viernes, 12 de agosto de 2016

“Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”


“Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (cfr. Mt 19, 3-12). Jesús deroga el divorcia que había sido autorizado por Moisés “a causa de la dureza de los corazones”, recordando al mismo tiempo que el plan original de Dios era la unión del varón y de la mujer “en una sola carne”. Así, queda establecido el fundamento natural del matrimonio monogámico –la monogamia se deriva de la misma naturaleza humana, creada por Dios, y no de una ley positiva- y será la Iglesia la que luego, por mandato divino, elevará al matrimonio natural a la categoría de sacramento, lo cual hace que la unión monogámica entre el varón y la mujer adquiera un doble fundamento de solidez, natural y sobrenatural. Jesús puede hacer esto –derogar el divorcio concedido por Moisés, restablecer el diseño original monogámico y, por último, divinizarlo por la gracia santificante del sacramento del matrimonio- desde el momento en que Él es no solo el Creador del varón y la mujer, sino también el Divino Legislador, es decir, es Quien establece las leyes, tanto naturales como sobrenaturales, que regulan la unión esponsal en la raza humana.

Esto es importante considerar y tener en cuenta puesto que las características esenciales del matrimonio –unidad, indisolubilidad, fecundidad, se explican por argumentos derivados de la naturaleza humana, pero también y ante todo, se explican por el argumento sobrenatural, esto es, por estar el matrimonio del varón y la mujer injertados, por el sacramento, en un matrimonio místico, celestial, sobrenatural, anterior a todo matrimonio humano, el matrimonio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. De esto se deduce que, atentar contra las características esenciales del matrimonio –y de la familia que de él se deriva- es atentar no sólo contra el orden natural establecido por Dios, sino también contra la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia: el adulterio humano, si fuera consentido, equivaldría a convalidar un “adulterio espiritual” –si cabe la expresión- en el que un cristo falso habitaría en la Iglesia verdadera, o una iglesia falsa alojaría en su seno al verdadero Cristo, Presente en Persona, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía, o una iglesia falsa adoptaría y pondría, al nivel del Cristo Esposo, a meros ídolos paganos. Como también podemos deducir, no se puede aceptar, de ninguna manera, ni el adulterio humano, ni el adulterio espiritual de un falso ecumenismo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario