La vida de estos santos mártires del siglo III d. C. está
caracterizada por una radical conversión a Jesucristo, ya que pasaron de ser
brujos y hechiceros que lanzaban maldiciones oscuras, invocaban demonios y
creaban pociones mortales, a dar la vida en testimonio de Jesucristo.
Lucian
y Marcian, habitantes de Nicomedia, antes de su conversión, eran conocidos por ser
hombres educados, extremadamente ricos y peligrosamente poderosos y toda esta
fama se debía a la práctica de la magia negra.
Dominaban a la perfección
las artes oscuras, siendo experimentados hechiceros que practicaban con
solvencia los hechizos practicados por muy pocos magos negros, conocidos como “ojo
de tritón” y “dedo de rana”. Lucian y Marcian se dedicaban de lleno a invocar a
espíritus paganos demoníacos y acumulaban textos ocultistas invaluables, en los
que aprendían sus hechizos más poderosos. Su biblioteca secreta de rituales era
la más codiciada de la región. Estaban entregados por completo a la demonología
y a la demonolatría y a la adoración de entidades malignas. La práctica de la
magia negra y de la hechicería les había proporcionado una vida de grandes
lujos materiales, obtenidos por la venta de amarres de amor, maleficios y
maldiciones feroces a clientes desesperados. Eran considerados intocables y
poderosos, porque quien se cruzaba con ellos terminaba sufriendo las
consecuencias de su brujería.
Sin embargo, el poder oscuro de estos hechiceros se enfrentó
contra una fuerza infinitamente más fuerte que la fuerza oscura que ellos manipulaban.
El cambio se inició cuando un cliente los contrató para lanzar un ataque mágico
devastador contra una joven virgen cristiana. Lucian y Marcian decidieron
invocar a sus espíritus demoníacos más feroces y lanzaron un asalto espiritual feroz
para corromperla y destruirla.
Sin embargo, a pesar de sus invocaciones, la magia negra fracasó
por completo y el motivo del rotundo fracaso de sus brujerías fue que la joven
cristiana, sin el más mínimo temor a los brujos, se defendió trazando la Señal
de la Cruz.
Marcian y Lucian pudieron constatar con sus propios ojos
cómo los demonios, ante la Señal de la Santa Cruz, retrocedían aterrorizados y
caían derrotados ante un gesto tan simple, y así los magos quedaron
completamente impotentes. Comprendieron, en ese mismo momento, que los supuestos
espíritus poderosos no eran más que miserables subordinados del Dios de los
cristianos y en ese mismo momento su mundo de ocultismo y magia negra se vino
abajo, recibiendo los hasta entonces magos, la gracia de la conversión completa
y total a Nuestro Señor Jesucristo, abandonando para siempre la nefasta
práctica del ocultismo y la hechicería.
Para hacer ver que realmente cambiaban de vida, tomaron
decisiones drásticas que asombraron a quienes los conocían. Comenzaron por
llevar su costosa biblioteca de libros ocultistas al centro de Nicomedia y la
quemaron frente a todos; además, pusieron en venta sus grandes y costosas
propiedades, regalando toda su riqueza a los pobres y luego decidieron
bautizarse. Luego del bautismo, Lucian y Marcian decidieron retirarse al
desierto, para vivir una vida de penitencia y oración, alimentándose únicamente
de pan y agua. Pero luego de un tiempo de silencio y penitencia, recibieron la moción
del Espíritu Santo de salir a predicar a un mundo que vivía envuelto en las
tinieblas del error, de la muerte y de las tinieblas vivientes y fue así que se
convirtieron en grandes y fervientes predicadores al aire libre, logrando
rescatar a un gran número que se encontraban en el error de la magia y el ocultismo.
Fue esta prédica pública la que los llevó a la cárcel y luego al martirio,
porque en el año 250 d. C. el emperador Decio desató una persecución
sistemática y sangrienta contra los cristianos, siendo capturados y llevados
ante el gobernador de Bitinia, Sabinus. Cuando el juez les preguntó con qué
autoridad se atrevían a predicar, Lucian con su respuesta dejó al descubierto la
amarga hipocresía del Estado Romano, afirmando que cuando ellos hombres
perversos que destruían vidas con la magia negra, las leyes de Roma los dejaban
vivir en paz y libertad; pero ahora que eran ciudadanos pacíficos y compasivos por
ser seguidores de Cristo, los cazaban y torturaban como si fueran los peores
criminales. El gobernador Sabinus, furioso ante la verdad, ordenó que los
colgaran en el potro de tortura, sentenciándolos al mismo tiempo a muerte,
condenándolos a ser quemados vivos. A pesar del dolor desgarrador, Lucian y
Marcian se mantuvieron serenos y firmes y se negaron rotundamente a renunciar a
su fe.
Los
testigos del martirio registraron algo que desafiaba la lógica humana: en lugar
de gritar de agonía, los antiguos brujos murieron cantando con alegría himnos
de alabanza en medio de las llamas, hasta exhalar su último aliento, convirtiéndose
así en mártires de Cristo.
Años
más tarde, tanto la Iglesia Católica como la Ortodoxa los reconocieron
oficialmente como santos mártires, siendo su valiente testimonio de fe ante las
llamas y a la profunda fuerza de la gracia santificante lo que los llevó a los
altares. La Tradición los honra cada veintiséis de octubre, invocándolos como
santos patronos de quienes buscan escapar de la opresión espiritual y del
ocultismo. Así, los antiguos servidores del ocultismo terminaron ofrendando sus
vidas por la Luz Eterna, Jesucristo.

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