sábado, 31 de octubre de 2026

“Llega el Esposo, salid a recibirlo”

 


(Domingo XXXII - TO - Ciclo A - 2026)

         “Llega el Esposo, salid a recibirlo” (cfr. Mt 25, 1-13). Para graficar al Reino de los cielos, Jesús utiliza la parábola de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes, todas las cuales esperan al esposo. Para comprender el significado espiritual y sobrenatural de la parábola con una definida simbología esponsal, es necesario sustituir las realidades naturales, como el esposo, la esposa, las vírgenes necias y las prudentes, por sus contrapartes sobrenaturales. Así, nos preguntamos quién es el Esposo, quién es la Esposa del Esposo, qué representan las vírgenes, tanto las necias como las prudentes.

         Al responder estas preguntas, nos encontramos con que el Esposo que viene de unas bodas, es Dios Hijo encarnado, Nuestro Señor Jesucristo; la Esposa, con quien el Esposo se ha unido en esponsorios no terrenales sino sobrenaturales y celestiales, es la Santa Iglesia Católica, aunque también es la Humanidad[1]; las vírgenes prudentes representan a las almas que por la vida de la gracia se preparan en la Iglesia para recibir al Esposo, Dios Hijo encarnado; las vírgenes necias representan a su vez a los bautizados que aun habiendo recibido el don de pertenecer a la Iglesia, no muestran interés en recibir al Esposo. El desposorio o matrimonio sobrenatural al cual asiste el Esposo, es la unión hipostática de Dios Hijo con la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; el regreso de improviso, a la madrugada, representa tanto a la hora de la muerte de cada uno en persona, hora que significará el encuentro personal con Jesucristo, aunque también significa el Segundo Regreso en la gloria de Jesucristo, en el Día del Juicio Final.

         En esta parábola se describe por lo tanto al encuentro del Verbo de Dios encarnado con su Esposa, la Iglesia y también la Humanidad, que acude a su encuentro como el esposo que acude a las bodas para unirse a su esposa. Jesús utiliza el amor humano más puro, después del amor maternal y es el amor esponsal, para graficar la unión entre Dios Uno y Trino con la humanidad. En la parábola de Jesús el amor esponsal, espiritual y puro, que une a los esposos como si fueran uno solo, es utilizado como símbolo y figuración del amor celestial que las Tres Divinas Personas poseen para con la humanidad y es también utilizado como símbolo de la unión espiritual que Dios Hijo quiere establecer con cada alma.

La Persona del Hijo de Dios, enviado del Padre para donar su Espíritu de Amor a la humanidad, es quien declara su amor esponsal a la humanidad por medio de la Encarnación.

Esta simbología esponsal no es propia solo de esta parábola puesto que el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento utilizan el misterio nupcial, el misterio del amor esponsal, para representar el amor de Dios por la humanidad. Así, por ejemplo, en el libro del Cantar de los cantares el Esposo es Dios y la Esposa el alma; en el Nuevo Testamento, el Esposo es el Hijo de Dios encarnado, y la Esposa es la humanidad; en el Apocalipsis se relata el encuentro de Dios con su Iglesia, la cual está adornada “como una Esposa para el día de sus bodas”, y aquí el Esposo es el Cordero de Dios. También los Padres de la Iglesia describen la unión entre Dios encarnado y la humanidad como una unión esponsal, aunque en este caso es mística, espiritual, celestial, sobrenatural.

 

El misterio nupcial humano es utilizado por la Sabiduría divina para describir el misterio nupcial humano-divino, la unión de Dios en la Persona del Hijo con la Humanidad. Ahora, si estas imágenes remiten a la bondad y al inefable amor esponsal de todo un Dios que para demostrar su amor por los hombres no duda en encarnarse para ir al encuentro de la humanidad y esto debe alegrar al alma al sentirse amada con el Amor Eterno e Infinito de Dios, cuánto más debe extra-colmar de alegría no ya las figuras, sino la realidad de ver a ese Amor Divino materializado y encarnado en el Divino Esposo, el Cordero de Dios, Cristo Jesús, quien derrama su Sangre y entrega su Vida divina en la cruz como don supremo de amor sobrenatural por su Esposa Mística, la Iglesia.

Lo que debemos entender, para comprender mejor la parábola, es que si la Iglesia es la Esposa del Cordero, también lo es cada alma bautizada[2], porque son los bautizados quienes por el Espíritu forman parte de la Iglesia, de manera que el encuentro nupcial y el amor esponsal de Jesús Esposo, se dirige a la Iglesia, la cual se presenta en el tiempo y en la historia como una Persona místicamente operante, y también se dirige a cada alma individual que ha recibido el Bautismo sacramental. Entonces, no solo la Iglesia en su conjunto, sino también cada alma de modo particular, son los destinatarios del misterio nupcial de Dios, que viene a nuestro encuentro, así como un Esposo va al encuentro de su Esposa en el día de sus bodas.

Y el Esposo no viene al encuentro de su Esposa, la Iglesia, con las manos vacías, sino con un don, con una dote esponsal de valor infinito y eterno y es su sacrificio en cruz, su sangre derramada, su cuerpo entregado, su alma donada, su vida ofrecida para la salvación de su Esposa, la humanidad. Todos estos dones los entrega a su Iglesia por medio de otro don: el Divino Amor, el Espíritu Santo. Precisamente, para entregar su Amor, su Espíritu Santo, a su Esposa, infundido desde su Sagrado Corazón, es que el Divino Esposo se ofrenda a sí mismo en la cruz, porque el Espíritu Santo, su Amor Esponsal, será derramado sobre las almas con la Sangre Preciosísima que brota de sus heridas y de su costado abierto, como de una Fuente Inagotable. La auto-comunicación de sí y el don del Espíritu de Amor es el único motivo que lleva al Divino Esposo Jesús a inmolarse por su Esposa Mística, la Iglesia, y también por cada alma.

El encuentro nupcial entre el Esposo y su Esposa, iniciado en la Encarnación y llevado a su plenitud en la cruz, llevado a cabo en la historia se renueva en el misterio de los tiempos y en el misterio de la liturgia eucarística, en la Santa Misa, porque allí el Divino Esposo Jesús renueva y actualiza su don supremo para su Esposa, su sacrificio en cruz, convirtiendo el Altar Eucarístico en un Nuevo Calvario, en un Calvario Místico; por la Santa Misa también renueva el don de su Espíritu, el cual es infundido desde su Sagrado Corazón Eucarístico en lo más profundo del alma en la Comunión Eucarística. El cuerpo del Cordero entregado en el altar eucarístico, y su Sangre Preciosísima derramada en el cáliz del altar constituyen la Alianza Nueva y Eterna por la cual Dios Trino no solo declara sino que hace real y efectivo su amor eterno por la humanidad y por cada alma en particular.

Y aquí entra el otro elemento de la parábola, la de las vírgenes, que representan al alma: las vírgenes prudentes son las almas que, agradecidas a Dios por este don esponsal del Amor de su Sagrado Corazón, esperan su encuentro con Él con las lámparas llenas de aceite y encendidas, es decir, con el aceite de la gracia y con la luz de la fe. Por su parte, las vírgenes necias son las almas tibias, que conociendo el Amor de Dios por ellas, no corresponden a este amor, viviendo sin fe y sin la gracia de Dios y por lo tanto, quedan excluidas del Banquete eterno que el Esposo ofrece a las almas fieles que lo aman.

El Divino Esposo, Jesús, el Cordero de Dios, renueva su Alianza esponsal, la Alianza Nueva y Eterna, inmolándose cada vez en al Altar de la cruz y en la cruz del Altar, para concedernos el don de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo y esto lo hace por nosotros, su Iglesia. Por esto mismo, como miembros de su Iglesia y como destinatarios del Ser divino trinitario, que es el regalo de bodas que se ofrece como don celestial en cada Eucaristía, debemos, como las vírgenes prudentes, esperar al Esposo con el alma plena del aceite de la gracia y con la luz de la fe encendida, operante mediante obras de misericordia, para adorarlo en su Presencia real eucarística y así ingresar a la Cámara Nupcial, su Sagrado Corazón Eucarístico, dándole gracias por su infinita y divina misericordia.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 571.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 185.


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