“Llamó
a los que quiso, para que estuvieran con Él” (Mc 3, 13-19). Jesús elige a sus Apóstoles, y en esta llamada hay
muchas características: llama “a los que Él quiso”, es decir, a los que Él amó
con amor de predilección para que fueran sus Apóstoles, para que cumplieran la
misión que les tenía asignada desde la eternidad; los llama, en primer lugar, “para
que estén con Él”, es decir, para que sus Apóstoles entablen con Él, que es su
Dios, una relación de amor de amistad, porque Él es Amor, en cuanto Dios, y no
puede haber otra relación con Dios que no sea la del amor; los llama para una
misión, que es la de “predicar el Evangelio y expulsar demonios”, porque el
Hombre-Dios ha venido para “darnos la vida eterna” (cfr. Jn 10, 10) y para “destruir las obras del Diablo” (cfr. 1 Jn 3, 8). Ahora bien, la elección de
los Apóstoles es libre por parte de Dios, como también es libre la respuesta de
los Apóstoles; de hecho, muchos murieron mártires como testimonio de fidelidad
a la elección de Jesús. Pero también, como parte de la libertad, uno de ellos
rechazó su amor de amistad y lo traicionó, entregándolo: “Judas Iscariote, el
mismo que lo entregó”. Esta libertad en decir “no” al llamado de Jesús,
decisión que Él lamenta pero respeta, es lo que fundamenta la existencia del
Infierno, Infierno que es una muestra del inmenso respeto que Dios tiene por
las decisiones libres de cada creatura suya, aun cuando esta decida rechazarlo
para siempre.
“Llamó
a los que quiso, para que estuvieran con Él”. El llamado de Jesús a sus
Apóstoles se repite para con cada bautizado, con todas sus características, y
si bien los Apóstoles son sólo Doce, la substancia del llamado, el “estar con
Él” y “predicar el Evangelio”, es idéntica para todo bautizado. Y al igual que
sucedió con los Apóstoles, que unos lo siguieron y dieron sus vidas por Él,
libremente, mientras otro –Judas Iscariote- también libremente lo traicionó y
lo entregó, también con cada bautizado se da la misma posibilidad: fidelidad al
llamado, o rechazo; escuchar los latidos del Corazón de Jesús, o el tintineo
metálico del dinero; ganar el cielo dando la vida por Jesús, o ser precipitado
en el Infierno, si no se ama a Jesús. El llamado de Jesús no garantiza el Reino
de los cielos: nos lo debemos ganar, amando libremente a Dios y a su Mesías,
Jesucristo, y poniendo por obras ese amor.
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