Jesús cura a un enfermo de hidropesía con su sola voz y
su solo querer, demostrando así su poder de Hombre-Dios. Esta curación milagrosa
es real, llevada a cabo por la omnipotencia divina de Jesús, quien así, con
este milagro, demuestra que Es quien dice Ser, Dios Hijo encarnado y no un
simple profeta, o un hombre santo, ni siquiera el más santo de todos, sino Dios
Tres veces Santo en Persona.
Ahora bien, en esta curación corporal, la curación de
una invalidez corporal, no tiene como fin el solo curar la enfermedad del
cuerpo: su fin es prefigurar otra curación, realizada también por la
omnipotencia divina de Jesús y es la curación del alma. El alma humana ha
quedado inválida, incapacitada en su capacidad de Dios, aunque no totalmente,
pero sí en la misma proporción que hay entre un cuerpo apto físicamente y uno
incapacitado en su movilidad.
Las curaciones corporales de Jesús, como en este caso, la
curación de una hidropesía, son prefiguraciones de la curación más importante,
la del alma. Por medio de su gracia santificante, Jesús sana al alma herida e
incapacitada por el pecado original, pero además agrega algo más: así como el
cuerpo sanado de su enfermedad, se puede decir que vive una nueva vida, la vida
como sano, así también el alma, curada por la gracia, no solo se hace “capax
Dei”, capaz de Dios, con sus fuerzas naturales, sino que por la gracia le es
concedida una nueva vida, la vida de los hijos de Dios, la vida nueva de la
gracia santificante concedida por los Sacramentos.
Todo hombre nace con una herida espiritual, provocada
por el pecado original y esta herida incapacita al hombre para volver a Dios;
la gracia santificante, prefigurada en la curación milagrosa del hidrocefálico,
no solo hace capaz plenamente al hombre de Dios, sino que le concede una nueva
capacidad, por la cual es introducido en la vida y en los misterios del
Hombre-Dios Jesucristo.
Al curar milagrosamente al enfermo de hidropesía, Jesús
no solo realiza un milagro doble, la curación del cuerpo y del alma, sino que
además concede al ser humano una nueva vida, la vida de la gracia, la vida
nueva de los hijos de Dios, nacidos de la Luz Eterna que es Cristo. Esa misma
Vida Eterna, la participación a la Vida Eterna, es la que recibimos cada vez
que comulgamos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

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