“Vuestra casa se quedará vacía” (Lc 13, 31-35). Jesús revela a los fariseos, escribas y doctores de
la ley, una escalofriante profecía: la casa de ellos, el Templo, quedará vacío.
La razón es que ellos, que representan al estamento religioso de su tiempo,
rechazan su condición divina, su condición de Mesías Redentor y Salvador y en
consecuencia su misterio pascual de muerte y resurrección. Pero quienes se
decían religiosos no solo rechazan a Jesús, sino que planean abiertamente la
muerte de Jesús por medio de la crucifixión. Esta profecía está dirigida
también al Pueblo Elegido en general, porque será este mismo Pueblo quien, dirigidos
en el error por sus dirigentes, se alegrará y gozará por la crucifixión y
muerte de Jesús.
El castigo para el pecado de deicidio cometido por fariseos,
escribas y doctores de la ley, con la aprobación de una gran mayoría del Pueblo
Elegido, es quedar con la “casa vacía”, lo cual se refiere a la destrucción del
Templo y al fin de los ritos cultuales, castigo que se mantiene hasta la actualidad.
“Vuestra casa se quedará vacía”. La tremenda profecía
de Jesús no se limita a los fariseos y al Pueblo Elegido: se extiende y se
dirige también a los cristianos, a los católicos de todos los tiempos porque
por “casa” y “templo”, se entiende también el alma. El católico que cae en el
pecado de apostasía, es decir, el abandono de Jesús y de la práctica de la fe
luego de haber recibido la Comunión y la Confirmación, también verá su casa-templo,
es decir, su alma, vacía de la Presencia del Hombre-Dios Jesucristo, pero esto
no porque Jesucristo se vaya del alma, sino porque el alma lo rechaza voluntariamente,
abandonándolo por seguir detrás de falsos dioses e ídolos paganos. Para estos católicos
apóstatas, también está dirigida la profecía: “Vuestra casa se quedará vacía”,
siendo la casa vacía el alma sin la gracia de Dios y por lo tanto vacía de la
Presencia del Hombre-Dios Jesucristo.
“Vuestra casa se quedará vacía”. La mayor desgracia que
pueda ocurrirle a un alma en esta vida es el quedarse con la “casa vacía”, es
decir, con el alma sin la gracia santificante y vacía de la Presencia de Dios
Uno y Trino y de su Mesías, Cristo Dios. No caigamos en el error de la
apostasía, que lleva a quedarnos con la “casa vacía”, con el alma sin la Presencia
de Jesús. Por el contrario, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para que
nuestra casa nunca esté vacía, sino llena de la Presencia del Hombre-Dios
Jesucristo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario