“Dios
entregó su Hijo al mundo para que el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida
eterna” (Jn 3, 16-21). Para tener el
don de la Vida eterna, concedida por el Padre, es necesario hacer un acto de fe
en el Hijo Unigénito de Dios Padre, Jesús de Nazareth: “para que el que crea en
Él”. Ahora bien, este acto de fe, implica creer en su divinidad, tal como lo
proclama el Magisterio de la Iglesia Católica, y no de cualquier manera: Jesús es
la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios Hijo, el Unigénito del Padre,
encarnado en una naturaleza humana, al asumir hipostáticamente, en la Persona
del Verbo, esta naturaleza humana, de manera que las dos naturalezas, la humana
y la divina, están unidas, sin mezcla ni confusión, en la Persona Divina del
Verbo de Dios. Esta fe en Jesús en cuanto Dios hecho Hombre, esto es, en cuanto
Hombre-Dios, implica la fe en su Presencia real en la Eucaristía, con su
Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por cuanto la Eucaristía es la prolongación
de la Encarnación y la actualización de la Pasión por el misterio de la
liturgia eucarística. Solo este acto de fe conlleva el don de la promesa de
vida eterna: “Dios entregó su Hijo al mundo para que el que cree en Él no muera,
sino que tenga Vida eterna”; de otra manera, con otra fe, no se posee la vida
eterna. Pero además del acto de fe –o, mejor dicho, dentro del acto de fe-, se
encuentran las obras que demuestran la fe, porque “la fe sin obras es una fe
muerta” (cfr. St 2, 18-26); es decir,
quien cree en Cristo Jesús en cuanto Hombre-Dios, debe obrar de manera tal que
sus obras reflejen, extrínsecamente, su fe; de lo contrario, si no realiza
obras, demuestra que, o no tiene fe, o su fe está muerta, o tiene una fe en un
Cristo que no es el de la Iglesia Católica.
“Dios
entregó su Hijo al mundo para que el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida
eterna”. La entrega de su Hijo se renueva en cada Misa, en la Eucaristía; para obtener
la Vida eterna, nuestro acto de fe debe completarse con las obras de
misericordia, realizadas en favor de Cristo sufriente en el prójimo más necesitado.
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