miércoles, 15 de febrero de 2017

Jesús devuelve la vista a un ciego


Jesús devuelve la vista a un ciego (cfr. Mc 8, 22-26) utilizando su poder divino. Si bien la curación se lleva a cabo en dos pasos –primero le coloca saliva en los ojos y le impone las manos, lo que le permite al ciego comenzar a ver “hombres, como si fueran árboles que caminan” y recién cuando le impone las manos por segunda vez, recupera totalmente la vista-, esto no significa que tuviera algún tipo de inconvenientes para no hacerlo de una sola vez: es evidente que, siendo Jesús Dios Hijo encarnado y siendo Él el Creador de los ángeles y los hombres, tiene el poder suficiente para curarlo en menos de un segundo; si lo hizo en dos fases o tiempos, es porque ésa era su intención.
Ahora bien, en la escena evangélica, sucedida realmente, hay también un significado sobrenatural: el ciego representa a la humanidad, herida por el pecado original, que se ha vuelto incapaz de ver a Dios y a la realidad, tal como Él la ha creado; la curación por parte de Jesús, representa el don de la gracia santificante, que permite, precisamente, ver el mundo y la realidad, tal como Dios los creó, mientras que la recuperación total de la visión, podría representar al hombre que, iluminado por la gracia santificante, se vuelve capaz de ver el sentido de esta vida: una prueba otorgada por Dios, para decidirnos, con nuestro libre albedrío, a favor o en contra de Él, por toda la eternidad. En otras palabras, el ciego al final de la curación, el que es capaz de ver perfectamente, representa al alma que, iluminada por la luz de la fe y de la gracia, sabe que esta vida terrena no es para siempre y por lo tanto no pone su corazón en ella, sino que considera a Jesús y al Reino de los cielos como su verdadero y único tesoro, esforzándose por lo tanto para llevar una vida de gracia y así salvar el alma.

Como el ciego del Evangelio, que se postró ante Jesús para implorarle poder ver, también nosotros nos postramos ante Jesús Eucaristía, para que Él nos ilumine con la luz de su gracia.

sábado, 11 de febrero de 2017

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”


(Domingo VI - TO - Ciclo A – 2017)

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 17-37). El Pueblo Elegido tenía, en cuanto Nación escogida por Dios para manifestarse a través suyo al mundo, la Ley natural y la Ley de Dios, que hacían justos a quienes las cumplían, como dice San Ireneo: “En la Ley hay preceptos naturales que nos dan ya la santidad; incluso antes de dar Dios la Ley a Moisés, había hombres que observaban estos preceptos y quedaron justificados por su fe y fueron agradables a Dios”[1]. Ahora bien, Jesús, que es ese mismo Dios que dio la Ley Natural a todos los hombres y los Mandamientos al Pueblo Elegido, viene ahora a nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, para traernos, no otra Ley distinta, sino la misma Ley Natural y los mismos Mandamientos, aunque ahora escritos no ya en tablas de piedra, sino en los corazones, y esa es la razón por la cual el cumplimiento de esa Ley es mucho más estricto: “El Señor no abolió estos preceptos sino que los extendió y les dio plenitud”[2]. Es por eso que Jesús dice: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”. Y da el ejemplo de cómo es ese cumplimiento: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. Es decir, antes bastaba con “no matar”, para cumplir la Ley de Dios, y de esa manera se era justo, al menos en ese mandato: el justo era el que no mataba, es decir, el que no quitaba la vida material y físicamente a su prójimo, el que no cometía homicidio; era justo el que no lo hacía exteriormente, porque estar ante la Presencia de Dios era estarlo exteriormente. En otras palabras, se podía odiar a un prójimo, pero si no se lo mataba, se cumplía con el precepto que decía “No matarás”. Sin embargo, ahora, el cumplimiento de la Ley de Dios comienza en el interior del hombre, en su corazón, puesto que Jesús ha venido a traer la gracia santificante que, por así decirlo, graba a fuego los Mandamientos de Dios en el corazón, al tiempo que hace que el alma esté ante la Presencia de Dios, desde el momento en que, por la gracia, ese Dios, que es Uno y Trino, inhabita en el corazón del hombre. En otras palabras, cuando está en gracia, el alma está ante la Presencia de Dios Trino porque por la gracia, Dios Uno y Trino viene a inhabitar en el alma del justo. Es decir, ahora, con Jesús, Dios no solo es mucho más cercano, sino que está dentro del alma del justo; la gracia convierte al alma –y al cuerpo- del justo en el lugar de la morada de Dios Trino, por lo que, el que está en gracia, está delante de Dios Trino, así como quien está delante del sagrario o delante de la Eucaristía, está delante del Cordero. Ésa es la razón por la cual ya no basta cumplir sólo exteriormente los Mandamientos de la Ley sino que, ante todo, deben ser cumplidos en el corazón mismo del hombre, en su alma, en lo más profundo de su acto de ser, porque allí mora la Trinidad, cuando el alma está en gracia. No basta con no quitar la vida exteriormente al hermano: ahora Dios, que mora en el corazón del hombre, ve sus pensamientos, y cualquier pensamiento malo, por pequeño que sea, ofende a esta Presencia divina, en su infinita majestad y bondad. Cualquier acto de malicia, aun cuando no sea formulado al exterior del hombre, resuena en las paredes del Templo de Dios que es el corazón del hombre por la gracia, y lo ofende. Ya no basta con “no matar”: quien interiormente se irrita, insulta y maldice a su hermano, está en falta ante Dios; todavía más, quien no se reconcilia con su hermano, está en falta ante Dios y es indigno de acercarse al altar: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. Esto es lo que explica los ejemplos dados por Jesús: no basta con no cometer adulterio materialmente: si se lo desea, ese mal deseo está ante la Presencia de Dios, y lo ofende.
“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”. Cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios no es un mero legalismo: el cumplimiento se basa en el Amor de Dios, porque el que está unido por la gracia al Sagrado Corazón de Jesús y lo ama con todas sus fuerzas, amará también a su hermano, porque su corazón y el Corazón de Jesús, “que es Amor” (cfr. 1 Jn 2, 4), serán una sola cosa. Vivir los Mandamientos de la Ley de Dios no es, por lo tanto, contabilizar escrupulosamente qué es y qué no es pecado: se vive la Ley de Dios cuando el corazón, unido por la gracia al Corazón de Dios -que "es Amor"-, es hecho partícipe del Amor de Dios y con este Amor -que es el Espíritu Santo- ama a Dios y al prójimo. Así, unido al Amor de Dios y por el Amor de Dios, el hombre vive plenamente la Ley de Dios, que es la Ley del Divino Amor.




[1] San Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV, 13, 3.
[2] Cfr. ibidem.

jueves, 9 de febrero de 2017

“Una mujer cuya hija estaba poseída por un espíritu impuro, oyó hablar de Él y fue a postrarse a sus pies”


“Una mujer cuya hija estaba poseída por un espíritu impuro, oyó hablar de Él y fue a postrarse a sus pies” (Mc 7, 24-30). Una mujer “pagana, de origen siro-fenicio”, como la describe el Evangelio, da un ejemplo de fe, de humildad y de sabiduría celestial a los cristianos católicos de todos los tiempos, incluidos nosotros, que vivimos en el siglo XXI, en primer lugar. La mujer, al ser pagana, no pertenece, obviamente, al Pueblo Elegido; está atribulada por una gran prueba, que es la posesión demoníaca de su hija; escucha hablar de Jesús y, sin perder un instante, se dirige a Jesús, pero no de cualquier manera, sino “postrándose a sus pies”, para pedirle a Jesús que expulse al demonio del cuerpo de su hija. En esto radica su ejemplo insuperable de fe en Jesucristo en cuanto Hombre-Dios, porque se postra ante Él, como signo de adoración que sólo se debe a Dios, y porque le pide que haga, en Persona –y no de forma delegada- un milagro o acción divina que sólo Dios puede hacer, y es el expulsar el demonio que atormenta a su hija.
Sin embargo, a pesar de esta muestra de fe –que superaba en mucho a la de la inmensa mayoría del Pueblo Elegido-, la respuesta de Jesús aparece, en un primer momento, como distante y fría. En efecto, el Evangelio dice: “Él le respondió: “Deja que antes se sacien los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros”. Es decir, Jesús no considera concederle el milagro que le pide, porque indirectamente, le hace sentir su condición de pagana, de no perteneciente al Pueblo Elegido, a cuyos integrantes trata de “hijos”. Aún más, su respuesta no sólo es distante y fría, sino que, en cierto sentido, es dura, puesto que a ella no sólo le dice –indirectamente- que no es “hija”, sino que es “cachorro” o, lo que es igual, “perro”, porque está hablando de cachorros de perros. Es decir, Jesús no quiere concederle lo que le pide, porque ella es “perro” –pagana- y no “hija” –miembro del Pueblo Elegido-. En esto se ve el ejemplo de la mujer en relación a la virtud de la humildad, porque siendo tratada como “perro”, no sólo no se ofende, sino que asume el calificativo que le da Jesús, en la continuación con el diálogo.
Y precisamente, al continuar el diálogo en los términos planteados por Jesús, demuestra una sabiduría no humana, sino celestial –producto de la gracia concedida previamente por Jesús-, y demuestra esta sabiduría celestial con la respuesta que da a Jesús: “Es verdad, Señor, pero los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos”. La mujer, después de demostrar fe y humildad, ahora demuestra sabiduría celestial porque, usando la misma figura de Jesús, da el argumento necesario para resolver el caso a su favor: es verdad que ella no es hija, sino pagana –perra-, pero aun así, tiene derecho a un milagro de la benevolencia de Jesús, porque los perros –cachorros-, si bien no son hijos, comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos. La mujer le está diciendo que es verdad que ella no es destinataria de los grandes milagros reservados a los miembros del Pueblo Elegido, pero si es verdad que es “perro”, es decir, pagana, entonces también, al mismo modo que los perros comen migajas de la mesa de sus amos, así también ella puede recibir un milagro –la expulsión del demonio del cuerpo de su hija- que, comparado con los del Pueblo Elegido, puede ser considerado “una migaja” para el poder divino de Jesús.
La demostración de fe, humildad y sabiduría celestial, como respuesta a la gracia previamente concedida por Jesús, despierta la admiración del propio Jesús, quien en premio a su fidelidad a la gracia, le concede lo que le ha pedido: “Entonces Él le dijo: “A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija”. Ella regresó a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y liberada del demonio”.

A diferencia de esta mujer, muchos católicos, cuando se enfrentan a diversas tribulaciones, en vez de acudir a postrarse ante el altar del Señor, ante el sagrario, ante la Santa Cruz, o de implorar la mediación de la Medianera de todas las gracias, la Madre de Dios, acuden vergonzosamente a los brujos, los magos, los chamanes y toda clase de servidores del Demonio y es por eso que su luminoso ejemplo es sumamente válido para nuestros oscuros tiempos.

miércoles, 8 de febrero de 2017

“Es del corazón de los hombres de donde provienen las malas intenciones”


“Es del corazón de los hombres de donde provienen las malas intenciones” (Mc 7, 14-23). El pecado no es algo impersonal, que anda dando vueltas por el aire y que repentinamente se abate sobre una persona inocente: claramente lo dice Jesús, anida en el corazón del hombre, ya que es allí de donde surgen toda clase de cosas malas: “Es del corazón de los hombres de donde provienen las malas intenciones”. Esta es la razón por la cual no existe la naturaleza en estado de bondad absoluta, según Rousseau, y es la razón también por la cual de nada valen los esfuerzos del hombre para evitarlo y erradicarlo de su corazón con sus propias fuerzas, tal como lo quiere cierta corriente de cristianismo gnóstico. Como dice Santo Tomás, el hombre no puede subsistir en estado de gracia, esto es, sin caer en pecado mortal, si no es con la ayuda de la gracia divina que se nos comunica por los sacramentos. Esto nos hace ver la absoluta necesidad de los sacramentos, empezando por la Confesión Sacramental, para erradicar de raíz a esa planta venenosa que anida en ese jardín creado por Dios, que es el corazón humano. Existe un cierto cristianismo que tiende a minimizar el pecado, al reducir al cristianismo a una especie de psicologismo especializado en la auto-ayuda: el cristianismo consistiría solamente en consejos o modos de superar “cristianamente” trastornos psicológicos tales como ansiedad, miedo, angustia, ayudando a la persona a “superarse a sí misma”, a “encontrarse a sí misma”. En un tal cristianismo, el pecado es sólo un defecto psicológico y el cristianismo es sólo una lista de consejos de auto-ayuda para superarlos. Sin embargo, esto es falso, porque el cristianismo es el encuentro personal con la Persona Divina de Jesús de Nazareth, que con su sacrificio en cruz y el don de su Cuerpo y su Sangre, no solo nos quita esa mancha obscura que es el pecado, sino que nos dona la gracia de la filiación divina, convirtiéndonos en hijos adoptivos de Dios y en herederos del Reino. Esto nos hace ver la magnitud del Amor de Jesucristo y la imperiosa necesidad que tenemos de postrarnos ante la Cruz y la Eucaristía para darle gracias y adorarlo en cuanto Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios.

“Es del corazón de los hombres de donde provienen las malas intenciones”. Si del corazón del hombre, manchado por el pecado, salen “toda clase de cosas malas”, del corazón del hombre purificado por la gracia de la Confesión y santificado por la gracia de la Comunión Eucarística, y convertido por lo tanto en una copia viviente de los Sagrados Corazones de Jesús y María, surgen toda clase de cosas, más que buenas, santas. Para esto vino Jesús y murió en la Cruz: para quitarnos el pecado de nuestros corazones al precio altísimo de su Sangre derramada en la Cruz, y para convertir nuestros pobres corazones en corazones semejantes al Suyo y al de su Madre, la Virgen María.

“Anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido”


“Anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido” (Mc 7, 1-13). El pecado del fariseísmo es reemplazar la Palabra de Dios por la palabra humana; la Revelación de Dios, por la interpretación que el hombre da de esa Revelación, con lo cual la religión queda reducida no a una manifestación de Dios al hombre, sino a la perversa y torcida interpretación que el hombre le da a esa Revelación. El ejemplo que pone Jesús, para demostrar cómo los fariseos reemplazan los Mandamientos de Dios por tradiciones inventadas por ellos, es el del Cuarto Mandamiento, que manda “Honrar padre y madre”: los fariseos eximen del cumplimiento de ese mandamiento a quien deje ante el altar aquello que tenía para ayudar a los padres. De esa manera, al declarar esa ofrenda sagrada, evitaban cumplir el mandamiento divino. Pero lo que hace sagrada la ofrenda es el Dios al que se le ofrenda, por lo cual la Palabra de Dios siempre prevalece por encima de cualquier invento que pergeñen los fariseos para librarse de cumplir los mandamientos (en este caso concreto, ellos se quedaban con los bienes, por lo que estaban más que interesados en que el Cuarto Mandamiento sea dejado de lado por su tradición humana).
“Anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido”. Los Mandamientos de la Ley de Dios, desde el primero hasta el último –entre los que se incluyen los Mandamientos de Jesús, como el “cargar la cruz cada día”, “perdonar setenta veces siete”, “amar al enemigo” y otros más- no pueden nunca ser reemplazados por elucubraciones salidas de la mente del hombre. Otro ejemplo, es el de “No cometerás adulterio”: no se puede reemplazar este Mandamiento por el de “Comete adulterio”, sólo porque se invoca una supuesta misericordia divina, que no es tal sin la debida justicia. En el caso del matrimonio sacramental, es imposible estar en gracia y al mismo tiempo en pecado mortal; es imposible permanecer en el matrimonio sacramental y recibir la Comunión Eucarística si se está en adulterio, y la razón es que la unión entre el hombre y la mujer, por el sacramento del matrimonio, es una prolongación y una participación de la unión mística, esponsal, sobrenatural, de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa. Admitir la comunión en estado de adulterio, implicaría admitir que, ya sea Cristo Esposo o la Iglesia Esposa, son capaces de traicionarse mutuamente: Cristo con una esposa que no es la Iglesia Católica Apostólica Romana, y la Iglesia Católica Apostólica Romana, con otro Cristo que no sea el Único, el Hombre-Dios, la Persona Segunda de la Trinidad, encarnada en el seno de María y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.

“Anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido”. Anular la Palabra de Dios por mandamientos humanos es un pecado que clama al cielo.

sábado, 4 de febrero de 2017

“Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2017)
         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). Para graficar a los cristianos, Jesús utiliza dos elementos cotidianos, de la vida diaria, que son sumamente útiles y cuya presencia o ausencia modifica profundamente nuestra vida: la sal y la luz. La sal, permite dar sabor a todos los alimentos; sin ella, un alimento sin sal resulta “desabrido”, sin gusto apenas y en esto se nota su utilidad. La sal tiene otro uso, menos común, pero también muy útil, y es el de evitar la descomposición orgánica de la carne, un recurso utilizado con más frecuencia en épocas anteriores, en las que no existían los modernos métodos de preservación de los alimentos. El otro elemento que utiliza Jesús en su enseñanza es la luz, cuya importancia es más que evidente para la vida cotidiana: permite ver y apreciar el mundo, con toda su realidad, con su colorido, con su profundidad: sin la luz, el hombre vive en tinieblas y en la oscuridad más absoluta.
Jesús utiliza estos elementos materiales, la sal y la luz, para representar una realidad sobrenatural, y es la realidad de la gracia santificante en el alma: la gracia es al cristiano lo que la sal y la luz a la vida del hombre. Es la gracia la que hace que la vida del cristiano tenga un nuevo sabor, el sabor de la eternidad y del Amor de Dios y es la gracia la que evita la descomposición del alma por la putrefacción del pecado, así como la sal evita la putrefacción de la carne; es la gracia la que, inhiriendo en el alma del cristiano, la ilumina con la luz eterna de Dios, permitiéndole ver aquello que sin la gracia no puede ver: que esta vida terrena es pasajera, que es una prueba para ganar la vida eterna, que no se puede conseguir la vida eterna sin vivir los Mandamientos de la Ley de Dios, que al fin de la vida terrena nos espera un doble juicio, el Particular y el Universal y que según el resultado de esos tribunales, nuestros destinos eternos serán el Cielo o el Infierno, que esta vida no es para “disfrutar”, sino para ganar el Cielo y que el Cielo sólo se gana por medio de la Santa Cruz de Jesús y con el auxilio de la Virgen, Medianera de todas las gracias.
         Es la gracia santificante la que cambia radicalmente la vida del cristiano, dirigiéndola y enderezándola hacia la eternidad, hacia el encuentro personal y definitivo con el Supremo Juez, Jesús Misericordioso. Ahora bien, el tener este destino de eternidad y el tener la luz de la fe, que permite vislumbrar la vida futura en el Reino de los cielos, no depende de nosotros, no surge de nuestra naturaleza, sino que es un don absolutamente gratuito, recibido en el Bautismo y el cual debe ser custodiado y acrecentado, por la fe, la oración y el amor a Dios y al prójimo manifestado en las obras de misericordia.
         Los cristianos estamos llamados a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”, pero Jesús lo advierte bien claro: si la sal no sala y si la luz no alumbra, no sirven, ni la sal, ni la luz: “Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa”. La sal que no sala y la luz que no alumbra, es el católico que, habiendo recibido la instrucción catequética; habiendo conocido las verdades fundamentales de nuestra fe; habiendo conocido los dogmas de nuestra Santa Religión Católica; habiendo recibido la Comunión y la Confirmación y sabiendo que sin practicar la fe no puede salvarse, vive sin embargo como ciego, sordo y mudo, como si nunca se hubiera enterado de nada y así pasa por el mundo y por la vida como si fuera un pagano y no un católico; es el católico que no da testimonio de Jesucristo, en la vida cotidiana. Es el católico que acude a los chamanes y brujos; es el católico que confía en el horóscopo y en la lectura de cartas y no en el Amor providente de Dios; es el católico que rinde culto a ídolos demoníacos, como San La Muerte; es el católico que se deja dominar por las pasiones, la avaricia, la envidia, la ira, el orgullo, la soberbia, la pereza, sea espiritual que corporal; es el católico que abandona la fe, la oración, la Santa Misa, por la acedia y por las atracciones del mundo o, peor aún, es el católico que, asistiendo a la Iglesia, se comporta como pagano.

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”. ¿De qué manera dar sabor a la vida, con la sal de la gracia, e iluminar el mundo, con la luz de la gracia? Con la observancia de los Mandamientos y de los preceptos de la Iglesia y con el testimonio de las obras de misericordia, que demuestran la fe, tal como lo dice Jesús: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.

miércoles, 1 de febrero de 2017

“¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?”


“¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?” (Mc 6, 1-6). Los propios habitantes del pueblo de Jesús, sus vecinos, aquellos que lo habían visto crecer, al ver sus milagros y al escuchar la sabiduría celestial que viene de Jesús, no pueden dar crédito a lo que ven y oyen, y se admiran de que, siendo uno más del pueblo, sea capaz de hacer milagros y de hablar con sabiduría celestial: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?”. Ven a Jesús como al “carpintero”, al “hijo de María”; es decir, lo ven como a un hombre más, uno más entre tantos, uno más entre ellos. No pueden percibir que los milagros que hace, son una demostración de su omnipotencia divina y por lo tanto revelan su condición divina; no se dan cuenta de que su sabiduría es celestial, porque Él es la Sabiduría encarnada; Él es el Hijo de Dios, el Verbo de Dios, la Palabra, el Logos del Padre. Y no lo pueden hacer porque no tienen la luz del Espíritu Santo, que es Quien hace ver quién es Jesús en realidad: el Espíritu Santo enseña al alma que Jesús no es simplemente “el hijo de María”, sino que es el Hijo de Dios Encarnado y María es su Madre, la Madre de Dios.

Al no tener la luz del Espíritu Santo, ven a Jesús con la débil e insuficiente luz de la razón humana, y así creen que Jesús es un hombre más entre tantos; creen que la Virgen María no es Virgen; creen que el matrimonio meramente legal con San José es un matrimonio como cualquier otro. Cuando no se tiene la luz del Espíritu Santo, que permite contemplar la Escritura y los misterios sobrenaturales de la vida del Hombre-Dios tal como Dios los ve, entonces se rebajan las Sagradas Escrituras y el misterio de la salvación a la pobre capacidad de la razón humana, racionalizando y nivelando el misterio al nivel de lo que la razón humana puede comprender, y rechazando todo el misterio sobrenatural que viene del seno mismo de Dios Trino. Sin la luz del Espíritu Santo, la razón humana es incapaz de contemplar “los misterios de la fe” que se actualizan en la Santa Misa: el misterio del Hombre- Dios, el misterio de la Madre de Dios, el misterio de la Sagrada Familia, el misterio de la Encarnación del Verbo con la prolongación de esta Encarnación en la Eucaristía. Sin la luz de la fe, la razón dice de Jesús que sólo es un hombre más, que la Virgen María no era virgen, que la Eucaristía es sólo un poco de pan bendecido. Sin la luz del Espíritu Santo, la mente humana sólo arroja sombras al luminoso y celestial misterio del Cordero de Dios, Jesucristo, llamándolo “el carpintero, el hijo de María”.