(Domingo
XXXI - TO - Ciclo A - 2026)
La Iglesia Militante, la Iglesia que peregrina en la tierra
se alegra y celebra, en la Solemnidad de todos los Santos, a todos los que,
luego de su peregrinar por la tierra y unidos al Sacrificio Redentor de Cristo,
por los méritos de su Pasión y Cruz, lograron alcanzar el Reino de los Cielos,
es decir, a aquellos que componen la Iglesia Triunfante, los Santos.
La Iglesia Militante se alegra por la Iglesia Triunfante,
por los Santos, que son quienes contemplan a la Trinidad por toda la eternidad
y esa alegría es una participación de la alegría que experimentan los
Bienaventurados en el Cielo; es una alegría celestial y divina porque se
origina en la contemplación cara a cara de las Tres Divinas Personas y del
Cordero.
La diferencia entre los Santos que habitan en el Cielo y
nosotros, que habitamos en la tierra, es que nosotros somos pecadores. El pecador
se opone al santo porque el pecador no tiene en sí la santidad divina, mientras
que el santo, viviendo en gracia en su vida terrena, ahora es glorificado por
la eternidad en los Cielos. Los que no somos santos, sino pecadores, debemos
contemplar a los santos, sus vidas y sus mensajes de santidad, para aspirar
algún día a ser santos como ellos. Mientras estamos en esta condición de
viadores, de peregrinos hacia la Jerusalén Celestial, no somos santos, sino
pecadores. Esperamos algún día dejar la condición de viadores y pecadores y por
esto mismo es que, contemplando las vidas de los Santos, esperamos algún día
ser como ellos, esperamos algún día ser glorificados con la gloria de Cristo, como
ellos. En ese momento comenzaremos a ser santos y para que lleguemos a ser
santos es que la Iglesia nos propone a los Santos como modelos de virtud y de
santidad y sobre todo, como modelos de amor a Jesucristo, Rey de los Santos. Como
pecadores, estamos en esta vida llenos de defectos, vicios y miserias humanas,
pero la Iglesia quiere que seamos perfectos, llenos de virtudes y de santidad
divina, como los santos.
La Iglesia nos propone imitar a los Santos porque ellos, en
vida terrena, fueron hombres y mujeres comunes y corrientes y hasta grandes
pecadores, pero fueron transformados por la gracia santificante de Jesucristo
en esta vida y ahora son glorificados por la eternidad en el Reino de los Cielos.
Todos los Santos fueron pecadores que luego se convirtieron por la gracia
santificante y así lo demuestra la historia de la Iglesia. Algunos ejemplos de estos
santos que antes de convertirse fueron pecadores son: Moisés, quien según el
libro del Éxodo (2, 11-15) cometió un homicidio, pero luego se arrepintió y
ahora es santo; otro ejemplo es San Pablo, el cual antes de recibir la gracia
de la conversión a Jesucristo, cayéndose del caballo, asistió y aprobó un
homicidio, el martirio de San Esteban (cfr. Hech 6, 8); otro ejemplo de
pecador convertido es el del Beato Bartolo Longo, el cual antes de ser
ferviente devoto y difusor del Santo Rosario y de la advocación de Nuestra
Señora del Rosario de Pompeya, fue espiritista, médium y sacerdote de Satanás,
además de ser un gran enemigo de la Iglesia, al dejarse contaminar por el
pensamiento de filósofos anti-cristianos como Hegel y Renán; otro ejemplo de
santo que fue pecador antes de su conversión es San Agustín, Doctor de la Iglesia,
quien frecuentó todo tipo de sectas además de tener un hijo, Adeodato, por
fuera del matrimonio; otro ejemplo clamoroso de conversión es el de Santa
Teresa de Ávila, a quien Jesús la llevó al infierno y la hizo entrar en la
cueva con paredes de fuego que le estaba destinada por toda la eternidad,
si es que continuaba con su vida de pecadora y no se convertía y eso que Santa Teresa,
al momento de tener esta experiencia mística, ya era hermana Carmelita. Con ejemplos
como estos, podríamos continuar sin detenernos, ya que la vida de la Iglesia
está signada por la vida de pecadores que se convirtieron en grandes santos. El
gran ejemplo que nos dejan los santos es que ellos, si bien eran pecadores
antes de la gracia de la conversión, una vez recibida esta gracia, tomaron
conciencia de la miseria que es el pecado y del valor inestimable de la gracia,
al punto que desearon morir antes que pecar, siquiera con pecados veniales, e
hicieron el propósito de vivir en gracia y de perder la vida terrena, si fuera
necesario, antes que perder el estado de gracia. El mérito de los santos radica
en haberse enamorado de Jesucristo y su gracia, prefiriendo la muerte antes que
perder la gracia y por eso ahora son recompensados con la gloria divina por la
eternidad en los Cielos.
El ejemplo de vida que nos dejan los Santos es el aprecio y
el amor a la gracia santificante de Jesucristo y el hacernos ver que, sin la
gracia de Jesucristo, ellos no solo no habrían sido jamás santos, sino que, por
el camino de pecado que llevaban, su condena en el Infierno era segura. En esto
consiste el apreciar la santidad, en que saber que la diferencia entre habitar
en el Infierno para siempre y el vivir en la gloria de los Cielos por la eternidad,
comienza aquí en la tierra, con el amor a Jesucristo y a la gracia que nos confieren
los Sacramentos. Quien comprendió esto con lucidez celestial fue Santo Domingo
Savio, quien a los nueve años le dijo a San Juan Bosco: “Prefiero morir antes
que pecar”. Lo que carácterizó a los Santos es el haber amado más la vida
eterna que la vida terrena; el haber despreciado los bienes terrenos con tal de
adquirir el Bien Eterno de la vida de la gracia; el haber amado a Jesús por
encima de todo, incluso hasta por encima de la propia vida.
Nuestra esperanza de santidad en esta vida y de feliz
eternidad en la otra vida, es la vida de los santos, porque ellos, siendo
pecadores como lo somos nosotros, no se quedaron en el pecado, sino que
abrazaron la vida de la gracia e hicieron todo lo que estaba a su alcance para
perseverar en la gracia y también para acrecentarla. Por esta razón es que la Santa
Iglesia Católica nos propone a los Santos y sus vidas y mensajes de santidad y
es para que, aprendiendo de ellos y de sus vidas y sobre todo participando de
su gran amor a Jesucristo y la gracia de los Sacramentos, lleguemos algún día a
ser santos como ellos y participemos de su gloria y de su bienaventuranza,
adorando a la Trinidad y al Cordero por siglos sin fin.

No hay comentarios:
Publicar un comentario