jueves, 27 de enero de 2011

No se enciende una lámpara para ocultarla


“No se enciende una lámpara para ocultarla” (cfr. Mc 4, 21-25). Jesús usa la figura de una lámpara que se enciende: si alguien lo hace, no es para ocultar su luz, sino para que alumbre con ella las tinieblas.

La figura tiene un significado simbólico: la lámpara es el hombre, el aceite con el que se nutre la mecha de la lámpara, son las buenas obras hechas en gracia de Dios, la luz con la que se enciende, es la gracia divina, la oscuridad que debe alumbrar cuando está encendida, es el mundo.

Es Dios Padre quien enciende al alma con la llama del amor y de la fe, comunicadas en el momento del bautismo, convirtiendo de esta manera a cada alma en una prolongación de Jesús, Luz eterna procedente del seno del Padre.

Y si Dios Padre enciende un alma de esta manera, es para que esa alma ilumine un mundo que, sin esa luz eterna, se encuentra en tinieblas, en densas y profundas tinieblas. Dios Padre enciende al alma, no para que se oculte, sino para que alumbre, pero sucede que el hombre debe cooperar, libremente, con toda la disposición libre de su libre albedrío, al querer divino, es decir, el hombre debe alimentar esa luz con obras buenas, así como el aceite alimenta la llama de una lámpara que ya está encendida.

Si el hombre no aporta el aceite de las obras buenas, la lámpara termina por apagarse, con lo cual las tinieblas triunfan.

Es eso lo que hoy está sucediendo con los fieles católicos de todo el mundo, que apostatan, reniegan, y abandonan en masa su Iglesia, y los que no lo hacen, se debaten en un estado de adormecimiento y de tibieza tal, que las tinieblas han llegado a invadir a la misma Iglesia, como lo dijo el Papa Pablo VI: “El humo de Satanás se ha infiltrado en la Iglesia”.

Es la luz del Amor de Dios, manifestado en Cristo, la que debería resplandecer en los corazones de los hombres, pero en cambio es el humo denso y oscuro del demonio el que, infiltrado en la misma Iglesia, oscurece y cubre de tinieblas a la Iglesia y al mundo.

Muchos, muchísimos cristianos, han dejado apagar la luz que Dios encendió en sus almas, porque no aportan el aceite de las buenas obras, y por eso las tinieblas han invadido la tierra y las almas, como nunca antes en toda la historia de la humanidad.

Sólo una intervención maternal y extraordinaria de María Santísima, encendiendo en los corazones su Llama de Amor viva, puede reavivar el fuego y la luz que yace opacado en el fondo de los corazones de los cristianos.

domingo, 23 de enero de 2011

El pecado contra el Espíritu Santo no será perdonado


“El que blasfeme contra el Espíritu Santo jamás será perdonado” (cfr. Mc 3, 22-30). Los fariseos acusan a Jesús de estar endemoniado, y de arrojar los demonios con el poder de Belcebú. Además de ser un absurdo irracional, tal como Jesús se los hace notar –en efecto, es como si un ejército luchara contra sí mismo-, acusar a Jesús de endemoniado, o de obrar con el poder del demonio, es una falta gravísima contra Dios, la cual no será perdonada ni en este mundo ni en el otro.

El motivo es que la blasfemia es un insulto[1] de carácter muy particular, puesto que se dirige a Dios, ofendiéndolo en su santidad y en su majestad. Es lo opuesto a la adoración y a la alabanza, que el hombre debe a Dios, y es el signo máximo de la impiedad humana.

Los fariseos acusan a Jesús de estar endemoniado, y cometen el pecado mortal de la blasfemia, puesto que Jesús es Dios Hijo encarnado, es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y es una blasfemia, un insulto gravísimo, atribuirle a Dios un poder demoníaco. Siendo Dios la Bondad en sí misma, y siendo Él la misericordia infinita, no hay en Él sombra de maldad, y por eso es un insulto imperdonable atribuirle, con plena conciencia, maldad a Él.

Pero los fariseos no son los únicos que blasfeman contra Dios. Se puede decir que hoy, en todas las manifestaciones del pensamiento y de la cultura del hombre, se blasfema contra Dios: se blasfema contra Dios cuando, el Domingo, el Día del Señor, dedicado al culto público de su Nombre, los hombres se dedican al paseo, al fútbol, a la diversión; se blasfema contra el Nombre de Dios cada vez que se mata a un inocente, por aborto o por eugenesia, o cuando se practica la eutanasia, o cuando parlamentos enteros votan a favor de leyes inicuas, o cuando naciones enteras reniegan de su tradición y de su legado cristiano; se blasfema contra el Nombre de Dios cuando hay violencia, mentira, robo, engaño, todas obras de la oscuridad, que ofenden a la santidad divina; se blasfema contra el Nombre de Dios cuando las familias se postran en adoración idolátrica frente al televisor, haciendo de este aparato el centro familiar, cuando el centro deberían ser el crucifijo y la Virgen María; se blasfema contra el Nombre de Dios cuando los jóvenes, alentados por la indiferencia de los padres, que ni los acompañan ni los incentivan para que asistan a Misa los domingos, abandonan la Iglesia en forma masiva, y se vuelcan al desenfreno, a la lujuria, a la droga, al alcohol; se blasfema el Nombre de Dios cuando ídolos demoníacos, como el Gauchito Gil o la Difunta Correa, reciben la atención, las oraciones y la adoración idolátrica de cientos de miles de católicos apóstatas, verdaderos muertos vivientes, como sucedió en la última peregrinación al “santo” pagano; se blasfema el Nombre de Dios cuando se consiente a las dudas contra la fe, y se abandona su Iglesia, para engrosar los templos de las sectas, de las falsas religiones, y de las sectas diabólicas. Se blasfema contra el Nombre de Dios cuando los matrimonios se rompen, cuando los padres abandonan a sus hijos, cuando los hijos insultan y agraden a sus padres, cuando los hermanos viven en la discordia.

Ante tanta blasfemia, el alma del cristiano, conmovida, debe reparar, adorando a Cristo Dios en la Eucaristía, repitiendo las palabras de la oración que el ángel enseñó a los pastorcitos en Fátima: “Dios mío, yo creo, espero, Te adoro y Te amo; Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni Te adoran, ni Te aman”.


[1] Cfr. X.-León Duffour, Vocabulario de Teología Bíblica, Editorial Herder, Barcelona , voz “blasfemia”, 134ss.

viernes, 21 de enero de 2011

Adoremos a Cristo en la Eucaristía, y con su luz iluminemos este mundo de tinieblas


“Seguidme y os hará pescadores de hombres” (cfr. Mt 4, 12-23). Jesús, predicando en Galilea, camina por la playa y encuentra a unos pescadores que se encuentran trabajando en su oficio: “limpiando redes”, dice el evangelio. Se detiene, mira a Pedro y a su hermano Andrés, y los llama para que sean “pescadores de hombres”. Ellos abandonan las redes y su oficio, y lo siguen. Más adelante, encuentra a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, también ellos pescadores, los llama para que sean sus discípulos y ellos, “dejando la barca y a su padre”, lo siguieron.

Podría parecer que, en esta escena, todo surge al acaso: a medida que Jesús camina por la playa del lago, se encuentra con unos pescadores, y como son los primeros a los que ve, los llama a ellos. Podría pensarse que simplemente fue una casualidad el hecho de que Jesús haya elegido a pescadores para que ocupen el puesto de Papa y de Apóstoles: así como eligió a unos pescadores, podría haber elegido a cualquier persona que ejerciese cualquier otro oficio: carpinteros, obreros, agricultores, etc., pero como caminaba por la playa, y era lógico que se encontrara pescadores, eligió a los pescadores.

Pero nada hay al acaso en la mente divina, porque Dios no obra al azar. En la mente de Cristo Dios, la Iglesia pre-existe desde la eternidad, y es para prefigurar a esa Iglesia suya, pre-existente en su mente eterna, y a su obra de salvación de las almas, que se concretará en el tiempo, cuando Él esté en la tierra, que Jesús elige a unos pescadores.

Cada elemento del episodio de la elección de Pedro tiene un significado sobrenatural: la barca de Pedro es la Iglesia; Pedro, el pescador, es el Papa; el mar de Galilea, es el mundo y la historia humana; los peces, son las almas de los hombres de todos los tiempos; la red, con la cual se atrapan los peces, es Cristo con su gracia; los peces subidos a la barca luego de la pesca, son los hombres rescatados del mundo y del pecado por la acción de los sacramentos de la Iglesia; al final de la pesca, los peces en buen estado, son las almas que ingresan en la eterna bienaventuranza, y los peces en mal estado, los que se desechan, son las almas que voluntariamente renuncian a entrar en el Reino de los cielos, porque voluntariamente renuncian de Jesucristo.

La elección de los pescadores, entonces, no es al acaso, porque está destinada a constituir a la Iglesia que, como misteriosa barca que surca el mar de los tiempos, habrá de rescatar a los hombres que navegan en las aguas del mundo, para conducirlas a la comunión de vida y amor, en la eternidad, con las Tres Personas de la Trinidad.

Tampoco es al acaso, ni es casualidad, que el llamado y la elección que Jesús hace de Pedro y sus discípulos sea en Galilea: es el cumplimiento de una profecía mesiánica, anunciada por Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de muerte, se levantó una luz”.

Esta enigmática profecía de Isaías tiene su explicación, y está directamente relacionada con este evangelio: Isaías, refiriéndose a la tierra de Galilea, dice que es un pueblo que “habita en tinieblas” y en “oscuras regiones de muerte” (Is 9, 1ss).

Para los israelitas, los habitantes de Galilea caminaban en tinieblas, porque estaban lejos de Jerusalén del Templo de Salomón, en donde se rendía culto al Dios Único y Verdadero, y porque además eran ignorantes de la religión y de sus obligaciones. Vivían en tinieblas, porque eran comparados a los paganos, que al no ser alumbrados por la luz de Dios, viven en tinieblas.

Pero la profecía de Isaías se refiere principalmente a una realidad espiritual: las tinieblas en las que vive el pueblo, son las tinieblas del pecado, del error y de la ignorancia, y el pueblo, representado en la región de Galilea, es toda la humanidad: toda la humanidad, desde Adán y Eva, vive sumergida en la oscuridad del pecado, porque se ha alejado de Dios, Luz eterna, y fuera de Dios, única fuente de luz divina, sólo hay oscuridad y tinieblas. Y como Dios es también la Vida en sí misma, y el Creador de toda vida, la humanidad, al alejarse de Dios, habita en tinieblas que son “sombras de muerte”: alejados de la Fuente de Vida que es Dios, los hombres, todos los hombres de todos los tiempos, y no sólo los habitantes de Galilea, viven en tinieblas de muerte.

El desenlace de esta situación, y la conexión con el evangelio de la elección de Pedro y sus discípulos, se ve cuando Isaías dice que sobre este pueblo, se eleva “una gran luz”, y que este pueblo “vio” esa luz: la luz que ve el pueblo, es decir, la humanidad, no es el astro sol, el que todos los días sale en el horizonte: la “luz” que la humanidad “ve” es Cristo, luz eterna de Dios, una luz que, a la vez, es vida, y vida eterna: “Yo Soy el Pan de Vida”.

Cristo dice de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo (Jn 8, 12)”, y Juan en su evangelio también lo dice: “El Verbo era Dios (…) era la luz de los hombres” (cfr. Jn 1, 1ss); Cristo dice de sí mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6-9), y también Juan en su evangelio lo dice: “El Verbo era Dios (…) era la luz de los hombres (…) era la vida de los hombres”. “Dios es luz” (cfr. 1 Jn 1, 5), y Cristo es el icono, la imagen de Dios (cfr. 2 Cor 4, 4), y por lo tanto, Él es Dios, que es luz eterna, y es el resplandor de la gloria del Padre, y su luz es vida y fuente de vida eterna para quien lo recibe en la Eucaristía con un corazón contrito y humillado. La humanidad visible de Cristo es el icono de la su divinidad invisible: es lo “visible de lo invisible”[1]; quien ve a Cristo, ve a Dios, quien contempla la Eucaristía, contempla, bajo el velo sacramental, a Cristo Dios, luz eterna.

Es por eso que quienes reciben a Cristo, son iluminados por su gracia, y con su gracia les es comunicada su vida, y quienes lo rechazan –lo rechazan las tinieblas-, permanecen en “tinieblas y en sombras de muerte”, lejos de la luz de Dios manifestada y comunicada por Cristo.

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz”. Hoy, igual que en los tiempos de Isaías, y mucho más aún, la humanidad vive en tinieblas mucho más densas, mucho más oscuras, mucho más peligrosas, porque en tiempos de Isaías, todavía no había llegado el Mesías, y los pueblos no conocían la luz de Dios; hoy, en cambio, el Mesías, que ya vino por primera vez en Belén, y murió en cruz y resucitó, es rechazado, una y otra vez, y no sólo es rechazado, sino que el Adversario de la humanidad, el demonio, es preferido a Cristo, haciendo realidad las palabras del evangelista Juan: “El Verbo era Dios (…) era la luz de los hombres (…) la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (cfr. Jn 3, 19).

Hoy los hombres han construido un mundo de tinieblas, porque han expulsado hasta el Nombre de Dios de todas las manifestaciones del hombre pero sobre todo ha sido arrojado del corazón del hombre: hoy el Dios de la vida no es tenido en cuenta para formular leyes, y por eso el hombre construye, con el aborto, la eutanasia, la eugenesia, la cultura de la muerte; los niños y los jóvenes, alentados por la indiferencia de sus padres, huyen de la Iglesia y de Jesús, como si fuera un malhechor, y enceguecidos por las luces engañosas del mundo, dejan de lado todo pudor, toda norma moral, todo valor, hundiéndose en el abismo de la lujuria, de las drogas, del alcohol, del sexo; las familias enteras, llamadas a ser “Iglesia doméstica”, en donde se aprenda a amar a Dios y al prójimo, son convertidas en campos de concentración masivos, dominados por la tecnología, por la televisión, por la red, y engañados por los medios de comunicación, se olvidan del amor a Dios y al prójimo; olvidado de Dios, el hombre navega en la más profunda tiniebla, y así deja que el prójimo pase hambre, frío, y todo tipo de necesidad, sin importarle en lo más mínimo, porque cuando no hay amor a Dios, el amor al prójimo desaparece; la humanidad vive en tinieblas, buscando la felicidad en aquello que sólo le causa tristeza y pesar en esta vida, y dolor eterno en la otra: las drogas, la lujuria, el dinero, el poder.

Los hombres han enterrado los Mandamientos de Dios, para poder vivir amando las tinieblas, y así no sentir remordimiento. Incluso hasta en la misma Iglesia ha entrado la espesa niebla de Satanás, puesto que no se respeta al Santísimo Sacramento del altar, se comulga en pecado mortal, sin importar el sacrilegio, las criaturas se presentan ante Cristo Eucaristía vestidas indignamente, no se respeta a la Madre de Dios, ni se acude a Ella, ni se le reza; abundan los lobos vestidos de cordero, dentro y fuera de la Iglesia, y fuera de la Iglesia las sectas y los cultos demoníacos como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, crecen cada vez más, a causa de los católicos que en masa abandonan, apostatando, a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Católica, dejando los templos vacíos, por falta de fieles, y también por falta de sacerdotes.

El espíritu del anticristo sopla a sus anchas entre los hombres que caminan como muertos en medio de una sociedad anticristiana y antihumana.

Es necesario mirar en el interior de cada uno, para notar cómo disfrazamos nuestras almas cuando acudimos al Templo, y con cuánta necedad nos acercamos a Jesús, sin arrepentimiento, sin deseos de cambiar el corazón, con vanagloria y soberbia, sin darnos cuenta de que a Dios nadie lo engaña, sino que somos nosotros quienes nos engañamos a nosotros mismos.

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz”. Para nosotros, que vivimos en las tinieblas de muerte de un mundo sin Dios y anticristiano, también brilla una gran luz, una luz desconocida, sobrenatural, venida del cielo, que sólo puede ser percibida con la luz de la fe, con la pureza y la inocencia que da la gracia de Cristo, y es la luz que brota de la Eucaristía. Es la Eucaristía la gran luz concedida por la Misericordia Divina, para que nos alumbremos en estos días y en los que vienen, cuando la oscuridad será cada vez más densa.

Adoremos a Cristo en la Eucaristía, y con su luz iluminemos este mundo de tinieblas.


[1] Dionisio el Areopagita, cit. Evdokimov, P., El arte del icono. Teología de la belleza, Publicaciones Claretianas, Madrid 1991, 185.

martes, 18 de enero de 2011

Los demonios se postraban y decían: "Tú eres el Hijo de Dios"


“Los demonios se postraban y decían”: “Tú eres el Hijo de Dios” (cfr. Mc 3, 7-12). Durante su recorrido predicando la Buena Nueva, Jesús cura a muchos enfermos, los cuales llegan a arrojarse encima de Jesús, para ser curados. Debido a que también realiza exorcismos, los demonios son echados de los cuerpos a los que infectaban, y cuando lo veían, dice el Evangelio, “se postraban delante de Él diciendo: “Tú eres el Hijo de Dios””.

En esta ocasión, los que nos dejan una enseñanza son los demonios, puesto que ellos reconocen en Cristo al Hijo de Dios. No quiere decir que lo conozcan como la Segunda Persona de la Trinidad, porque eso equivaldría a poseer la gracia, y los demonios, por definición, no solo no la poseen, sino que, si Dios les llegara a conceder su gracia, la rechazarían, despreciándola.

El conocimiento que de Jesús tienen los demonios, viene por otro lado, es una especie de deducción que elaboran, luego de verlo realizar sus prodigios. Los demonios ven a Jesús obrar milagros que sólo pueden ser hechos por Dios, porque sólo Dios tiene el poder para hacerlos, como por ejemplo, multiplicar panes y peces, dar la vista a los ciegos, hacer hablar a los mudos, hacer oír a los sordos, curar las distintas dolencias del cuerpo, resucitar muertos, expulsar demonios. En su deducción, los demonios se dan cuenta que, si un hombre dice ser Dios, y hace milagros en primera persona, los cuales sólo pueden ser hechos por Dios, entonces, esa persona, es Dios. Es decir: Jesús dice ser Dios, hace milagros que sólo Dios puede hacer, entonces, es Dios.

Es esta deducción la que lleva a los demonios a reconocer en Cristo Jesús al Hijo de Dios, pero lo que los demonios, con su voluntad y su inteligencia pervertidas pueden hacer, no lo pueden hacer los fariseos, hombres con la voluntad torcida, porque ellos, viendo también los milagros de Jesús, se niegan a reconocerlo y, aún más, atribuyen sus milagros al demonio, lo cual es un pecado contra el Espíritu Santo.

Hoy sucede lo mismo con la Iglesia de Jesucristo: la Iglesia se atribuye ser la única Iglesia Verdadera del Dios Verdadero, y hace un milagro que sólo la Iglesia verdadera del Dios verdadero puede hacer, y es la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, y muchos, viendo este milagro del altar, reniegan de la Iglesia, y se van de ella.

Decenas de miles de niños, jóvenes, adultos y ancianos, abandonan la Iglesia, porque no reconocen en Cristo Eucaristía al Dios de los altares, al Dios encarnado que ha dado su vida por ellos, que continúa donándola cada vez en la Santa Misa; decenas de miles abandonan la Iglesia, porque a pesar de que la Iglesia obra el más grande milagro de todos los milagros, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo resucitado, prefieren los vacíos espectáculos del mundo, a asistir al espectáculo del altar, la representación sacramental del sacrificio en cruz del Cordero de Dios.

“Tú eres el Hijo de Dios”, dice el demonio, luego de ser expulsado de un cuerpo al que infectaba, y mientras lo dice, se postra delante de Jesús. “Tú eres el Hijo de Dios”, debemos decir los cristianos, postrándonos en adoración ante Cristo Eucaristía, creyendo, esperando, adorando y pidiendo perdón por los que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman.

lunes, 17 de enero de 2011

El Hijo del hombre es el Señor del Domingo


“¿Por qué tus discípulos hacen en sábado lo que no está permitido?” (cfr. Mc 2, 23-28). Los fariseos reprochan a Jesús que sus discípulos no respetan el sábado, considerado día de descanso por la ley mosaica (cfr. Éx 20, 10), para permitirles dedicarse al culto público a Dios, y el arrancar espigas, aunque sea para comer, era tomado como una falta legal. No los mueve la recta intención de cumplir la ley, sino el buscar argumentos con los cuales acusar a Jesús, puesto que era práctica de los judíos utilizar la observancia de la ley para imponer cargas insoportables a los demás[1].

Jesús les responde trayendo a colación una violación de la ley cometida nada menos que por el Rey David, quien, sintiéndose con hambre, no dudó en entrar, él con sus súbditos, en el templo, y comer el pan de la proposición, es decir, el pan que sólo podían comer los sacerdotes.

La enseñanza de esta violación de la ley, por parte de David, que justifica la violación del descanso sabático por parte de sus discípulos, es que “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado”, es decir, las disposiciones legales pueden ser dejadas de lado cuando hay en juego un bien superior, como en este caso, la subsistencia del hombre.

Jesús les hace ver que la prescripción de no trabajar en sábado no es una reglamentación absolutamente rígida e inmutable, basada en la naturaleza de las cosas, sino una ordenación positiva, dada en beneficio de los hombres. Lo que los fariseos no pueden comprender, y es lo que Jesús les quiere hacer ver con el ejemplo de David, es que la letra de la ley no debe ser seguida cuando va en contra de las exigencias de la caridad y las necesidades de los hombres[2].

Además, para coronar esta enseñanza, Jesús dice: “por lo tanto, el Hijo del hombre es también señor del sábado”, lo cual significa que Él, que es el “Hijo del hombre”, el Mesías y Señor, tiene autoridad para interpretar o incluso para abrogar el sábado, y de esa manera, Jesús afirma implícitamente su divinidad[3].

Cuando Jesús dice: “El Hijo del hombre es señor del sábado”, está diciendo que Él es Dios y que, en cuanto Dios, es dueño del tiempo, y por lo tanto, es dueño de abrogar el sábado y cambiarlo por otro día, como lo hará efectivamente resucitando el Domingo: al resucitar el día Domingo, Jesús abroga el sábado como día de culto dedicado a Dios, y consagra el Domingo, y así el Domingo es el verdadero “Dies Domini”, o Día del Señor.

Jesús es Dueño del tiempo, es Dueño del Domingo, y el Domingo es su día, es el Día de los días, por el cual la Iglesia toda, y en cierta medida el mundo entero, participan de la Resurrección de Cristo en el sepulcro.

El Domingo, a partir de Cristo, es el día por el cual se participa de la resurrección de Cristo, resurrección por la cual la humanidad entera ve abiertas las puertas del cielo y, más que las puertas del cielo, la humanidad entera ve abierta la posibilidad de entrar en comunión de vida y de amor con las Tres Personas de la Trinidad. El Domingo se convierte así en un día de alegría y de fiesta, pero el Domingo es día de alegría y de fiesta, por la resurrección de Cristo, y porque Cristo nos ha rescatado al precio de su sangre, nos ha concedido la filiación divina, y por su gracia nos hace partícipes de la vida misma de Dios Uno y Trino: esa es la causa de la alegría del Domingo, y no las causas mundanas, como se hace hoy: hoy no se respeta el Día del Señor, se considera al domingo como el día del descanso, del paseo, de las carreras, del fútbol, pero no el día de la resurrección del Señor.

Los cristianos deberían estructurar y organizar el Domingo en torno a la misa y colocarla en el primer lugar de las prioridades; la misa debería ser el centro del Domingo, de la semana, y de la vida toda del cristiano, pero en vez de dedicarse a adorar a su Dios el día Domingo, por medio de la Santa Misa, los cristianos corren tras los ídolos construidos por el hombre, y así pasan el Día del Señor olvidándose de la Resurrección de Cristo, buscando vanamente la felicidad en la diversión, en el descanso, en el paseo, en las compras, en las carreras, en el deporte, en los espectáculos, en el cine, sin darse cuenta de que, olvidándose de Cristo Dios, que ha resucitado el Domingo, toda felicidad buscada y encontrada en el mundo, no es más que “vanidad de vanidades”, que pasa como un soplo, y deja un sabor amargo en el alma.


[1] Cfr. Orchard, B. et al., 497.

[2] Cfr. ibidem, o. c., 498.

[3] Cfr. ibidem.

domingo, 16 de enero de 2011

El Vino Nuevo para las Bodas del Cordero


“A vino nuevo odres nuevos” (cfr. Jn 1, 29, 34). En este evangelio, Jesús se aplica a sí mismo uno de sus nombres, y es el de “esposo”: cuando le preguntan porqué sus discípulos no hacen ayuno, como los de Juan, Jesús les responde que no se puede ayunar cuando se está con el Esposo, porque hay alegría; en cambio, cuando el Esposo les sea quitado, entonces ayunarán. Está anticipando, en lenguaje simbólico, su Pasión: Él, que es el Esposo de la humanidad, será quitado de en medio de los hombres cuando sea crucificado y muerto en la cruz. Entonces, cuando Él muera en la cruz, cuando Él entregue su vida, derramando su sangre hasta la última gota por su Esposa, la Iglesia, entonces sí los amigos del Esposo habrán de hacer ayuno.

Jesús se compara con un esposo humano para graficar la intensidad del Amor divino demostrado a los hombres en la Encarnación: así como un esposo ama a su esposa al punto de ser uno con ella, así Dios se encarna, se une a una naturaleza humana, hasta ser uno con ella, sin mezcla ni confusión, pues unido hipostáticamente, personalmente, a una naturaleza humana, a un cuerpo y a un alma humanos, permanece como es desde la eternidad, Dios Perfectísimo.

Jesús usa al amor esponsal como analogía para graficar la intensidad del amor que Dios tiene por la humanidad, y también por la Iglesia, porque es la Iglesia la que recibe el nombre de “Esposa del Cordero”. Es de este amor esponsal y místico de Cristo por la Iglesia y por la humanidad, de donde se desprenden las características del amor de los esposos terrenos: fiel, único, indisoluble, intenso, tan intenso, que lleva al extremo de la cruz, al extremo de entregar su vida por su Esposa, la Iglesia.

La Esposa de Cristo Esposo es la Iglesia, y es la humanidad, y por lo tanto, es el Esposo de cada alma, y es con cada alma con la cual busca la unión mística y espiritual, por la Encarnación, para donarle, a cada alma, la totalidad de su Amor Esponsal, y ese Amor Esponsal lo dona en la cruz, y lo renueva en acto presente en cada comunión eucarística. Es para celebrar las bodas místicas entre el Cordero y el alma, que Dios Padre ofrece un banquete celestial, el banquete escatológico, en donde se sirve alimento de ángeles, la carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo, el Pan de Vida eterna, y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la sangre del Cordero derramada en la cruz y recogida en el cáliz del altar.

“A vino nuevo, odres nuevos”. No puede el alma, destinada a recibir tan grande don de Dios, presentarse a las bodas del Cordero con ropa sucia, vieja y gastada, esto es, las obras del hombre viejo, el mal, el pecado, el rencor o el odio contra el prójimo, o cualquier clase de mal. La santidad del Amor divino, donado en la Eucaristía, es incompatible con la maldad del corazón humano. El corazón humano debe estar renovado por la gracia, por la santidad y la vida divina, y sólo así será un odre nuevo que podrá albergar el Vino Nuevo, la Sangre del Cordero. Sólo así podrá celebrar sus propias bodas con el Cordero.

sábado, 15 de enero de 2011

Jesús Eucaristía es el Cordero de Dios


“Éste es el Cordero de Dios” (Jn 1, 29-34). Juan el Bautista ve pasar a Jesús, lo señala y dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Esto constituye una novedad absoluta para los judíos, porque para los judíos, el cordero de Dios era el que se inmolaba en el templo. El nuevo nombre que el Bautista le da a Jesús señala la condición de Jesús, el ser el Cordero del sacrificio, y señala al mismo tiempo que los sacrificios antiguos ya han finalizado, para dar paso al nuevo sacrificio de la Nueva Alianza.

¿Por qué se hacían sacrificios y en qué consistían? ¿Cuál es la diferencia entre los sacrificios de la Antigua Alianza y el de la Nueva? Es necesario ver en qué consistían los sacrificios de los corderos animales en el templo de Jerusalén, para compararlo con el sacrificio del Cordero, Jesús.

La práctica del sacrificio ritual ha existido desde siempre, desde Caín y Abel, y existió en todas las religiones de los paganos, pero sacrificios idolátricos, dirigidos a los dioses de los paganos, los cuales son demonios, como dice San Pablo[1]. El sentido del sacrificio es ofrecer a Dios lo mejor que se tiene, en reconocimiento de su soberanía y de su majestad, y de la total dependencia que de Él tenemos.

Los judíos ofrecían constantes sacrificios[2] en el templo de Jerusalén, como muestra del reconocimiento de la soberanía y la majestad de Yahvéh, y estos sacrificios eran los más perfectos de la Antigüedad, porque estaban dirigidos al Dios Único y Verdadero, y además habían sido estipulados y establecidos por el mismo Dios. A Dios debían ofrendarse los primeros frutos de la tierra y los primeros nacidos de animales, y los primogénitos de los hombres debían ser también ofrecidos, pero no sacrificados, sino redimidos (Dt 12, 31), porque el sacrificio humano estaba prohibido, ya que se consideraba una profanación del nombre de Dios (Lev 20, 1ss). A Dios debía ofrecerse lo mejor; no se podía ofrecer un animal defectuoso, sino que tenía que ser perfecto; es lo que sucede con los sacrificios de Abel y de Caín: Dios prefiere la ofrenda de Abel, cuyo humo sube blanco hacia el cielo, y no la de Caín, una ofrenda de humo espeso y negro. El sacrificio de Abel es hecho con un corazón puro, y por eso es agradable a Dios, mientras que el sacrificio de Caín es hecho con un corazón torcido, y por eso Dios lo rechaza (cfr. Gn 4, 3-6).

¿Cómo eran los sacrificios de los corderos y qué se buscaba con eso? Para comprender el sacrificio del Verdadero Cordero, Jesucristo, es necesario saber cómo era el sacrifico de los corderos. En las fiestas religiosas de los judíos, los corderos eran llevados al templo, y allí eran sacrificados como ofrenda al único Dios, a Yahvéh: se derramaba su sangre en expiación de los pecados, y se consumía la carne en el fuego, como ofrenda divina.

El ritual consistía en la presentación de la víctima, momento en el que el cordero era llevado al altar de los sacrificios (Éx 29,42; Levítico 1,5; 3,1; 4,6); la inmolación, el momento en el que el sacerdote debía derramar la sangre de la víctima de la forma más rápida y completa posible, con un corte en el cuello (Lev 1,3 y ss); luego venía el rociado con la sangre, que sólo podía ser realizado por los sacerdotes (Lev 1,5; 3,2; 4,5; II Cro 29,23). Para la tradición judía esta parte del rito era como "la raíz y el principio del sacrificio", y como la sangre es la vida del cuerpo no se debe comer: es necesario derramarla sobre el altar (Lev 17,11); luego venía la quema del sacrificio, que se llamaba holocausto, si se quemaba la víctima entera. Por la acción del fuego, Yahvéh recogía el sacrificio ofrecido (Deut 4,24).

Sin embargo, a pesar de ser el verdadero culto al Dios verdadero –todos los pueblos que rodeaban a Israel eran pueblos paganos y politeístas, es decir, tenían muchos dioses-, este culto de los corderos-animales era absoluta y totalmente insuficiente para obtener el perdón de los pecados y el favor divino, el cese de su ira para con el hombre, por la maldad del corazón humano.

Es el verdadero y único Cordero del sacrificio, Jesucristo, el único que puede expiar los pecados de toda la humanidad. Él, en su Pasión, cumple todos los pasos del ritual, inaugurando una nueva Pascua, la Pascua del Cordero. Si en el rito judío el cordero, el animal, era presentado y llevado contra su voluntad al altar del sacrificio -porque su instinto animal le hacía presentir que iba a ser sacrificado-, el Cordero de Dios, Jesucristo, libremente, y por propia voluntad, sube al altar del sacrificio, el ara de la cruz, presentándose Él en Persona al Padre, ofreciéndose al Padre como Víctima Pura y Santa, como Cordero Puro y Santo, para expiar la maldad de los hombres, que con sus corazones oscurecidos ofenden la santidad divina; si en el Templo de Jerusalén el cordero era degollado por los sacerdotes judíos en el altar, el Cordero de Dios, el Cordero que alumbra con su luz a la Nueva Jerusalén (cfr. Ap 21, 23), a la Jerusalén de los cielos, es inmolado en la cruz, porque Él, que es a la vez Sacerdote, Altar y Víctima, derrama en la cruz toda su sangre, hasta la última gota, en una muestra inaudita y jamás dada de amor eterno por los hombres, porque con su sangre derrama su vida, y con su vida, efunde el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor divino, y así, derramada su sangre en el ara de la cruz, se convierte en el “Cordero como degollado” (cfr. Ap 5, 6), que con su sangre salva a todos los hombres y rescata a la humanidad; si en el sacrificio de los judíos la sangre del cordero animal se derramaba en el altar, y era a la vez esparcida sobre el altar, el Cordero Místico derrama su sangre en el ara de la cruz desde sus heridas, y con su sangre riega la tierra e inunda la humanidad entera, y a las almas todas, alcanzando con su sangre bendita a todos los hombres de todos los tiempos; si en el sacrificio de los judíos el cordero animal, ya presentado e inmolado era finalmente quemado, para ser convertido en holocausto, simbolizando, con la acción del fuego sobre la carne, que esta, al convertirse en humo, se hacía ofrenda espiritual que subía a Dios y a Él pertenecía, en el ara de la cruz, la carne virginal, santa y pura del Cordero de los cielos, Jesucristo, es abrasada en el fuego del Espíritu Santo, y su carne, así abrasada en el fuego del Espíritu de Dios, sube como suave incienso de agradable olor, en honor de Dios Padre.

Por último, si en el sacrificio de los judíos la ofrenda de la carne del cordero, convertida en humo por el fuego del altar, subía al cielo como ofrenda espiritual que pertenecía a Dios, y que Él recogía, en el sacrificio del Cordero, la santa misa, la ofrenda santa, que es el Cuerpo y la Sangre del Cordero, es llevada por el Ángel del altar[3], hasta el altar del cielo, para ser presentada ante Dios Uno y Trino, como ofrenda agradabilísima y espiritual, como incienso de suave perfume, que expía las maldades de los corazones humanos y da a Dios Trino alabanza, gloria, honra y adoración infinitos.

Si en el sacrificio de los corderos animales, estos eran sacrificados en abundancia para pedir el perdón y la expiación de los pecados de los hombres, pero su sacrificio era totalmente inútil, porque la sangre de un animal no puede, de ninguna manera, ni perdonar ni reparar el pecado del hombre, en el sacrificio del Cordero de Dios, Jesucristo, siendo Él uno solo, con su solo y único sacrificio, basta para perdonar y expiar los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, desde Adán y Eva, hasta el último hombre nacido en el Día del Juicio Final.

“Este es el Cordero de Dios”, dice Juan el Bautista, al ver pasar a Jesús; “Este es el Cordero de Dios”, dice la Iglesia, al contemplar la Eucaristía en la ostentación eucarística, en la Santa Misa; “Este es el Cordero de Dios”, dice el alma fiel al acercarse a comulgar la Eucaristía sabiendo que, al comulgar, consume la carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu, fuego que penetra hasta lo más profundo del ser, abrasándolo en las llamas del Amor divino, purificando y quemando todo lo que no es grato a Dios, santificando el alma con la santidad divina, y elevándola a las alturas inimaginables de la comunión con el Padre.


[1] 1 Cor 10, 20.

[2] Las ofrendas que hacían los judíos era llamadas “korbán”, que quiere decir “venir a Dios” o “acercar a Dios” y eran ofrecidos sólo por los sacerdotes, y se hacían con el fin de expresar la sumisión a Dios, o agradecerle por sus beneficios, o en expiación por el pecado, o para pedir a Yahvéh algún favor. Cfr. Wikipedia, http://es.wikipedia.org/wiki/Sacrificios_judios, voz “korbán”.

[3] Cfr. Misal Romano.