viernes, 3 de octubre de 2014

“Un hombre poseía una viña (…) la arrendó a unos viñadores (…) pero los viñadores mataron al heredero (…) el dueño acabará con esos miserables y dará la viña a otros, para que le den sus frutos a su tiempo”



(Domingo XXVII - TO - Ciclo A – 2014)
         (Domingo XXVII - TO - Ciclo A – 2014)
         “Un hombre poseía una viña (…) la arrendó a unos viñadores (…) pero los viñadores mataron al heredero (…) el dueño acabará con esos miserables y dará la viña a otros, para que le den sus frutos a su tiempo” (Mt 21, 33-46). En la parábola, Jesús usa la figura de una viña, la cual es claramente, la de Isaías 5, 1-2[1]: en esta viña, el dueño de la viña, luego de limpiar el lugar y quitarle las piedras, ha excavado el lagar en la roca para que el jugo de las uvas prensadas pase por medio de las de canales de piedra a un depósito de piedra más profundo; finalmente, le coloca una torre de vigilancia. Antes de viajar al extranjero, contrata a unos viñadores, para que le den el fruto de la viña.
En esta parábola de los viñadores homicidas, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el dueño de la viña, es Dios Padre; el heredero, “el hijo del dueño de casa”, es Jesucristo, Dios Hijo; los enviados o criados, que van a buscar los frutos, son los profetas; los arrendatarios y homicidas, son el Pueblo Elegido; los frutos que pretende obtener el dueño de la viña, y que no obtiene, son la misericordia y la compasión; los frutos agrios, agraces, son la injusticia, la violencia, la impiedad, la pereza, la rapiña, la codicia; el lugar donde deberían estar estos frutos buenos, es el corazón del hombre; la viña, es Israel; el lugar en donde es asesinado el hijo del dueño, las afueras de la viña, es el Monte Calvario, las afueras de Jerusalén; los nuevos arrendatarios, son los gentiles, es decir, los llamados a integrar el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, en reemplazo de los miembros del Pueblo Elegido.
La viña de la parábola es por lo tanto una clara reminiscencia a la de Isaías 5, 7, por lo que se sugiere que la viña de la que habla Jesús, se trata de Israel, la viña de Dios[2] (y luego, por extensión, se tratará de la Iglesia Católica, cuyo nombre también es el de “Viña de Dios”). En Isaías 5, 7, dice el profeta: “La viña de Yahvéh de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son el plantío de su deleite. Esperaba de ellos rectitud, y no veo más que derramamiento de sangre; justicia, y he aquí que no hay más que gritos de dolor”. Dios es el viñador que prueba el grano de uva de su viña, los corazones de los hijos de Israel, pero en vez de probar un grano dulce, apetitoso, es decir, un corazón piadoso, compasivo, misericordioso, encuentra un grano de uva agrio, un fruto amargo de la viña, es decir, un corazón impiadoso, aunque por fuera aparente ser piadoso, devoto y religioso,  e inmisericordioso, voraz de bienes ajenos, iracundo, violento, despiadado, falto de caridad, de compasión, de misericordia, para con su prójimo. Ése es el motivo por el cual, en Isaías 5, 7, dice que “arrasará” con su viña, porque encontró “frutos agrios”; esperaba frutos dulces, y encontró “efusión de sangre, injusticia y gritos de angustia”[3].

El dueño de la viña es claramente Dios; los arrendatarios, que son la idea central de la parábola, son el Pueblo Elegido y no solo no han producido ningún fruto bueno –compasión, bondad, justicia- por negligencia, sino que solo han producido “frutos agrios”, es decir, frutos de injusticia, de codicia, de rapiña y de voracidad, y por eso ahora, Dios, arrasará con la viña, y la dará a los gentiles, para que ellos le den fruto a su tiempo. Sin embargo, movidos por la codicia, pues pretenden quedarse con la viña, que no les pertenece, los sacerdotes y fariseos continúan oponiéndose a los planes de Dios, y es sí que maltratan o matan a los criados –los profetas-, cuando el amo los envía para reclamar los frutos de la viña –que son la justicia, la bondad y la compasión-. Pero el amo, que tiene una paciencia sobrehumana, vuelve a enviar nuevos criados –profetas-, sin conseguir buenos resultados. Decide entonces enviar a su propio hijo, esperando conseguir un cambio de actitud en los viñadores, pero por el contrario, los viñadores se endurecen en su avaricia, y enceguecidos por la codicia, piensan que si matan al heredero, el dueño no tendrá fuerzas para reclamar la viña y así podrán quedarse con toda la tierra, con lo cual traman su muerte y la llevan a cabo. Los viñadores, efectivamente, se apoderan del hijo del dueño de la viña, “lo arrojan fuera de la viña y lo matan”. Esto es una clara alusión a la expulsión de Jesús de Jerusalén, y a su muerte de cruz fuera de Jerusalén, en el Monte Calvario.
La parábola finaliza cuando Jesús les pregunta a los mismos sumos sacerdotes y ancianos, acerca de qué es lo que hará el dueño de la viña, con “aquellos” viñadores homicidas, y ellos mismos, calificándolos como “miserables”, le contestan que “acabará con esos miserables y les arrendará la viña a otros, que le entregarán los frutos a su debido tiempo”, sin darse cuenta que de esa manera, se están calificando a sí mismos, porque Jesús utiliza la parábola para indicar que ellos, el Pueblo Elegido, serán quienes dejados de lado, en favor de los gentiles. Esto lo entienden muy bien los sumos sacerdotes y los ancianos, apenas termina la parábola, porque en ese momento se dan cuenta que ellos son esos viñadores homicidas: “comprendieron que se refería a ellos”, y por eso “buscaron el modo de detenerlo”, pero no podían hacerlo, a causa de la multitud.
         Con la parábola de los viñadores homicidas –que a su vez hace alusión a la viña de frutos malignos de Isaías-, Jesús está indicando que el Pueblo Elegido será dejado de lado, en favor de los gentiles, porque solo da frutos amargos: mata a los profetas primero, y luego al heredero, al Hijo de Dios, Jesucristo. Jesús está profetizando su Pasión, les está anunciando que ellos, al igual que sus antepasados, también rechazarán el mensaje de salvación, porque así como sus antepasados mataron a los profetas, así también ellos lo matarán a Él en la cruz, y por eso ellos quedarán excluidos del Reino de los cielos, y el Reino de los cielos le será dado a los gentiles, a quienes sí acepten el mensaje de salvación: “El dueño de la vida acabará con esos miserables y les arrendará la viña a otros, que le entregarán los frutos a su debido tiempo”.
         Atención a estas palabras, porque también van dirigidas a nosotros: “El dueño de la vida acabará con esos miserables y les arrendará la viña a otros, que le entregarán los frutos a su debido tiempo”. La Iglesia es una Viña que nos da Dios, para que le demos frutos de bondad, de caridad, de castidad, de paciencia, de misericordia, de justicia, de sacrificio, de oración, de virginidad, de oración, de ayuno, de abstinencia, de continencia. Puesto que el Evangelio se actualiza en la Santa Misa, la parábola se dirige también a nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, por lo que también debemos interpretar las palabras como dichas a todos y cada uno de nosotros, ya que nosotros también somos los viñadores homicidas, toda vez que asesinamos a Jesús, el Heredero, crucificándolo con nuestros pecados, y pretendiendo adueñarnos de la Iglesia, para erigirnos en dueños de la Viña, en dueños de la Iglesia, para establecer nuestros propios mandamientos, colocándolos en el lugar de los Mandamientos de Dios. Nos convertimos en los viñadores asesinos, toda vez que crucificamos Jesús con nuestros pecados mortales o veniales deliberados, y toda vez que nos adueñamos de la Iglesia, excluyendo a nuestros hermanos de la Iglesia con nuestra falta de caridad y de ejemplo, y toda vez que manipulamos los Mandamientos de la Ley de Dios, acomodándolos a nuestros caprichos y a nuestra concupiscencia, dictaminando nosotros la medida de lo que está bien y de lo que está mal, y decidiendo nosotros si algo es pecado mortal y si es pecado mortal, decidimos que no tiene importancia, porque los que mandamos en la Iglesia somos nosotros, porque en el fondo, somos los viñadores homicidas, que hemos matado al Heredero, al Hijo de Dios, y nos hemos apoderado de la Viña, la Iglesia, y hemos establecida nuestras propias leyes, decidiendo qué es lo que está bien y qué es lo que está mal.
Por eso es que, en la actualidad, se consiente a prácticamente toda clase de pecado y es lo que explica que, aunque se produzca un falso escándalo farisaico en los medios de comunicación, cuando se producen hechos delictivos clamorosos, que atentan contra el pudor y contra el sentido común, sin embargo, en la práctica y en la vida cotidiana, no solo no se niega ningún vicio ni concupiscencia, sino que el libertinaje sexual y moral se ha convertido en la regla de vida aceptada por la sociedad, el cual ha sido difundido por los medios de comunicación masivos, y eso es lo que explica que individuos como Tinelli –nefastos si los hay-, sean declarados “Personajes destacados de la cultura”; eso es lo que explica otras inmoralidades de nuestra época, como el hecho de que, mientras por un lado existan niños que mueren de hambre, por otro lado, existan futbolistas y deportistas que se convierten en multimillonarios de la noche a la mañana; esto es lo que explica, también que la idea de ganar dinero sin trabajar, es decir, por medio del pecado de la pereza, prolifere como un virus entre enormes masas de cristianos, sin que nadie se lo cuestione o se oponga.
En otras palabras, porque los cristianos hemos matado al Heredero de la Viña, arrojándolo fuera de la Viña, crucificándolo con nuestros pecados, convirtiéndonos en los viñadores homicidas, es que el mundo ha caído en la oscuridad y se dirige, a toda velocidad, al abismo de perdición. Es hora, por lo tanto, de elevar los ojos, arrepentidos, a Jesús en la cruz, pidiendo perdón por nuestros pecados, para que demos los frutos de santidad que Dios Padre, el Dueño de la Viña, está esperando desde hace tiempo, antes de que sea demasiado tarde.


[1] Cfr. B. Orchard, et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Barcelona 1957, Editorial Herder, 439.
[2] Cfr. Orchard, ibidem.
[3] Ibídem.

jueves, 2 de octubre de 2014

“¡Ay de ti Corozaín, Ay de ti Betzaida, porque si otros hubieran recibido tus milagros ya se hubieran convertido! (…) ¡Y tú, Cafarnaún (…) serás precipitada hasta el infierno!”


“¡Ay de ti Corozaín, Ay de ti Betzaida, porque si otros hubieran recibido tus milagros ya se hubieran convertido! (…) ¡Y tú, Cafarnaún (…) serás precipitada hasta el infierno!” (Lc 10, 13-16). Jesús advierte severamente a tres ciudades, en las que ha predicado y en las que ha realizado abundantes milagros, y a pesar de lo cual, no se han convertido, que en el Día del Juicio Final, no recibirán misericordia y que serán, literalmente, “precipitadas en el infierno”. Jesús les advierte a estas ciudades –a sus habitantes- que la ira de la Justicia Divina se descargará con todo su peso sobre ellas, porque recibieron abundantes muestras del Amor Divino, manifestado en la Palabra de Dios y en milagros y a pesar de eso, no se convirtieron, continuando en su contumacia, en su prevaricación, persistiendo con sus malas obras, con sus pecados, con su falta de misericordia para con el prójimo, insistiendo en endurecer todavía más sus corazones de piedra, perseverando en sus rencores, despreciando la Ley de Dios y su Amor y eligiendo hacer su propia voluntad, haciéndose así merecedores del infierno: “serán precipitados en el infierno”, tal como se los advierte Jesús.
“¡Ay de ti Corozaín, Ay de ti Betzaida, porque si otros hubieran recibido tus milagros ya se hubieran convertido! (…) ¡Tú, Cafarnaúm, serás precipitada hasta el infierno!”. La advertencia que Jesús dirige a las ciudades de su tiempo, nos la dirige a nosotros, los bautizados en la Iglesia Católica, porque nosotros somos los Corozaín, los Betzaida, los Cafarnaúm, del siglo XXI, toda vez que no damos frutos de santidad, porque Jesús obra en nosotros milagros y prodigios de un grado infinitamente mayores que los obrados en las ciudades y habitantes del Nuevo Testamento, porque si bien en estas ciudades obró signos y prodigios admirables -expulsó demonios, multiplicó panes y peces, convirtió agua en vino, resucitó muertos, caminó sobre las aguas-, a ninguno, en el Nuevo Testamento, sin embargo, obró los milagros increíbles, inigualables, inenarrables, e imposibles siquiera de imaginar y expresar, tal como lo hizo con nosotros: en efecto, a ninguno, en el Nuevo Testamento, se le dio en alimento con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, como hace con nosotros, en el Sacramento de la Eucaristía; a ninguno, en el Nuevo Testamento, le concedió su filiación divina, la misma que Él tiene desde la eternidad, como hace con nosotros, en el Sacramento del Bautismo; a ninguno, en el Nuevo Testamento, le sopló el Espíritu Santo, convirtiendo el alma en un huracán de Fuego Sagrado, como si fuera un mini-Pentecostés en miniatura, asombrando a los ángeles, como hace con nosotros por el Sacramento de la Confirmación, convirtiendo además a nuestro cuerpo en un increíble y admirable templo del Espíritu Santo, que no deja de maravillar a las miríadas de ángeles en los cielos; a ninguno, en el Nuevo Testamento, lo bañó y lo purificó con su Sangre Preciosísima, dejando su alma más hermosa que los cielos, haciéndola semejante al mismo Dios, tal como hace con nosotros, por el Sacramento de  la Confesión Sacramental, cada vez que nos perdona los pecados; a ninguno, en el Nuevo Testamento, invitó al Banquete de bodas, para darle de comer el manjar celestial, un manjar que no se consigue en ningún palacio de la tierra, que consiste en platos exquisitos, suculentos, preparados por Dios Padre en Persona, para sus hijos pródigos, y que consiste en Carne de Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, su Cuerpo resucitado en la Eucaristía; en Pan de Vida eterna, su Humanidad Santísima, inhabitada por la Divinidad; y en el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, su Sangre, derramada en el Santo Sacrificio de la Cruz, y recogida en cáliz, en el Santo Sacrificio del Altar.
Con ninguno, en el Nuevo Testamento -y mucho menos, en el Antiguo Testamento-, obró estas maravillas inenarrables, como las obradas con nosotros.

Y sin embargo, a pesar de todas estas maravillas que obró en nosotros, no le respondemos con la santidad de vida con la que le tenemos que responder, por eso es que debemos esforzarnos para crecer en la santidad, para que no tengamos que escuchar la amarga queja de Jesús, en el Día del Juicio Final: “¡Ay de ti Corozaín, Ay de ti Betzaida, porque si otros hubieran recibido tus milagros ya se hubieran convertido! (…) ¡Y tú, Cafarnaúm, serás precipitada hasta el infierno!”. La salvedad será que, si no nos esforzamos por responder a los dones dados por Jesús, en vez de los nombres de las ciudades, los nombres pronunciados por Jesús, no serán los de las ciudades de Palestina, sino nuestros nombres propios.

jueves, 25 de septiembre de 2014

“Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”


(Domingo XXVI - TO - Ciclo A – 2014)
         “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios” (Mt 21, 28-32). Esta durísima advertencia la dirige Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a quienes se supone que tienen un gran conocimiento de la religión y que por lo tanto poseen un alto grado de santidad. La advertencia es tanto más dura, cuanto que aquellos a quienes va dirigida, son personas religiosas, los sacerdotes y los ancianos del pueblo, y equivale a decirles que, prácticamente, se encuentran a un paso de quedar fuera del Reino de los cielos. Para llegar a esta advertencia, Jesús utiliza la parábola de un padre con sus dos hijos: el padre les pide que vayan a trabajar a la viña; el primero le responde que no irá, pero luego se arrepiente y va; el segundo le dice que sí irá a trabajar, pero no lo hace. Jesús les pregunta a los mismos sacerdotes y ancianos cuál de los dos hijos hizo la voluntad del padre y ellos le responden que el primero, es decir, el que contestó que no iría a trabajar, pero luego se arrepintió y fue a trabajar. Tomando pie en su propia respuesta, les hace la durísima advertencia: “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”, y luego da el fundamenta de la aseveración: “Juan vino por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”. Es decir, Jesús les hace ver, a los sacerdotes y ancianos -los religiosos-, que no por aparentar religiosidad, se salvarán y que, por el contrario, aquellos que parecen excluidos de la religión, llegan antes al Reino de los cielos.
El motivo es que Dios no se deja engañar por las apariencias, y aquí radica la enseñanza central de la parábola del padre con los dos hijos: Jesús nos quiere decir que no nos salvaremos por frecuentar el templo y por aparentar religiosidad; nos quiere decir que no nos salvaremos por ocupar cargos dentro de la Iglesia; nos quiere decir que no nos salvaremos por ser sacerdotes, ni por ser dirigentes de movimientos parroquiales o diocesanos; nos quiere decir que no nos salvaremos por aparentar piedad y devoción ante los demás. La razón es que Él, en cuanto Dios, ve la profundidad de los corazones y por lo tanto, no se deja engañar, y sabe qué es lo que hay dentro: sabe si ese corazón es un corazón contrito y humillado, es decir, si es un corazón triturado por el dolor de los pecados y si es un corazón que se humilla ante su Presencia divina; Jesús, en cuanto Dios, sabe si el corazón del hombre es un corazón humilde, que se humilla interiormente ante Él, postrándose en silenciosa e íntima adoración; Jesús, en cuanto Dios sabe, cuando Él entra por la comunión eucarística, si el cuerpo del cristiano es “templo del Espíritu Santo”, como dice San Pablo (cfr. 1 Cor 6, 19), es decir, si está adornado, hermoseado e iluminado interiormente por la gracia y si el corazón ha sido convertido en un altar en donde se lo adore a Él en su Presencia sacramental eucarística o si, por el contrario, su Presencia eucarística pasa desapercibida, a pesar de haber sido recibido en la comunión, porque el cuerpo del cristiano ha sido convertido, de templo del Espíritu Santo, en lúgubre refugio de sombras vivientes, y el corazón, que estaba destinado a ser un altar viviente para la Eucaristía, ha sido convertido en cueva de alimañas y en altares de ídolos paganos. Jesús sabe, en cuanto Dios, más allá de las apariencias externas, si el hombre convierte su corazón en un altar en donde sólo se lo adora a Él y nada más que a Él, y por lo tanto, le son agradables las pobrísimas y humildes oraciones que pueda hacer un corazón como este, aún si este corazón pertenece a un pecador público o a una prostituta, como sería el caso de los ejemplos dados por Jesús.
         “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Al hacer esta durísima advertencia, Jesús nos está advirtiendo a todos nosotros, sacerdotes incluidos, que Él, en cuanto Dios, ve la profundidad de todos los corazones, sin excepción y que escudriña con especial atención y cuidado los así llamados “religiosos” y que Él no presta atención a las apariencias externas, sino que Él ve en la profundidad del ser de cada uno. Él sabe cómo somos todos y cada uno de nosotros, porque Él es nuestro Creador, nuestro Redentor y nuestro Santificador, y no se deja engañar por las apariencias, y por eso es que examina nuestros corazones con muchísimo más rigor que los de aquellos que no son llamados “religiosos”, es decir, de aquellos que, por un motivo u otro, no tienen fe; esos son los “periféricos existenciales”, del Papa Francisco, y a los que nosotros, en nuestra soberbia, podemos marginar con el pensamiento, diciendo: “No tienen fe, llevan una mala vida, son pecadores, son malas personas, yo soy mejor que ellos, porque vengo a misa, yo me voy a salvar y ellos no se van a salvar”, y sin embargo, no es así a los ojos de Dios, porque con nosotros cumple a rajatabla lo que dijo en el Evangelio: “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá” (Lc 12, 48). A nosotros, se nos dio mucho: se nos dio el Bautismo; se nos dio el Catecismo, se nos dio la Comunión, se nos dio la Confirmación, se nos dio la posibilidad de la Misa diaria, o al menos, semanal; se nos dio la Madre de Dios, como Madre propia; en cada Domingo, Dios Padre nos dona todo lo que Él tiene, su Hijo Jesús en la Eucaristía, y muchísimas veces, los cristianos lo despreciamos y lo dejamos olvidado en el altar, porque preferimos al televisor antes que a Jesús en la Eucaristía. ¡Cuántos de estos, a quienes consideramos pecadores e indignos, si supieran lo que nosotros sabemos, y si hubieran recibido todo lo que nosotros hemos recibido, no serían mil veces más santos que nosotros! Y ésa es la razón por la cual Jesús nos advierte que ellos, que son pecadores, entrarán antes en el Reino que nosotros, que nos creemos buenos, pero que en el fondo, somos más pecadores que ellos, porque no somos santos, como deberíamos serlo: “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.
         Jesús, en cuanto Dios, ve en el fondo de los corazones de los cristianos, los escudriña a fondo y busca hasta la más mínima mota de polvo y ve si en esos corazones hay no ya odio, que no lo puede haber, ni tampoco rencor ni deseos de venganza, sino ni siquiera enojo, impaciencia; escudriña para ver si encuentra ira, lujuria, pereza, avaricia, soberbia, tristeza, calumnia, difamación, y todo género de maldad, y cuando los encuentra, repite: “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”, y se retira de ese corazón, porque la santidad, la majestad, el Amor y la Sabiduría divinos, no soportan estar en un corazón lleno de esas cosas, y mientras se retira de ese corazón, continúa diciendo: “Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.
         Jesús no soporta el mal; Jesús no soporta el pecado mortal; Jesús no soporta el pecado venial; Jesús no soporta la imperfección; Jesús quiere que seamos perfectos, como su Padre celestial: “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto” (Mt 5, 48). Y podemos serlo, porque en cada comunión eucarística, recibimos la totalidad del Amor infinito y eterno del Sagrado Corazón de Jesús; esto quiere decir, que si nosotros no opusiéramos obstáculos a la acción transformadora del Amor Divino del Sagrado Corazón, derramado sin límites en cada comunión eucarística, una sola comunión bastaría para convertirnos en los más grandes santos que la tierra jamás haya conocido. Baste el ejemplo de Santa Imelda Lambertini, la niña que es Patrona de los niños que realizan la Primera Comunión, que murió de éxtasis de amor, precisamente, en su Primera Comunión: fue tanto el Amor que recibió en su Primera Comunión Eucarística, que murió de amor, literalmente (cfr. http://infantesyjovenesadoradores.blogspot.com.ar). Esto nos hace ver la manera en la que derrochamos la inmensidad de gracias y dones en las comuniones eucarísticas realizadas fríamente, indiferentemente –da terror pensar que algunos la realizan de modo sacrílego-, y que si no hay cambios en nuestra conducta exterior, es decir, si nuestros prójimos no reciben amor, pero no amor sentimental, humano, sino el Amor de Cristo, que es el Amor de caridad, el Amor propiamente divino, el Amor de su Sagrado Corazón, el que hemos recibido en la comunión eucarística, es porque hemos comulgado en vano, es porque el Amor que Jesús derramó en nuestros corazones, no pudo penetrar en ellos, porque nuestros corazones, en vez de ser como esponjas secas arrojadas en el mar –que así deberían ser, para ser impregnadas por el Amor Divino-, se comportaron como frías y duras rocas, impermeables al Amor de Dios.

         ¿Cómo es nuestro corazón, al momento de recibir la Sagrada Eucaristía? ¿Como una roca, fría y dura, impenetrable al Amor Divino, que permanece igual antes, durante y después de la comunión, y así queda al margen del Reino de los cielos? ¿O, por el contrario, nuestro corazón es como una esponja seca, que arrojada en el mar, se empapa del Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y que luego comunica de ese Amor a sus hermanos, haciéndose merecedor del Reino de Dios?

“Ustedes, ¿quién dicen que Soy Yo?”


“Ustedes, ¿quién dicen que Soy Yo?” (Lc 9, 18-22). Después de preguntar a los discípulos acerca de qué es lo que la gente dice acerca de Él, Jesús los interroga acerca de lo que ellos, en cuanto discípulos, dicen de Él. En realidad, a Jesús no le interesa tanto lo que la gente dice sobre Él, sino lo que sus discípulos dicen, o más bien, saben, acerca de Él. Obviamente, Jesús les pregunta, no porque Él no lo sepa, puesto que Él, en cuanto Dios Hijo encarnado, es omnisciente, y conoce absolutamente todos los pensamientos de sus discípulos, aún antes de ser formulados, pero quiere que se los expresen; además, la pregunta prepara para la revelación que ha de darse en Pedro, por medio del Espíritu Santo, quien será el que le inspirará la respuesta correcta: “Tú eres el Mesías de Dios”.

“Ustedes, ¿quién dicen que Soy Yo?”. La misma pregunta nos la formula a nosotros, a veintiún siglos de distancia y también, no porque no la sepa, sino porque quiere que nosotros se lo digamos; quiere que nosotros respondamos la pregunta, pero para responder la pregunta, es necesario que antes, le preguntemos a Él, arrodillados ante la cruz y ante el sagrario, desde lo más profundo de nuestro ser y de nuestro corazón, quién es Él. Jesús quiere que nosotros le preguntemos: “¿Quién eres Tú?”. Y en el silencio de la oración, escucharemos que el mismo Jesús nos dirá la respuesta: “Yo Soy el Hijo del eterno Padre; Yo Soy el que bajé del cielo, llevado por el Espíritu Santo, por amor a ti; Yo Soy el que me encarné en el seno de mi Madre, para tener un Cuerpo para ser sacrificado, por amor a ti; Yo Soy el Dios encarnado, que vivió oculto en la tierra, como un hombre común, sin dejar de ser Dios, por amor a ti; Yo Soy el que sufrió los dolores inenarrables de la Pasión, por amor a ti; Yo Soy el que subió a la cruz y murió de muerte dolorosa y humillante, por amor a ti; Yo Soy el que dio hasta la última gota de Sangre en el santo sacrificio de la cruz, por amor a ti; Yo Soy el que antes de morir, te entregó a mi Madre, para que sea tu Madre, por amor a ti; Yo Soy el Dios que se quedó oculto en la Eucaristía, para donarte todo el Amor de mi Sagrado Corazón en la comunión eucarística, por amor a ti; Yo Soy el que, por mi Divina Misericordia, te espera con los brazos abiertos, cuando traspases los umbrales de la muerte, para recibirte en el Reino de los cielos; Yo Soy el que quiero que me sigas cada día, por el camino de la cruz. Ése Soy Yo, Jesús de Nazareth, el que dio su vida en la cruz, por amor a ti, el que te da cada día todo su Amor en la Eucaristía”.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

“¿Quién es éste, del que oigo tantas cosas?”


“¿Quién es éste, del que oigo tantas cosas?” (Lc 9, 7-). El tetrarca Herodes oye hablar “muchas cosas de Jesús”, pero no acierta a saber “quién es”. Unos le dicen que es Juan el Bautista, que ha resucitado; otros, que es Elías, que se ha aparecido; otros, que es un antiguo profeta, que ha resucitado. En todos los casos, la figura de Jesús le llega a Herodes, envuelta en un halo de misterio, y como rodeada de algún hecho fuera de lo común, no perteneciente a este mundo, ya que todas las acciones que acompañan a los personajes con los cuales lo confunden, no pertenecen a este mundo: “ha resucitado”, o “se ha aparecido”, pero en ningún caso le dan la respuesta adecuada, porque todos lo presentan como a un hombre más entre otros: un hombre santo –un profeta-, pero no más que un hombre. Sea como sea, frente a la figura de Jesús, Herodes se muestra desconcertado y se pregunta quién es: “¿Quién es éste, del que oigo tantas cosas?”, y la respuesta que le da el mundo que lo rodea, no le proporciona luz acerca de la Verdad sobre Jesús.
Muchos cristianos, al igual que Herodes, hemos oído “tantas cosas” acerca de Jesús, pero viendo cómo el mundo marcha hacia un abismo seguro, y viendo cómo en gran medida, los responsables de este desenfreno somos los cristianos, llamados a ser “luz del mundo y sal de la tierra”, desde el momento en que no damos testimonio de Cristo, o el testimonio que damos es demasiado débil, pareciera que, al igual que Herodes, estamos igual de confundidos, porque no acertamos a tener una idea clara acerca de quién es Jesús.
“¿Quién es éste, del que oigo tantas cosas?”, se pregunta Herodes en el Evangelio. También nosotros debemos, con mucha mayor razón, hacernos la misma pregunta: “¿Quién es Jesús?” pero, a diferencia de Herodes, no podemos nunca, como católicos y, por lo tanto, como poseedores del Magisterio de la Iglesia, conformarnos con la respuesta que nos dé el mundo, y ni siquiera con la respuesta que nos dé nuestra propia razón. Ante la pregunta de quién es Jesús, debemos acudir a la Santa Madre Iglesia, y es Ella quien nos lo dice, en el Credo Niceno-Constantinopolitano, el que rezamos todos los domingos; es la Santa Madre Iglesia quien nos dice que Jesús no es un hombre más entre tantos, sino Dios Hijo, procedente de Dios Padre, de la misma naturaleza del Padre; es la Madre Iglesia quien nos dice que Jesús no es un simple hombre, sino “Dios de Dios, Luz de Luz”, “engendrado, no creado”, “por quien todo fue hecho”, que sufrió la Pasión por nuestra salvación, que resucitó y que se nos dona, glorioso y resucitado, en cada Eucaristía, porque es la misma Santa Iglesia, quien lo hace bajar del cielo, por la voz del sacerdote ministerial y por el prodigio de la transubstanciación, luego de convertir el pan y el vino en su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, nos lo muestra y nos lo ofrece, también por intermedio del sacerdote ministerial, diciendo: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, y nos lo ofrece como Pan Vivo bajado del cielo, para que nos comunique su Vida eterna, al recibirlo en la comunión eucarística.
También nosotros debemos preguntarnos: “¿Quién es Jesús en la Eucaristía?”. Y la Santa Madre Iglesia nos lo responde: “Es Dios Hijo encarnado, que se dona como Pan Vivo bajado del cielo, para donarte su Vida eterna y todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico”.


viernes, 19 de septiembre de 2014

“Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”


"El Reino de los cielos es como un padre de familia que salió de mañana a contratar trabajadores para su viña..."

(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2014)
         “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos” (Mt 19, 30 -20, 16). En esta parábola, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el padre de familia, propietario de la viña, es Dios; la viña, es la Iglesia; el trabajo, es la misión que cada uno desempeña en la vida y en la Iglesia; el día de trabajo, es la vida personal de cada uno y también la historia humana, desde el inicio hasta el Último Día, en el Día del Juicio Final; el capataz que reparte la paga, representa a San Miguel Arcángel, y también a los ángeles de Dios, que el Día del Juicio Final, separarán a los bienaventurados, de los condenados; el denario, la paga convenida por el trabajo, es el Reino de los cielos. Lo que llama la atención de la parábola es, precisamente, que todos reciban la misma paga, el mismo salario  -el Reino de los cielos-, siendo que unos trabajan más y otros menos. Lo que sucede es que el Reino de los cielos no puede dividirse y el hecho de que alguien ingrese en él es siempre un don de la infinita misericordia de Dios (Lc 8, 47; 15, 7).
         Jesús compara al Reino de los cielos con un “padre de familia” que es el propietario de una viña, que sale a contratar obreros, desde la madrugada hasta la tarde-noche, pero que a todos paga con el mismo salario. El padre va a la plaza al amanecer, a buscar hombres que estén esperando alguien que los contrate para trabajar y quedan de acuerdo en que el jornal del día será un denario. El padre de familia regresa a la plaza en busca de otros trabajadores a distintas horas: a las nueve, al mediodía y a las tres de la tarde. En estas otras contrataciones, no se menciona una suma concreta, sino sólo “un jornal justo”. Si lo trasladamos al modo de hacer negocios entre los seres humanos, el padre debería pagar a cada obrero tres cuartos, la mitad y un cuarto de denario respectivamente. Finalmente, y de un modo inesperado, una hora antes de la puesta del sol, el padre de familia contrata a los últimos de los que estaban ociosos, pero a estos los contrata más bien por compasión que por necesidad, puesto que ya no los necesitaba.
         Una vez que termina el día de trabajo, el capataz da órdenes de pagar a todos los trabajadores, y aquí es cuando sobreviene la sorpresa para muchos –y es lo que constituye, a su vez, lo esencial de la parábola[1]-, porque cuando la lógica humana esperaría que los primeros trabajadores, los que comenzaron a trabajar desde temprano por la mañana, recibirían más, o al menos un denario completo, mientras que los que llegaron sucesivamente más tarde, recibirían menos, sucede sin embargo lo inesperado: el padre de familia ordena al capataz que se pague a todos los jornaleros el mismo jornal, esto es, un denario.
La segunda orden que da el capataz, por indicación del patrón de la viña, es la de comenzar por los “últimos”, los recién llegados, y lo hace para que los primeros sean testigos de la paga generosa del patrón a los últimos. Los primeros trabajadores, observando cómo los últimos reciben la misma paga que ellos, habiendo trabajado solo una mínima parte del día y encima en las mejores horas, porque era ya hacia la noche, cuando no ya no hacía calor, se indignan y comienzan a protestar y a murmurar, aunque es uno solo el que protesta en nombre de todos, encabezando la protesta.  
El padre de familia, que ha dado la orden de que se pague en primer lugar a los últimos trabajadores, para que todos sean testigos de su generosidad, escucha la queja infundada e injusta de los primeros trabajadores, y se prepara a responder, y en esta respuesta está contenida la enseñanza de la parábola[2]. Entonces, resumiendo la situación, antes que el padre de familia responda, el estado de cosas es el siguiente: los que llegaron primero se quejan sólo de los “últimos”, no de los otros grupos, porque estos representan la –a su modo de ver- “injusticia” mayor: ¡han llegado últimos, han trabajado sólo una hora, con el fresco de la tarde, y reciben la misma paga que ellos, que fueron los primeros, que han estado trabajando desde la madrugada, y han estado expuestos a los rayos del sol todo el día! ¡Es demasiado injusto! 
         El representante de los obreros disconformes utiliza la expresión: “el peso del día”, la cual tiene una carga muy negativa en relación al patrón, al dueño de la viña, porque implica un prejuicio, un juicio negativo pre-formado; implica que ya, desde el inicio, se ha pensado mal del patrón; se ha pensado que los ha querido perjudicar desde el comienzo del trato laboral. En efecto, la expresión “el peso del día”, utilizada por el jornalero que se queja, argumentando injusticia por parte del padre de familia –son los que se quejan de Dios, acusándolo de injusto, por el motivo que sea; pueden ser también los cristianos "piadosos" pero que se escandalizan al saber que Dios puede salvar a un pecador que ha cometido pecados horrendos, aunque la condición para que lo perdone, en todo caso, es siempre el arrepentimiento de parte del pecador-, y de esta manera recuerda al que hablaba de igual modo en la parábola de las minas, que también pensaba mal de su Señor y que por eso no pudo servirlo bien, porque no lo amaba sino que “le tenía miedo” (cfr. Lc 19, 21-23)[3]
            Por el contrario, el obrero de la última hora pensó bien, puesto que esperó mucho de Él (cfr. Lc 7, 47) –esto quiere decir que lo amaba- y por eso recibió lo que esperaba, y así este obrero representa al cristiano que confía en Jesús –el que confía en Jesús es el que ama a Jesús- y lleva su yugo, que es “suave y ligero” (cfr. Mt 11, 29) y que obedece los  mandamientos del Padre que “no son pesados” (1 Jn 5, 3), sino dados para nuestra felicidad (Jer 7, 23) y como guías para nuestra seguridad (Sal 24, 8). 
              Por otra parte, en esto radica el acto elemental de la fe del cristiano, que es una relación filial de padre a hijo –es la relación del hombre como hijo de Dios, adoptado por el bautismo, con Dios Padre-, porque no puede construirse ningún vínculo de padre a hijo si éste no se considera como hijo, sino como un peón y cree que su padre lo quiere explotar como tal[4].
          De acuerdo con esto, una primera enseñanza entonces de la parábola, es que los primeros trabajadores, que piensan mal del padre de familia, representan a los cristianos que piensan mal de Dios –cometiendo pecado de injusticia contra Dios, porque Dios es infinitamente bueno e incapaz de hacer el mal- y por eso reciben –o creen recibir, mejor dicho- menos de lo que esperan, mientras que los últimos trabajadores, que piensan bien del padre de familia, representan a los cristianos que aman a Dios y que por lo tanto, establecen con Él la relación de Padre a hijo, recibiendo de Él todo lo que Él quiere darles, que es su Amor infinito, expresado en el Reino de los cielos, simbolizado en el denario.
Una vez escuchada la queja, y contrastando con el enfado y enojo de los que se quejan injustamente, el padre de familia se dirige al jefe de los descontentos con un tono suave y paternal, puesto que le dice: “amigo”, con lo que recuerda al padre del hijo pródigo dirigiéndose a su hijo mayor (cfr. Lc 15, 31); tampoco hay enojo en sus palabras cuando le dice: “Toma lo que es tuyo y vete”.
Le hace acordar, con mucha calma, el acuerdo que habían pactado al inicio de la jornada ambas partes y al cual ambas partes lo habían observado; es decir, le hace ver que nada de injusto hay en su proceder; luego de esto, le hace conocer su deseo: “Es mi deseo dar al último lo que he dado al primero”. En otras palabras, el padre de familia le hace ver, por un lado, que no ha hecho ninguna injusticia, por cuanto le ha pagado a los primeros, lo que había convenido en la paga y puesto que él es dueño de sus bienes, es dueño también de pagar lo que él quiera a los que quiera y con esto, no comete injusticia con nadie; sólo está demostrando la bondad de su corazón. Es decir, si alguien no solo no ha cometido ninguna injusticia de ninguna clase, y además ha sido justo en todo lo que ha hecho, ¿qué motivos tendría alguno para quejarse, si además de justo, esa persona se muestra también bondadosa? El que se queja –en este caso, el representante de los primeros trabajadores- de alguien que es justo y bondadoso –el padre de familia-, es, o porque no entiende la situación o, peor aún, porque, entendiendo, ve malicia en donde no la hay, con lo cual demuestra él poseer la malicia de la cual acusa al otro.
         Con esta parábola, Jesús explica entonces la generosidad del Amor de Dios, que quiere que todos los hombres nos salvemos y alcancemos el cielo, aun cuando no haya una justicia estricta[5], porque la parábola insinúa una cierta desconfianza en el valor de las obras en sí mismas, en ventaja de la generosidad de Dios. En otras palabras, para salvarnos, según esta parábola, Dios no miraría tanto a las obras, sino a su Misericordia Divina. Esto se deduce del hecho de que los primeros trabajadores trabajan más, obviamente –hacen más apostolado, rezan más, asisten más a misa-, y reciben lo mismo que los últimos –son los que, por diversas circunstancias, no llevan una vida cristiana por largos años de su vida-, pero tampoco es un desmedro de las obras, porque sí se tienen en cuenta las obras, aunque a la hora de la salvación de quienes están al borde de la condenación, Dios no escatima su Misericordia, donándola sin reservas, y eso es lo que significa esta parábola.
Además, otra consideración que se debe hacer, es que Dios mira también -a diferencia del hombre, que valora solo la duración del esfuerzo-, las disposiciones del corazón: de ahí que el pecador arrepentido encuentre siempre abierto el camino de la misericordia y el perdón en cualquier trance de su vida (Jn 5, 40). El trabajador último, que gana un denario –es decir, que gana el Reino de los cielos-, representa al que se salva en los últimos instantes de su vida, porque siendo un gran pecador toda su vida –setenta, ochenta, noventa años-, se arrepiente sin embargo, con una contrición perfectísima del corazón, mirando a la malicia del pecado y a la santidad y majestad divinas –que es en lo que consiste la contrición del corazón-, alcanzando, en los últimos segundos de su vida terrena, el ingreso al Reino de los cielos, haciendo realidad lo que Jesús le dice a Pedro, al contemplar el llanto compungido de María Magdalena, que baña sus pies con sus lágrimas y luego los unge con perfume: “Sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor” (Lc 7, 36-50).
         “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. Esta parábola de los obreros de la viña nos enseña, por lo tanto, no solo a pensar bien de Dios (Sab 1, 1) –por otra parte, es imposible pensar mal de Dios, y quien piense mal de Dios, o que Dios puede hacer algún mal, está cometiendo una grave injusticia contra Dios, desde el momento en que Dios es Amor y Bondad infinitas y es incapaz de cometer ni siquiera el más pequeñísimo acto de malicia-, sino a amarlo, por el solo hecho de ser Él quien es: Dios de infinita Bondad y de Amor infinito y Eterno, porque lo que enseña la parábola es que Dios quiere dar la misma paga, el Reino de los cielos, a todos sus hijos, es decir, Dios Uno y Trino quiere que todos sus hijos, todos los hombres, se salven, aun si esos hijos suyos son pecadores durante toda su vida. con tal de que se arrepientan, aunque sea en el último instante de su vida terrena.





[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 430ss.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. Mons. Dr. Juan Straubinger, La Santa Biblia. Traducción directa de textos primitivos, Universidad Católica de la Plata, 2007.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

“Sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor”


“Sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor” (Lc 7, 36-50). Una mujer pecadora se acerca a Jesús, se arrodilla ante Jesús, baña sus pies con sus lágrimas, los seca con sus cabellos y los unge con perfume. Un fariseo, sentado a la mesa con Jesús, se escandaliza por el hecho de que es una pecadora; Jesús, leyendo el pensamiento del fariseo –Jesús lo podía hacer porque era Dios-, le hace ver a Pedro que la actitud de la mujer pecadora expresa un profundo amor porque le han sido perdonados muchos pecados, lo cual no sucede con aquellos a quienes le han sido perdonados pocos pecados. La actitud de la mujer pecadora –en quien está representada la humanidad pecadora que se arrepiente de sus pecados- es importante para comprender tanto la contrición del corazón, como la esencia del sacramento de la confesión, el cual muchas veces no alcanza su eficacia en las almas, al faltar lo que se da en la mujer pecadora y que es, precisamente, la contrición del corazón. En la contrición del corazón –es decir, en el arrepentimiento perfecto de los pecados-, el alma, tocada por la gracia santificante, tiene conciencia clara tanto de la malicia de sus pecados, como de la santidad de Dios Trino: en la contrición, el alma alcanza un arrepentimiento perfecto, porque la mueve a no querer pecar más, ni el temor al infierno, ni el deseo del cielo, sino el amor a Dios, a quien ha contemplado, en el silencio, en la intimidad y en la profundidad de su corazón. El alma contempla a Dios en su majestad, y en su Trinidad de Personas, en sí mismo, pero sobre todo lo contempla en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios y en la Crucifixión de ese Verbo, y se da cuenta, también iluminada por la gracia, de que han sido sus propios pecados, los que han crucificado al Verbo de Dios, al Hombre-Dios Jesucristo. El alma se da cuenta también que cada pecado actual, es decir, cada tentación no combatida, cada tentación consentida, cada tentación, que a ella le provoca placer, a Jesús, crucificado, le provoca, por el contrario, más dolor; se da cuenta que sus pecados son la causa de la coronación de espinas, de la flagelación, de la crucifixión, y se duele profundamente, y ahí comienza la contrición, la trituración del corazón, por así decirlo, por el dolor y por el amor, porque se duele por haberle provocado tanto dolor -hasta llegar a la muerte de su Dios Encarnado- con sus pecados, y comienza a amarlo con locura. Entonces, ya no es que teme tanto al Infierno -que lo sigue temiendo-, ni es que desea tanto el cielo -que lo sigue deseando-, sino que empieza a amar con locura a su Dios, y por lo tanto, toma la firme determinación de no pecar más, no tanto por temor al infierno, y tampoco por deseo del cielo, sino por verdadero dolor de los pecados y por un profundo amor a su Dios Encarnado y por él crucificado. 
Esta contrición del corazón está expresada en la oración atribuida a Santa Teresa de Ávila[1]: “No me mueve mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido,/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte./Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/clavado en una cruz y escarnecido;/muéveme el ver tu cuerpo tan herido;/muéveme tus afrentas y tu muerte,/Muéveme en fin, tu amor de tal manera/que aunque no hubiera cielo yo te amara/y aunque no hubiera infierno te temiera./No me tienes que dar por que te quiera,/porque aunque cuanto espero no esperara/lo mismo que te quiero te quisiera./”.
En el caso de la mujer pecadora –muchos dicen que es María Magdalena-, la contrición del corazón se expresa en las abundantes lágrimas que bañan los pies de Jesús y en el derramar el perfume para ungirlos con él, pero se acompaña además de un profundo cambio de vida, puesto que la Tradición habla de la conversión y de la santidad de vida de María Magdalena, desde el momento del perdón de Jesucristo, hasta del día de su muerte (de hecho, es una de las grandes santas de la Iglesia Católica).
“Sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor”. La contrición perfecta de María Magdalena, el arrepentimiento perfecto de sus pecados, fruto de la contemplación del Amor de Dios materializado en Jesucristo y su propósito de enmienda, expresados en su santidad de vida posteriores a su encuentro personal con Jesús, son el ejemplo para todo penitente que se acerca a la confesión sacramental, para que la confesión sacramental no sea algo rutinario, mecánico, vacío, sino un encuentro íntimo, personal, y un diálogo de amor entre un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) y un penitente que es “nada más pecado”, como dicen los santos, pero que está dispuesto a dejarse transformar, por la gracia santificante, en ese Dios Amor, porque ése es el objetivo de la Confesión sacramental: transformar al penitente, que es “nada más pecado”, en una participación y en una imagen viviente del “Dios Amor”. La escena del Evangelio es una imagen de lo que debería suceder en toda confesión sacramental: el penitente debería acudir a la confesión sacramental movido no solo por el dolor de los pecados, sino ante todo, movido por el deseo de ser transformado en una copia viviente del Dios Amor; para obtener esa gracia, es que debe invocar a María Magdalena, ejemplo de arrepentimiento y de contrición perfecta del corazón.




[1] Aunque algunos lo atribuyen a San Juan de Ávila: ya que la idea central del soneto aparece en su obra “Audi filia” en las siguientes palabras: “Aunque no hubiese infierno que amenazase, ni paraíso que convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría el justo por sólo el amor de Dios lo que obra”. -cap. L. El soneto apareció por primera vez impreso en la obra titulada Vida del Espíritu (Madrid, 1628), del doctor madrileño Antonio de Rojas; cfr. http://www.corazones.org/jesus/poesia/a_cristo_doliente.htm