sábado, 17 de octubre de 2026

“He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía verlo ya ardiendo!”

 


“He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía verlo ya ardiendo!” (Lc 12, 49-53). Jesús afirma que ha “venido a traer fuego”, por esa razón, debemos preguntarnos de qué clase de fuego está hablando Jesús. El fuego que conocemos es un fuego que provoca ardor, dolor, quemazón; por eso debemos preguntarnos si es este fuego o si se trata de otro fuego. También debemos preguntarnos qué es lo que Jesús desea quemar con el fuego que trae y porqué su apuro por verlo arder.

Para saber de qué fuego se trata, debemos tener presente que el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, se representa con el fuego y de hecho, desciende “como lenguas de fuego” en Pentecostés sobre María Santísima y los Apóstoles reunidos en oración. Con esto en mente, tenemos una primera respuesta: Jesús ha venido a traer un fuego que no es terreno, sino celestial y ese fuego es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, el Fuego que Él expira junto al Padre. De esto se sigue que el Fuego que trae Jesús no tiene nada que ver con el fuego terreno, en el sentido de que es un fuego de origen celestial, divino, sobrenatural y por eso mismo no solo no provoca dolor, quemazón, ardor o destrucción, como el fuego terreno, sino que, por el contrario, es un Fuego que provoca en el alma del hombre alegría, paz, dicha, amor. El Fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra es entonces el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad.

¿Qué es lo que Jesús quiere quemar con este Fuego celestial? Jesús no quiere quemar las cosas del mundo, es decir, las cosas materiales: Jesús quiere encender, en el Fuego del Divino Amor, a las almas de los hombres, a los corazones de los hombres, para que estos ardan de Amor a Dios. Como este Fuego se encuentra en su Sagrado Corazón Eucarístico, debemos pedir la gracia de que nuestros corazones, al momento de comulgar, sean como la madera seca o como el pasto seco, para que al contacto con el Fuego que envuelve al Sagrado Corazón Eucarístico, nuestros corazones ardan y se enciendan en el Amor de Dios.

Una última consideración que debemos hacer es el preguntarnos el porqué del apuro de Jesús por ver arder el fuego que Él ha venido a traer y la razón es el mismo Amor de Dios: aquel que ama, desea ser amado, desea ser correspondido en el amor y Jesús, que es Dios y nos ama con su Amor, que es el Amor de Dios, quiere que lo amemos, pero no con nuestro pobre amor humano, limitado, pequeño, egoísta, contaminado con el pecado original; Jesús quiere que lo amemos con el Fuego del Divino Amor, el Amor que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico. Para corresponder al pedido de Jesús, para que Él pueda ver ardiendo en nuestros corazones el Fuego del Divino Amor, el Fuego que Él ha venido a traer y quiere ver ardiendo, recibamos en gracia al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y Él hará que nuestros corazones se enciendan en el Fuego del Amor Santo, el Fuego del Espíritu del Padre y del Hijo.

 


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