viernes, 11 de septiembre de 2015

“Apártate de Mí, Satanás”



(Domingo XXIV - TO - Ciclo B – 2015)

         “Apártate de Mí, Satanás” (Mc 8, 27-35). Sorprende este calificativo de Jesús a Pedro, el Primer Papa; mucho más, cuanto que ya había sido nombrado Papa, Pedro acababa de profesar la fe en su condición divina y Jesús lo había alabado por su fe (aunque no aparece el elogio de Jesús en este Evangelio, sí en sus paralelos, por ejemplo, Mt 16, 17: "Bienaventurado eres, Pedro, porque esto no te lo reveló ni la carne ni la Sangre, sino mi Padre que está en los cielos"). Es decir, en un primer momento, Jesús alaba la fe de Pedro; instantes después, le dice, al mismo Pedro, nada menos que “Satanás”. ¿Cuál es la razón de este cambio en Jesús? ¿Por qué primero lo alaba, y luego le dice “Satanás”? La razón está en el mismo Pedro y la podemos encontrar en la  mitad del diálogo que se entabla entre Jesús y Pedro, entre la alabanza de Jesús y su posterior denostación de Pedro. En efecto, cuando Pedro manifiesta su fe en la condición divina de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”, Jesús alaba su fe porque, como lo dice el mismo Jesús, esta convicción de fe de Pedro, no viene de él, de su mente y de su razonamiento humano, sino de Dios Padre, que lo ha iluminado con su Espíritu. Reconocer a Jesús como el Hombre-Dios, no depende de nuestros razonamientos y elucubraciones, sino de la iluminación que viene de lo alto, del Espíritu Santo, porque es una verdad inaccesible a nuestro espíritu, sino es revelada de lo alto. Sin embargo, cuando Jesús le revela a Pedro que Él, el Hombre-Dios, Dios Hijo encarnado, el Dios omnipotente, capaz de resucitar muertos, expulsar demonios, multiplicar panes y peces, convertir el agua en vino, tiene que sufrir la Pasión, es entonces cuando Pedro rechaza la luz del Espíritu Santo y se deja llevar por sus propios pensamientos, sus pensamientos humanos; es ahí en donde aprovecha Satanás, para infiltrarse en la oscuridad de sus pensamientos humanos, para que Pedro se oponga con firmeza al plan divino de Redención, manifestado en el hecho de que el Hijo de Dios “debía sufrir mucho en manos de los hombres, ser traicionado, condenado a muerte, flagelado, coronado de espinas y crucificado, para luego resucitar”. El misterio de la redención del hombre pasa por la Pasión, Muerte y Resurrección del Hombre-Dios; Dios nos redime en Cristo Jesús, pero lo hace a través de la cruz; es por la cruz de Jesús, que el hombre accede a la Divina y Eterna Luz. Pedro rechaza la cruz, rechaza el sufrimiento, rechaza la humillación, rechaza el dolor de verse traicionado por sus amigos, rechaza el plan divino de salvación, porque su débil mente humana no puede entrever el misterio pascual de redención que Dios obra por la Muerte y Resurrección del Cordero de Dios. Y como Satanás tampoco quiere la redención ni la cruz, porque no quiere la salvación, sino la eterna condenación del hombre, al ver a Pedro que éste rechaza la fe, con lo cual su mente se oscurece, aprovecha la ocasión para fortalecerlo en su rechazo de la fe, agregando las tinieblas del infierno a sus propias tinieblas humanas. Ésta es la razón por la cual Jesús le dice a Pedro, luego de alabar su fe: “Apártate de mí, Satanás, tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. En realidad, Jesús se dirige doblemente, a Pedro y a Satanás, y a los dos les dice que se aparten, porque el rechazo de la cruz es un pensamiento oscuro humano, que rechaza la luz eterna de Dios que viene de la cruz, y este rechazo es aprovechado por el Príncipe de las tinieblas, para agregar más oscuridad a la oscuridad de Pedro.
         Luego de recriminar duramente a Pedro por su falta de fe, Jesús se dirige a los demás y les dice que “el que quiera ir tras de Él” –Jesús no obliga a nadie: lo dice muy claramente: “el que quiera venir tras de Mí”-, deberá “tomar la cruz y seguirlo”. No hay otro camino posible de salvación, que la cruz de Jesús; quien quiera salvarse, o toma la cruz y va tras de Jesús, por el Camino del Calvario, siguiendo sus huellas ensangrentadas, o no se salva. Cuando contemplamos un crucifijo en la Iglesia, no contemplamos un adorno, un elemento decorativo: nos recuerda cuál es el único camino para llegar al cielo: participar de la cruz de Jesús, se crucificados con Él, morir con Él al hombre viejo, para nacer a la vida nueva de los hijos de Dios. Con esta última revelación, Jesús termina por reprender definitivamente la pretensión de Pedro de salvar el alma sin la cruz.

“Apártate de Mí, Satanás”. También a nosotros nos dice lo mismo Jesús, cada vez que rechazamos su cruz, cada vez que nos negamos a cargar la cruz de todos los días, para seguirlo por el camino del Calvario, cada vez que reducimos su misterio pascual a razonamientos humanos, cada vez que reducimos el cristianismo a sofismas psicológicos, a meros sentimientos sin raíz en el ser, que no conducen a la conversión del corazón. Jesús nos dirige el mismo reproche que le dirigió a Pedro, cada vez que rebajamos el cristianismo a los estrechos límites de nuestra razón, cada vez que racionalizamos el misterio, sin dar lugar a la luz de la fe, que actúa sobre la razón, iluminándola acerca del misterio pascual de Muerte y Resurrección de Jesucristo. Para no recibir ese reproche de parte de Jesús, si queremos ir en pos de Él, neguémonos a nosotros mismos –a nuestras pasiones, a nuestros enojos, a nuestras perezas e indolencias-, carguemos nuestra cruz de todos los días, y vayamos en pos de Cristo, siguiéndolo por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis.

jueves, 10 de septiembre de 2015

“Amen a sus enemigos”



“Amen a sus enemigos” (Lc 6, 27-36). Para entender el alcance del mandato de Jesús de “amar a los enemigos”, hay que considerar que este se encuentra comprendido en el Mandamiento Nuevo de la caridad, dado por Él: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. Es decir, Jesús nos da un Nuevo Mandamiento, que se agrega a los Diez Mandamientos de la Ley de Moisés, y este nuevo mandamiento consiste en “amarnos los unos  a los otros”, no con el simple amor humano, sino con el Amor de Dios, el Espíritu Santo y hasta la muerte de cruz, porque así es como Jesús nos amó: con el Amor del Espíritu Santo y hasta la muerte de cruz. Fue con este Amor con el que Jesús nos perdonó desde la cruz, cuando nosotros le quitábamos la vida con nuestros pecados; fue con este Amor con el que Jesús nos perdonó desde la cruz, siendo nosotros sus enemigos, y no cualquier clase de enemigos, sino enemigos mortales suyos, porque le quitábamos la vida. Y aun así, Jesús no pidió a su Padre venganza y castigo para nosotros, sino que, movido por el Amor de su Sagrado Corazón, pidió misericordia, clemencia y perdón para nosotros: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Esto es lo que explica el hecho –incomprensible a los ojos humanos- comprobado en la muerte de los mártires, que ofrecían sus vidas por la eterna salvación de sus verdugos, de aquellos que les quitaban la vida: lo que hacían los mártires, era participar de la cruz de Jesús, imitarlo a Él en su misericordia y prolongar su Pasión redentora, como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que así continuaba, por medio de los mártires, la salvación de las almas, incluidas las de los enemigos de Cristo, los enemigos de la Iglesia. Éste es el fundamento, por lo tanto, del porqué del mandamiento de Jesús, de “amar a los enemigos”: porque así nos amó Él desde la cruz. Entonces, como cristianos, debemos amar a los enemigos si de veras amamos a Jesús, porque de esa manera lo imitamos en su misericordia para con nosotros y participamos de su cruz.  

“Amen a sus enemigos (…) sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso”. La medida del amor a Jesús, en nuestros corazones, es la medida del amor y misericordia que seamos capaces de brindar a nuestros enemigos: cuanto más amemos a Jesús, más amaremos a nuestros enemigos, en el cumplimiento de su mandato, el mandato de la caridad, del Amor Misericordioso, y más nos asemejaremos a Dios Padre, Fuente de la Divina Misericordia.

“¡Felices ustedes, los pobres! ¡Ay de ustedes, los ricos!”


“¡Felices ustedes, los pobres! ¡Ay de ustedes, los ricos!” (Lc 6, 20-26). Jesús proclama las Bienaventuranzas, llamando “felices” a los pobres, y lamentándose por los ricos: “¡Felices ustedes, los pobres! ¡Ay de ustedes, los ricos!”. Aun cuando pudiera parecer así, a simple vista, no se trata sin embargo de una categorización socio-económica; es decir, Jesús no está dividiendo a la sociedad en “clases altas” y “clases bajas”, tal como se clasifica habitualmente a la sociedad humana, según parámetros económicos, materiales y sociales. Jesús está hablando de una realidad espiritual y sobrenatural, porque los “pobres” de los que habla Jesús son, ante todo, no los que carecen de bienes materiales, sino de los que carecen de bienes espirituales y, al igual que un pobre material, se reconocen faltos de estos y solicitan el auxilio a Dios, rico en gracia y misericordia. Y si Jesús habla de los pobres materiales en primer lugar, es porque el pobre y la pobreza materiales son figura de otro pobre y de otra pobreza, de orden espiritual. En todo caso, al hablar de “pobres”, Jesús se refiere a la pobreza de la cruz, es decir, a aquellos que, participando de su cruz, son pobres material y espiritualmente. En efecto, quien participa de la cruz, quien está crucificado junto con Jesús y en Jesús, es pobre materialmente, como Jesús, que en la cruz no tiene ningún bien material, porque todos los bienes materiales que tiene en la cruz –la corona de espinas, los clavos de hierro, el lienzo con el que se cubre, el cartel que dice “Rey de los judíos” y la cruz misma-, no le pertenecen, sino que se los ha confiado Dios Padre en su Divina Providencia, para que los utilizara como medios para regresar al Reino de los cielos, de donde había venido. También es pobre espiritualmente, porque reconoce su nada ante Dios, espera todo de Él y a Él le encomienda su vida, como Jesús en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).

“¡Felices ustedes, los pobres! ¡Ay de ustedes, los ricos!”. Si los pobres son los que están crucificados con Cristo, porque participan de su cruz, entonces los ricos son los que han rechazado la cruz. Y, paradójicamente, estos ricos son los verdaderos pobres, porque al rechazar la cruz lo pierden todo, porque pierden su alma.

viernes, 4 de septiembre de 2015

“Jesús tocó los oídos y la lengua del sordomudo (…) y lo curó al instante”



(Domingo XXIII - TO - Ciclo B – 2015)
          “Jesús tocó los oídos y la lengua del sordomudo (…) y lo curó al instante” (Mc 7, 31-37). Le presentan a Jesús un sordomudo y le piden que le imponga las manos. Jesús “toca sus oídos con sus dedos y con su saliva toca su lengua”; levanta los ojos al cielo y dice: “Éfata”, que significa “Ábrete”. Inmediatamente, el sordomudo comienza a oír y a hablar. Jesús cura al sordomudo y lo puede hacer, puede curar milagrosamente, con su poder divino, por cuanto Él es el Hombre-Dios; es Dios encarnado en una naturaleza humana, y lo que sucede es que su poder divino se comunica a través de su naturaleza humana –así como la corriente eléctrica pasa a través de un conductor- y es así como la enfermedad –en este caso, la sordera y mudez- desaparecen al instante. Con su omnipotencia, Jesús regenera nuevamente todo el tejido dañado y lo vuelve capaz de recibir las señales sensitivas, en el caso del oído, y de emitir sonidos, en el caso de las cuerdas vocales atrofiadas que originaron la mudez. Es sorprendente el milagro en sí mismo, porque los tejidos del sordomudo, afectados tal vez de nacimiento, o tal vez por alguna patología en su niñez, estaban atrofiados y ahora Jesús, con el solo querer de su voluntad, los regenera a nuevo. No es sorprendente, sin embargo, desde el momento en que Jesús tiene el poder necesario para hacerlo, por cuanto es Dios.
         Ahora bien, esta curación física no es el objetivo último de Jesús: cuando Jesús hace milagros de orden físico, como la curación de esta enfermedad corporal, no lo hace para solo curar el cuerpo, porque a Jesús no le interesa tanto curar el cuerpo, sino el alma; cuando Jesús hace un milagro de este tipo, es para despertar la fe en el orden espiritual y es esto lo que efectivamente sucede, tanto en el sordomudo curado, como en quienes observan la escena: proclaman la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús. Jesús cura al sordomudo, pero al mismo tiempo, despierta la fe en Él en quienes observan el milagro.
         Esta curación del sordomudo tiene entonces, como objetivo final, el despertar a la fe, es decir, el curar otra sordomudez, en este caso, espiritual, y es la sordera para escuchar la Palabra de Dios y la mudez para proclamar la Palabra de Dios. La curación milagrosa del sordomudo es, por lo tanto, la figura y el preludio de la curación de la sordera y de la mudez espiritual que se verifican en el Bautismo sacramental, en el que la Iglesia adopta el mismo signo de Jesús sobre los oídos y los labios y también su misma oración, pidiendo que los sentidos se abran al Evangelio. En efecto, en el bautismo sacramental, el sacerdote traza la señal de la cruz en los oídos y en los labios, al tiempo que reza una oración en la que pide que estos sentidos se abran a la Buena Noticia de Jesús. El cristiano, por lo tanto, no es “sordomudo” espiritual, porque Jesús ha trazado, por medio del sacerdote ministerial, en su bautismo sacramental, la señal de la cruz, que le ha abierto los oídos y los labios del alma, para escuchar la Palabra de Dios y para proclamarla. Es por eso que el Apóstol exhorta a proclamar la Palabra de Dios “a tiempo y a destiempo” (cfr. 2 Tim 4, 2), y si lo hace, es porque considera que el cristiano tiene aptos los sentidos espirituales para hacerlo.
En el bautismo sacramental, el cristiano ha recibido un milagro infinitamente más grande que el milagro que recibió el sordomudo del Evangelio, porque ha recibido el don de la apertura de sus sentidos espirituales a la Palabra de Dios; sus oídos espirituales están capacitados para escuchar la maravillosa noticia de la Encarnación del Verbo y de su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio por el cual habrá de conducir a todos los hombres que lo acepten como su Mesías y Redentor, al Reino de los cielos y están abiertos para “proclamar las maravillas de Dios”, como lo decimos en el Prefacio I de los Domingos[1]. Todavía más, el cristiano ha recibido la apertura de la mente a los misterios del Hombre-Dios Jesucristo, cuando el sacerdote traza el signo de la cruz con el óleo perfumado sobre la cabeza del bautizando, y recibe la apertura de su corazón al Amor de Dios, cuando traza sobre el pecho del que se bautiza, la señal de la cruz del Salvador.
El Prefacio I del Misal Romano dice que los cristianos están llamados a “proclamar las maravillas de Dios”, porque el cristiano ha recibido el don de tener abiertos sus sentidos espirituales que le permiten proclamar las maravillas de Dios, como es que el Verbo de Dios hable a través del sacerdote ministerial y pronuncie las palabras de la consagración, dándoles el poder divino de convertir las materias muertas del pan y del vino en la Carne gloriosa y resucitada del Cordero de Dios; el cristiano ha recibido el don de proclamar la Buena Noticia a los hombres, don que lo capacita para gritar desde las azoteas que el Verbo de Dios ha muerto en cruz, ha resucitado y está en la Eucaristía; el cristiano ha recibido el don de la apertura de su lengua, para no callar ante los atropellos, las indiferencias, los sacrilegios y las blasfemias que el Verbo de Dios recibe, continuamente, día a día, en la Eucaristía, por parte de los hombres mundanos que niegan su Presencia, niegan su condición de ser Rey de los hombres y que así construyen, todos los días, un mundo que se aleja cada vez más de Dios y de sus Mandamientos. El cristiano ha recibido el don de tener sus oídos abiertos y su boca abierta, para que proclamen al mundo que el Verbo de Dios humanado renueva su sacrificio en la cruz, cada vez, de modo incruento, en la Santa Misa, y que entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz, para perdonar los pecados de los hombres, dar la vida eterna a las almas y conducirlas al Reino de los cielos. El cristiano ha recibido el don de la apertura de sus sentidos espirituales en el bautismo, para proclamar que el mundo debe ser construido sobre la base de los Mandamientos de Dios, y no sobre palabras humanas. El cristiano ha recibido entonces en el bautismo la capacidad de escuchar la voz del Verbo, que habla a través de la Liturgia de la Palabra, en la Santa Misa, y que habla a través del Magisterio de la Iglesia, a través del Catecismo, a través de los documentos de los Papas y los obispos a Él unidos y que habla a través de los Mandamientos de la Ley de Dios. El cristiano tiene abierto el oído, desde el bautismo, para escuchar la voz de Dios, que nos habla de diversas maneras, pero sobre todo en los Mandamientos. El cristiano tiene los oídos del alma abiertos para escuchar claramente los Mandamientos de la Ley de Dios –el primero de todos, el dado por Jesús en la Última Cena: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”-, pero muchos cristianos se convierten en sordos espirituales por libre decisión, porque no quieren escuchar la voz de Dios que les habla a través de los Mandamientos, porque esto significa cambiar radicalmente de vida, y así prefieren continuar, haciendo oídos sordos a la Palabra de Dios, con sus vidas de paganos. Y si no escuchan la Palabra de Dios, mucho menos la proclamarán, por lo que estos cristianos son sordos y mudos espirituales, pero por libre elección.
“Jesús tocó los oídos y la lengua del sordomudo (…) y lo curó al instante”. En el Evangelio, Jesús cura a un sordomudo corporal; por el bautismo sacramental, cura la sordera y la mudez espiritual y capacita a los hijos de Dios para que escuchen y proclamen la Palabra de Dios. Sin embargo, a juzgar por lo que sucede en nuestros días, muchos cristianos se comportan como sordos a la Palabra de Dios, porque fingen no escucharla, y se comportan como mudos, porque fingen no poder proclamar la Palabra de Dios, que se proclama, más que con palabras, con obras de misericordia. Muchos cristianos se vuelven sordos y mudos espirituales, por libre decisión, al taparse los oídos frente a lo que la Palabra de Dios le pide, y lo hacen para no proclamar la Palabra y así se callan frente al mundo ateo, agnóstico, materialista, hedonista y relativista, que ataca a la Iglesia y a Jesucristo. Se vuelven sordos y mudos por temor a los hombres y esa es la razón por la cual el mundo se rige, en nuestros días, por leyes inicuas, como las del aborto, la eutanasia, la fecundación artificial y tantas otras leyes más que atentan contra la vida humana constituyendo pecados que claman al cielo, al violentar ante todo la Justicia Divina y todo esto sucede por los cristianos que se vuelven sordos espirituales por libre decisión, haciendo realidad el dicho que dice: “No hay peor sordo que el que no quiere escuchar”; pero se convierten también en perros mudos que callan voluntariamente ante la presencia del mal para no tener problemas y así permiten que el mal avance sobre los hombres, como un lobo que avanza sobre el rebaño, porque el perro mudo, que debería advertir al pastor con sus ladridos, se calla por miedo al lobo.
Muchos cristianos se tapan los oídos para no escuchar la Palabra de Dios y callan, por respetos humanos, cuando deberían gritar desde las azoteas, que el mundo ha olvidado a Dios y a su Mesías, Cristo Jesús. Sin embargo, los cristianos sordos para escuchar la Palabra de Dios y mudos para proclamarla, deberán escuchar, en silencio y sin poder decir ni una palabra, a esa misma Palabra de Dios encarnada, Jesucristo, pronunciarse sobre ellos, el Día del Juicio Final: “Por haberme negado delante de los hombres, Yo te niego delante de mi Padre” (Mt 10, 33). No seamos sordos a la Palabra de Dios, escuchémosla y pongámosla en práctica, obrando las obras de los hijos de la luz, las obras de misericordia.




[1] Cfr. Misal Romano.

jueves, 3 de septiembre de 2015

“Navega mar adentro y echen las redes”


“Navega mar adentro y echen las redes” (Lc 5, 1-11). Mientras Jesús sube a la barca para enseñar sus parábolas, llegan los pescadores que han estado toda la noche pescando, pero infructuosamente, porque a pesar del esfuerzo, no han sacado nada. Sin embargo, a pesar de esto, Jesús le dice a Pedro que se interne en el mar nuevamente y que eche las redes: “Navega mar adentro y echa las redes”. Pedro obedece y, para admiración suya -y la de todos los presentes-, esta vez, sin el más mínimo esfuerzo, sacan tantos peces, que deben pedir ayuda a la otra barca. Lleno de temor de Dios, Pedro se postra ante Jesús.
La escena de la pesca milagrosa, real, tiene también un significado sobrenatural, pues cada uno de los elementos representa una realidad sobrenatural: la barca en la que está Jesús enseñando, es la Iglesia, y Jesús enseñando, es el Hombre-Dios, el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, que es el Maestro de los hombres, que enseña, desde su Iglesia, la Iglesia Católica, el camino de la eterna salvación; el mar es el mundo y la historia humana; los peces, son las almas de los hombres; Pedro y los pescadores, representan al Papa y a los obispos, sacerdotes, monjas y laicos que trabajan en la Iglesia para la salvación de las almas; la red es la Palabra de Dios, que se ofrece a los hombres desde la Iglesia, para que se salven; la pesca infructuosa, es decir, la pesca que realizan los pescadores de noche y sin Jesús, significan los esfuerzos humanos por evangelizar, que son inútiles y vanos si no está de por medio Jesucristo con su gracia; la pesca milagrosa, realizada a plena luz del día, con Jesucristo, significa que el que salva en la Iglesia es Jesucristo con su gracia y con el Espíritu Santo. La parábola nos enseña, entonces, que el trabajo evangelizador por la salvación de las almas, sin Cristo y su gracia –representado en la pesca infructuosa, realizada en las tinieblas-, es un esfuerzo inútil, mientras que, si es Cristo el que guía la Barca que es la Iglesia, con su gracia y su Espíritu, la pesca es abundante, es decir, muchas almas se convierten, regresan a la Iglesia y se salvan, y esto está representado en la pesca milagrosa, en la que se pescaron tantos peces, que hubo llevarlos en dos barcas.

Ante el milagro de la pesca milagrosa, Pedro se postra, lleno de temor de Dios –es decir, lleno de gozo y de alegría- ante Jesucristo quien así le demostraba, con la abundancia de peces, que Él era el Hombre-Dios; frente a nosotros, en cada Santa Misa, Jesús hace un milagro infinitamente más grande que el de atrapar peces en una red, y es la conversión del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y así nos demuestra que Él es el Hombre-Dios. ¿Por qué entonces no nos postramos, al menos interiormente, ante su Presencia Eucarística?

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Jesus sana a la suegra de Pedro

Jesus sana a la suegra de Pedro, afetada de fiebre. Luego, sana a muchos otros enfermos y expulsa demonios. Hacia el final de la jornada, se retira al desierto. Aunque el Evangelio no lo dica] se retira al desierto a orar.
Como cristianos, debemos imitar a Jesus, pues eso es lo que Jesus nos pide. "Aprended de Mi, que soy manso y humilde de corazon",debemos, por lo tanto, imitarlo en su mansedumbre yen su humildad de corazon. Pero tambien lo debemos imitar en el llevar la cruz, camino del Calvario, "El que quiera venir en pos de Mi, que se niegue a si missmo, cargue su cruz y me siga". Por ultimo, debemos imitarlo en su retiro al desierto, para hacer oracion. Y esto, porque la oracion es al alma, lo que el alimento al cuerpo, la oracion es al alma, lo que el oxigeno a los pulmones y a la vida del cuerpo, es como el sol, que da la vida a las plantas. Ahora bien, la oracion es tambien como el combustible de una nave destinada al sol, asi como el combustible necesita de la chispa delfuego para encenderse, asinuestra oracion necesita la chispa del Fuego del Divino Amor para encenderse, cuanto mas Fuego de Amor Divino en el corazon, mas oracion, para que el alma se dirija, directamente, al Sol de justicia, Jesus Eucaristia.
No imitaremos a Jesus ensu poder de curar enfermedades, ni en su poder para expulsar demonios, pero si lo podemos imitar en su retirarse al desierto para orary ese desierto es nuestro corazon.
Y por la oracion y por la comunion eucaristica, sera realidad para nosotros lo que no fue posible para la multitud del Evangelio, que quiso retener a Jesus para que se quedara con ellos, pero Jesus los dejo y se fue al desierto. Por la oracion y por el Amor, nosotros si podremos retener a Jesus, que viene al desierto de nuestrocorazon, para que se quedecon nosotros.

Ya se quien eres, el Hijo de Dios


"Ya se quien eres, el Hijo de Dios". Un hombre poseido por un "espiritu impuro", dice el evangelio] grita a Jesus en ls sinagoga, pero el que habla no es el hombre, sino el demonio que posee su cuerpo y habla a traves suyo. El demonio le dice a Jesus "!Que quieres de nosotros, ya se uien eres, el Hijo de Dios! El demonio dice saber quien es Jesus, pero el tipo de conocimiento que tiene de Jeus es conjetural, desde el momento en que no puede contemplar a Jesus, en cuanto Dios, cara a cara, como si lo hacen loa angeles del cielo. El demonio ha escuchado hablar de Jeus a los hombres, pero tambien lo ha visto hacer prodigios y por eso le dice Hijo de Dios. Pero sobre todo, reconoce la fuerza omnipotente que brota de Jesus, una fuerza que es la fuerza de Dios y que el demonio reconoce bien, porque fue la fuerza que lo creo bueno, como angel de luz, y que lo expulso a el y a todos los angeles apostatas de los cielos, por medio de San Miguel Arcangel, cuando se rebelaron contra Dios. El demonio tamien recococe esta fuerza, porque es la que los expulsa, a el y aloa demas angeles caidos, de los cuerpos que poseen. Al decirle a Jesus que ya sabe uien es, el Hijo de Dios, el demonio demuestra poseer una fe conjetural, pero fe al fin y al cabo, "Tu eres el Hijo de Dios".
Ahora bien, podemos preguntarnos, si los mismos demonios creen en Jesus, en su divinidad, por sus milagros y por el poder de su palabra, porque no creemos nosotros en su Divinidad, Presente en la Persona del Hijo en la Eucaristia?