jueves, 6 de septiembre de 2012

Jesús increpaba a los demonios y no los dejaba hablar



“Jesús increpaba a los demonios y no los dejaba hablar” (Lc 4, 38-44). En este episodio del Evangelio, Jesús cura a diversos enfermos, entre ellos a la suegra de Pedro, y expulsa a demonios, muchos de los cuales salen de los mismos enfermos.
Una primera observación que se desprende del relato evangélico es la distinción entre enfermos y enfermos-poseídos: hay enfermos que son curados de su enfermedad, mientras que otros, además, reciben la liberación espiritual, al ser liberados de la posesión demoníaca: “De muchos (enfermos) salían demonios”.
No es casualidad que el evangelista que hace esta distinción entre enfermos y enfermos-poseídos sea Lucas: él es médico, y conoce muy bien la diferencia que hay entre una simple enfermedad y una enfermedad asociada a una posesión demoníaca.
En el episodio del Evangelio queda claro, por lo tanto, que no solo hay una verdadera distinción entre enfermedad –corporal, mental-, posesión diabólica y enfermedad más posesión diabólica, sino que el demonio existe y busca dañar al hombre.
El demonio es un ser real, una entidad maligna, un ser angélico, una persona angélica, que por libre elección decidió rechazar el servicio y la adoración de Dios Trino, para lo que había sido creado, para perversamente adorarse a sí mismo. Con esta decisión, el demonio, y todos los ángeles apóstatas que lo siguieron, que libremente se convirtieron de ángeles de luz, en ángeles de oscuridad, perdieron para siempre la capacidad de amar, con lo cual se hicieron indignos de estar en los cielos, delante de un Dios que es Amor infinito.
Por lo tanto, el demonio sólo tiene capacidad para odiar, con un odio que supera todo lo que el hombre pueda imaginar, y debido a que no puede nada contra Dios, descarga todo su odio y toda su perversa inteligencia, contra el hombre, que es la imagen viviente de Dios.
Es así como el demonio busca la perdición eterna del hombre, engañándolo, y atrayéndolo hacia los placeres terrenos; persigue la exaltación de los sentidos, que el hombre se aturda con la televisión e internet, con la música estridente e indecente; con los espectáculos deportivos, con el cine, con la moda, con cualquier cosa, con tal de que el hombre se olvide de Dios y de que tiene un alma para salvar. Y en nuestros días, lo está consiguiendo con un éxito rotundo, vista la ausencia masiva de fieles católicos a la Iglesia, sobre todo a la Santa Misa dominical, y vista también la ausencia de presencia católica verdadera y eficaz en los medios de comunicación, en la cultura, en el deporte, en el cine, o en cualquier actividad humana.
Lamentablemente, muchos dentro de la Iglesia, niegan la existencia del demonio, y combaten e increpan a aquellos que denuncian su existencia, su presencia y su obrar, con lo cual, lo único que consiguen, es que la espesa y oscura humareda infernal que ha entrado en la Iglesia, como lo decía el Papa Pablo VI, sea cada vez más y más densa y oscura.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

"Todos estaban admirados de su doctrina (….) Todos se enfurecieron y quisieron matarlo"



“Todos estaban admirados de su doctrina (….) Todos se enfurecieron y quisieron matarlo” (Lc 4, 16-30). Lo que sorprende en este Evangelio es el sorpresivo y radical cambio de actitud de los que asisten a la Sinagoga: primero están fascinados con la prédica de Jesús, y luego quieren asesinarlo.
¿A qué se debe? Mientras Jesús predica, pero no toca el tema de la santidad de vida, necesaria para obtener el favor divino, todos están fascinados, pero apenas Jesús les hace ver a los fariseos que el favor de Dios no depende de la raza ni tampoco de la religión -ya que los favorecidos son un pagano, Naamán el sirio, que es curado él de la lepra y no los hebreos, y la viuda de Sarepta, una mujer pagana que es bendecida con la visita del profeta Elías- se “enfurecen”, según el evangelista, y desean asesinar a Jesús, tratando de despeñarlo.
El paso de un estado de ánimo a otro se da cuando se percatan de que ellos no serán favorecidos por el solo hecho de pertenecer al Pueblo Elegido, ya que estaban convencidos de que Dios los bendeciría sólo por ser fariseos y miembros del Pueblo Elegido, sin importar el trato que dieran a su prójimo.
         Pero precisamente, lo que Jesús les dice, es que no basta la sola condición de miembros del Pueblo Elegido para recibir la bendición divina: si no hay amor al prójimo, de nada vale la pertenencia extrínseca a una sociedad religiosa.
Lo que Jesús les quiere hacer ver es que Dios no los bendice por la dureza de sus corazones, porque mientras dicen alabar a Dios con sus labios, desmienten en la práctica esa alabanza, al condenar a su prójimo con su lengua.
         Esto también es válido para los cristianos: no por estar bautizados, asistir a Misa, y comulgar con frecuencia, se recibe el don de Dios, ya que si se hace esto, pero se endurece el corazón hacia el prójimo, hablando mal de él, tratándolo mal, con aspereza, de malas maneras, o despreciándolo, Dios no da su bendición, porque no puede darla a quien endurece su corazón contra su prójimo.
         Es por esto que el Apóstol Santiago dice: “Quien no refrena su lengua, nada vale su religión” (Sant 1, 26).
         Si el cristiano no deja de murmurar contra su prójimo, si no deja de hablar contra él y de tener rencor y enojo en su corazón, de nada vale su religión, aún cuando asista a Misa todos los días.

viernes, 31 de agosto de 2012

"Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas"



(Domingo XXII – TO – Ciclo B – 2012)
         “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de males: las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (cfr. Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23). La frase de Jesús explica el origen del mal que hay en el mundo: no es otro que el mismo corazón del hombre. Cuando surgen las preguntas acerca del mal que existe en el mundo, la respuesta está en este pasaje del Evangelio: “Es del corazón del hombre de donde salen todos los males”. Y de esta malicia que surge del hombre, se aprovecha el demonio, el Príncipe de las tinieblas, para acrecentar el mal.
         Cuando sucede una desgracia, surge prontamente la acusación a Dios: “Dios me castiga, Dios no me quiere, y por eso permite que me sucedan estas cosas, Dios se ha olvidado de mí, etc., cuando la realidad es otra muy distinta: los males suceden al hombre porque el hombre se aparta de Dios y de su Ley, pretendiendo hacer su propia voluntad y no la voluntad divina, expresada en los mandamientos de Jesucristo. Y cuando el hombre se aparta de Dios y de sus Mandamientos, pretendiendo ser feliz, sólo consigue su ruina, su desdicha y su gracia, porque fuera de Dios, de su Iglesia y de sus sacramentos, solo hay tristeza, amargura, infelicidad, desdicha, penas, llanto, dolor y muerte.
        Cuando el hombre se aparta de Dios, y todavía más, cuando el católico se aparta de su Iglesia, de sus Mandamientos, de sus preceptos, de sus sacramentos, se aparta de Dios Trino que es Amor, y así separado y apartado de Dios, solo encuentra oscuridad, desdichas, llanto y lamento.
         En otras palabras, cuando el hombre decide vivir sin Dios –sin los Mandamientos de Cristo y de la Iglesia-, piensa el mal, desea el mal y obra el mal -esto es lo que quiere decir el profeta Jeremías cuando dice: "Nada más falso y enfermo que el corazón" (17, 9)-, y así deja de recibir el influjo benéfico de Dios, que es Amor, Paz y Bien infinitos.
Esta separación del católico de su Iglesia lo vemos y lo constatamos todos los días, por la ausencia a la Misa dominical, pero también porque muchos de los que asisten, no se comportan luego en sus vidas cotidianas como los Mandamientos de Dios lo exigen.
         ¿Dónde podemos ver las consecuencias del mal creado y producido por el hombre? En nuestra sociedad de hoy, lo podemos ver en prácticamente todos los ámbitos en los que se desempeña el hombre, porque hoy el hombre ha creado una sociedad al margen de los Mandamientos de Dios.
         Si el Mandamiento de Dios dice: “No tendrás otro Dios más que a Mí”, el hombre se construye ídolos falsos ante los cuales se postra: la televisión, el cine, las estrellas de fútbol, de música, el placer, el dinero, la política.
         Si el Mandamiento de Dios dice: “No tomar el santo nombre de Dios en vano, el hombre se las ingenia para oponerse, editando películas, obras de teatro, de música, blasfemas, en donde se hace burla sacrílega de su Vida y de su Persona, y los ejemplos abundan cada vez más, en todos los ámbitos.
         Si el Mandamiento de Dios dice: “Acuérdate de santificar las fiestas”, el hombre convierte el Domingo en espacio de jolgorio, de deporte, de juegos, de diversiones.
         Si el Mandamiento de Dios dice: “Honra a tu padre y a tu madre”, el hombre inventa leyes por las cuales las figuras paterna y materna, del varón y de la mujer, quedan reducidas a la nada.
         Si el Mandamiento de Dios dice: “No matar”, el hombre aprueba leyes que favorecen el aborto, la eutanasia, la fecundación in Vitro, el alquiler de vientres, y muchas otras más, que hacen desaparecer el respeto debido a la ida humana.
         Si el Mandamiento de Dios dice: “No cometer actos impuros”, el hombre justifica, exalta y hace propaganda de toda forma de impureza.
         Si el Mandamiento de Dios dice: “No robar”, el hombre crea una sociedad en la que, por el ejemplo de las series televisivas, se difunden cada vez más los robos, la violencia, los secuestros.
         Si el Mandamiento de Dios dice: “No dar falso testimonio ni mentir”, el hombre construye una sociedad en la que la mentira, la hipocresía, el fingimiento, el engaño, son moneda corriente de todos los días.
         Si el Mandamiento de Dios dice: “No desear los bienes ajenos y la mujer de tu prójimo”, el hombre difunde por televisión, Internet, cine y música, y ahora también a través de leyes civiles, la falsa idea de que la fidelidad matrimonial ya no es esencial al matrimonio, que los esposos pueden separarse cuando quieran –el llamado “divorcio exprés”-, lo cual equivale a la autorización de hecho de la poligamia, del adulterio conyugal, de la infidelidad, y de toda clase de males para el matrimonio, exaltados como si fueran cosas buenas y positivas.
         No en vano la Virgen se aparece en La Salette y anuncia que las plagas iban a destruir las cosechas de papa y de uvas y que a consecuencia de esto, sobrevendría el hambre; pero este hecho, que luego sucedió realmente, no era sino una prefiguración de la verdadera plaga que la Virgen anunciaba, el mal que nace del corazón del hombre, y que lo lleva a despreciar el nombre santo de Dios, insultándolo –a Jesús, a la Virgen, a los santos y a los ángeles- y a despreciar el mayor don que Dios Trino podía hacer al hombre, la Santa Misa, en donde se renueva el santo sacrificio de la Cruz, en el altar, bajo las especies sacramentales.
         “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de males: …”. Jesús nos advierte que debemos cambiar nuestro corazón, que debemos convertirnos –“Convertíos, porque de otro modo pereceréis” (cfr. Lc 13, 1-9)-, puesto que sólo la conversión del corazón por parte de la gracia santificante que dan los sacramentos, más la oración y las obras buenas, son garantía infalible de felicidad, en esta vida y en la otra.
    No en vano dice el Salmo 33: "...¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella". Solo un corazón que busca la conversión, por la contrición y el dolor de los pecados, refrena su lengua -"El que no refrena su lengua, nada vale su religión", dice el Apóstol Santiago-, evita la mentira y la falsedad, se aparta del mal, y busca de todo corazón cumplir los Mandamientos de Cristo Dios -"Ama a Dios y al prójimo, ama a tus enemigos, perdona setenta veces siete, ama a tus hermanos como Yo te he amado, con un amor de Cruz"-, sólo ése, encontrará paz, felicidad, y la verdadera prosperidad, que no es material, sino espiritual.
     Si nos convertimos, si buscamos cambiar nuestro corazón por la gracia santificante, entonces nuestro corazón se convertirá, de lugar oscuro, en un lugar luminoso, templo del Espíritu Santo, y así, transformado por la gracia santificante, nuestro corazón no será el "lugar de donde salen toda clase de cosas malas", sino un "manantial que brota hasta la vida eterna" (cfr. Jn 4, 14).

lunes, 27 de agosto de 2012

¡Ay de ustedes, fariseos hipócritas, que descuidan lo esencial de la Ley, la justicia, la misericordia y la fidelidad!



“¡Ay de ustedes, fariseos hipócritas, que descuidan lo esencial de la Ley, la justicia, la misericordia y la fidelidad!” (Mt 23, 23-26). Dentro de todos los “ayes” de Jesús, este es el que se dirige directamente a la falta más grave cometida por los fariseos: el olvido de “lo esencial de la Ley”, la “justicia”, la “misericordia” y la “fidelidad”.
Mientras los fariseos se creían justos y puros –fariseo significa precisamente “puros” o “apartados”, es decir, que no están contaminados con el contacto con los impuros- porque cumplían escrupulosamente los preceptos de la Ley, Jesús los desenmascara y les reprocha duramente su falta principal, la ausencia de misericordia, de caridad y de compasión, lo cual conlleva la injusticia cometida hacia el prójimo y la infidelidad a la Ley mosaica.
Los escribas y fariseos son merecedores de los “ayes” de Jesús –anticipo del “ay” eterno con el que el alma se lamentará el haber perdido a Dios para siempre- no por ser religiosos, ya que Jesús les dice explícitamente que eso se debe hacer –cumplir extrínsecamente la religión, sino porque han vaciado a la religión de contenido: por concentrarse en el cumplimiento externo, han descuidado y dejado de lado “lo esencial” de la Ley, su núcleo, su esencia, su corazón, que es la misericordia y la compasión.
Lo que Jesús nos quiere hacer ver es que lo que da valor a la práctica religiosa no es la mera observancia externa, sino ante todo y principalmente la adoración interior al Dios Verdadero, Uno y Trino, que se debe traducir exteriormente en el cumplimiento de los deberes extrínsecos religiosos, sumados a la misericordia y a la compasión para con el prójimo más necesitado.
Se puede decir entonces que la práctica perfecta de la religión está formada por estos tres elementos: adoración en el corazón al Dios Trino, práctica de los deberes externos de la religión –asistencia a Misa, cumplimiento de los preceptos, oraciones vocales y mentales-, y obras de misericordia, corporales y espirituales.
De estos tres elementos, el que determina la existencia o no de una religiosidad verdadera, es el primero, la adoración a Dios con el corazón contrito y humillado, ya que eso es lo que lleva al amor del prójimo por la caridad. Sólo así la oración y el cumplimiento extrínseco de las normativas religiosas no solo tiene sentido, sino que alcanza su máxima perfección y su fin último, que es la unión en el Amor del alma con Dios.
Y lo contrario también es verdadero: si falta la caridad, falta la esencia de la religión católica; si falta el amor al prójimo, toda la estructura religiosa queda vacía y hueca, como un árbol sin fruto, con raíces secas, que se mantiene en pie por inercia, pero del que solo permanecen la corteza y unas pocas ramas.
“¡Ay de ustedes, fariseos hipócritas, que descuidan lo esencial de la Ley, la justicia, la misericordia y la fidelidad!”. Los “ayes” de Jesús dichos contra los escribas y fariseos hace veinte siglos, se repiten en el tiempo cada vez que un bautizado se olvida que la esencia de la religión católica es la misericordia y la compasión, y maltrata a su prójimo, y lo escucharán quienes se condenen, por la eternidad, ya que es el lamento del Hombre-Dios al comprobar que la dureza de corazón hizo vano su sacrificio por muchos que no quisieron convertirse.

domingo, 26 de agosto de 2012

¡Ay de ustedes fariseos, hipócritas, ciegos, insensatos!



“Ay de ustedes fariseos, hipócritas, ciegos, insensatos” (cfr. Mt 23, 13-22). En este pasaje del Evangelio, Jesús se muestra particularmente molesto e irritado contra los fariseos, y da muestra de este enojo e irritación la sucesión de adjetivos con los que los califica: hipócritas, ciegos, insensatos. La dureza de su reproche se acentúa todavía más, cuando se considera que los fariseos eran individuos religiosos, que se jactaban precisamente del cumplimiento escrupuloso de las prescripciones legales, de su dedicación al Templo, y de su conocimiento de las Escrituras. Pero Jesús no les reprocha esta dedicación y este cumplimiento de normas, ni el conocimiento de las Escrituras: les reprocha la doblez de corazón –eso es lo que significa “hipócrita”-, pues mientras dicen orar a Dios, menosprecian a su prójimo; les reprocha su ceguera espiritual, porque aprecian más el oro y la ofrenda del altar, antes que a Dios, por quien el oro y la ofrenda tienen sentido; les reprocha su insensatez, porque cuando hacen algún prosélito, en vez de acercarlo al Dios verdadero, lo alejan de Él al enseñarle a ser hipócrita como ellos.
Como cristianos, no debemos pensar que el reproche de Jesús se limita a los fariseos y que a nosotros no nos llega, ya que también podemos caer en el mismo error farisaico: de hecho, somos fariseos cuando usamos la religión para aparecer ante los demás como buenos, mientras que en nuestro interior murmuramos contra el prójimo; somos fariseos cuando rezamos y cumplimos el precepto dominical, pero somos al mismo tiempo indiferentes a las necesidades materiales y espirituales de quienes sufren; somos fariseos cuando decimos amar a Dios pero atribuimos maldad a las intenciones de nuestro prójimo; somos fariseos cuando juzgamos a nuestros hermanos en Cristo por su apariencia y por lo que tienen, en vez de considerarlos “superiores a nosotros mismos” (cfr. Fil 2, 3), como lo pide San Pablo.
“Ay de ustedes fariseos, hipócritas, ciegos, insensatos”. Sólo la gracia santificante de los sacramentos previene y cura de ese cáncer espiritual que es el fariseísmo, ya que destruye a la hipocresía, al conceder al corazón el Amor mismo de Dios; cura la ceguera espiritual, iluminando los ojos del alma con la luz de la fe, y sana la insensatez, dando a la razón humana la Sabiduría divina.

viernes, 24 de agosto de 2012

Es duro este lenguaje…” (…) Jesús sabía quiénes eran los que no creían y quién lo iba a traicionar



(Domingo XXI – TO – Ciclo B – 2012)
            “Es duro este lenguaje…” (…) Jesús sabía quiénes eran los que no creían y quién lo iba a traicionar” (cfr. Jn 6, 60-69). Luego de auto-proclamarse como Pan de Vida eterna, que dará la vida eterna a quien coma su Cuerpo y beba su Sangre, Jesús recibe el reproche y el fastidio de quienes lo escuchan sin fe. Entre éstos, está también aquél que habrá de traicionarlo, Judas Iscariote. Nada de esto pasa desapercibido a Jesús: "Sabía quiénes no creían y quién lo iba a traicionar". 
         De esto se ve que la falta de fe sobrenatural en Jesús, se deriva en la traición y el abandono: muchos de los que no creen en sus palabras, lo abandonan, mientras que Judas lo traiciona. No es por lo tanto inocuo tener o no tener fe en Jesús: quien tiene fe sobrenatural y cree que Jesús es Dios, termina dando su vida por Él, como sucede con Pedro, que no lo abandona: "Sólo Tú tienes palabras de vida eterna". 
         Por el contrario, quien no ve a Jesús con los ojos de la fe de la Iglesia, iluminados por la luz del Espíritu Santo, lo ve con ojos puramente humanos, y con los ojos humanos se vuelve incomprensible su mensaje y su salvación, y así termina por abandonarlo: "Muchos de sus discípulos lo abandonaron". Y es la falta de fe lo que lleva a Judas Iscariote no solo a abandonarlo, sino ante todo a traicionarlo.
No es inocuo entonces tener o no tener fe en Jesús como Dios: quien ve a Jesús con ojos puramente humanos, no comprende su mensaje, que viene del cielo, y al no comprender su mensaje, lo reduce al nivel de su capacidad de comprensión, y como la capacidad de comprensión de la razón humana sin el auxilio divino es sumamente limitada, termina por rechazar lo que no comprende, y así le llama “enfermedad epiléptica” a lo que es posesión demoníaca; “imaginación de la comunidad de los primeros cristianos” a los milagros de multiplicación de panes y peces, de resurrección de muertos, de dominio sobre la naturaleza, y finalmente, al mismo Jesús, lo llama “hijo de José el carpintero”, lo cual quiere decir que cree en un Jesús que es simplemente hombre.
Ver con ojos humanos a Jesús, es el equivalente a abandonarlo, porque se cree en un Evangelio totalmente distinto.
         Trasladado a nuestro tiempo, abandonan el Evangelio y la Iglesia de Jesús aquellos que creen que Jesús murió y no resucitó: para estos, lo que hay que hacer es buscar su cuerpo muerto en alguna tumba de Israel. Son los que creen que Jesús era un hombre común, como todos los demás, y que por lo tanto se casó y tuvo hijos y descendencia con María Magdalena. Estos tales, de esta manera, dan crédito a películas blasfemas como “El Cuerpo”, o “El Código Da Vinci”, cuando no se atreven más y lo calumnian adjudicándole un trato indecente con el Apóstol Juan.
         Lo que sucede con Jesús, sucede también con la Eucaristía: quien no ve a la Eucaristía con los ojos de la fe, la ve con ojos humanos, y así piensa que no es más que un poco de pan sin otro valor que el simbólico, el que le dan los que asisten a la ceremonia religiosa, pero de ninguna manera ven a la Eucaristía como el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, el Hombre-Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
         Y es así como la Eucaristía del Domingo termina siendo desplazada por cualquier asunto mundano. No en vano la Virgen María, en sus apariciones en La Salette, se lamenta y llora porque los hombres blasfeman y faltan a Misa el Domingo por cualquier motivo.
Lo mismo que anunciaba la Virgen en ese entonces, nos lo anuncia para nosotros hoy: quien deja la Misa dominical por sus diversiones, se verá privado de la bendición de Dios.
Pero lo que sucede con Jesús y con la Eucaristía sucede también con la Iglesia: si Jesús no es Dios, la Eucaristía no es Jesús Dios, y la Iglesia Católica no es la verdadera y única Iglesia fundada por Jesús Dios, y por lo tanto no está guiada por el Espíritu Santo, y todo lo que Ella dice puede ser cuestionado y cambiado, y es así como hay sacerdotes que se comportan como laicos y laicos como sacerdotes, pretendiendo suplantarlos; es así como se pretenden que se anule el celibato para los sacerdotes, que se permita la ordenación de mujeres, que se aprueben el aborto y la eutanasia, y muchas otras aberraciones más.
Si Jesús no es Dios, la Eucaristía no es Jesús Dios, la Iglesia no está asistida por el Espíritu Santo, entonces reformemos la Iglesia y construyamos una Iglesia a nuestra medida: esta es la peligrosa derivación de la ausencia de fe sobrenatural en Jesús.
         “Es duro este lenguaje…” (…) Jesús sabía quiénes eran los que no creían y quién lo iba a traicionar”. Judas Iscariote rechaza la luz del Espíritu Santo, y por ese motivo termina traicionando a Jesús, vendiéndolo por dinero, prefiriendo escuchar el tintinear de las monedas de plata antes que a su Sagrado Corazón, y prefiriendo además unirse al demonio, según lo relata el evangelista Juan: “Cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él. Afuera era de noche”.
         A diferencia de Judas, debemos preferir escuchar los latidos del Sagrado Corazón de Jesús, que nos habla del Amor infinito de Dios por cada uno de los hombres -"Dios se ha enamorado de ustedes", les dice Moisés al Pueblo Elegido en el desierto, y ese Dios enamorado de todos y cada uno de nosotros es Jesús en la Eucaristía-, y para poder escucharlo, es que asistimos a Misa el Domingo, y nos unimos a Él por la comunión eucarística.

miércoles, 22 de agosto de 2012

El Reino de los cielos es como las bodas del hijo de un rey



“El Reino de los cielos es como las bodas del hijo de un rey” (cfr. Mt 14, 11-21). Con la figura de un rey que organiza una boda para su hijo, Jesús describe al Reino de los cielos, pero esta figura se aplica también a la Santa Misa, puesto que por la Misa, la Iglesia posee a Aquel a quien los cielos no pueden contener, Jesús, el Hombre-Dios en la Eucaristía.
El banquete es la Santa Misa, en donde Dios Padre prepara un manjar celestial para agasajar a los invitados, aquellos que han sido elegidos para participar del agasajo, los que han sido bautizados en la Iglesia Católica. En este manjar, Dios Padre sirve una comida exquisita: la carne de Cordero del Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero, y el Pan Vivo bajado del cielo, el Cuerpo glorioso de Jesús resucitado.
Pero en la parábola no todos aceptan la invitación, ya que consideran a sus asuntos como más dignos de interés, mientras que otros van más allá, matando a los enviados del rey: aquí están representados los católicos tibios y apóstatas, que dejan de lado la Santa Misa por asuntos terrenales, por diversiones, por placeres mundanos, y los que asesinan a los enviados del rey, representan a aquellos que, aún sin derramar sangre, hacen callar, de mala manera, a quienes les invitan asistir a la Santa Misa.
El último elemento de la parábola en donde se prefigura la Santa Misa, es el hombre que es sorprendido por el rey sin traje de fiesta: representa al alma en pecado mortal, sin el traje de fiesta que es la gracia santificante. Dicha persona, si está en misa, no puede comulgar, y en el juicio particular, es arrojado fuera del Reino de los cielos, puesto que la ausencia de gracia santificante es equivalente a ausencia de amor, sin lo cual nadie puede permanecer delante de Dios.
“El Reino de los cielos es como las bodas del hijo de un rey”. Cada día, Dios Padre nos invita al banquete de bodas, la Santa Misa, para agasajarnos con un manjar exquisito, el Cuerpo resucitado de su Hijo Jesús; si apreciamos el valor de dicha invitación, no podemos dejarla de lado por ningún asunto terreno.