jueves, 21 de noviembre de 2013

“Al ver la ciudad (de Jerusalén) Jesús se puso a llorar por ella”


“Al ver la ciudad (de Jerusalén) Jesús se puso a llorar por ella” (Lc 19, 41-44). El llanto de Jesús se debe a que, debido a su condición de Hombre-Dios, es omnisciente y en su omnisciencia ve cómo Jerusalén rechazará al Mesías enviado por Dios y ve cómo será arrasada por sus enemigos, como consecuencia de este rechazo. Dios la dejará librada a sus enemigos, quienes la sitiarán, le prenderán fuego y la arrasarán, no dejando en ella “piedra sobre piedra”. De esta manera, Jesús profetiza el futuro de Jerusalén, un futuro de tristeza y dolor, de llanto y de amargura, que le sobrevienen a la ciudad por no haber “sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios”: Jerusalén no ha reconocido en Jesús al Mesías Salvador, Portador de la paz de Dios y ahora deberá sufrir la guerra que le hacen los hombres; no tendrá piedad ni misericordia para con el Cordero de Dios y lo crucificará en las afueras de la ciudad, y por lo tanto sus enemigos tampoco tendrán piedad de ella, sitiándola para luego ingresar hasta el centro mismo de la ciudad, arrasándola a sangre y fuego y derribando sus muros hasta el suelo.
Pero el Evangelio tiene además otra lectura, porque Jerusalén es figura del alma y esto quiere decir que el lamento de Jesús por la ruina de Jerusalén, es también el lamento de Dios ante la ruina del alma en pecado. El pecado es al alma lo que la guerra, el fuego y la espada es a Jerusalén: así como Jerusalén queda en ruinas, con sus muros arrasados hasta el suelo y con sus restos humeantes por la acción del fuego, así el pecado deja al alma sin la gracia de Dios, arrasada por el mal, desolada y presa de los ángeles caídos.
“Al ver la ciudad (de Jerusalén) Jesús se puso a llorar por ella”. El llanto de Jesús por Jerusalén debe conducirnos a reforzar nuestro propósito de conservar y aumentar el estado de gracia, para que Jesús nunca tenga que llorar por la ruina de nuestras almas, y esto se consigue con la meditación frecuente de la Pasión de Jesús, con la oración, la confesión sacramental, la comunión eucarística, el ayuno, la limosna –“La caridad cubre una multitud de pecados”[1]- y las obras de misericordia corporales y espirituales.



[1] 1 Pe 4, 8.

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