miércoles, 21 de octubre de 2026

Solemnidad de Todos los Santos

 


(Domingo XXXI - TO - Ciclo A - 2026)

          La Iglesia Militante, la Iglesia que peregrina en la tierra se alegra y celebra, en la Solemnidad de todos los Santos, a todos los que, luego de su peregrinar por la tierra y unidos al Sacrificio Redentor de Cristo, por los méritos de su Pasión y Cruz, lograron alcanzar el Reino de los Cielos, es decir, a aquellos que componen la Iglesia Triunfante, los Santos.

          La Iglesia Militante se alegra por la Iglesia Triunfante, por los Santos, que son quienes contemplan a la Trinidad por toda la eternidad y esa alegría es una participación de la alegría que experimentan los Bienaventurados en el Cielo; es una alegría celestial y divina porque se origina en la contemplación cara a cara de las Tres Divinas Personas y del Cordero.

          La diferencia entre los Santos que habitan en el Cielo y nosotros, que habitamos en la tierra, es que nosotros somos pecadores. El pecador se opone al santo porque el pecador no tiene en sí la santidad divina, mientras que el santo, viviendo en gracia en su vida terrena, ahora es glorificado por la eternidad en los Cielos. Los que no somos santos, sino pecadores, debemos contemplar a los santos, sus vidas y sus mensajes de santidad, para aspirar algún día a ser santos como ellos. Mientras estamos en esta condición de viadores, de peregrinos hacia la Jerusalén Celestial, no somos santos, sino pecadores. Esperamos algún día dejar la condición de viadores y pecadores y por esto mismo es que, contemplando las vidas de los Santos, esperamos algún día ser como ellos, esperamos algún día ser glorificados con la gloria de Cristo, como ellos. En ese momento comenzaremos a ser santos y para que lleguemos a ser santos es que la Iglesia nos propone a los Santos como modelos de virtud y de santidad y sobre todo, como modelos de amor a Jesucristo, Rey de los Santos. Como pecadores, estamos en esta vida llenos de defectos, vicios y miserias humanas, pero la Iglesia quiere que seamos perfectos, llenos de virtudes y de santidad divina, como los santos.

          La Iglesia nos propone imitar a los Santos porque ellos, en vida terrena, fueron hombres y mujeres comunes y corrientes y hasta grandes pecadores, pero fueron transformados por la gracia santificante de Jesucristo en esta vida y ahora son glorificados por la eternidad en el Reino de los Cielos. Todos los Santos fueron pecadores que luego se convirtieron por la gracia santificante y así lo demuestra la historia de la Iglesia. Algunos ejemplos de estos santos que antes de convertirse fueron pecadores son: Moisés, quien según el libro del Éxodo (2, 11-15) cometió un homicidio, pero luego se arrepintió y ahora es santo; otro ejemplo es San Pablo, el cual antes de recibir la gracia de la conversión a Jesucristo, cayéndose del caballo, asistió y aprobó un homicidio, el martirio de San Esteban (cfr. Hech 6, 8); otro ejemplo de pecador convertido es el del Beato Bartolo Longo, el cual antes de ser ferviente devoto y difusor del Santo Rosario y de la advocación de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, fue espiritista, médium y sacerdote de Satanás, además de ser un gran enemigo de la Iglesia, al dejarse contaminar por el pensamiento de filósofos anti-cristianos como Hegel y Renán; otro ejemplo de santo que fue pecador antes de su conversión es San Agustín, Doctor de la Iglesia, quien frecuentó todo tipo de sectas además de tener un hijo, Adeodato, por fuera del matrimonio; otro ejemplo clamoroso de conversión es el de Santa Teresa de Ávila, a quien Jesús la llevó al infierno y la hizo entrar en la cueva con paredes de fuego que  le estaba destinada por toda la eternidad, si es que continuaba con su vida de pecadora y no se convertía y eso que Santa Teresa, al momento de tener esta experiencia mística, ya era hermana Carmelita. Con ejemplos como estos, podríamos continuar sin detenernos, ya que la vida de la Iglesia está signada por la vida de pecadores que se convirtieron en grandes santos. El gran ejemplo que nos dejan los santos es que ellos, si bien eran pecadores antes de la gracia de la conversión, una vez recibida esta gracia, tomaron conciencia de la miseria que es el pecado y del valor inestimable de la gracia, al punto que desearon morir antes que pecar, siquiera con pecados veniales, e hicieron el propósito de vivir en gracia y de perder la vida terrena, si fuera necesario, antes que perder el estado de gracia. El mérito de los santos radica en haberse enamorado de Jesucristo y su gracia, prefiriendo la muerte antes que perder la gracia y por eso ahora son recompensados con la gloria divina por la eternidad en los Cielos.

          El ejemplo de vida que nos dejan los Santos es el aprecio y el amor a la gracia santificante de Jesucristo y el hacernos ver que, sin la gracia de Jesucristo, ellos no solo no habrían sido jamás santos, sino que, por el camino de pecado que llevaban, su condena en el Infierno era segura. En esto consiste el apreciar la santidad, en que saber que la diferencia entre habitar en el Infierno para siempre y el vivir en la gloria de los Cielos por la eternidad, comienza aquí en la tierra, con el amor a Jesucristo y a la gracia que nos confieren los Sacramentos. Quien comprendió esto con lucidez celestial fue Santo Domingo Savio, quien a los nueve años le dijo a San Juan Bosco: “Prefiero morir antes que pecar”. Lo que carácterizó a los Santos es el haber amado más la vida eterna que la vida terrena; el haber despreciado los bienes terrenos con tal de adquirir el Bien Eterno de la vida de la gracia; el haber amado a Jesús por encima de todo, incluso hasta por encima de la propia vida.

          Nuestra esperanza de santidad en esta vida y de feliz eternidad en la otra vida, es la vida de los santos, porque ellos, siendo pecadores como lo somos nosotros, no se quedaron en el pecado, sino que abrazaron la vida de la gracia e hicieron todo lo que estaba a su alcance para perseverar en la gracia y también para acrecentarla. Por esta razón es que la Santa Iglesia Católica nos propone a los Santos y sus vidas y mensajes de santidad y es para que, aprendiendo de ellos y de sus vidas y sobre todo participando de su gran amor a Jesucristo y la gracia de los Sacramentos, lleguemos algún día a ser santos como ellos y participemos de su gloria y de su bienaventuranza, adorando a la Trinidad y al Cordero por siglos sin fin.


No hay comentarios:

Publicar un comentario