domingo, 6 de diciembre de 2020

“Tus pecados son perdonados”

 


“Tus pecados son perdonados” (Lc 5, 17-26). En este Evangelio, además de revelarse la divinidad de Jesús, que por tener el poder de perdonar los pecados, demuestra que es Dios, se prefigura además el Sacramento de la Confesión.

Veamos brevemente qué es lo que sucede en el episodio narrado por el Evangelio. El paralítico acude a Jesús, llevado por sus familiares y amigos, para pedirle a Jesús no la curación de su afección corporal, de su parálisis, sino para que le perdone los pecados. Esto se ve claramente cuando Jesús, al tenerlo frente a Sí, no le cura su parálisis, sino que le absuelve los pecados –algo que sólo Él, en cuanto Dios y Sumo y Eterno Sacerdote, puede hacer- y sólo en un segundo momento, cuando lee los pensamientos de los que lo acusan de blasfemo por perdonar los pecados, sólo entonces, le devuelve al paralítico la salud corporal. Es decir, primero le perdona los pecados y luego, en segunda instancia, le cura su parálisis. Esto demuestra que Él es Dios, porque sólo Dios puede quitar el pecado del alma, ya que sólo Dios tiene la Omnipotencia y el Amor necesarios para hacerlo. Por otro lado, está prefigurado el Sacramento de la penitencia, ya que el paralítico es figura del alma que, a causa del pecado, está paralizada en su vida espiritual, sin poder erguirse y dirigirse por sus propios medios hacia el Camino de la Salvación, el Camino Real de la Cruz. Cuando el penitente se acerca al Confesionario, es como el paralítico en la camilla; cuando el penitente recibe la absolución por parte del sacerdote ministerial, es como el paralítico que recibe la curación de parte de Jesús: el alma, sin el pecado y colmada con la gracia, se levanta de su nada y se dirige hacia el Sol de justicia, Jesús Eucaristía, reconociéndolo como a su Salvador, es decir, luego de confesar sus pecados, puede comulgar en gracia, puede recibir a Cristo Salvador en la Eucaristía.

“Tus pecados son perdonados”. Otro elemento que se destaca en el episodio es la fe del paralítico, a la cual podemos compararla con la fe del penitente que se acerca al confesionario para recibir la absolución de sus pecados: así como el paralítico va en busca de Jesús para que cure su alma, absolviendo sus pecados, así el penitente acude al confesionario para recibir la curación del espíritu, el perdón de los pecados. Acudamos con frecuencia al Sacramento de la Confesión, para recibir el bien más preciado que pueda existir en esta vida, la salud del alma, puesto que anticipo y prenda de la salvación eterna.

 

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