“Cuando
hayan levantado en alto al Hijo del hombre, sabrán que Yo Soy” (Jn 8, 21-30). En su diálogo con los fariseos,
Jesús no solo profetiza que ellos habrán de ser los responsables de su muerte y
que su muerte será una muerte en cruz –“cuando ustedes hayan levantado en alto
al Hijo del hombre”-, sino que profetiza además que, en ese momento, sucederá
algo, misterioso y sobrenatural, que les hará conocer que Él es Dios: “sabrán
que Yo Soy”.
En
el momento en que Jesús, “el Hijo del hombre”, sea crucificado, “levantado en
alto”, quienes lo contemplen sabrán que Él es Dios: “sabrán que Yo Soy”. Jesús se
aplica para sí mismo el nombre sagrado con el cual los judíos conocían a Dios: “Yo
Soy”. Les está diciendo, entonces, que cuando ellos lleguen al extremo de la
malicia de crucificarlo, Él, desde la cruz, les revelará, en sus mentes y
corazones, y de una manera tan clara y profunda que no podrán dudar, que “Él Es
el que Es”, es decir, que Él es “Yahvéh”.
Dios
se había dado a conocer desde la zarza ardiente y les había dado al Pueblo
Elegido su Nombre, “Yo Soy el que Soy”; ahora, ese Dios, que se había
encarnado, les hablaba desde el templo purísimo de su Cuerpo humano, pero los
fariseos no solo no lo querían reconocer, sino que lo acusaban de blasfemia, lo
juzgaban inicuamente y lo condenaban a morir en cruz. Es esto lo que Jesús les
anticipa que habrá de suceder el Jueves y Viernes Santo, pero les anticipa
también que Él infundirá su Espíritu sobre sus mentes y corazones y será este
Espíritu Santo el que les dará el conocimiento de que Aquel al que están
crucificando es el mismo Dios al que ellos adoraban: “Cuando hayan levantado en
alto al Hijo del hombre, sabrán que Yo Soy”.
Si
en la cima del Monte Calvario los judíos, al contemplar a Jesús crucificado,
recibieron la infusión del Espíritu Santo, que les hizo saber que Aquel al que
crucificaban era Dios Hijo, también nosotros, los católicos, cuando asistimos a
la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, al
contemplar a Jesús elevado en la Hostia, recibimos de Él su mismo Espíritu, el
Espíritu Santo, que nos hace saber, desde lo más profundo de nuestras mentes y
corazones, al iluminarlos con la luz que viene de lo alto, que Él, en la
Eucaristía, es Dios.
A
nosotros, desde la Eucaristía elevada en el altar, Jesús nos dice: “Cuando hayan
levantado en alto la Eucaristía, sabrán que Yo Soy”. Y así como los verdaderos
adoradores, los adoradores en espíritu y verdad, se postraron ante Jesús
crucificado, adorándolo como Dios, así también nosotros, nos postramos como
Iglesia ante Jesús Eucaristía, adorándolo como al Dios de la Eucaristía.
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