lunes, 8 de abril de 2013

“Así como Moisés levantó en alto la serpiente así el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto para que los que crean en Él tengan la vida eterna” (



“Así como Moisés levantó en alto la serpiente así el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto para que los que crean en Él tengan la vida eterna” (Jn 3, 7b-15). En su diálogo con Nicodemo, Jesús cita el episodio en el que Moisés fabrica una serpiente de bronce para curar a los que habían sido mordidos por las serpientes venenosas del desierto (cfr. Num 21, 4-9). Quienes miran a la serpiente, quedan milagrosamente curados de la ponzoña inoculada por la mordedura de estas serpientes venenosas.
Si bien en el desierto la presencia de serpientes venenosas, cuya mordedura resulta letal para el hombre, es algo frecuente ya que el desierto es su hábitat natural, en el episodio del Antiguo Testamento, en su conjunto, es figurativo de una realidad sobrenatural, invisible a los ojos del cuerpo, pero no menos real y visible a los ojos de la fe.
Las serpientes venenosas del desierto representan a los ángeles caídos o demonios, cuya maligna mordedura al corazón del hombre le inocula el mortal veneno espiritual del pecado: así como el veneno de una serpiente vuelve al tejido en el que es inoculado de color negro, debido a la profunda vasoconstricción que le provoca, así el pecado, inoculado en el corazón del hombre por el demonio, ennegrece el corazón, como signo de la muerte que le sobreviene por su causa. El demonio inocula, en el corazón del hombre, el pecado, quitándole toda vida, la vida de la gracia: inocula la rebelión, el orgullo, el indiferentismo, la agresión y la hostilidad hacia Dios y su Cristo; inocula la violencia, el rencor y el odio hacia el prójimo.
Si las serpientes venenosas representan a los demonios, los integrantes del Pueblo Elegido que son mordidos representan a los miembros del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, mientras que en el desierto está representado el mundo y la historia de los hombres. A su vez, Moisés levantando en alto a la serpiente de bronce es una representación tanto de Dios Padre como del sacerdocio ministerial, mientras que la serpiente en alto es figura de Cristo crucificado, elevado en alto en el Monte de la Cruz.
También la curación que reciben los que miran a la serpiente de bronce, es figura y representación de una realidad sobrenatural, la curación del alma por la fe y la gracia santificante: así como los israelitas se curaban con solo mirar la serpiente de bronce debido a la misteriosa fuerza que emanaba de ella, así todo el que contempla a Cristo crucificado es curado, debido a la misteriosa y poderosísima fuerza sobrenatural que brota de la Cruz.
El que contempla a Cristo crucificado, ve en las lesiones de Jesús, en sus heridas abiertas y sangrantes, las consecuencias directas de sus propios pecados, que finalizan en el Deicidio de la Cruz: comprende que ha sido él quien ha crucificado a Jesús con sus pecados y comprende también que Cristo lo ha perdonado en vez de condenarlo, y en esto consiste el inicio de la curación del alma o conversión interior.
La contemplación orante de Cristo crucificado cura al alma prodigiosamente, gracias a la poderosísima fuerza sobrenatural que brota de la Cruz, en un prodigio infinitamente más grande que el que recibieron los israelitas al mirar la serpiente de bronce, porque el que contempla a Cristo crucificado no solo recibe la gracia de la conversión, sino que al mismo tiempo le es concedida la Vida eterna, según las palabras de Jesús: “Así como Moisés levantó en alto la serpiente así el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto para que los que crean en Él tengan la vida eterna”.
Pero en la elevación de la serpiente de bronce por Moisés también está representada la elevación que el sacerdote ministerial hace de la Eucaristía en la Santa Misa y es el motivo por el cual, quien contempla y adora la Eucaristía, recibe la curación del alma y la Vida eterna.

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