viernes, 1 de mayo de 2015

“Yo Soy la Vid, ustedes los sarmientos”


(Domingo V - TP - Ciclo B – 2015)

“Yo Soy la Vid, ustedes los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Con la imagen de una vid, de la cual brotan los sarmientos, Jesús grafica la relación ontológica y el flujo vital que se establece entre Él, el Hombre-Dios, y nosotros, los cristianos, es decir, los que hemos sido incorporados a Él, por medio del bautismo sacramental. Jesús utiliza la figura de la vid, de la cual brotan los sarmientos, para darnos una idea acerca de la naturaleza de la vida nueva que adquirimos como cristianos a partir del bautismo sacramental: así como el sarmiento recibe de la vid el flujo vital de la savia, que lo vivifica y le permite dar el fruto que es la uva, así el cristiano, incorporado a Cristo por el bautismo sacramental, recibe, a partir del bautismo, la vida nueva que le proporcionan la fe y la gracia santificante, que le permite dar frutos de santidad. El cristiano queda así comparado a un sarmiento que es injertado a una vid –el cristiano es un sarmiento silvestre o heterólogo, mientras que el hebreo es el sarmiento natural u homólogo, propio de la Vid, que es Cristo, hebreo de raza-: de la misma manera a como el sarmiento, al ser injertado, comienza a recibir el nutriente que es la savia y esta savia es la que le permite dar el fruto de la uva, así el cristiano, incorporado a Cristo por el sacramento del bautismo, comienza a recibir, por la fe y por la gracia, el flujo de vida divina, que le permite –al menos lo capacita para- obrar de manera tal que se convierte en una prolongación del mismo Jesucristo. En otras palabras, el sarmiento silvestre injertado en la vid, o el cristiano incorporado a Cristo, se vuelve capaz de obrar con la bondad, la caridad, la paciencia, el amor misericordioso, del mismo Cristo en Persona, y eso es lo que llamamos “frutos de santidad”.
Esto es posible debido a la unión hipostática, es decir, a la unión en la Persona Segunda de la Trinidad, de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth; por esta unión, todos los que se unen a su Cuerpo Místico por medio del bautismo, reciben de Él la gracia santificante, por medio de la cual participan de la vida misma del Ser trinitario divino. Es esta vida nueva, recibida del Ser mismo de Dios Uno y Trino -vida absolutamente nueva y divina, que recibe el cristiano como principio vital de su alma, a partir del momento en que es bautizado-, lo que Jesús grafica con la imagen de la vid y los sarmientos: así como los sarmientos, unidos a la vid, reciben de esta el nutriente que los mantiene con vida y los hace dar fruto, así los cristianos, unidos a Cristo Jesús -el Hombre-Dios y Dios Hijo en Persona encarnado en una naturaleza humana-, por el bautismo, por la fe y por la gracia, reciben de Él la savia vital de la vida divina, que los hace vivir con la vida misma de Dios Uno y Trino y los hace dar –o al menos, los debería hacer dar- frutos de santidad, frutos de vida eterna.
Pero si en un sentido positivo, la unión con Cristo, obtenida en el bautismo sacramental y fortalecida por la fe y por la gracia santificante, redunda en la concesión, de parte del mismo Jesucristo, de su misma vida divina, vida que es la vida misma de Dios Uno y Trino, de manera tal que el cristiano “ya no vive él, sino que es Cristo quien vive en él” (cfr. Gál 2, 20), en sentido opuesto también es verdadero, porque quien se aparta voluntaria y libremente de la Vid verdadera deja de recibir el flujo de vida divina y perece en la vida espiritual. En otras palabras, así como el sarmiento que se separa de la vid, al dejar de recibir la savia, se seca y muere y ya no puede dar fruto, así el cristiano que debido al pecado mortal libremente cometido deja de recibir la gracia divina que le venía de la Vid verdadera, al verse privado de la vida divina se marchita en su vida espiritual, al quedar separado de la comunión de vida y amor con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Este estado espiritual de pecado y de consecuente separación de Jesús Vid verdadera, es graficado por Jesús con la imagen de un sarmiento seco que debe ser cortado y separado de la vid para ser arrojado al fuego y quemado porque no sirve para otra cosa: “El que no permanece en Mí es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde”.
Ahora bien, lo que hay que advertir en la imagen de la vid y los sarmientos, es que el hecho de que el sarmiento dé frutos de santidad o bien se seque y sea arrojado y quemado al fuego porque no sirve para otra cosa, no depende sino, pura y exclusivamente, de la libertad de cada uno en particular. Es decir, si bien el hecho de ser incorporados a la Vid verdadera que es Cristo no depende de nosotros -desde el momento en que el bautismo sacramental no fue una elección libre, ya que fue una decisión tomada por nuestros padres y, en última instancia, fue un deseo de Dios, que quiso que fuésemos injertados en la Vid que es Cristo-, el hecho de dar frutos de santidad –paciencia, caridad, misericordia, bondad-, o el no dar frutos y quedar “secos, para ser arrojados al fuego”, depende de nuestra entera libertad, porque lo que hace circular la savia vital, la vida nueva en nosotros, es la fe y la fe se demuestra por obras (cfr. St 2, 18). Si un cristiano no obra de acuerdo a su fe, es un cristiano muerto a la vida de la gracia y es como un sarmiento seco; esto quiere decir que el ser apartado de la vida de la gracia, no se puede atribuir a Dios, sino a la libre determinación de cada uno, que eligió no obrar según la fe. Ser un sarmiento seco, ser un cristiano sin obras, no depende de Dios, sino de nuestra propia libertad, de nuestra propia libre determinación. Cuando Jesús dice: “El que no permanece en Mí es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde”, no quiere decir que es Él quien lo está separando de la Vid, sino que es ese mismo cristiano quien se separa a sí mismo, con sus malas obras, o con su falta de obras buenas, de la Vid verdadera, que es Cristo.
“Yo Soy la Vid, ustedes los sarmientos, mi Padre es el Viñador”. Solo quien permanece unido a Cristo, Vid verdadera, puede dar frutos de obras; sin embargo, tampoco basta con simplemente “dar frutos”, es decir, tampoco basta con ser un cristiano mediocre, porque Jesús dice que el “viñador” que prueba las uvas de la vid, es “su Padre”: “mi Padre es el viñador”. Esto quiere decir que Dios Padre es quien prueba los frutos de los sarmientos que están unidos a la Vid verdadera, Jesucristo; es Dios Padre el Viñador que recorre la Vid, probando los granos de uva, nuestras obras, nuestros actos, nuestros pensamientos, los frutos de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestras manos, y es Dios Padre quien prueba el sabor de esas uvas, y su paladar es un paladar exquisito, que no puede ser engañado de ninguna manera. Dios Padre, el Viñador, saborea las uvas, es decir, los frutos que damos nosotros, los sarmientos unidos a la Vid que es Cristo, y Él sabe si esas uvas son agrias o si son dulces; Dios Padre, el Viñador, sabe si nosotros, sarmientos de Cristo, damos frutos agrios, uvas agrias, y esto sucede cuando somos cristianos impacientes, rencorosos, vengativos, perezosos, incapaces de sufrir por nuestros hermanos y mucho menos, incapaces de sufrir y de amar a nuestros enemigos. No debemos creer que nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestros actos, pasan desapercibidos al Padre; Él es el Viñador, que prueba y saborea los frutos que damos nosotros, los sarmientos, injertados en la Vid, que es Cristo, y si no queremos ser cortados y separados de la Vid, como sarmientos que no dan fruto o que dan frutos agrios, esforcémonos por dar frutos de amor misericordioso, sabiendo que es Él quien prueba el dulzor o la amargura de nuestros corazones. Dios Padre, el Viñador, tiene un paladar excelente, y sabe también si los frutos que damos nosotros, los sarmientos unidos a Cristo, Vid verdadera, son frutos de verdadera santidad, es decir, si somos cristianos misericordiosos, pacientes, caritativos, capaces de amar a todos, incluidos y en primer lugar, a nuestros enemigos.
“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos, sin Mí nada podéis hacer”. Jesús en la cruz es la Vid verdadera que es triturada en la vendimia de la Pasión y que da el fruto exquisito del Vino de la Alianza Nueva y Eterna, su Sangre Preciosísima, derramada en el Cáliz de la Santa Misa, ofrecida por la Santa Madre Iglesia para la salvación del mundo. Jesús es la Vid en la Eucaristía, y la savia que da vida a los sarmientos a Él adheridos es su Sangre Preciosísima, que brota de sus heridas abiertas y esos sarmientos así adheridos a la Vid verdadera que es Cristo crucificado, y que reciben de Él la savia vital que es su Sangre Preciosísima, al alimentarse de su Sangre y de su Carne en la Eucaristía, son los que luego deberíamos dar frutos de santidad y de vida eterna, son los que deberíamos dar frutos de bondad, de caridad, de paciencia, de misericordia, de amor sobrenatural al prójimo y a Dios.


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