miércoles, 12 de enero de 2011

Si quieres, puedes curarme


“Si quieres puedes curarme” (cfr. Mc 1, 40-45). Un leproso se acerca a Jesús, implorándole su curación. Jesús, “conmoviéndose”, dice el Evangelio, lo cura con su poder.

En esta escena del evangelio hay diversos aspectos que se nos revelan; uno, por ejemplo, es el de la compasión y la ternura de Jesús para con los más necesitados, para con los considerados miserables e inservibles, inútiles de toda inutilidad, para la sociedad. Un leproso era considerado alguien inútil, pues no podía hacer ningún tipo de trabajo, pero también alguien peligroso, porque la lepra es muy contagiosa. Por lo tanto, se los aislaba de la sociedad, era un marginado social, un muerto en vida.

Jesús se compadece, no tiene en cuenta la peligrosidad de su enfermedad, y lo cura.

Pero además de la consideración sobre la ternura y la compasión del Corazón de Jesús, en este evangelio se puede considerar también la realidad del pecado, simbolizado y prefigurado en la lepra. Lo que la lepra es al cuerpo –lo deforma, lo afea, lo mutila, le quita la vida, porque lo lleva a la muerte-, así es el pecado al alma: la deforma, la afea, la mutila, le quita la vida y la lleva a la muerte, porque la aparta de la Fuente de Vida que es Dios Uno y Trino.

Así como la lepra margina al hombre de la vida social y de la comunión con las personas, así el pecado margina al alma de la vida trinitaria y de la comunión con las Tres Divinas Personas.

Jesús cura la lepra, pero la curación es una prefiguración de otra curación, mucho más grandiosa, la curación del alma por la gracia: la curación corporal es prefiguración de la curación del alma por la gracia.

El pedido del leproso, de ser curado –“Si quieres, puedes curarme”-, indica un deseo de salir del estado de enfermedad, para vivir la vida plenamente, lo cual es una figura de quien, viéndose inmerso en el pecado, desea recibir la gracia, para convertirse.

Hoy el pecado no sólo no se evita, sino que se lo propone como estilo de vida, como moda y, mucho más grave aún, como derecho humano. Hoy en día, en una muestra de inversión de valores sin precedentes, el pecado es exhibido en triunfo, y propuesto a la humanidad entera como lo bueno, lo placentero y lo deseable para el hombre.

Hoy en día se presenta como un derecho humano la fecundación artificial, el aborto, la unión entre personas del mismo sexo, la drogadicción, la manipulación genética de embriones, la utilización y destrucción de embriones para la investigación médica; hoy se presenta a la lujuria, la lascivia, el desenfreno de las pasiones, como algo divertido y bueno; hoy la avaricia y la codicia, que despiertan el deseo insaciable de dinero y de bienes materiales, se valoran como capitales humanos necesarios para el progreso; la idolatría, la superstición -la adoración idolátrica de ídolos como el Gauchito Gil y la Difunta Correa-, son estimados más que la adoración debida al Único y Verdadero Dios, cuya adoración que es despreciada y dejada en el olvido; hoy se presenta a la impureza y a la sensualidad en los jóvenes como el camino al éxito mundano; hoy se alaban la astucia, la mentira y el engaño, en todos los órdenes, mientras que se hace desaparecer, como inútil y anticuado, el amor a la Verdad.

“Si quieres puedes curarme”. También nosotros, como el leproso del camino, necesitamos ser curados, y todavía más, porque necesitamos ser curados, más que de una enfermedad corporal, como la lepra, de una enfermedad espiritual, el pecado, y por eso debemos hacer nuestra la petición del leproso, pero sabiendo que el Amor misericordioso de Cristo no se limita al perdón de los pecados, sino que, una vez quitado este, nos da su vida, la vida de la gracia, la vida de Dios Uno y Trino. Es para recibir esta vida, para lo cual debemos pedir ser curados.

martes, 11 de enero de 2011

Que yo te ame por lo que eres y no por lo que das


“Todo el mundo te busca” (cfr. Mc 1, 29-39). Luego de que Jesús curara toda clase de enfermos, y expulsara demonios, su fama se esparce por Galilea, y es tal la cantidad de gente pregunta por Jesús, que el evangelista usa una frase muy gráfica: “todo el mundo te busca”. En ese “todo”, están comprendidos todos: niños, jóvenes, adultos, ancianos, ricos, pobres, sanos, enfermos. Todos tienen algo que pedir a Jesús. Todos necesitan algo de Jesús, y Jesús se ha mostrado capaz de dominar y de vencer a los dos grandes males que asolan a la humanidad desde siempre: la enfermedad y el demonio. Todos buscan a Jesús: unos, porque están enfermos; otros, porque tienen algún amigo, familiar o conocido, que está poseído; muchos, de entre estos, que ni están enfermos ni están poseídos, buscan a Jesús por curiosidad.

“Todos el mundo te busca”. Todos buscan a Jesús, porque tienen algún interés, y Jesús puede solucionárselo. Todos buscan a Jesús, pero no lo buscan por Él mismo, sino porque les puede aliviar el problema que los aqueja.

Todos lo buscan, pero para que le solucione el drama existencial: la enfermedad, la posesión diabólica, o sino lo buscan por curiosidad, para verlo hacer milagros.

Hoy se repite la situación, a tal punto que también se puede decir: “Todos buscan a Jesús”. Todo el mundo lo busca, para que le solucione algún problema: todo el mundo tiene algún enfermo en su casa, o en su familia, si él mismo no está enfermo, y busca a Jesús para que Jesús obre la curación; todo el mundo busca a Jesús, porque necesita trabajo, porque no se siente bien y quiere sentirse bien, porque alguien tiene que rendir un examen, y necesita aprobar. Todo el mundo busca a Jesús, como en el evangelio, y lo buscan por su capacidad de obrar milagros.

Pero nadie, o casi nadie, lo busca por lo que es, Dios Omnipotente, Misericordioso, que se ha encarnado para donarnos, más, mucho más que la salud del cuerpo y del alma, la vida eterna, su misma vida divina, su vida de Hombre-Dios; nadie lo busca por su Amor, que lo dona en la efusión de sangre de su Sagrado Corazón, traspasado en la cruz, y continúa donándolo cada vez, en cada Santa Misa, en la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, el Vino consagrado en el altar. Nadie, o casi nadie, lo busca por lo que es, Ser perfectísimo en Acto Puro, Dios Espíritu Puro, todo Amor y misericordia, que lo único que busca, al venir a esta tierra, es un corazón humano en donde reposar. Nadie lo busca por lo que Es, Dios de inmensa majestad, ante quien los ángeles se postran en adoración, que no vaciló en humillarse, siendo Él Dios Omnipotente, para dar a los hombres su Sangre, y con su Sangre su Vida, y con su Vida su Amor, y con su Amor su Ser de Dios. Nadie lo busca por lo que Es, Dios Pacífico, de Corazón manso y humilde, que se entrega a sí mismo en el Pan del altar. Lo buscan para que les dé el pan del cuerpo, pero no les importa el Pan del cielo, el Pan que alimenta al alma con la substancia misma de Dios.

“Todos te buscan”, dicen en el evangelio. Y Jesús nos pregunta: “¿Porqué me buscan? ¿Por ser quien Soy, o para que les haga algún milagro?”. Y entonces, le tenemos que responder: “Nadie te busca por lo que eres; te buscan por tus milagros. Todos te buscan, pero nadie te busca”.

No busquemos a Jesús de modo interesado; no lo busquemos de un modo egoísta, interesado, frío. No busquemos en Jesús sus milagros, sus sanaciones, el “estar bien”, el poder comer. Jesús lo puede hacer, y lo hará por su gran bondad, porque sabe que es lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.

Busquemos a Jesús por lo que Es, y no por lo que da. Hagamos nuestra la oración de una pobre costurera semi-analfabeta, de principios del siglo XX: “Señor, que yo Te ame por lo que eres y no por lo das”.

lunes, 10 de enero de 2011

Seguidme y os haré pescadores de hombres


“Seguidme y os haré pescadores de hombres” (cfr. Mt 4, 18-22). Jesús utiliza la figura de un pescador para graficar la misión encomendada por el Padre a Él y por Él a la Iglesia: así como un pescador tira la red en el mar y atrapa peces, así será la Iglesia de Jesucristo en el tiempo y en la historia de la humanidad: el mar es el mundo, la barca es la Iglesia, el pescador al mando de la barca es Pedro, el Papa, y la red es Jesucristo.

La imagen usada por Jesús no es una mera imagen, ni el episodio que dio lugar a la imagen ha pasado o no se repite más. Esa misma situación –una barca al mando de un pescador que pesca peces en el mar- se materializa y concreta en la Iglesia Católica, desde entonces, hasta ahora y hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, que es la Barca de Pedro, continúa surcando el mar del tiempo y su destino es el puerto de la eternidad. Es guiada por Pedro y por los Apóstoles, quienes echan en el mar la Red que es la Palabra de Dios, Jesucristo. Los peces son las almas de los hombres que han sido atrapados en esa Red, es decir, que han escuchado la Palabra y la han dejado crecer dentro suyo.

Pero al final de la pesca, algunos peces sirven y otros no; en la misma red, algunos están vivos y otros están muertos: es un símbolo de quienes han recibido a Jesús en su corazón y han dejado crecer su imagen en él: son quienes han vivido no una vida natural, sino la vida de la imitación de Cristo, por la gracia; los peces vivos son los peces que han configurado sus vidas a la vida de Cristo; los peces que no sirven, los peces muertos en la red, que son desechados, son las almas que han rechazado vivir la vida nueva de la Trinidad, infundida en el alma por Jesucristo.

La Iglesia es la misteriosa barca del evangelio, en la cual el Espíritu de Dios llama a la humanidad a través de la Red, Jesucristo. Jesús en la Eucaristía es la Red de la Barca en la cual el pez –el alma- puede permanecer y vivir de Él o, por el contrario, puede dejarse morir.

sábado, 8 de enero de 2011

El bautismo de Jesús en el Jordán, anticipo del bautismo del cristiano

“…se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: ‘Tú eres mi Hijo muy querido’” (cfr. Lc 3, 15-22).

El Bautismo del Señor en el Jordán es el momento de la manifestación de Dios como Uno y Trino, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En esta teofanía trinitaria se hacen presentes las Tres Personas de la Santísima Trinidad: el Hijo se manifiesta visiblemente en su cuerpo humano; el Espíritu Santo aparece como una paloma, y el Padre se deja oír en su voz.

Además de esta revelación trinitaria, novedad absoluta para el judaísmo, que creía en un Dios Uno, pero jamás hubiera podido saber que era a la vez Trino en Personas, podemos ver un anticipo de lo que será el bautismo del cristiano, prefigurado y contenido en el bautismo de Jesús.

El bautismo de Jesús, a la par que teofanía trinitaria, es anticipo del bautismo del cristiano. ¿Qué es lo que sucede en el bautismo de Jesús? En el momento en el que Juan el Bautista derrama agua sobre la cabeza de Jesús, desde el cielo se escucha la potente voz de Dios Padre, que señala a su Hijo: “Este es mi Hijo muy amado”, a la par que el Espíritu Santo aparece como paloma, sobrevolando sobre Jesús.

Lo que sucede en el Jordán, es un anticipo del sacramento del bautismo: en el momento en el que el sacerdote ministerial derrama agua sobre la cabeza del que se bautiza, pronunciando las palabras de la fórmula sacramental: “Yo te bautizo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, el Espíritu Santo, invisible, sobrevuela sobre el alma del bautizado, donando al alma la filiación divina, con lo cual la fórmula bautismal equivale a que Dios Padre diga: “Yo te adopto como hijo mío muy amado”.

Así como en el Jordán Dios Padre revela que Jesús es su Hijo amado, mientras sobrevuela el Espíritu Santo, el Espíritu que los une en el amor de Padre a Hijo y de Hijo a Padre, así en la pila bautismal, el Nuevo Jordán, Dios Padre adopta como hijo adoptivo suyo muy amado al alma que se bautiza, donándole su Espíritu, el Espíritu Santo.

Es decir, la escena del Jordán, en la que el Bautista derrama agua sobre la cabeza de Jesús, al tiempo que se escucha la voz del Padre y se ve al Espíritu Santo sobrevolar sobre el Hijo de Dios en forma de paloma, es un modelo y anticipo del bautismo sacramental realizado por el sacerdote ministerial católico en nombre de la Iglesia: mientras el sacerdote derrama agua en la cabeza del que se bautiza –preanunciada esta acción en el agua que el Bautista derrama sobre Jesús-, y pronuncia la fórmula bautismal –preanunciada en las palabras del Padre: “Este es mi Hijo muy amado”-, el Espíritu Santo sobrevuela invisible sobre el alma del que se bautiza –prefigurado en el sobrevuelo en forma de paloma sobre Cristo en el Jordán-, concediendo al alma la filiación divina, de manera tal que, luego del bautismo, la Iglesia Santa de Dios, la Esposa del Cordero, utilizando las mismas palabras del Padre en relación a Cristo, puede decir, refiriéndose al nuevo bautizado: “Este es mi hijo muy amado”.

El bautismo sacramental está entonces prefigurado en el modelo, que es el bautismo de Cristo, pero, ¿qué es exactamente el bautismo? En la sociedad secularizada de hoy, no se comprende ni se tiene en cuenta el altísimo significado del bautismo sacramental de la Iglesia Católica, y esto sucede no solo en quien no es católico, sino ante todo en quienes pertenecen a la Iglesia, pero no se dan cuenta de su altísimo valor.

Tanto es así, que hay países -antes cristianos, y hoy inclinados al ateísmo-, en donde el bautismo todavía se da, pero nada más que como una práctica social, como un hábito cultural, ya que se encuentra despojado de todo contenido mistérico, de todo significado sobrenatural; en otros países, como en Holanda, los padres ya no bautizan a sus hijos, por lo que las parroquias se vacían gradualmente de fieles, al punto de tener que cerrar parroquias, no solo por falta de sacerdotes, sino por falta de fieles, y faltan fieles porque los niños no se bautizan más, y no se bautizan más porque se ha apostatado de la verdadera religión.

No hemos respondido todavía a la pregunta: ¿qué es el bautismo? Mucho más que un acontecimiento social, mucho más que un hábito cultural de una sociedad que se dice cristiana, el bautismo es la nueva vida, el “nacimiento de lo alto” (cfr. Jn 3, 3), del que habla Jesús, porque el bautismo es la incorporación al cuerpo místico de Cristo por el Espíritu Santo, y al ser incorporados al Cuerpo de la Cabeza, el cristiano es animado por el mismo Espíritu de la Cabeza, Cristo Jesús, el Espíritu Santo, y como el Espíritu Santo es un Espíritu vivo, que es la fuente de la vida divina, de la vida de Dios, esto significa ser informados y animados por una nueva vida, la vida del Espíritu de Dios. El bautismo representa la deificación, el inicio de la conversión en Dios del alma.

El bautismo nos incorpora orgánicamente al cuerpo de Cristo, nos hace miembros suyos, nos injerta en Él, así como el sarmiento se injerta en la vid, y así como el sarmiento injertado recibe la savia, que es vida para él, así el cristiano incorporado a Cristo, recibe de Él la savia, que es el Espíritu, la vida nueva en el Hombre-Dios.

Pero a esta incorporación orgánica al cuerpo de Cristo, obrada por el Espíritu Santo, es necesario vivificarla, darle vida, y esto se logra por medio de la fe[1]. La fe es la respuesta del sarmiento a la savia que ingresa en él; es la respuesta del cristiano a la gracia que le fue comunicada en el bautismo; la fe es absolutamente necesaria, porque es la fe la que lleva a obrar de acuerdo a lo que se cree, y es lo que hace que el sarmiento se mantenga unido a la vid.

¿Por qué tantos cristianos se alejan de la Iglesia? ¿Por qué tantos cristianos se acercan a los ídolos, a la superstición, a los falsos dioses[2]? Porque se han olvidado de su bautismo, porque han dejado en el olvido su condición de hijos de Dios, y han apagado la fe en el Dios verdadero. ¿Por qué hay tanta oscuridad en los corazones y tanta maldad? ¿Por qué ha crecido tanto la superstición, el ocultismo, la brujería, la idolatría del poder, del dinero? ¿Por qué disminuyen cada vez más los porcentajes de asistencia a misa, mientras crecen las asistencias a los cultos falsos? Todo sucede por un solo motivo: porque los cristianos nunca tomaron en serio su bautismo, su condición de hijos de Dios, su filiación divina, su incorporación a Cristo, Hombre-Dios; porque los cristianos ocultaron el sello del bautismo como una marca vergonzosa; porque los cristianos prefieren llamarse “mundanos” y aparecer como uno más del mundo, antes que mostrarse ante el mundo como lo que son, como hijos de Dios Padre, hermanos de Dios Hijo, y templos de Dios Espíritu Santo.

Hoy en día se asiste a una apostasía generalizada en la Iglesia Católica, porque se ha dejado de lado el contenido mistérico del bautismo, tomándolo no como la auto-revelación de Dios, quien se auto-manifiesta como Trinidad de Personas en Unidad de naturaleza, sino como un hábito cultural sin fuerza normativa, pero la secularización y apostasía del cristiano no se debe a que solo se ha dejado de lado al bautismo como misterio trinitario, sino que se ha dejado de lado a la misa como manifestación de la Trinidad, para verla como un pesado y aburrido deber religioso al cual se puede tranquilamente dejar de lado por cosas más “interesantes” para hacer.

No se ve que la misa, al igual que el bautismo de Jesús en el Jordán, y al igual que el bautismo del cristiano en la Iglesia, es una manifestación de la Trinidad: el Padre envía a su Hijo al altar, el Hijo se encuentra en la Hostia, el Espíritu Santo sobrevuela espirado por el sacerdote ministerial, en cuanto obra in Persona Christi. Obrar in Persona Christi es obrar en la Persona de Cristo, y la Persona de Cristo espira el Espíritu Santo junto al Padre; el sacerdote espira el Espíritu Santo en la consagración.

No se ve, ni a la misa, ni al bautismo, como obras de la Trinidad de las Divinas Personas en medio de su Iglesia, sino como ritos vacíos de contenido, como hábitos sociales y culturales de una época pasada. Es esta visión secularizada de la misa y del bautismo lo que ha sumergido al mundo en las tinieblas en las que se encuentra.

Al celebrar el Bautismo del Señor, recordemos nuestro bautismo, y pidamos en la Santa Misa a Cristo, que pide por nosotros, que se encienda en nuestros corazones la llama de la fe, para que nuestro bautismo se reavive en nuestro nosotros, y así podamos obrar en el mundo las obras de la luz, las obras de los hijos de Dios.



[1] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, …

[2] Hace unos días, en Corrientes, asistieron unas 250.000 personas al “santuario” del Gauchito Gil, lo cual representa un aumento de casi el 50% con respecto a la asistencia de hace dos años. Cfr. diario Clarín, edición digital del 10 de enero de 2010. ¿Cuántos miles de estos 250.000 son cristianos católicos, que ofenden su dignidad de hijos de Dios creyendo en una superstición?

miércoles, 5 de enero de 2011

Adoremos al Dios omnipotente que se nos manifiesta como Niño


“Epifanía” quiere decir en griego “manifestación” o “aparición”. Se usaba en la liturgia de los antiguos emperadores romanos, cuando regresaban triunfantes de batallas en las que habían vencido a sus enemigos; se usaba también este término entre las antiguas religiones mistéricas, para designar la presencia de la divinidad en el ritual[1].

El término por lo tanto era usado en el ámbito profano y en el ámbito de las religiones antiguas, para designar la aparición de poderosos emperadores en medio de su pueblo, o de atemorizantes divinidades en medio de la asamblea.

Por el contrario, la Iglesia adopta y usa este término para designar la presencia de un niño recién nacido, tierno, frágil, que reposa en un pesebre. El contraste es evidente: “epifanía” significaba, para los antiguos, la aparición o manifestación de un emperador victorioso, que ingresaba en la ciudad en medio de gritos de triunfo, y de sonidos de trompetas, y de aclamaciones del populacho entusiasmado; “epifanía” significaba para los paganos la aparición de divinidades siniestras que, con su poder, atemorizaban y llenaban de miedo y de terror a sus fieles, amenazándolos con severos castigos si no cumplían lo que ellos exigían.

Para la Iglesia, el término “epifanía” se designa para la aparición de un frágil niño que acaba de nacer en un lugar remoto y desconocido de la tierra, ignorado por los grandes del mundo pero también por el pueblo, porque nace en un lugar oscuro, en una gruta, precisamente porque en el pueblo no encuentra lugar para nacer; “epifanía”, para la Iglesia, es el término que designa la aparición de un niño débil, pequeño, que acaba de nacer, que tiembla de frío y llora de hambre, que se encuentra necesitado de todo, como todo recién nacido. Es muy diferente la “epifanía” de la Iglesia, de la “epifanía” de los emperadores y de las divinidades de la Antigüedad.

Y sin embargo, este Niño, es más poderoso que todos los emperadores de todos los tiempos, y es más poderoso que cualquiera de las divinidades de las religiones paganas. Este Niño es Dios Hijo, y no necesita venir con poder, con majestad y con gloria, porque Él mismo es la Omnipotencia personificada, Él mismo es la majestad personificada, y Él mismo es la gloria de Dios Padre, y reflejo y espejo de su esplendor, porque este Niño, bajo el velo de su cuerpecito pequeño de niño recién nacido, es el Dios Todopoderoso, Omnisciente, Creador del universo visible y del invisible; este Niño es Dios, ante quien los ángeles tiemblan, y ante quien los ángeles se postran en adoración, en alabanzas y en acción de gracias; este Niño, ignorado por los hombres, que lo reciben con la frialdad de sus corazones ennegrecidos por el pecado, es el Dios del Amor, que viene a donar a los hombres el Amor divino, la Persona Tercera de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo.

No necesita Dios venir en su esplendor y grandeza, pues todo lo sostiene en sus frágiles manitos de niño; no necesita mostrar su gloria y su esplendor en medio de ráfagas y truenos, pues la gloria de Dios se trasluce en y a través de su cuerpo de niño pequeño.

Este Niño, que nace en la noche, en el tiempo, es Dios eterno, nacido antes de todos los tiempos, como dicen las primeras vísperas de la solemnidad de Epifanía: “Él es generado antes que la estrella de la mañana, antes de todos los tiempos, Él es Kyrios”[2], y es por eso que los Magos, venidos de Oriente, lo adoran con oro, incienso y mirra, porque Él es el Rey de los reyes, y el Kyrios, el “Señor de la gloria” .

En Epifanía, la escena que contempla la Iglesia es la misma escena de Navidad: un niño recién nacido, sostenido en los brazos de su madre, que lo envuelve en pañales y lo deposita en una cuna; un hombre, el padre adoptivo de este niño, que contempla en éxtasis de adoración a su niño; unos animales, que con sus alientos de bestias irracionales calientan el ambiente; una pobre gruta que, de refugio de animales, pasa a ser lugar de nacimiento.

La escena es la misma de la Navidad, pero hoy, en Epifanía, la Iglesia ve, con los ojos de la fe, la manifestación de gloria y de esplendor de su Señor, del Kyrios, que en Navidad nace como Niño –puer natus est- y en Epifanía se manifiesta como Dios –apparuit-. La Iglesia en Epifanía ve el esplendor divino y sobrenatural que se desprende de ese Niño; la Iglesia contempla, iluminada por el Espíritu, la luz eterna que emana del cuerpo de este Niño, como de su fuente, porque ese Niño es Dios; la Iglesia contempla, en el éxtasis del amor, a su Divino Esposo, que la ha elegido desde la eternidad[3].

En Epifanía la Iglesia ve la luz que se irradia del Niño de Belén, y que la cubre y la ilumina, y esa luz es la gloria de Dios: “Kyrios es Dios y Él es nuestra luz”. “La gloria del Señor brilla sobre ti” (Sal 117, 27; Is 60, 1)[4].

Esa gloria de Dios, que cubre a la Iglesia en Epifanía, se extiende a los paganos, simbolizados en los Magos de Oriente, y en ellos se revela la intención de Dios de revelarse a toda la humanidad: “Dios, Tú has revelado hoy a tu Hijo Unigénito a los paganos” (Oración del día).

En Epifanía entonces, en ese Niño que ha nacido en Navidad, Dios se revela en su gloria, a los ojos espirituales de la Iglesia, y a los paganos; asume un cuerpo de un Niño, para abrazar, con los brazos abiertos del Niño, a todo aquel que con amor y reverencia, se acerque a Él a adorarlo; el abrazo del Niño será luego el abrazo de Cristo en la cruz, cuando con sus brazos extendidos en el madero de la cruz abarque y abrace a toda la humanidad, para conducirla al Padre.

En acción de gracias por su amor misericordioso, ofrendemos al Niño Dios las ofrendas de los Magos de Oriente, oro, incienso y mirra: el oro de nuestras buenas obras; el incienso de nuestra oración, y la mirra de la pureza del cuerpo y del alma.


[1] Cfr. Casel, O., Presenza del mistero di Cristo. Scelta di testi per l’anno liturgico, Ediciones Queriniana, Brescia, 82-83.

[2] Antífona I de Vísperas; Sal 109, 4.

[3] Cfr. Casel, o. c., 85.

[4] Cfr. Casel, o. c., 86.

Verás a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre


“Verás (…) a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (cfr. Jn 1, 43-51). La propia identificación que Jesús hace de Él con Jacob, el patriarca que vio en sueños la escalera por la que subían y bajaban ángeles, convierte a Jesús en la Escalera que lleva al cielo, y es una escalera que tiene forma de cruz.

Los ángeles de Dios suben y bajan por esta escalera: bajan para recoger en un cáliz de oro la sangre del Cordero que se vierte desde sus heridas, desde su cabeza coronada de espinas, desde sus manos y pies, desde su corazón abierto, y suben, para llevar ante la presencia de Dios la ofrenda de la sangre del Cordero.

Los ángeles suben y bajan por esa escalera que es la cruz madera y suben y bajan también por la misma escalera, la cruz del altar, colocada en el Nuevo Monte Calvario, el altar eucarístico.

Los ángeles suben y bajan llevando la sangre del Cordero, la ofrenda de la Iglesia, para ser presentada hasta el altar de Dios Trino. Es lo que pide la Iglesia en la Plegaria Eucarística I: “(…) que esta ofrenda –el cuerpo y la sangre de Jesús resucitado- sea llevada por tu ángel hasta el altar del cielo (…)”[1].

La Iglesia pide que el ángel de Dios lleve la sangre del Cordero ante el altar divino, y el ángel asciende, desde la cruz del altar, con un cáliz de oro rebosante de la sangre del Hijo del hombre crucificado, para adorar la majestad y grandeza de la Trinidad.

Los ángeles suben y bajan para llevar la sangre del Cordero ante Dios, en adoración a la majestad infinita de Dios Trino, y suben y bajan para dar de beber esta sangre, junto con el cuerpo, a los hijos de Dios, reunidos ante la cruz del altar.

Los ángeles de Dios suben y bajan, llevando la sangre del Cordero.

Mientras suben y bajan por la escalera de la cruz, los ángeles de Dios llevan incienso y perfumes y cantan cantos de adoración al Cordero del altar.


[1] Cfr. Misal Romano.

sábado, 1 de enero de 2011

Adoremos al Pan de Vida en Belén, adoremos al Niño Dios en la Eucaristía


“En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios (…) el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (cfr. Jn 1, 1-18).

Juan, llevado por el Espíritu de Dios a las alturas inefables de la contemplación de la Trinidad, ve al Verbo eterno del Padre como procediendo desde la eternidad del seno del Padre; contempla a Dios Hijo en las majestuosas alturas de los cielos, y nos anuncia que ese Verbo es Dios, tan Dios como su Padre. Luego de describir al Verbo de Dios, como Espíritu puro, lo describe en su Venida a esta tierra, revestido del cuerpo de un Niño: “el Verbo se hizo carne”.

Aunque no nos demos cuenta, el evangelio de Juan nos describe el misterio último de Navidad: el Niño de Belén es el Verbo que era en el principio, que estaba junto a Dios y que era Dios, y que, revestido de carne, revestido del cuerpo frágil de un niño recién nacido, viene a este mundo.

Al leer el Evangelio, debemos tener en mente el Pesebre de Belén, y al contemplar el Pesebre de Belén, debemos tener en la memoria el Principio del Evangelio de Juan: ese Niño es el Verbo eterno de Dios, que viene a habitar entre nosotros.

Este Niño es luz (1 Jn 1, 4; Jn 8, 12) y es vida para los hombres, una luz y una vida celestial, sobrenatural, porque se trata de la luz y de la vida de Dios, y viene para donar a los hombres la vida, la gracia y la luz de Dios.

Dios deja el seno del Padre, desde donde pre-existe desde toda la eternidad, para venir a este mundo, para iluminar y dar la vida divina a los hombres, que desde Adán y Eva caminan “en sombras de muerte” (cfr. Is 9, 2; Mt 4, 16)), pero al venir a este mundo, al nacer en este mundo de tinieblas, como un niño pequeño, es rechazado por las tinieblas: “la luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron” (Jn 1, 5).

Cuando Dios Hijo, que es la santidad y la bondad en sí mismas, personificadas, viene a este mundo, es rechazado, porque los hombres se apartaron del Él desde Adán y Eva, prefiriendo la muerte a su gracia y a su compañía, y así, inmersos en las tinieblas del pecado, no lo reconocieron en Belén. Vino como niño, para donar el amor de Dios, y la respuesta de los hombres fue la muerte: “Herodes buscaba al Niño para matarlo” (cfr. Mt 2, 13-15). Dios viene a darnos su amor, y los hombres, representados en Herodes, enceguecidos por el pecado, buscamos darle muerte a ese Dios vestido de Niño.

Dice así la beata Ana Catalina Emmerich, en una visión del Niño en el Pesebre: “(...) he visto lo que padeció durante toda su vida y he visto también sus dolores internos (...) He visto en el seno de María una gloria y en ella un Niño resplandeciente. Vi crecer al Niño y que se consumaban en Él todos los tormentos de la crucifixión. (...) Lo vi golpeado, azotado, coronado de espinas, puesto y clavado en la cruz, herido su costado; vi toda la Pasión de Cristo en el Niño. (...) Cuando el Niño estaba clavado en la cruz me dijo: “Esto he padecido desde que fui concebido hasta el tiempo en que se han consumado exteriormente todos estos padecimientos. (...) También lo vi recién nacido, y vi a otros niños venir al pesebre a maltratarlo. La Madre de Dios no estaba presente y no podía defenderlo. (...) Llegaban con todo género de varas y látigos y le herían en el rostro, del cual brotaba sangre y todavía presentaba el Niño las manos como para defenderse benignamente; pero los niños más tiernos le daban golpes en ellas con malicia. Venían con espigas, ortigas, azotes y varas de distinto género, y cada cosa tenía su significación”[1].

No solemos pensar, al ver el Pesebre de Belén, que Jesús comenzó su Calvario ya en Belén, porque su encarnación redentora y divinizadora de la humanidad comenzó desde su concepción y nacimiento en Belén. Los brazos abiertos del Niño de Belén en la cruz prefiguran y simbolizan los brazos abiertos del Cordero de Dios en la cruz. El llanto del Niño de Belén, no se debe solo al intenso frío de Palestina propio del mes de su nacimiento, ni tampoco al hambre que comienza a sentir el Dios humanado. El llanto de Jesús en el Pesebre se debe a que su Calvario, su camino de retorno al Padre, por medio del cual conducirá a toda la humanidad, ya comenzó en Belén, porque ya desde allí, comenzó a recibir el odio deicida de la humanidad, odio que lo llevaría al fin a la muerte en cruz.

Cuando vemos el Pesebre de Belén, no solemos tener en cuenta que todo este inmenso misterio, del Pesebre de Belén, del Calvario, se renuevan y se actualizan, en el seno de la Iglesia, en medio del altar; no solemos tener en cuenta que el Niño Dios nace en el Nuevo Belén, la Nueva Casa de Pan, la Iglesia, y que viene a nosotros habiendo pasado su misterio pascual de muerte y resurrección, para introducirse en nuestras almas y para comunicarnos de su alegría de Niño Dios por medio de la Eucaristía.

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios (…) el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”. El Principio del Evangelio de Juan describe al Niño de Belén, pero describe también a la Eucaristía, porque la Eucaristía es el Verbo de Dios, que era Dios y que estaba junto a Dios, y que es la vida y la luz de los hombres, y al mismo tiempo, la Eucaristía es ese Verbo que, hecho carne, hecho Niño, sin dejar de ser Dios, continúa y prolonga su Encarnación y su Nacimiento en el sacramento del altar, para continuar donándose a sí mismo, para donar a los hombres la paz, la luz, la vida, la alegría y el amor de Dios.

No seamos como aquellos que, en Belén, se acercaron para darle al Niño con palos y con azotes; acerquémonos como los pastores, con su misma alegría, al enterarse que ese Niño es Dios Salvador, y acerquémonos como los Reyes Magos, que reconociendo la divinidad del Niño del Pesebre, le ofrendaron oro, incienso y mirra; ofrendémosle nosotros al Niño el oro de las obras buenas, el incienso de la oración, y la mirra de un corazón y de un alma y cuerpo puros.

Ellos adoraron a Dios revestido de Niño; nosotros adoramos a Dios revestido de apariencia de pan.

Adoremos al Pan de Vida en Belén, adoremos al Niño Dios en la Eucaristía.


[1] Cfr. Ana Catalina Emmerick, Nacimiento e infancia de Jesús. Visiones y revelaciones, Editorial Guadalupe, Buenos Aires 2004, 166.