viernes, 17 de octubre de 2014

“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”


(Domingo XXIX  - TO - Ciclo A – 2014)
         “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 15-21). Los fariseos, acompañados por los herodianos -secta política y no religiosa y partidarios de la dinastía de Herodes el Grande-, tratan de tender una trampa a Jesús, preguntándole acerca del tributo –con esta palabra, se abarcan todos los impuestos: capitación, contribución territorial, etc.- debido al César. La cuestión era importante para los hebreos, puesto que se encontraban bajo el dominio militar y político de Roma, una potencia extranjera, y la cuestión de los impuestos a pagar era algo delicado, ya que si estos suben, la población ve aumentada su esclavitud bajo la potencia extranjera, porque tiene que trabajar más para pagar el tributo exigido por los ocupantes. Sin embargo, los fariseos y herodianos, a pesar de ser ellos hebreos y por lo tanto encontrarse, al igual que el resto del Pueblo Elegido, bajo el dominio de Roma, querían que el status quo se mantuviera[1], ya que eran conniventes con la ocupación y sumisos a Roma, porque esto les aseguraba la conservación de sus privilegios. Es por esto que, contrariamente a lo que pudiera parecer, los fariseos y herodianos que hacen la pregunta a Jesús con respecto al tributo, estaban unidos en sus intentos por sofocar todo intento de rebelión contra Roma.
         La pregunta acerca de si hay que pagar o no el tributo al César, es hecha con mala fe, porque tanto fariseos como herodianos pagaban el tributo, pero sobre todo, porque es hecha con la perversa intención de acusar a Jesús y denunciarlo, ya sea ante el emperador o ante el pueblo, sea cual sea la respuesta que Jesús dé, y le plantea por lo tanto a Jesús una difícil encrucijada[2]. Si Jesús contesta que no hay que pagar, entonces lo denunciarán ante los romanos por desobediencia al emperador. Si por el contrario, aconseja pagar el tributo, su autoridad como Mesías quedaría disminuida ante el pueblo, que identificaba al mesianismo con la independencia del yugo extranjero. Le dirían al pueblo: "Miren, el Mesías que venía a liberarlos del yugo de Roma, aconseja pagar los impuestos del emperador. ¿Qué clase de Mesías es éste?". Es porque los fariseos y herodianos concebían al Mesías como un liberador exclusivamente político y terreno, que venía a liberar al Pueblo Elegido de la esclavitud temporal que los enemigos humanos infligían a Israel. No tenían, en absoluto, la concepción de un Mesías espiritual. Jesús, conociendo la falsedad de la pregunta, podría haberse negado a contestarla, pero no lo hace.
         Jesús procede de la misma manera a como lo ha hecho en otras oportunidades sus enemigos, cuando también querían tenderle trampas por medio de sofismas o de preguntas mal intencionadas: responde a la pregunta con otra pregunta, y lo hace de tal manera, que en la misma respuesta de sus adversarios, ellos mismos encontrarán su propia ruina. Los fariseos y herodianos le muestran una moneda de plata, con la que se solía pagar las contribuciones. Probablemente, por la época, se trataría de una moneda de Tiberio (14-37 d. C.), con la cabeza laureada de este emperador en el anverso y con la inscripción: “Ti (berius) Caesar Divi Aug (usti) F (ilius) Augustus”. La moneda, como se ve claramente por las leyendas acuñadas, proviene del César, es decir, del emperador romano, y es natural que deba serle devuelta. Esta es la lógica divina de Jesucristo: "¿De quién es la moneda? ¿Del César? Pues, entonces, den al César lo que es del César". Pero luego agrega algo inesperado, que deja desarmados a sus oponentes: "Den a Dios lo que es de Dios". 
           De esta manera Jesús establece que, por un lado, no hay inconvenientes en realizar intercambios comerciales y en el cumplir con las autoridades civiles: si el dinero es del César, debe retornar al César. Pero establece un principio nuevo, que no estaba presente en la mentalidad de sus oponentes, puesto que concebían al mesianismo que debía liberar a Israel como meramente político y terreno: si al César se le debe dar lo que le corresponde, con mucha mayor razón, también se le debe dar a Dios lo que le corresponde: "Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". 
          A la par que regula los deberes del cristiano para con Dios y con la Patria, Jesús establece el carácter de su mesianismo, que no es político ni terreno, sino espiritual, puesto que Él es el Mesías que ha de liberar a Israel primero y a toda la humanidad después, no de un sistema político ni de un ejército de ocupación, sino de los verdaderos y mortales enemigos de la humanidad: el Demonio, la Muerte y el Pecado. Al establecer que "a Dios hay que darle lo que es de Él", Jesús establece su mesianismo como puramente espiritual, y no de orden político, puesto que Él derrotará con su sacrificio en la cruz, no a los hombres, sino a los enemigos mortales y espirituales de la humanidad: Satanás, el Mundo y el Pecado.
          En otras palabras, lo que indica Jesús con la respuesta es no solo que las transacciones civiles están en un plano, mientras que los derechos de Dios están en otro, sino que si el César tiene derecho a que se le devuelva lo que le pertenece -el dinero-, con mucha mayor razón, Dios tiene también derecho a que se le devuelva lo que le pertenece, y que Él es un Mesías de orden espiritual y no político. 
          De acuerdo a la respuesta que da Jesús, no existe ningún antagonismo entre los derechos del César y los de Dios, con tal de que las exigencias políticas no obstaculicen los deberes del hombre para con Dios: es decir, el hombre debe cumplir con su Patria -pagar impuestos justos, por ejemplo- y obedecer a sus autoridades, siempre y cuando las autoridades civiles y sus leyes no sean contrarias a la Ley de Dios; en este caso, el cristiano no está obligado, de ninguna manera, a cumplir esas leyes inicuas (como sería el caso, por ejemplo, de las leyes del aborto, eutanasia, divorcio, o cualquier ley que sea contraria a la naturaleza humana).  
          Regresando a la respuesta, los fariseos se sorprenden por la respuesta, que es extremadamente sencilla y que se basa, no en un mesianismo político, como lo entendían ellos, sino en un mesianismo espiritual, el cual posibilita esta tercera alternativa, que consiste no en enfrentar los deberes para con la autoridad civil con los deberes para con Dios, sino en delimitar las esferas de unos y otros deberes[4]. Es decir, Jesús les responde que no se trata de confrontar entre el deber civil –pagar los impuestos- y el deber de Dios, sino que se debe cumplir con la ley humana –siempre y cuando no sea contraria a la Ley de Dios, se entiende- y al mismo tiempo, cumplir con la Ley de Dios.
         Ésta es entonces, la enseñanza central de la parábola. Ahora bien, también estas palabras de Jesús: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, las podemos tomar en un sentido traslaticio y aplicarlas a la vida espiritual y así nos podemos preguntar, desde este punto de vista: ¿quién es el César, espiritualmente hablando? ¿Qué le pertenece al César? ¿Qué le pertenece a Dios?
         El César representa todo lo que es de este mundo y que no será llevado al otro mundo: el hombre viejo con sus pasiones, con su atracción por lo mundano, por lo caduco, por lo corrupto, por lo pasajero; y como pertenece al César, hay que dárselo al César, es decir, al mundo, para que quede sepultado con él, para que cuando regrese Jesucristo en la Parusía, en su Segunda Venida en gloria, sea sepultado para siempre,  bajo el peso omnipotente de la cruz, junto a los otros enemigos del hombre, la muerte y el demonio, para que no resurjan nunca más.
         A Dios le pertenecen, en cambio, el alma, el cuerpo, el ser del hombre, porque Él nos ha creado, nos ha redimido y nos ha santificado; a Dios le pertenece nuestro acto de ser y por lo tanto le pertenecemos todos nosotros con todo lo que somos y tenemos, con nuestro pasado, presente y futuro;  a Dios le pertenece nuestra alma renovada y santificada por la gracia santificante; a Dios le pertenece a Dios nuestra vida, nuestro corazón en gracia, nuestro arrepentimiento, nuestras buenas obras, nuestra fe, nuestro deseo del cielo, nuestras comuniones eucarísticas, nuestras oraciones; a Dios le pertenece todo lo bueno que poseemos y que seamos capaces de decir, hacer y desear; a Dios le pertenece nuestro tiempo y nuestra eternidad también le pertenece, y a Él se la debemos dar, porque hemos sido creados en el tiempo pero para vivir en la eternidad bienaventurada, contemplando a la Santísima Trinidad.
 “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Del César son las pasiones; de Dios son los corazones. A Dios le pertenecen nuestros corazones, entonces se los entregamos en esta Santa Misa, dejándolos al pie del altar, para que Jesucristo, cuando presente su ofrenda al Padre, los lleve consigo y los ofrezca junto a su Sacrificio en cruz, para la redención de la humanidad. Pero para no ser rechazados en el don que hagamos a Dios de nuestros corazones, de todo nuestro ser y de todo lo que somos y tenemos -San Luis María Grignon de Montfort dice que si nosotros vamos por nosotros mismos a Jesucristo, con toda seguridad, seremos rechazados; en cambio, si vamos por medio del Inmaculado Corazón de María, seremos, con toda seguridad, aceptados-, este don lo hacemos por medio de la Virgen, consagrándonos a María Santísima, para que sea Ella la Tesorera Celestial que custodie nuestros corazones en su Corazón Inmaculado, para que Jesucristo tome posesión de ellos en el tiempo que nos queda de nuestra vida terrena, y para que luego permanezcan en adoración perpetua ante la Presencia del Cordero de Dios, en el altar del cielo, por los siglos sin fin.





[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Barcelona 1957, Editorial Herder, 442.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

No hay comentarios:

Publicar un comentario