sábado, 17 de octubre de 2026

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”

 


(Domingo XXIX - TO - Ciclo A – 2026)

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mc 12, 13-17). Los herodianos y fariseos se reúnen y confabulan entre sí para tenderle una trampa a Jesús, de manera de hacerlo caer en ella y así tener motivos para acusarlo. Para llevar a cabo sus planes, le presentan a Jesús una moneda que posee la imagen del César, el emperador romano, al tiempo que le hacen una pregunta que es la que lleva en sí misma la trampa, le preguntan si Él, que se presenta como un maestro religioso, considera “si es lícito pagar o no el impuesto al César”. La pregunta no es formulada con el deseo sincero de conocer la verdad, sino con la intención de tenderle una trampa para tratar de hacerlo caer en alguna contradicción y así usar la respuesta de Jesús en un juicio en su contra. La pregunta presenta una doble dificultad y por lo tanto una doble posibilidad, para Jesús, de caer en la trampa. Si Jesús responde que sí hay que pagar impuestos al César, los fariseos y herodianos lo acusarán de ser cómplice del Imperio Romano, la potencia ocupante en ese entonces; si Jesús contesta que no hay que pagar impuestos, la acusación será de intento de revolución y de sublevación, poniendo al pueblo en contra del gobernante, es decir, el César. Para los fariseos y herodianos se trata de una trampa perfecta; según su malicioso pensamiento y obrar, Jesús no tiene escapatoria y antes de que Jesús responda, se gozan maliciosamente de lo que piensan es un rotundo triunfo. Sin embargo, Jesús es Dios Hijo, es la Segunda Persona de la Trinidad, es la Sabiduría Increada y Eterna de Dios y por lo tanto es imposible que caiga en una trampa dialéctica inventada por los hombres. Además, como Jesús es Dios, se cumple lo que dice la Escritura: “de Dios nadie se burla”.

Ante la pregunta capciosa y maliciosa, Jesús no responde ni afirmativa ni negativamente. En vez de eso, Jesús pide que le enseñen la moneda -un denario- con la que se pagan los impuestos. El denario lleva impresa la imagen del César y por esto Jesús les pregunta de quién es esa imagen. Los fariseos y herodianos responden obviamente que es la imagen del César. Una vez que los fariseos y herodianos afirman que la imagen es del César, Jesús da la respuesta que demuestra que Él es la Sabiduría Divina en Persona, que sobrepasa infinitamente a la razón humana, no solo escapando de la trampa que le habían tendido, sino dejándolos a ellos a su vez entrampados en su misma dialéctica. Usando la respuesta que ellos le dieron, Jesús les hace ver que, si la moneda tiene la imagen del César, entonces la moneda es del César y en consecuencia, se debe dar al César lo que es del César; en otras palabras, hay que pagar impuestos. Pero además de esto, Jesús agrega algo más que supera las expectativas de sus enemigos, algo que está fuera del alcance de la trampa tendida por fariseos y herodianos y es que Jesús dice que si al César hay que darle lo que es del César, también corresponde darle “a Dios, lo que es de Dios”. En otras palabras, el cristiano debe pagar impuestos, siempre y cuando sean justos y esto es lo que significa “darle al César lo que es del César”, pero además, en justicia, debe “darle a Dios lo que es de Dios”. Esto último rompe el esquema de la trampa tendida por fariseos y herodianos y lleva el planteamiento inicial a un nivel totalmente inesperado por sus interlocutores, el nivel divino: ahora, el hombre no solo debe cumplir con el poder temporal, sino que debe, ante todo, cumplir con su Creador, dándole a Dios lo que le corresponde a Dios.

Con su respuesta Jesús nos deja una enseñanza válida para esta vida y para la vida eterna: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. La moneda, el dinero, al llevar la efigie del César, indica que es del César y por lo tanto hay que dárselo a él, al poder temporal, al mundo, que es adonde pertenece el dinero. Al César, al poder mundano y terrenal, hay que darle lo que le pertenece, el dinero y todo lo que este conlleva: posesiones materiales, éxito mundano, poder, influencias terrenas. Esto es lo que le pertenece al “César”, al poder mundano, al mundo y por eso hay que “dárselo al mundo”, en el sentido de despojarnos de lo mundano. El católico está en el mundo, por eso hay que darle al mundo lo que es del mundo, el dinero, pero también el cristiano no es de este mundo y es esto lo que explica la segunda parte de la respuesta de Jesús: “a Dios, hay que darle lo que es de Dios”. Entonces, si al César hay que darle lo que es del César y eso es justo, también a Dios hay que darle lo que es de Dios y por eso debemos preguntarnos qué es lo que le pertenece a Dios, porque eso es todavía más justo: darle a Dios lo que es de Dios.

Nos preguntamos entonces, ¿qué es lo que tenemos y que es de Dios y por lo tanto debemos darle a Dios? Es de Dios y a Dios le pertenecen nuestro ser, nuestra vida, nuestra alma, nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestro cuerpo, porque Él es Nuestro Creador -Dios Padre nos creó y nos dio el ser, sacándonos de la nada-; Él es Nuestro Redentor -Dios Hijo nos redimió al precio de su Sangre en la cruz-; Él es Nuestro Santificador -Dios Espíritu Santo nos santifica con su Presencia en el alma en gracia-.

Entonces, a Dios Uno y Trino hay que darle lo que le pertenece y lo que le pertenece es todo nuestro ser, toda nuestra vida, todo el corazón, toda el alma, todo lo que somos y tenemos, porque Él es Nuestro Dios y Señor. Estaríamos quedándonos con algo que no nos pertenece, si decimos egoísta y erradamente: “Yo soy yo y no le pertenezco a nadie”, o si dijéramos: “Yo dispongo de mi vida como me parece, sin importarme ni Dios ni los planes que Dios tiene para mí”. Eso sería injusto y equivocado, porque a Dios le pertenece nuestro ser, nuestra vida, todo lo que somos y tenemos. Por esta razón, debemos darle a Él todo nuestro ser, para tomando en el tiempo Él lo que es de Él -nuestro ser, nuestra vida, nuestra existencia-, lo siga poseyendo por toda la eternidad. Somos propiedad y pertenencia de Dios, en el tiempo y en la eternidad y esto es lo que significa “dar a Dios lo que es de Dios”. Y debemos dar a Dios lo que le pertenece no de cualquier manera, sino por medio de las manos de la Virgen y su Inmaculado Corazón.

“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Al César, al poder temporal, le corresponde el dinero y el católico debe pagar impuestos que sean justos para que el César, el poder temporal, guiado por la Ley de Dios y en cumplimiento de su voluntad, lo retorne en obras -hospitales, escuelas, carreteras, etc.- que sirvan para el Bien Común. Pero el católico debe dar a Dios lo que es de Dios: nuestro acto de ser, que es lo más profundo e íntimo de nosotros mismos, la perfección por la cual somos en acto en la realidad y dejamos de ser una mera idea, pero como del acto de ser se derivan la vida, la naturaleza, la existencia, a Dios le pertenecen nuestros pensamientos -de ahí que nuestros pensamientos deban ser purificados por la gracia y la penitencia, para ofrecer a Dios no nuestros pensamientos de pecado, sino los pensamientos santos y puros que tiene Jesús coronado de espinas- y le pertenecen también nuestras palabras, nuestros deseos y nuestras acciones. Ahora bien, puesto que Dios es Tres veces Santo, todo lo que le ofrezcamos debe ser santo, debe estar purificado por la gracia, por la penitencia y por la oración, porque Dios es nuestro santificador y la Santidad Increada en Sí misma y por esta razón, no podemos darle pensamientos, palabras y obras que no sean santos.

“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Demos el dinero al mundo, que es a quien le pertenece y demos a Dios lo que es Dios: todo lo que somos, lo que pensamos, deseamos y obramos, aunque como dijimos, puesto que Dios es Tres veces Santo, lo que le demos a Dios también debe ser santo.

 


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