domingo, 20 de enero de 2013

Cuando el Esposo les sea quitado, entonces sus amigos ayunarán



Jesús Esposo de la Iglesia Esposa

“Cuando el Esposo les sea quitado, entonces sus amigos ayunarán” (Mc 2, 18-22). Al responder sobre la cuestión del ayuno de sus discípulos, Juan el Bautista se refiere a Jesús con el nombre de “esposo”. Para entender el porqué, es necesario tener en cuenta que uno de los nombres de Dios en el Antiguo Testamento, es el de “esposo”[1]. Esto se ve, por ejemplo, en los profetas Isaías (15, 45), Oseas y Jeremías: el Dios de Israel ama a su pueblo con un amor puro, de tipo esponsal; un amor que es eterno, que no decrece a pesar de las infidelidades de su esposa; un amor que se mantiene fiel para siempre; un amor que es “más fuerte que la muerte” (Cant 8, 6).
Considerando esto, se entiende entonces porqué Juan Bautista llama a Jesús con el nombre de “esposo”: porque Jesús es el mismo Dios del Antiguo Testamento –Dios que es Uno y Trino, que se ha encarnado en la Persona del Hijo de Dios-, que revela a los hombres visiblemente, en Cristo, Cordero de Dios y Amor de Dios encarnado, ese amor esponsal divino, pero que a la vez profundiza esa revelación, porque el amor esponsal de Dios se comunica a través de la Cruz ya no a un pueblo determinado, el pueblo hebreo, sino a su Iglesia, Esposa de Cristo, en la cual quiere Dios a todos los hombres.
La Cruz será, precisamente, el lugar en el cual Divino Esposo demostrará hasta dónde llega su amor esponsal por la Iglesia; en la Cruz, Jesús Esposo da su Vida literalmente por su Esposa, la Iglesia, entregando su Cuerpo y derramando su Sangre; en la Cruz, Jesús Esposo, que es a la vez el Nuevo Adán, da vida a su Esposa, la Iglesia, haciéndola nacer de su costado traspasado, por medio del Agua y de la Sangre que representan los sacramentos de la Iglesia y que constituyen su vida misma.
“Cuando el Esposo les sea quitado entonces sus amigos ayunarán”. Las palabras del Bautista se cumplen en la Pasión, porque es ahí en donde el Esposo, Cristo, es quitado de la faz de la tierra, y por lo tanto, es el momento en el que inicia el ayuno para los amigos del Esposo, que ya no lo tienen entre Él. Y el ayuno de los amigos del Esposo debe ser a pan y agua: Pan de Vida eterna, y el agua del costado abierto de Cristo, la gracia santificante que se derrama en los sacramentos.



[1] Cfr. Léon-Dufour, X., Vocabulario de Teología Bíblica, Editorial Herder, Barcelona 1993, voz “esposo”, 305ss.

viernes, 18 de enero de 2013

Hijo, no tienen vino



(Domingo II  - TO - Ciclo C – 2013)
         “Hijo, no tienen vino” (Jn 2, 1-11). Durante el transcurso de unas bodas en Caná de Galilea, en la cual la Virgen y Jesús son invitados, sucede un percance: los novios se han quedado sin vino. El hecho amenaza con entristecer la boda, puesto que el vino –si es de buena cepa, y siempre en su justa medida-, como dice la Escritura, “alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15), desde el momento en que sus características lo hacen digno de acompañar eventos trascendentes -como por ejemplo una boda-, si llega a faltar, le quita al evento trascendente una parte importante de su carácter festivo: no es lo mismo brindar con agua que hacerlo con vino, y de ahí la gravedad del percance, detectado por la Virgen y notificado por Ella a Jesús: “Hijo, no tienen vino”.
El episodio de las Bodas de Caná es conocido por tratarse del primer milagro público de Jesús; es decir, es el primer signo público con el cual Jesús demuestra su condición de Hombre-Dios y su omnipotencia divina, al convertir el agua de las tinajas en vino, y vino del mejor.
         Pero si este episodio es el primero en el que Jesús muestra públicamente su omnipotencia divina, tiene que ser conocido también por ser el primero en el que la Virgen María, la Madre de Dios, demuestra su condición de Omnipotencia Suplicante, puesto que es gracias a Ella y a su pedido maternal, que Jesús accede a realizar un milagro, el cual, según se desprende de sus palabras, no tenía intención de hacerlo. En efecto, cuando la Virgen se da cuenta de que los esposos se han quedado sin vino, le dice a Jesús: “Hijo, no tienen más vino”; la respuesta de Jesús deja entrever, claramente, que no tiene la más mínima intención de obrar a favor de los esposos, y esto se ve por el dejo de ligera impaciencia -aunque no lo sea, porque Jesús era perfecto- ante el pedido de su Madre: “Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros?”. En otras palabras, es como si le dijera a la Virgen: “Si se les terminó el vino, es problema suyo y no el nuestro; nosotros somos simples invitados; que se arreglen como puedan, porque Yo no voy a intervenir”. Incluso aumenta más todavía el tono aparentemente intempestivo y ligeramente impaciente de Jesús, el hecho de que nombre a la Virgen como “Mujer”, y no como “Mamá”, o "Madre", ya que podría haberle dicho de otra manera: “Mamá, ya sé que se les terminó el vino, pero mi Hora no ha llegado, y además somos solamente invitados”; por el contrario, le dice “Mujer”: “Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros?”. Ahora bien, la negativa de Jesús está justificada, desde el momento que el motivo por el cual Jesús se niega a intervenir, demostrando con su respuesta que no tiene la menor intención de hacer nada por los esposos, es que “su Hora” “no ha llegado todavía”. Esto es muy importante, porque hará todavía más grande la intervención de la Virgen, desde el momento en que la “Hora” de Jesús, la Hora de su manifestación pública como Hombre-Dios, como Mesías Salvador de los hombres, “no ha llegado todavía”, y como su obrar depende según el plan estrictamente planificado y pensado por la Santísima Trinidad desde la eternidad, Jesús se excusa sosteniendo que no es cuestión de modificar los planes por un asunto que no es tan importante y que ni siquiera es competencia suya, puesto que Él y la Virgen son meros invitados en las bodas y no los dueños del banquete.
Pero según el relato del Evangelio, la resistencia de Jesús no dura demasiado porque a renglón seguido, habiendo apenas  terminado de pronunciar su reticencia a intervenir, se relata lo siguiente: “Pero su Madre dijo a los sirvientes: ‘Hagan lo que Él les diga’”. Es decir, la resistencia de Jesús ante el pedido de su Madre parece ser sólo simbólica, sólo para salvar las apariencias, porque Jesús nada puede negarle a su Madre. Como si la Virgen le dijera: “Hijo, conozco tus razones, pero no tienen vino, y me apena mucho su situación, te ruego que atiendas al pedido de mi Corazón, y obra a favor de ellos un milagro, que como Dios que eres, no te cuesta nada”. Basta entonces una mirada maternal, basta la ternura del sonido de su voz, para que el Corazón de Jesús se estremezca y ceda a lo que la Madre le pide, y este es el motivo por el que, apenas habiendo terminado de negarse a intervenir, Jesús ya le haya concedido a su Madre lo que Ella le pedía.
Y Jesús hace el milagro a pedido de su Madre, aun cuando pareciera no ser asunto de su incumbencia –“No es asunto nuestro”, le dice claramente Jesús-, y aun cuando la situación parece imposible absolutamente de modificar, porque se trata de una disposición que no depende de Jesús en cuanto Hombre, sino que son disposiciones que vienen de muy arriba, de la Santísima Trinidad. Esto engrandece todavía más la condición de la Virgen como Omnipotencia Suplicante y como Medianera de todas las gracias, porque es por sus maternales ruegos que Jesús otorga la gracia del milagro de la conversión del agua en vino, pero la Virgen no solo tiene acceso al Corazón de su Hijo, sino al Amor de las Tres Divinas Personas, porque su amorosa intercesión logra lo que parecía absolutamente imposible, y es el modificar la Hora de Jesús, la Hora de su intervención pública como Mesías y Salvador de la Humanidad. La Virgen logra que la Santísima Trinidad en pleno modifique sus planes eternos y acceda a autorizar el milagro a Jesús, adelantando la Hora de su manifestación pública, que es la Hora de la Salvación. Este es el motivo por el cual la Virgen se manifiesta en Caná no sólo como la Omnipotencia Suplicante y la Medianera de todas las gracias, sino como la Corredentora de los hombres, puesto que gracias a Ella el Redentor de la humanidad, Cristo Jesús, comienza su Pasión salvadora antes de la Hora prefijada desde la eternidad.
Este Evangelio entonces, debe aumentar en nosotros la fe y el amor hacia María Santísima, por cuanto Ella es, como lo hemos visto, la Omnipotencia Suplicante, lo cual quiere decir que si queremos conseguir una gracia de Jesucristo, lo que tenemos que hacer es pedírselo a la Virgen, porque nada le niega Jesús a su Madre; debe aumentar también nuestra fe en María Virgen como Medianera de todas las gracias, aun aquellas que parecen imposibles, porque todas las gracias de salvación vienen por Ella y solo por Ella; por último, debe aumentar en nosotros el amor y la fe en María como Corredentora, porque Ella está íntimamente asociada a la obra Redentora de su Hijo Jesús, y por lo tanto debemos depositar, con toda confianza, nuestra esperanza de salvación eterna en sus manos y en las manos de Jesús.
El otro elemento significativo en el episodio son las tinajas de piedra, que representan el corazón humano: al igual que las tinajas -hechas de piedra dura y fría-, se encuentran vacías, así el corazón del hombre, duro y frío como la piedra, se encuentra vacío del amor de Dios, y lleno de la nada del mundo materialista y hedonista y sus falsos atractivos; pero así como por intercesión de la Virgen las tinajas se llenan de agua y luego de vino, así también por la intercesión de la Virgen, Medianera de todas las gracias, llega a los corazones humanos el agua pura y cristalina de la gracia santificante, gracia por la cual esa tinaja que es el corazón del hombre, se llena con la Sangre del Cordero, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.
         Hoy no se ha terminado el vino de una boda, sino la fe en Cristo Jesús, que es a la vida lo que el vino a la fiesta de bodas. Hoy, como en Caná, la humanidad, representada en los esposos, se encuentra vacía y triste, porque las tinajas de piedra que son los corazones humanos, no tienen fe en Jesús Salvador, y al no tener fe, están vacíos de caridad, de amor, de esperanza.
         “Hijo, no tienen vino”. Hoy, como ayer en Caná, la Virgen suplica a Jesús y le dice: “Hijo, mira los corazones de los hombres; están vacíos de la verdadera fe; no tienen Fe en Ti, y por eso se han llenado con la nada del mundo; te suplico que llenes sus corazones con el agua cristalina de la gracia santificante, para que por la gracia se vean colmados con tu Sangre, que es el Vino de la Alianza Nueva y Eterna. Te suplico, Hijo, mira a los corazones de los hombres, que como otras tantas tinajas en Caná, no tienen el vino de la fe; haz el milagro de colmarlos con el Vino de la Vid verdadera, tu Sangre, para que sus corazones se alegren en Ti, y así puedan amarte y adorarte, en el tiempo y en la eternidad”.
         Si le pedimos a la Virgen la gracia más grande que puede recibir un alma en esta vida, la gracia de la conversión del corazón –para nosotros, para el mundo entero, para los pecadores más empedernidos, para nuestros seres queridos-, la Virgen a su vez le pedirá a Jesús, y Jesús, como en Caná, no podrá resistirse a sus amorosos ruegos.

jueves, 17 de enero de 2013

Tus pecados te son perdonados



“Tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 1-12). Un hombre afectado de parálisis recibe una doble curación por parte de Jesús: la curación espiritual, porque le perdona los pecados, y la curación corpórea, porque le cura su parálisis. El episodio revela que el encuentro personal con Jesús no solo no deja nunca al alma con las manos vacías, sino que recibe aun aquello que el alma ni siquiera podía imaginar que podía recibir. En el caso del hombre con parálisis, su máxima aspiración era recibir un milagro de curación física, de manos de un hombre con poderes extraordinarios, del cual había oído hablar maravillas, y por eso se atrevía a ser llevado ante su Presencia. Sus aspiraciones no iban más allá de ser curado en su impedimento corpóreo, pero en su encuentro con Jesús recibe no solo lo que fue a buscar, sino un don infinitamente más grande, el don del Amor de Dios, manifestado en el perdón de los pecados. El hombre paralítico va a buscar la sanación de su cuerpo, y se encuentra con que, además, recibe la sanación del espíritu, al perdonarle Dios en Persona sus pecados.
El episodio del Evangelio demuestra entonces que Jesús es el Dios del Amor inagotable, incomprensible, inabarcable, y que ese Amor se dona a quien se le acerca, sin esperar nada a cambio. Cuando se considera la grandiosidad del episodio evangélico, podríamos estar tentados en pensar que el paralítico fue doblemente afortunado, pero que Jesús no obra, en nuestro siglo XXI, esta clase de milagros, y sin embargo no es así puesto que el doble milagro, en el que se produce la curación del alma y del cuerpo, es figura del sacramento de la confesión, sacramento por el cual Jesús perdona los pecados del corazón del hombre, pecados que lo paralizan en su vida espiritual, así como la parálisis física impide al hombre su normal deambular.
En el sacramento de la confesión, Jesús obra en Persona a través del sacerdote ministerial derramando su Sangre que brota de su Corazón traspasado, sobre el alma que se confiesa con un corazón contrito y humillado.
“Tus pecados te son perdonados”. Cada confesión sacramental es un milagro del Amor divino, que obra sobre el alma maravillas incomprensibles, imposibles siquiera de imaginar, puesto que no solo perdona los pecados, sino que al dejar al alma en estado de gracia santificante, viene Él, Jesús en Persona, junto a su Padre y al Espíritu Santo, a hacer morada en el alma de quien se confiesa. De esta manera, así como le sucedió al paralítico del Evangelio, que recibió más de lo que iba a buscar, así también el encuentro con Jesús en la Confesión es ocasión para que el alma reciba, además del perdón de los pecados, algo que ni siquiera puede imaginar: la Presencia Personal y la inhabitación de las Tres Divinas Personas.

miércoles, 16 de enero de 2013

Si quieres, puedes purificarme. Lo quiero, queda purificado



“Si quieres, puedes purificarme. Lo quiero, queda purificado” (Mc 1, 40-45). La lepra, enfermedad corpórea que provoca graves lesiones, es figura del pecado, enfermedad espiritual que lesiona al alma en grados diversos, hasta provocarle la muerte. La analogía y comparación con la lepra es necesaria porque el pecado, al no provocar lesiones visibles ni daños sensibles, crea la falsa sensación de que el cometer un pecado –sea venial o mortal- no tiene consecuencia alguna, y por lo tanto, no tiene importancia alguna. Sin embargo, el pecado tiene gravísimas consecuencias en todos los niveles, en el alma, en la Creación, en la sociedad humana, en el Cuerpo Místico de Cristo, y en su Cuerpo físico, y este es el motivo por el que, quien comete un pecado, sobre todo si es mortal, debe advertir sus consecuencias, para precaverse y evitar el pecado con todas sus fuerzas.
Las consecuencias del pecado en el alma, pueden apreciarse con toda claridad en las visiones de Santa Brígida. En el Capítulo 13 del Libro de las Revelaciones celestiales, cuyo título es: “Acerca de cómo un enemigo de Dios tenía tres demonios dentro de él y acerca de la sentencia que Cristo le aplicó”, dice así Santa Brígida: “Mi enemigo tiene tres demonios en su interior. El primero reside en sus genitales, el segundo en su corazón, el tercero en su boca. El primero es como un barquero, que deja que el agua le llegue a las rodillas, y el agua, al aumentar gradualmente, termina llenando el barco. Entonces se produce una inundación y el barco se hunde. Este barco representa a su cuerpo, que es asaltado por las tentaciones de demonios, y por sus propias concupiscencias, como si fueran tormentas. La lujuria entró primero hasta la rodilla, es decir, a través de su deleite en pensamientos impuros. Al no resistir con la penitencia, ni tapar los agujeros mediante los parches de la abstinencia, el agua de la lujuria creció día a día por su consentimiento. Entonces, el barco repleto, o sea, lleno por la concupiscencia del vientre, se inundó y hundió el barco en lujuria, de forma que no pudo llegar al puerto de la salvación.
El segundo demonio, que residía en su corazón, es como un gusano dentro de una manzana, que primero come la  piel de la manzana y después, tras dejar ahí sus excrementos, merodea por el interior de la manzana hasta que todo el fruto se descompone. Esto es lo que hace el demonio. Primero debilita la voluntad de la persona y sus buenos deseos, que son como la cáscara, donde se encuentra toda la fuerza y bondad de la mente y, cuando el corazón se vacía de estos bienes, pone en su lugar, dentro del corazón, los pensamientos mundanos y las afecciones hacia los que la persona se haya inclinado más. Así, impele al cuerpo hacia su propio placer y, por esta razón, el valor y entendimiento del hombre disminuyen y su vida se vuelve aburrida. Es, de hecho, una manzana sin piel, o sea, un hombre sin corazón, pues entra en mi Iglesia sin corazón, porque no tiene caridad.
El tercer demonio es como un arquero que, mirando por la ventana, dispara a los incautos. ¿Cómo no va a estar el demonio dentro de un hombre que siempre lo incluye en su conversación? Aquél que amamos es a quien más mencionamos. Las duras palabras con las que él hiere a otros son como flechas disparadas por tantas ventanas como veces mencione al demonio o sus palabras hieran a personas inocentes y escandalicen a la gente sencilla.
Yo, que soy la verdad, juro por mi verdad que lo condenaré como a una ramera, a fuego y azufre; como a un traidor insidioso, a la mutilación de sus miembros; como a un bufón del Señor, a la vergüenza eterna. Sin embargo, mientras su alma y su cuerpo permanezcan unidos, mi misericordia está aún abierta para él. Lo que exijo de él es que atienda con mayor frecuencia los divinos servicios, que no tenga miedo de ningún reproche ni desee ningún honor y que nunca vuelva a tener ese siniestro nombre en sus labios”[1].
En la Creación, el pecado provoca trastornos de todo tipo, que dependen del tipo de pecado. Por ejemplo, la avaricia y la codicia, llevan a la destrucción de lo creado, como sucede por ejemplo en la depredación que realiza el hombre en las selvas, los mares, las montañas.
En la sociedad, el pecado actúa de modo muy visible, creando estructuras de pecado, a las que las hace ver como “normales”, como por ejemplo, las clínicas abortistas, las clínicas eutanásicas, los lugares de recreación en los que se pervierte la sana y necesaria diversión con música inmoral que exalta la lascivia y la lujuria, como la cumbia y el rock; otras estructuras de pecado la constituyen los medios de comunicación masiva como la televisión, el cine e internet, por medio de los cuales se difunde la inmoralidad, el materialismo, el hedonismo, el ateísmo y la rebelión a Dios y a sus mandamientos. Otras estructuras de pecado son: las pandillas juveniles, el alcoholismo, la pornografía, la drogadicción, la corrupción política, el trabajo esclavo, la prostitución, el robo institucionalizado, etc. En una sociedad, el pecado se manifiesta visiblemente en la fealdad de la ciudad, en su escasa higiene, en el desorden, en el delito imperante, en el caos.
En el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, el pecado de sus miembros, los bautizados, se hace sentir, por cuanto debilita las fuerzas de la Iglesia en su misión de comunicar el Amor de Cristo a los hombres: la falta de caridad de sus miembros; la frialdad y el desinterés por el prójimo necesitado; la acepción de personas; la búsqueda de bienes materiales en vez de los bienes eternos; la tibieza; la falta de oración; el obrar buscando la aprobación y el honor del mundo y no la gloria de Dios, etc.
En el Cuerpo físico de Cristo, el pecado obra actualizando su Pasión: los golpes, los hematomas, las lesiones de todo tipo, los arañazos, las trompadas, las heridas abiertas y sangrantes, los puñetazos recibidos en el rostro por Cristo, las patadas dadas a su Cuerpo, las heridas provocadas por su pesada Cruz, las heridas de su cuero cabelludo, producidas por las gruesas espinas de su corona, los clavos de hierro que perforaron sus manos y sus pies, la lanzada que abrió su costado, estando ya Jesús muerto, y la muerte física misma de Jesús, todo es consecuencia del pecado, cuyo castigo es sufrido por Cristo, para que no suframos nosotros el castigo merecido por la malicia de nuestro corazón.
“Señor, si quieres, puedes purificarme. Lo quiero, queda purificado”. Si la lepra es figura del pecado, la curación es figura del Sacramento de la penitencia o reconciliación, sacramento por el cual se vierte en el alma la Sangre de Cristo crucificado, dejándola limpia de todo pecado, y resplandeciente por la gracia santificante, además de convertirla en morada de las Tres Divinas Personas.


[1] Cfr. http://aparicionesdejesusymaria.files.wordpress.com/2011/06/santa-brc3adgida-el-libro-de-las-revelaciones-celestiales.pdf

martes, 15 de enero de 2013

Jesús curó enfermos y expulsó demonios



“Jesús curó enfermos y expulsó demonios” (Mc 1, 29-39). La característica de la predicación de Jesús es que va acompañada de signos y prodigios, como la curación de enfermos y la expulsión de demonios, además de otros signos como la multiplicación de los panes y peces, o la conversión del agua en vino en Caná. Todos estos milagros, aún cuando sean asombrosos, no son un fin en sí mismos, porque el fin de los milagros de Jesús no es simplemente hacer la vida del hombre más agradable en la tierra; el fin de los milagros de Jesús no es hacer desaparecer la enfermedad física, ni tampoco simplemente expulsar a todos los demonios que poseen a los hombres. Si bien tanto la enfermedad como la posesión diabólica provocan sufrimiento al ser humano, el objetivo final de la misión de Jesús no es simplemente librar al hombre de sus males corporales, ni tampoco librarlo de su enemigo mortal, el diablo o Satanás.
Estas acciones de Jesús –curar enfermos y expulsar demonios- son sólo el preámbulo –necesario- para un don inimaginable de parte de Jesús; un don que va más allá de todo lo que el hombre pueda pensar o desear; un don que supera infinitamente cualquier aspiración de felicidad del hombre; un don cuya magnitud y majestuosidad son imposibles de dimensionar en esta vida, pero tampoco siquiera alcanza toda la eternidad para poder entenderlo y apreciarlo en su infinita grandeza, y es el don de la filiación divina. El hecho de ser adoptados como hijos por parte de Dios Padre, el hecho de ser convertidos en hijos adoptivos de Dios, recibiendo la misma filiación divina con la cual Jesús es Dios Hijo desde la eternidad, es un don que supera infinitamente cualquier don que el hombre pueda recibir de parte de Dios.
Frente al don de la filiación divina, los milagros como la curación de enfermedades –aún cuando estas sean graves-, y las liberaciones de las presencias malignas, como las posesiones –aún cuando las posesiones provocan sufrimientos de todo tipo-, son milagros de poca monta, o prodigios menores, encaminados a preparar el alma para recibir al don imposible de ser apreciado, el don de ser hijos de Dios.
“Jesús curó enfermos y expulsó demonios”. Muchos creen que la acción principal de Jesús es la sanación física –la curación de enfermedades- y la sanación espiritual –la liberación de la presencia demoníaca-, pero esto no es sino el prolegómeno del don de su Corazón Misericordioso, ser hijos adoptivos de Dios Padre, don mediante el cual podemos amara a Dios Padre con su mismo Amor de Dios Hijo, el Espíritu Santo, en el tiempo y en la eternidad.

lunes, 14 de enero de 2013

Cállate y sal de este hombre



“Cállate y sal de este hombre” (Mc 1, 21-28). Jesús expulsa a un demonio con el solo poder de su Querer. El episodio revela la existencia de los ángeles caídos, a pesar de que la interpretación racionalista y progresista de un cierto sector de la Iglesia se empecine en negar su existencia.
El Evangelio nos demuestra que los demonios no sólo existen, sino que buscan poseer al hombre, como forma de descargar su odio angélico contra Dios. La posesión demoníaca es la forma más extrema de dominio que ejerce el demonio sobre el hombre, y va desde grados más leves, hasta lo que se denomina la “posesión perfecta”, en donde domina incluso hasta la voluntad del hombre, con lo cual el exorcismo es inútil. El objetivo que persigue el demonio con la posesión es arrastrar, literalmente, al hombre, al infierno, para poder descargar su furia homicida en quien es imagen de Dios.
Sin embargo, la posesión corpórea, tal como la describe el pasaje del Evangelio, es rara y poco frecuente, pero eso no quiere decir que el demonio haya desistido en su  tarea de dominar y conducir a los hombres a la perdición eterna. Todo lo contrario, la actividad de las oscuras fuerzas del infierno crece exponencialmente día a día, ejerciendo un dominio mucho más sutil pero más efectivo que la posesión demoníaca, a través de la “satanización” de la cultura.
Se puede considerar que una cultura determinada –de un pueblo, de una nación, o incluso de una civilización entera- está “satanizada”, cuando esa cultura asume acríticamente los principios del satanismo, y los aplica en todos los niveles de producción cultural. Se puede tener una idea de la dimensión y grado de satanización de la cultura, cuando se advierte que el primer mandamiento de la Iglesia satánica –creada por Anton Szandor La Vey el 30 de abril de 1966- es “Haz lo que quieras”, y que los principios guías del satanismo consisten esencialmente en exaltar las pasiones carnales del hombre. La aplicación de estos dos parámetros a nuestra civilización, permite darse una idea de por qué no se ven tantos casos de posesión física: la razón es que la casi totalidad de la producción cultural de la civilización moderna, ha asumido el mandamiento de la Iglesia de Satanás y los principios del satanismo, motivo por el cual al demonio no le es necesaria la posesión para lograr sus fines inmediato, la iniciación luciferina planetaria, y mediato, la condenación eterna de la mayor cantidad posible de almas.
Por lo tanto, lejos de no existir, como lo postula la teología progresista, el demonio está más activo que nunca, pero esa actividad se paraliza y reduce a cero cuando una cultura, un alma, un corazón, tienen por Rey a Cristo crucificado, muerto y resucitado, Vencedor Invicto del pecado, de la muerte y del infierno.

domingo, 13 de enero de 2013

Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres



“Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres” (Mc 1, 14-20). Jesús va caminando por la orilla del mar de Galilea, y llama primero a los hermanos Andrés y Simón, y luego a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo. Lo sorprendente en el episodio, es la respuesta de los dos grupos de hermanos a su llamado: es inmediata y sin dilaciones: dejan “inmediatamente” lo que están haciendo, en el caso de Andrés y Simón, y dejan “a su padre”, en el caso de Santiago y Juan, para seguir a Jesús.
¿Qué es lo que motiva una respuesta tan contundente y veloz? La pregunta surge desde el momento en que no es natural que hombres experimentados en su trabajo –en este caso, pescadores-, dejen “inmediatamente” aquello que significa el sustento diario tanto para ellos como para sus familias, como tampoco es natural que dejen a sus familias, en este caso, al padre, como Santiago y Juan. Mucho menos lo es, si se considera que abandonan todo para seguir a un extraño -aun cuando se trate de un líder religioso que es conocido por su prédica y por sus milagros- que promete un trabajo que no se sabe en qué consiste –“los haré pescadores de hombres”-, todo lo cual significa hipotecar el futuro en pos de una aventura que no se sabe dónde termina.
Todas estas consideraciones no existen, o encuentran su explicación, cuando se mira la situación con los ojos de Jesús: los hermanos Andrés y Simón, y Santiago y Juan, no siguen a un extraño, ni a un líder religioso más entre tantos otros: se trata de Jesús, el Hombre-Dios, el Mesías, el Salvador de la humanidad, que los llama no para darles un trabajo desconocido, sino para anunciar a los hombres que la salvación ha llegado, y con ella un destino inimaginado, un destino de feliz eternidad en la comunión de vida y amor con la Trinidad. El llamado de Jesús supera infinitamente todo lo que el hombre pueda pensar, desear, o imaginar, porque llama a dejar este mundo y sus ocupaciones terrenas, para prepararnos para el ingreso en la eternidad.
“Síganme y Yo los haré pescadores de hombres”. El llamado de Cristo a los discípulos se repite para todo bautizado, porque  todo bautizado se convierte, según su estado de vida, en pescador de hombres, y así como los discípulos lo dejaron todo para seguir a Cristo en pos de la vida eterna, así el cristiano debe vivir su vida cotidiana con esa misma disposición, con la disposición de dejar todo lo terreno y mundano, para entrar en la vida eterna.
En este sentido, la comunión eucarística es un anticipo en el tiempo de este paso a la eternidad, por cuanto el alma recibe a Cristo, Dios eterno, que comunica de su vida divina y eterna en el Pan Vivo bajado del cielo.  
“Síganme y Yo los haré pescadores de hombres”. Cristo, Dios eterno, no pasa caminando junto a nosotros como hizo con los discípulos en el mar de Galilea, sino que baja desde el cielo a la Eucaristía, para donarnos en anticipo su vida eterna, la vida a la que estamos llamados desde el bautismo. Para que transmitamos este mensaje al mundo, es que Cristo nos hace pescadores de hombres en su Iglesia.