domingo, 7 de febrero de 2021

“Si quieres, puedes curarme”


 

(Domingo VI - TO - Ciclo B – 2021)

         “Si quieres, puedes curarme” (Mc 1, 40-45). Jesús cura a un leproso. ¿Qué nos enseña este milagro? Ante todo, nos enseña que Jesús es, más que un hombre santo o un profeta a quien Dios acompaña con sus obras, el mismo Dios en Persona, que se ha encarnado en una naturaleza humana: es decir, nos enseña que Jesús es Dios Hijo en Persona, porque sólo Dios puede realizar un milagro de curación física como el relatado en el Evangelio. Por otro lado, nos enseña que, además de curar la lepra, Jesús puede perdonar los pecados, porque la lepra es figura del pecado: así como la lepra destruye el cuerpo, deformándolo e incluso puede hasta quitarle la vida, así el pecado destruye al alma, llegando a quitarle la vida de la gracia cuando se trata de un pecado mortal. Al curar la lepra del cuerpo, Jesús está prefigurando la cura del alma, afectada por la lepra espiritual que es el pecado. Lo que podemos ver entonces es la condición de Jesús como Dios que es Médico del cuerpo y del alma, porque cura la enfermedad corporal, la lepra y además cura la enfermedad del alma, el pecado, la lepra espiritual. Por lo tanto, también podemos ver en este milagro una prefiguración del Sacramento de la Penitencia o Reconciliación, porque en este sacramento es Cristo en Persona quien, a través del sacerdote ministerial, por la acción de su gracia, quita el pecado del alma cuando el penitente confiesa su pecado. La curación del leproso por parte de Jesús debe remitirnos a la figura del penitente que, afligido por la lepra espiritual que es el pecado, acude al Sacramento de la Penitencia para recibir su sanación espiritual por medio de la acción de la gracia.

         Otro elemento importante que debemos contemplar en este milagro es la fe del leproso y la interacción con Jesús. En cuanto a la fe, el leproso tiene fe en Jesús, pero no como un hombre santo, sino como Dios omnipotente, que tiene en cuanto tal el poder de curar su alma. El leproso acude a Jesús con fe en su omnipotencia y tiene fe en Jesús ya sea porque lo ha visto hacer milagros similares, o porque ha escuchado hablar de Él; en todo caso, lo que importa es que su fe en Jesús es una fe verdaderamente católica, en el sentido de que cree en Jesús no al modo protestante o evangelista –para ellos Jesús es solo un hombre; un hombre santo, pero hombre al fin y al cabo-, sino al modo católico, esto es, cree en Jesús como Dios Hijo encarnado, como Segunda Persona de la Trinidad encarnada en una naturaleza humana. Otro aspecto es la interacción o interrelación entre el leproso y Jesús: el leproso no le pide directamente la curación, sino que le dice: “Si quieres” curarme, cúrame, lo cual demuestra la perfección de su fe, porque no quiere la salud a toda costa, sino que quiere lo que Jesús quiere, es decir, si Jesús quiere curarlo, él se curará; si Jesús no quiere curarlo, él no se curará. La fe del leproso es ejemplar, porque imita al mismo Jesús que, en el Huerto de los Olivos, no pide a Dios que le quite el cáliz amargo de la Pasión, sino que le pide que se haga su voluntad: “Padre, si quieres, aparta de Mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Es decir, el leproso, sin saberlo, imita a Jesús y participa de su perfecta oblación al Padre, al someterse a la voluntad divina y no al propio querer. Por eso es que el leproso dice: “Si quieres”: deja a Dios que obre según su voluntad, deja que Dios obre en él según su querer, curándolo o no curándolo. El leproso no impone su voluntad a Dios, sino que le pide a Dios que Él cumpla su voluntad en él. La respuesta de Jesús –“Sí, quiero curarte”- es acorde a su infinita misericordia y por eso lo cura inmediatamente, premiando con la salud corporal la fe perfecta del leproso.

         “Si quieres, puedes curarme”. Además de adorar a Dios y darle gracias por su infinita misericordia demostrada en su Hijo Jesucristo, que nos cura la lepra espiritual del pecado por medio del sacramento de la Penitencia, pidamos la gracia de imitar la fe perfecta del leproso para no imponer a Dios nuestra voluntad, sino para pedirle a Dios que “no se haga nuestra voluntad, sino la suya”, porque la voluntad de Dios es infinitamente sabia, perfecta y misericordiosa.

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