viernes, 5 de abril de 2024

Octava de Pascuas de Resurrección 5

 


“¡Es el Señor!” (Jn 21, 1-14). Jesús se aparece nuevamente a los discípulos, aunque esta vez es en un contexto diferente, que recuerda a la Primera Pesca Milagrosa; de hecho, este encuentro, ya resucitado, se llama “Segunda Pesca Milagrosa”, porque se repite casi como un calco el milagro de la primera vez. Jesús se encuentra a orillas del Mar Tiberíades; durante la noche, Pedro, Juan, y los otros discípulos, han salido a pescar pero infructuosamente, según relata el Evangelio: “Esa noche no pescaron nada”. Cuando ya estaba amaneciendo, Jesús, a la distancia, les pregunta si tienen algo para comer y como no pescaron nada, le responden negativamente. Entonces Jesús les indica dónde tienen que echar las redes y esta vez, al igual que sucedió con la Primera Pesca, las redes vuelven a llenarse de peces, en tal cantidad, que “no podían arrastrarla” a la red.

Hasta ese entonces, ni Pedro, ni Juan, ni ninguno de los otros discípulos, había reconocido a Jesús, pero cuando se produce el milagro, Juan Evangelista, que estaba junto a Pedro, se da cuenta de que quien está en la orilla, es nada menos que Jesús y por eso exclama con un grito, lleno de alegría: “¡Es el Señor!”. De inmediato, Pedro se lanza al agua, mientras que los demás discípulos se encargan de llevar la barca con la red llena de peces hacia la orilla.

Luego del milagro, todos reconocen a Jesús y así lo dice el Evangelio: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres?”, porque sabían que era el Señor”.

“¡Es el Señor!”. La exclamación de alegría, de asombro, de felicidad, de parte del Evangelista Juan, al contemplar a Jesús resucitado, debe hacernos reflexionar en la siguiente dirección: si San Juan Evangelista, después del milagro de la Segunda Pesca Milagrosa, reconoce a Jesús glorioso y resucitado, ¿porqué no sucede lo mismo con nosotros? Es decir, Jesús realiza, por la Santa Misa, un milagro infinitamente más grande que el de reunir peces en una red, realiza el milagro de la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre. Si esto es así, también nosotros, llenos de alegría, de asombro, de sagrado estupor, deberíamos exclamar, junto al Evangelista Juan, en cada Santa Misa, al contemplar a Jesús resucitado y glorioso en la Eucaristía: “¡Es el Señor!”. Jesús en la Eucaristía es el Señor, que está vivo, glorioso, resucitado, resplandeciente con la luz y la gloria de la divinidad, oculto en apariencia de pan. Y eso nos debe llevar a exclamar, llenos de sagrada alegría: “¡Es el Señor en la Eucaristía!”.

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