jueves, 25 de noviembre de 2021

“No todo el que me diga “¡Señor, Señor!”, entrará en el Reino de los cielos”

 


“No todo el que me diga “¡Señor, Señor!”, entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7, 21. 24-27). Esta advertencia de Jesús contradice claramente la mistificación de la fe por parte de los protestantes originados en Lutero: según estos, basta solo la fe, aunque no vaya acompañada de obras, para que el alma se salve. Es decir, basta que alguien diga: “¡Señor, Señor!”, para que ya esté justificado por Jesús y por lo tanto, basta solo eso para estar ya salvado. Sin embargo, como podemos ver, esta teoría de Lutero contradice directamente a Nuestro Señor Jesucristo, quien afirma que no basta con la sola fe, no basta con decir: “¡Señor, Señor!”, para estar ya salvados. Para poder salvar el alma, es necesaria la fe, por supuesto, pero también son necesarias las obras, es decir, acompañar a la fe que se profesa, con obras –obras de misericordia corporales y espirituales- que demuestren, en la práctica, en qué se está creyendo.

Las imágenes que usa Jesús, las de las casas construidas sobre roca y sobre arena, respectivamente, señalan las consecuencias que tienen en el alma el escuchar y poner por práctica la Palabra de Dios, o el no hacerlo: quien escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica –obra la misericordia, cumple los Mandamientos, cree firmemente en el Credo y obra según el Credo-, es el alma que construye su edificio espiritual sobre la Roca que es Cristo y como está construido este edificio espiritual en Cristo, el Hombre-Dios, ninguna tribulación, ninguna persecución, ninguna amenaza a su fe, hará que abandone la verdadera fe, porque obrará según la fe que profesa, lo cual incluye hasta el dar, literalmente, la vida terrena, con tal de no apostatar de la verdadera fe; por el contrario, el hombre que construye sobre arena es el alma que, escuchando la Palabra de Dios, no la pone por obra, es decir, dice: “¡Señor, Señor!”, pero se queda cruzado de brazos, sin obrar la misericordia y sin ser coherente con su fe expresada en el Credo y es así que cuando sobrevienen las tribulaciones o las persecuciones, su edificio espiritual se derrumba, porque su fe sin obras es débil, como un castillo de naipes, como una casa sin cimientos, construida sobre arena.

“No todo el que me diga “¡Señor, Señor!”, entrará en el Reino de los cielos”. La Palabra de Dios Trinidad, revelada por el Hijo de Dios, Jesucristo, la Sabiduría encarnada, debe conducirnos a obrar según lo que esta Palabra dice, lo cual incluye, como obra que demuestra la fe, el don martirial de la propia vida, expresión máxima de una fe que se demuestra por obras. No cometamos el error de Lutero, de pensar que la sola fe basta para salvarnos; como dice la Escritura, la fe sin obras, es una fe muerta. Demostremos, con obras de misericordia, que nuestra fe en el Hombre-Dios Jesucristo está viva, por la gracia de Dios y actuemos en consecuencia.

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