo II - TP - Ciclo A - 2014)
         “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-31). Jesús resucitado se aparece en medio de sus discípulos, que se encuentran en oración, y les infunde el Espíritu Santo. El don del Espíritu Santo es el culmen de su misterio pascual de muerte y resurrección. El Amor de Dios es la respuesta de Dios al deicidio de los hombres. Los hombres habían crucificado a su Hijo, y Dios Padre responde no con ira y con su Justicia divina, sino con Amor y con Misericordia, insuflando el Espíritu Santo, el Amor Divino. Jesús insufla el Amor de Dios, el Espíritu Santo, en el cenáculo, y con esto infunde sobre la Iglesia el Amor y la Misericordia Divina, pero ya en la cruz, cuando estaba ya muerto, ya había infundido sobre la humanidad su Divina Misericordia, cuando el soldado romano traspasó su Corazón y de su Corazón traspasado brotó Sangre y Agua, porque la Sangre y el Agua, que brotaron de las profundidades del Corazón de Jesús, fueron el vehículo para portar al Espíritu Santo, el Amor de Dios.
         El Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado de Jesús llevan en sí mismos al Amor de Dios, el Espíritu Santo, y por eso mismo son la Misericordia de Dios para las almas, y es eso lo que Jesús le dice a Sor Faustina Kowalska en sus apariciones como Jesús Misericordioso, hablando de los rayos que brotan de su imagen: “Los dos rayos indican Agua y Sangre. El rayo pálido significa el Agua que hace las almas justas. El rayo rojo significa la Sangre que es la vida de las almas. Estos dos rayos salieron de las profundidades de Mi tierna Misericordia, cuando Mi corazón agonizado fue abierto por la lanza en la Cruz”.
         Esta Misericordia Divina, que se derramó sobre el mundo y la Iglesia desde el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz, se comunica en el tiempo y en el espacio a las almas a través de la Iglesia de muchas maneras, principalmente a través de los sacramentos y también a través de las obras de misericordia corporales y espirituales, pero también por el amor fraterno entre los miembros de la Iglesia.
         Pero hay un modo especialísimo por el cual se comunica la Misericordia Divina en estos últimos tiempos que vive la humanidad y es practicando la devoción a Jesús Misericordioso, tal como se le apareció Jesús a Sor Faustina Kowalska, una religiosa polaca en el año 1938. Jesús se le apareció en la celda de su convento a Sor Faustina diciéndole: “Pinta una imagen de acuerdo a esta visión con la frase “Jesús, en Vos confío” y quiso que la imagen fuera honrada especialmente el primer Domingo después de Pascua: “Yo quiero que esta imagen sea solemnemente bendecida el primer Domingo después de Pascua; ese Domingo ha de ser la Fiesta de Mi Misericordia” (…) Yo deseo que esta imagen sea venerada, primero en tu capilla y luego en el mundo entero. Yo prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, especialmente a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé con mi propia gloria”.
         Pero no solo el segundo Domingo después de Pascua se derrama la Misericordia sobre la humanidad, sino todos los días, a las Tres de la tarde, la hora en que murió Jesús en la Cruz, se derrama un torrente inagotable de Misericordia Divina sobre los hombres. Solo basta que nos sumerjamos, por medio de la oración, en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y el Amor infinito que brota del Corazón traspasado de Jesús se derramará sobre nosotros, sobre nuestros seres queridos, y sobre todos los hombres. Así se lo dice Jesús a Sor Faustina: “Te recuerdo, hija mía, que tan pronto como suene el reloj a las tres de la tarde, que te sumerjas completamente en Mi Misericordia adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y particularmente para los pobres pecadores; porque en ese momento la Misericordia se abrió ampliamente para cada alma” (...) “A la hora de las tres, implora Mi Misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en mi Pasión, especialmente en mi desamparo, en el momento de mi agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré entrar dentro de mi tristeza mortal. En esta hora, no rehusaré nada al alma que me lo pida por los méritos de mi Pasión”.
Todavía más, incluso fuera del día de la Divina Misericordia, y fuera de las Tres de la tarde, con solo contemplar la imagen de la Divina Misericordia, la Misericordia Divina nos alcanza, con solo contemplar la imagen con fe y con amor. Así dice Santa Faustina al contemplar la imagen de Jesús Misericordioso: “Hoy he visto la gloria de Dios que fluye de esta imagen. Muchas almas reciben gracias aunque no lo digan abiertamente”.
Además, quien recite la Coronilla de la Divina Misericordia -enseñada por Jesús en Persona a Sor Faustina- en la hora de la muerte, recibirá la gracia de la conversión y de la salvación eterna: “Alienta a las personas a recitar la Coronilla que te he dado... Quien la recite, recibirá gran misericordia a la hora de su muerte. Los sacerdotes la recomendarán a los pecadores como su último refugio de salvación. Aún si el pecador más empedernido recita esta Coronilla, al menos una vez, recibirá la gracia de mi infinita misericordia. Deseo conceder gracias inimaginables a aquellos que confían en Mí Misericordia”.
Y si la Coronilla se reza por un moribundo, Jesús en Persona se hace Presente y se interpone entre el moribundo y Dios Padre, intercediendo como Salvador misericordioso y concediendo al moribundo la gracia de la contrición perfecta del corazón y la salvación eterna: “Escribe que cuando reciten esta coronilla en presencia del moribundo, Yo me pondré entre mi Padre y él, no como Juez Justo, sino como Salvador misericordioso”.
La imagen de Jesús Misericordioso es la “última devoción para el hombre de los últimos tiempos”; es la “señal de los últimos tiempos”, es “la última tabla de salvación”[1], a la cual el hombre debe acudir para beneficiarse del “Agua y de la Sangre” que brotaron del Corazón traspasado de Jesús: “(Esta imagen) Es una señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi misericordia, (y) se beneficien dela Sangre y del Agua que brotó para ellos”[2].
La devoción a la Divina Misericordia  es la última oportunidad para el hombre de los últimos tiempos. Si la humanidad no acude a la Misericordia Divina, morirá sin remedio en el abismo eterno. Dice Jesús: “Di a la Humanidad que esta imagen es la última tabla de salvación para el hombre de los Últimos Tiempos”[3]. (…) “Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi misericordia[4]”.
Ya no habrán más devociones, hasta el fin de los tiempos, ni habrá tampoco más misericordia, una vez finalizados los días terrenos, antes del Día del Juicio Final. Dios tiene toda la eternidad para castigar, pero mientras hay tiempo, hay misericordia. Cada día que transcurre en esta tierra, es un don de la Misericordia Divina, que nos lo concede para retornemos a Dios Trino, para que nos arrepintamos de las maldades de nuestros corazones, para que dejemos de obrar el mal, e iniciemos el camino que conduce a la feliz eternidad, el camino de la cruz. El tiempo, los segundos que pasan, los minutos, las horas, los días, los años, son dones de la Misericordia Divina, que espera con paciencia nuestro regreso al Padre, por medio del arrepentimiento, la contrición, el dolor de los pecados, y el amor a Dios y al prójimo.
Mientras hay tiempo, hay misericordia, y por eso, cada día que Dios nos concede, es un regalo de la Misericordia Divina, que busca nuestro arrepentimiento y nuestro amor a Dios y al prójimo. Pero resulta que el tiempo se está terminando, y que el Día de la ira divina, en donde ya no habrá más misericordia, se está terminando, ya que está cercano el retorno de Jesús, según sus mismas palabras: “Si no adoran Mi misericordia, morirán para siempre. Secretaria de Mi misericordia, escribe, habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia”[5] (…) “Deseo que Mi misericordia sea venerada en el mundo entero; le doy a la humanidad la última tabla de salvación, es decir, el refugio en Mi misericordia”[6] (...) “Antes del día de la justicia envío el día de la misericordia[7]. Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ¡ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita![8].
La Devoción a la Divina Misericordia es la última devoción concedida a la Humanidad, antes del Día del Juicio Final, y prepara a los corazones para la Segunda Venida de Jesucristo, que está próxima: “Prepararás al mundo para Mi última venida”[9].
La imagen de Jesús misericordioso es una señal de los últimos tiempos, que avisa a los hombres que está cercano el Día de la justicia: “Habla al mundo de mi Misericordia… Es señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo para que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia”[10].
No hay opciones intermedias: o el alma se refugia en la Misericordia de Dios, o se somete a su justicia y a su ira divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”[11].
Jesús nos advierte, con mucha insistencia, que acudamos a beber a la Fuente Inagotable de la Misericordia Divina, que es esta imagen suya, que es su Corazón traspasado, de donde brotan Sangre y Agua, porque es cierto que Jesús es Misericordia infinita, pero también es cierto que Él es también Justicia infinita, porque de lo contrario, no sería Dios Justo, sino que sería un Dios In-Justo, es decir, no sería Dios. Dios es Misericordia y Justicia, y nos ofrece su Misericordia y nosotros debemos aceptar libremente su Misericordia, pero si no queremos pasar por su Misericordia, indefectiblemente deberemos pasar por su Justicia, y para quien no quiera pasar por su Misericordia en esta vida, la Sabiduría Divina preparó el Infierno para que la Justicia Divina pudiera ejercer allí los justos castigos preparados para los que libremente eligieron morir en pecado mortal.
El mismo Jesús Misericordioso fue quien, en un determinado momento, envió a un ángel para que llevara a Sor Faustina al infierno y le hiciera contemplar las terribles torturas a las que son sometidos, para siempre, aquellos que no quisieron aprovechar las innumerables oportunidades de conversión que la Divina Sabiduría les ofrecía. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su Compendio, en el Número 212 dice: “El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal”. Quien piensa que Dios es solo Misericordia pura, pero no Justicia, y cree que puede vivir en el pecado y que se arrepentirá a último momento, está equivocado. Precisamente, Jesús llevó a Sor Faustina al infierno, para que diera testimonio de que el infierno existe y de que no está vacío; por el contrario, está ocupado con todos aquellos que pensaron que podían burlar a la Justicia Divina.
         Jesús es Misericordia infinita, pero también es Justicia infinita y por eso llevó a sor Faustina al infierno, para que diera testimonio de su existencia. Dice así el tremendo testimonio de Sor Faustina, y tengamos en cuenta fue Dios quien la llevó y quien le ordenó que diera testimonio de su experiencia:
“Hoy, fui llevada por un ángel a los abismos del infierno. ¡Es un lugar de gran tortura, cómo asombrosamente grande y extenso!
Los tipos de torturas que vi:
-la primer tortura del infierno es la pérdida de Dios;
-la segunda es el remordimiento perpetuo de la conciencia;
-la tercera es que la condición de uno nunca cambiará;
-la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por la ira de Dios;
-la quinta es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante, pero a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros, su propia alma y la de los demás;
-la sexta es la compañía constante de satanás;
-la séptima es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias.
Las mencionadas antes son las torturas sufridas por todos los condenados juntos, pero que no es el fin de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos.
Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra.
Me habría muerto con la simple visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Que el pecador sepa que va a ser torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que fueron usados para pecar. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay infierno, o que nadie ha estado allí, y por lo tanto nadie puede decir que no sabe.  Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creen que haya un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”[12].
Es la misma Virgen quien nos advierte de que la Segunda Venida de Jesucristo está cercana, y de que su imagen es una señal de esta venida. Pero tenemos que saber que la imagen no es una carta blanca para pecar y que con Dios y su Misericordia no se juega: la Virgen dice que quien abuse de la Misericordia Divina pasará por la ira de Dios y la ira de Dios será tan terrible, que hasta los ángeles temblarán en ese día. Así le dice la Virgen a Sor Faustina: ‘Yo he dado al mundo el Salvador; tú has de hablar de su Gran Misericordia y prepararlo para su Segunda Venida. Él vendrá, no como Salvador Misericordioso, sino como Justo Juez. Aquel día terrible será día de Justicia, día de la ira de Dios: en aquel día los mismos ángeles temblarán… Habla a los hombres de la Gran Misericordia de Jesús, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia. Si ahora tú callas, en aquel día tremendo deberás dar cuentas de un gran número de almas… No temas nada; sé fiel hasta el fin’[13]”.
Finalmente, como hemos visto, Jesús asocia numerosísimas gracias asociadas a esta imagen: “Ofrezco a los hombres la vasija con la que han de seguir viniendo a la fuente de la Misericordia para recoger las gracias. Esa vasija es esta imagen con la inscripción: “Jesús, en Vos confío”. Jesús promete que quien venere esta imagen, no perecerá jamás.
Veneremos entonces, la imagen de Jesús Misericordioso, colocándola en el mejor lugar de nuestros hogares, pero sobre todo, la veneremos y la entronicemos en nuestro corazón, y la honremos obrando la misericordia para con el más necesitado, y le pidamos a la Virgen, Madre de Misericordia, que sea Ella quien la grabe en nuestros corazones con el fuego del Espíritu Santo, para que quede allí grabada, en el tiempo y por toda la eternidad[14].




[1] Diario, 998.
[2] Diario, 848.
[3] Diario, 299.
[4] Diario, 288ª.
[5] Diario, 965.
[6] Diario, 998.
[7] Diario, 965.
[8] Diario, 965.
[9] Diario, 429.
[10] Diario, 848.
[11] Diario 1146.
[12] Diario de Santa Faustina, 741.
[13] Diario 635.
[14] Cfr. http://adoremosalcordero.blogspot.com.ar/2011/04/esta-imagen-es-una-senal-de-los-ultimos.html

jueves, 24 de abril de 2014

Viernes de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2014)
         “¡Es el Señor!” (Jn 21, 1-14). Jesús resucitado se aparece a sus discípulos y se encuentra de pie, en la playa. Los discípulos están ocupados en la tarea de pescar; el primero en reconocerlo es Juan, “el discípulo a quien Jesús más amaba”, dice el Evangelio, de ahí su exclamación admirativa y el hecho de ser el primero en reconocerlo, mientras los demás están ocupados en el trabajo.
No es al azar que el mismo Juan sea el que destaque el hecho de que Jesús lo amaba “más que a los demás”, porque quiere decir que Juan es depositario del Espíritu Santo con una mayor intensidad que el resto de los discípulos, y es esto lo que contribuye a que Juan sea el primero en descubrir a Jesús resucitado que está en la orilla, mientras los demás tienen sus mentes y corazones ocupados en las cosas del mundo. El Amor de Dios, el Espíritu Santo, es el que eleva al alma haciéndola participar de la naturaleza divina, comunicándole de la naturaleza divina, capacitándola para conocer y amara a Dios Uno y Trino como Dios Uno y Trino se conoce y se ama a sí mismo, y esto es lo que le sucede a Juan. En otras palabras, cuando Juan dice: “Es el Señor”, no significa que está rememorando con su memoria psicológica humana y trayendo a la memoria recuerdos de cuando salía a predicar con Jesús; no significa que recordaba el amor de amistad preferencial de Jesús en cuanto Maestro o rabbí religioso; significa que Jesús y el Padre le han comunicado el Espíritu Santo y el Espíritu Santo le ha dado la gracia de conocer y amar a Jesús en cuanto Hombre-Dios, en cuanto Dios hecho Hombre sin dejar de ser Dios, en cuanto Verbo Divino humanado que muriendo en la cruz ha derramado su Sangre voluntariamente y ha dado su Vida divina para resucitar y rescatar de la muerte a quienes crean en Él y lo amen con un corazón sincero; significa que al mismo tiempo que exclama admirativamente: “¡Es el Señor!”, arde en su corazón el ardor inconfundible del Fuego del Amor del Espíritu Santo.

“¡Es el Señor!”. La misma exclamación admirativa y el mismo ardor del Fuego del Espíritu Santo que experimentó el Apóstol Juan en la barca al divisar a la distancia a Jesús resucitado esa mañana en el lago Tiberíades, debería expresarla el discípulo de Jesús que divise la Eucaristía, al ser elevada en la ostentación eucarística, en la Santa Misa, y debería también, si Dios así se lo concede, sentir arder en su pecho, el ardor del Fuego del Amor del Espíritu Santo. 

miércoles, 23 de abril de 2014

Jueves de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2014)
         “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” (Lc 24, 35-48). El Evangelista destaca dos reacciones en los discípulos ante la aparición de Jesús resucitado: “admiración” y “alegría”. Se trata de dos aspectos completamente descuidados por los cristianos y que son los responsables del ateísmo y de la secularización en la que ha caído el mundo moderno. La “admiración” es la capacidad de contemplar la realidad y descubrir en ella el misterio que la envuelve. Según Aristóteles, la admiración es el principio del filosofar; sin admiración, el hombre solo mira la superficie de la realidad, sin adentrarse en lo profundo, como el que navega por el mar, pero no se sumerge en él para bucear en la profundidad. Si la admiración es necesaria en la vida natural, en lo sobrenatural se da de modo espontáneo, puesto que la contemplación del Ser trinitario provoca admiración en la creatura, dada la extraordinaria majestad y hermosura que posee en sí mismo el Ser trinitario. Con respecto a la alegría, es un aspecto que también ha sido descuidado por el cristianismo, puesto que por lo general, el cristianismo ha sido presentado con un rostro demasiado duro, sin alegría, o, en el extremo opuesto, con una alegría sosa, rayana en la bobería y en la superficialidad, siendo los dos anti-testimonios del verdadero cristianismo. En el caso de la escena evangélica, se dan el verdadero asombro y la verdadera alegría, que son el asombro y la alegría sobrenaturales: los discípulos contemplan a Jesús, resucitado y glorioso, y no caben en sí de la alegría y el asombro; están tan maravillados, que no pueden creer lo que contemplan y esto es lo que les sucede a los ángeles y a los santos en el cielo, en la visión beatífica en el cielo: la contemplación del Ser trinitario, de su hermosura, causa tanta admiración y gozo, que literalmente la creatura, sea angélica o humana, sería aniquilada por el gozo y la alegría, si no fuera auxiliada por la gracia. En otras palabras, para contemplar la hermosura de la Santísima Trinidad, es necesario el auxilio de la gracia santificante, para no morir de gozo y de alegría, y esto para el ángel y para el santo, no solo para el simple mortal. De igual modo, los discípulos en el cenáculo, deben ser auxiliados por la gracia, para no morir de la alegría.

         “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. Si alguien escribiera la reacción, al menos interior, de los cristianos que adoran la Eucaristía -y de los que asisten a la Santa Misa, porque el que asiste a Misa, debe adorar la Eucaristía-, debería describir la misma reacción experimentada por los discípulos ante Jesús resucitado. Y los que se encuentran cotidianamente con los que adoran la Eucaristía -y asisten a Misa-, deberían experimentar la misma alegría y el mismo asombro, como si se encontraran con Jesucristo en Persona, porque la contemplación y adoración de Cristo tiene esa finalidad: la transformación de la persona en Cristo: “Ya no soy yo, sino Cristo, quien vive en mí” (Gal 2, 20). Esto es lo que sucedía en los santos, en quienes se daba el triunfo completo de Cristo, porque para eso ha venido Cristo: para que muera el hombre viejo y para que nazca el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia. En otras palabras, el que se encuentra con un adorador -y con el que comulga la Eucaristía-, debería experimentar el gozo y la alegría de encontrar al mismo Cristo.