(Domingo
XXIX - TO - Ciclo A – 2026)
“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es
de Dios” (Mc 12, 13-17). Los
herodianos y fariseos se reúnen y confabulan entre sí para tenderle una trampa
a Jesús, de manera de hacerlo caer en ella y así tener motivos para acusarlo.
Para llevar a cabo sus planes, le presentan a Jesús una moneda que posee la
imagen del César, el emperador romano, al tiempo que le hacen una pregunta que
es la que lleva en sí misma la trampa, le preguntan si Él, que se presenta como
un maestro religioso, considera “si es lícito pagar o no el impuesto al César”.
La pregunta no es formulada con el deseo sincero de conocer la verdad, sino con
la intención de tenderle una trampa para tratar de hacerlo caer en alguna
contradicción y así usar la respuesta de Jesús en un juicio en su contra. La
pregunta presenta una doble dificultad y por lo tanto una doble posibilidad,
para Jesús, de caer en la trampa. Si Jesús responde que sí hay que pagar
impuestos al César, los fariseos y herodianos lo acusarán de ser cómplice del
Imperio Romano, la potencia ocupante en ese entonces; si Jesús contesta que no
hay que pagar impuestos, la acusación será de intento de revolución y de
sublevación, poniendo al pueblo en contra del gobernante, es decir, el César.
Para los fariseos y herodianos se trata de una trampa perfecta; según su
malicioso pensamiento y obrar, Jesús no tiene escapatoria y antes de que Jesús
responda, se gozan maliciosamente de lo que piensan es un rotundo triunfo. Sin
embargo, Jesús es Dios Hijo, es la Segunda Persona de la Trinidad, es la
Sabiduría Increada y Eterna de Dios y por lo tanto es imposible que caiga en
una trampa dialéctica inventada por los hombres. Además, como Jesús es Dios, se
cumple lo que dice la Escritura: “de Dios nadie se burla”.
Ante la pregunta capciosa y maliciosa, Jesús no
responde ni afirmativa ni negativamente. En vez de eso, Jesús pide que le
enseñen la moneda -un denario- con la que se pagan los impuestos. El denario
lleva impresa la imagen del César y por esto Jesús les pregunta de quién es esa
imagen. Los fariseos y herodianos responden obviamente que es la imagen del
César. Una vez que los fariseos y herodianos afirman que la imagen es del
César, Jesús da la respuesta que demuestra que Él es la Sabiduría Divina en
Persona, que sobrepasa infinitamente a la razón humana, no solo escapando de la
trampa que le habían tendido, sino dejándolos a ellos a su vez entrampados en
su misma dialéctica. Usando la respuesta que ellos le dieron, Jesús les hace
ver que, si la moneda tiene la imagen del César, entonces la moneda es del
César y en consecuencia, se debe dar al César lo que es del César; en otras
palabras, hay que pagar impuestos. Pero además de esto, Jesús agrega algo más
que supera las expectativas de sus enemigos, algo que está fuera del alcance de
la trampa tendida por fariseos y herodianos y es que Jesús dice que si al César
hay que darle lo que es del César, también corresponde darle “a Dios, lo que es
de Dios”. En otras palabras, el cristiano debe pagar impuestos, siempre y
cuando sean justos y esto es lo que significa “darle al César lo que es del
César”, pero además, en justicia, debe “darle a Dios lo que es de Dios”. Esto
último rompe el esquema de la trampa tendida por fariseos y herodianos y lleva
el planteamiento inicial a un nivel totalmente inesperado por sus
interlocutores, el nivel divino: ahora, el hombre no solo debe cumplir con el
poder temporal, sino que debe, ante todo, cumplir con su Creador, dándole a
Dios lo que le corresponde a Dios.
Con su respuesta Jesús nos deja una enseñanza válida
para esta vida y para la vida eterna: “Den al César lo que es del César, y a
Dios, lo que es de Dios”. La moneda, el dinero, al llevar la efigie del César,
indica que es del César y por lo tanto hay que dárselo a él, al poder temporal,
al mundo, que es adonde pertenece el dinero. Al César, al poder mundano y
terrenal, hay que darle lo que le pertenece, el dinero y todo lo que este
conlleva: posesiones materiales, éxito mundano, poder, influencias terrenas.
Esto es lo que le pertenece al “César”, al poder mundano, al mundo y por eso
hay que “dárselo al mundo”, en el sentido de despojarnos de lo mundano. El
católico está en el mundo, por eso hay que darle al mundo lo que es del mundo,
el dinero, pero también el cristiano no es de este mundo y es esto lo que
explica la segunda parte de la respuesta de Jesús: “a Dios, hay que darle lo
que es de Dios”. Entonces, si al César hay que darle lo que es del César y eso
es justo, también a Dios hay que darle lo que es de Dios y por eso debemos
preguntarnos qué es lo que le pertenece a Dios, porque eso es todavía más
justo: darle a Dios lo que es de Dios.
Nos preguntamos entonces, ¿qué es lo que tenemos y que
es de Dios y por lo tanto debemos darle a Dios? Es de Dios y a Dios le
pertenecen nuestro ser, nuestra vida, nuestra alma, nuestra inteligencia,
nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestro cuerpo, porque Él es Nuestro Creador
-Dios Padre nos creó y nos dio el ser, sacándonos de la nada-; Él es Nuestro
Redentor -Dios Hijo nos redimió al precio de su Sangre en la cruz-; Él es
Nuestro Santificador -Dios Espíritu Santo nos santifica con su Presencia en el
alma en gracia-.
Entonces, a Dios Uno y Trino hay que darle lo que le
pertenece y lo que le pertenece es todo nuestro ser, toda nuestra vida, todo el
corazón, toda el alma, todo lo que somos y tenemos, porque Él es Nuestro Dios y
Señor. Estaríamos quedándonos con algo que no nos pertenece, si decimos egoísta
y erradamente: “Yo soy yo y no le pertenezco a nadie”, o si dijéramos: “Yo
dispongo de mi vida como me parece, sin importarme ni Dios ni los planes que
Dios tiene para mí”. Eso sería injusto y equivocado, porque a Dios le pertenece
nuestro ser, nuestra vida, todo lo que somos y tenemos. Por esta razón, debemos
darle a Él todo nuestro ser, para tomando en el tiempo Él lo que es de Él
-nuestro ser, nuestra vida, nuestra existencia-, lo siga poseyendo por toda la
eternidad. Somos propiedad y pertenencia de Dios, en el tiempo y en la
eternidad y esto es lo que significa “dar a Dios lo que es de Dios”. Y debemos
dar a Dios lo que le pertenece no de cualquier manera, sino por medio de las
manos de la Virgen y su Inmaculado Corazón.
“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios”. Al César, al poder temporal, le corresponde el dinero y el católico debe
pagar impuestos que sean justos para que el César, el poder temporal, guiado
por la Ley de Dios y en cumplimiento de su voluntad, lo retorne en obras
-hospitales, escuelas, carreteras, etc.- que sirvan para el Bien Común. Pero el
católico debe dar a Dios lo que es de Dios: nuestro acto de ser, que es lo más
profundo e íntimo de nosotros mismos, la perfección por la cual somos en acto
en la realidad y dejamos de ser una mera idea, pero como del acto de ser se
derivan la vida, la naturaleza, la existencia, a Dios le pertenecen nuestros
pensamientos -de ahí que nuestros pensamientos deban ser purificados por la
gracia y la penitencia, para ofrecer a Dios no nuestros pensamientos de pecado,
sino los pensamientos santos y puros que tiene Jesús coronado de espinas- y le
pertenecen también nuestras palabras, nuestros deseos y nuestras acciones.
Ahora bien, puesto que Dios es Tres veces Santo, todo lo que le ofrezcamos debe
ser santo, debe estar purificado por la gracia, por la penitencia y por la
oración, porque Dios es nuestro santificador y la Santidad Increada en Sí misma
y por esta razón, no podemos darle pensamientos, palabras y obras que no sean
santos.
“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios”. Demos el dinero al mundo, que es a quien le pertenece y demos a Dios lo
que es Dios: todo lo que somos, lo que pensamos, deseamos y obramos, aunque
como dijimos, puesto que Dios es Tres veces Santo, lo que le demos a Dios
también debe ser santo.

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