miércoles, 14 de abril de 2021

“Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras”

 


(Domingo III - TP - Ciclo B – 2021)

         “Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras” (Lc 24, 35-48). Una característica común entre los discípulos es la incredulidad frente a las apariciones de Jesús resucitado: sucede con María Magdalena, quien viéndolo en persona lo confunde con el jardinero; sucede con los discípulos de Emaús, que lo confunden con un extranjero; sucede con los Apóstoles, quienes, a pesar de que también Jesús se les aparece en persona, con su Cuerpo glorioso y resucitado, lo confunden con un fantasma; sucede también con los Apóstoles, en la aparición de Jesús a orillas del Mar Tiberíades: en un primer momento “no saben quién es” y solo lo reconocen luego de que Jesús obra el milagro de la segunda pesca milagrosa. Es decir, Jesús resucitado, vivo y con su Cuerpo glorificado, es confundido con un jardinero, con un forastero, con un fantasma y con un desconocido y esto no por parte de quienes no lo conocían, sino precisamente por parte de aquellos que más lo conocían, sus discípulos y sus Apóstoles. ¿A qué se debe esta incredulidad?

         Por un lado, podemos aducir razones psicológicas, emocionales o afectivas: estaban tan impresionados por la durísima y dolorosísima Pasión del Viernes Santo y estaban tan acongojados y tristes por el duelo del Sábado Santo, que la tristeza, la angustia, el llanto y el dolor les impiden reconocer a Jesús. Podríamos aducir entonces que el desconocimiento de Jesús es de origen psicológico y que una vez recuperados del trauma que supone haber vivido la Pasión, los discípulos habrían de reconocerlo. Sin embargo, esta no es, de modo absoluto, la causa por la cual los discípulos se muestran incrédulos ante Jesús resucitado. Ahora bien, antes de adentrarnos en un intento de explicación acerca de la incredulidad, podemos hacer la siguiente consideración: esta incredulidad puede llamarse también “racionalización de la fe” y se da en una persona cuando esa persona cree en Jesús, pero con las solas capacidades de su razón humana, dejando de lado todo lo que supere los límites racionales, los límites estrechos de la razón humana. Por ejemplo, la fe es racionalista cuando se niegan los milagros de Jesús, o cuando se niega que Él sea Dios Hijo encarnado –es lo que les pasa a los judíos del tiempo de Jesús y también a los de ahora-, o cuando se niega su resurrección, no necesariamente de modo explícito pero sí implícito y se niega la resurrección de Jesús cuando el cristiano vive y muere como si Jesús nunca hubiera existido o como si Jesús no fuera Dios. La racionalización de la fe católica es mortalmente peligrosa para el alma, porque oscurece al alma, privándola de la luz de la gracia, eliminando todos los elementos sobrenaturales del misterio pascual de Jesucristo y reduciendo la vida de Jesús y su Pasión, Muerte y Resurrección a simples indicativos morales, sin considerarlos como lo que son, el misterio de la eterna salvación de las almas. La racionalización de la fe hace que el alma viva una fe falsa, una fe sin milagros, una fe sin la Presencia de Cristo Dios y es doblemente peligrosa, porque al negar la divinidad de Cristo, se niega la divinidad de la Eucaristía, porque la Eucaristía es Cristo Dios encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Racionalizar la fe, reducirla a los límites estrechos de lo que la razón humana puede comprender o considerar como racional y lógico, es dejar de lado la verdadera fe católica, que lejos de ser irracional, es supra-racional, es decir, es un misterio que proviene de Dios Trino y que por eso supera infinitamente los límites de la razón humana o de la inteligencia angélica. Los discípulos racionalizan la fe y por eso se muestran incrédulos ante Jesús resucitado, pero la razón de esta racionalización e incredulidad no tiene explicación que se origine en el hombre.

         Hay una razón, por la que los discípulos no lo reconocen a Jesús resucitado y no es de orden psicológico, emocional o afectivo: es la falta de la luz de la gracia, luz que ilumina sus intelectos para que conozcan a Cristo Dios como Él se conoce y que ilumina sus voluntades para que amen a Cristo Dios como Él se ama a Sí mismo, desde la eternidad, con el Amor del Espíritu Santo.

         Esto es notorio en las diversas apariciones: hay un antes y un después del encuentro con Jesús resucitado, primero la incredulidad y después el reconocimiento. Por ejemplo, en María Magdalena, este paso de la incredulidad al reconocimiento, se da cuando Jesús la llama por su nombre; en el caso de los discípulos de Emaús, cuando Jesús parte el pan; en el caso de los Apóstoles a la orilla del Mar de Tiberíades, cuando Jesús realiza el milagro de la segunda pesca milagrosa; en el caso de este Evangelio, cuando Jesús se hace presente en medio de ellos, cuando sopla sobre ellos el Espíritu Santo y “les abre el entendimiento”. En todos estos casos, el cese de la  incredulidad y el inicio del reconocimiento de Jesús resucitado se da cuando Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, quien les concede la iluminación del intelecto y de la voluntad, por medio de la gracia, para que ellos conozcan y amen a Jesucristo tal como Dios Uno y Trino lo conoce y lo ama.

         “Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras”. Muchas veces nos sucede lo mismo que a los discípulos, pero a nosotros en relación a Jesús Eucaristía: con relación a la Eucaristía, nos sucede que racionalizamos la fe católica en la Eucaristía y terminamos viendo al Santísimo Sacramento del altar no como lo que es, el Hijo de Dios que prolonga su Encarnación en la Hostia consagrada, sino que vemos la Eucaristía como si fuéramos protestantes, musulmanes o judíos: la vemos como a un pan bendecido y nada más y la tratamos como si fuera un pan bendecido, como si fuéramos a recibir un trozo de pan y no al Hijo de Dios oculto en apariencia de pan. Por eso mismo, también nosotros necesitamos que Jesús sople su Espíritu Santo sobre nosotros, para que “nos abra la inteligencia”.

 

 

 


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