jueves, 12 de noviembre de 2020

“El día que se manifieste el Hijo del hombre”


 

“El día que se manifieste el Hijo del hombre” (Lc 17, 26-37). Jesús habla acerca de su Segunda Venida en la gloria, en el Día del Juicio Final. Para ayudar a sus oyentes a comprender cómo serán los días previos a su Segunda Venida, trae a la memoria cómo eran los días en tiempos de Noé, antes del Diluvio Universal, y cómo eran los días en tiempos de Lot, antes de que lloviera “fuego y azufre del cielo”: eran días de aparente normalidad, visto desde el punto de vista humano, puesto que todos “comían y bebían, se casaban hombres y mujeres” y también “compraban y vendían, sembraban y construían”. Sin embargo, esta aparente “normalidad” era sólo humana y superficial, pues en esos días, tanto en los días previos al Diluvio como en los días previos a la lluvia de fuego y azufre en Sodoma y Gomorra, la situación espiritual de la humanidad era de absoluta obscuridad, pues vivían en el pecado. De hecho, ésa es la razón –el vivir en pecado- que motiva la ira de Dios, que se desencadena como agua y como fuego.

Entonces, así como en los días de Noé y de Lot, así serán los días previos a la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo: humanamente, todo parecerá “normal”, porque las gentes comprarán y  venderán, sembrarán y construirán, se casarán, comerán y beberán, pero no será normal desde el punto de vista espiritual, porque serán días de inmensa oscuridad espiritual, ya que la Verdadera Religión, la Religión de Dios Uno y Trino, la Religión Católica, habrá sido reemplazada por la Religión del Anticristo, la Nueva Era, religión sincretista y pagana, ocultista, esotérica y satánica. Serán los días del Reinado del Anticristo, porque antes que venga el Señor en la gloria, deberá reinar el Anticristo.

Por último, los discípulos le preguntan a Jesús por el lugar en donde ocurrirá esto, pero Jesús no responde en qué lugar concreto, sino que da una respuesta enigmática: “Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres”. ¿A qué cadáver se refiere Jesús? Se refiere a un cadáver espiritual, a un hombre privado de la gracia de Dios, el Anticristo, poseído por Satanás y al servicio suyo y los buitres, serán los hombres malvados como él, que estarán a su lado así como los buitres están alrededor de un cadáver. Ésa será la señal de que la Segunda Venida del Hijo del hombre está próxima.

“Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres”, dice la Escritura; nosotros podemos parafrasearla y decir: “Donde esté el Cuerpo Sacrosanto de Jesús resucitado, allí se reúnen las águilas”. Nosotros estamos llamados a postrarnos ante Cristo Eucaristía, que es Sol de justicia; no estamos llamados a ser buitres, sino águilas, que se eleven hacia ese Sol de justicia que es Jesús Eucaristía. Postrémonos en adoración ante su Presencia Eucarística y esperemos así su Segunda Venida en la gloria.

 

 

sábado, 7 de noviembre de 2020

“El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas”


 

(Domingo XXXIII - TO - Ciclo A – 2020)

“El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas” (Mt 25, 14-15. 19-21). Como todas las parábolas de Jesús, la parábola de los talentos se entiende cuando se reemplazan sus elementos naturales por los elementos sobrenaturales; sólo de esta manera, se entiende su inserción en el misterio salvífico del Hombre-Dios Jesucristo. Así, el “hombre que sale de viaje a tierras lejanas” es Nuestro Señor Jesucristo que, luego de morir en la Cruz, resucita al tercer día, asciende a los cielos y “espera” -para luego regresar por Segunda Vez- hasta que sea el Día del Juicio Final, en el que vendrá a juzgar a toda la humanidad; los “servidores de confianza” son los bautizados; los bienes o talentos que entrega a sus servidores, son los bienes, tanto naturales como sobrenaturales, que Dios da a cada bautizado: por ejemplo, los bienes naturales son el ser, la vida, la existencia, la inteligencia, la voluntad, etc.; los bienes sobrenaturales son el Bautismo sacramental, la Primera Comunión, la Confirmación, las Confesiones sacramentales, etc.; el regreso del hombre y el pedido de cuentas a sus servidores es la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo y el juzgamiento a toda la humanidad y a cada persona en particular: cuando tenga lugar el Juicio Final, Jesús pedirá cuentas a cada uno de aquello que recibió: el ser, la vida, la memoria, la inteligencia, el Bautismo, etc., y de acuerdo a cómo hayan sido usados estos bienes o talentos, así será la recompensa; la recompensa para los dos primeros, que hicieron fructificar sus talentos por medio de una vida de santidad, es el Reino de los cielos; en cuanto al tercero, que recibió un talento pero no lo hizo fructificar sino que lo enterró, representa al alma que recibió el don del Bautismo, pero no vivió como bautizado, es decir, como hijo de Dios, sino que vivió mundanamente, como hijo de las tinieblas: el castigo a este servidor perezoso es la eterna condenación, aunque en realidad no es un castigo, sino el concederle a esa persona lo que esa persona quiso para su vida, es decir, el pecado. Esto es lo que significa: “llanto y rechinar de dientes”: la eterna condenación, que es la paga que recibe quien en vida terrena enterró sus talentos, es decir, no vivió como hijo de Dios, como hijo de la Luz, sino como hijo de las tinieblas.

“El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas”. Esta parábola debe ser leída y entendida a los pies de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y también de rodillas ante el sagrario: sólo así nos daremos cuenta que se trata, en realidad, de un llamado personal, a cada alma, para que se prepare para el encuentro con el Rey de cielos y tierra, Cristo Dios, haciendo fructificar en frutos de santidad los talentos que recibió.

 

jueves, 5 de noviembre de 2020

“Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”

 


“Jesús, maestro, ten compasión de nosotros” (Lc 17, 11-19). Diez leprosos se acercan  a Jesús y le piden que “tenga compasión” de ellos y los cure: con toda seguridad, han oído hablar de sus milagros y por eso acuden a Jesús, sabiendo que tiene el poder de hacerlo. Jesús no los cura inmediatamente, sino cuando los leprosos se dirigen al templo para presentarse ante los sacerdotes. En el camino, los diez se dan cuenta de que han sido curados, pero sólo uno vuelve para dar gracias, postrándose ante Jesús como signo de adoración y agradecimiento. La ingratitud de los otro nueve leprosos motiva la queja de Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?”.

La escena se comprende mejor todavía cuando observamos que la lepra representa al pecado y por lo tanto, los leprosos, representan a los pecadores. En otras palabras, en los leprosos estamos prefigurados nosotros, que somos pecadores. Jesús ha obrado con nosotros innumerables milagros, comenzando por el milagro de quitarnos el pecado original a través del Bautismo sacramental. Sólo por ese milagro, deberíamos postrarnos ante Jesús Sacramentado todos los días de nuestra vida, en acción de gracias y en adoración. Debemos preguntarnos si reconocemos los innumerables dones, milagros y gracias que Jesús nos concede todos los días y debemos plantearnos cómo obramos en relación a Jesús: si nos postramos en acción de gracias y adoración ante su Presencia Eucarística –así como se postró ante su Humanidad santísima el samaritano curado- o si en cambio somos como los leprosos que, una vez curados, se olvidan de Jesús.

“Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”

 


“Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17, 7-10). Para comprender la enseñanza de Jesús, debemos saber cuál es su significado de la misma al interno de su misterio pascual de muerte y resurrección. Así, el dueño del campo que al regresar le ordena a su servidor que le prepare la cena, es Él, el Hijo de Dios, que ha de regresar, sea en el momento de nuestra muerte terrenal, o en el Día del Juicio Final y nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho; el servidor, que debe mostrarse obediente frente a su señor, es el alma del bautizado, que ha sido creada para amar a Dios, para servirlo y adorarlo, y no para otra cosa. Somos siervos de Dios; hemos sido creados por Él y para Él y por eso no podemos  tener otra ley que la Ley Divina, los Diez Mandamientos y guardarlos, cumplirlos. Es decir, cuando se produzca el encuentro entre el alma y Jesús, Nuestro Dios y Señor, Jesús nos pedirá cuentas de lo que hayamos obrado, pero sólo si hemos obrado la misericordia y observado y cumplido los Diez Mandamientos, sólo entonces podremos decir: “Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

Tenemos una obligación de amor para con Dios, porque Él, por amor, nos rescató del pecado, nos libró de la muerte eterna y nos abrió las puertas del Reino de los cielos, adoptándonos como hijos en el Bautismo. El cumplir los Mandamientos de Dios –los Diez Mandamientos- y los de Cristo –cargar la cruz de cada día y seguir en pos de Él- no son para nosotros un objeto de elección: es nuestra obligación espiritual y moral, porque tenemos una deuda infinita de amor para con Dios y sólo así la podemos saldar, obrando como cristianos, como hijos de Dios.

“Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Podemos considerarnos afortunados por haber recibido el Bautismo y haber sido convertidos en hijos de Dios: obremos como corresponde a los hijos de Dios, carguemos nuestra cruz de cada día, sigamos a Jesús por el Camino del Calvario, vivamos en gracia, obremos la misericordia, y así, luego de “haber hecho lo que teníamos que hacer”, obtendremos un premio inmerecido, el Reino de los cielos.

domingo, 1 de noviembre de 2020

“El Reino de los cielos se parece a diez vírgenes necias y prudentes”

 


"Parábola de las vírgenes necias y prudentes"
(Peter von Cornelius)

(Domingo XXXII - TO - Ciclo A – 2020)

          “El Reino de los cielos se parece a diez vírgenes necias y prudentes” (Mt 25, 1-13). Para comprender mejor la parábola, debemos reemplazar sus elementos naturales, por los elementos sobrenaturales, es decir, debemos saber a quiénes representan, en el mundo espiritual, los integrantes de la parábola; sólo de esta manera, comprenderemos la parábola y su inserción en el misterio pascual de muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

          El esposo, que llega a medianoche, es Nuestro Señor Jesucristo, el Esposo por antonomasia, ya que siendo Dios Hijo, se unió a la naturaleza humana de Jesús de Nazareth en el seno virgen de María Santísima; la medianoche representa el fin del tiempo y de la historia humana: es el Día del Juicio Final, el Día en el que desaparecerán los cielos y la tierra que conocemos, para dar paso a la vida eterna; la noche simboliza el estado espiritual de la humanidad en general, en los días previos a la Segunda Venida en la gloria de Jesucristo: serán días de mucha oscuridad espiritual, puesto que para ese entonces se habrá implantado a la religión del Anticristo, la Nueva Era, religión pagana, gnóstica y esotérica, como religión única mundial; la llegada del esposo representa la Segunda Venida en la gloria del Hijo de Dios, quien llegará para poner fin a esta falsa religión, para apresar para siempre en el Infierno al Demonio, a la Bestia, al Anticristo y al Falso Profeta y para juzgar a la humanidad, destinando a unos al Cielo y a los impenitentes al Infierno.

          ¿Qué simbolizan las vírgenes con sus lámparas? Las vírgenes, en sí mismas, representan o simbolizan al alma humana; las vírgenes con sus lámparas llenas de aceite, simbolizan a las almas que tienen consigo la gracia y por eso están iluminadas por la luz de la verdadera fe en Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor del mundo: en otras palabras, las vírgenes prudentes son los católicos que profesan la Verdadera Fe Católica; las vírgenes con lámparas pero sin aceite suficiente, son las almas que no están en gracia y que han perdido la luz de la fe, por lo que vagan en la oscuridad de la religiosidad del Anticristo, la Nueva Era: son los católicos que, habiendo perdido la fe en Jesús Eucaristía y en la Virgen como Madre de Dios, profesan una fe sincretista, vacía de su contenido cristológico y mariano y contaminada con toda clase de espiritualidades orientales, gnósticas, ocultistas y esotéricas; las vírgenes prudentes, los que profesan la Verdadera Fe en el Hombre-Dios Jesucristo, son las almas que ingresarán en el salón nupcial de fiestas, el Reino de Dios, al término del Juicio Final; las vírgenes sin aceite y que viven en la oscuridad, son las almas que, profesando la religión del Anticristo, permanecerán fuera del luminoso salón del Reino de Dios, en las tinieblas y penumbras exteriores, en donde habrá “llanto y rechinar de dientes”, pues se trata de la eterna condenación en el Infierno. Es decir, estas almas no sólo quedarán fuera del Reino, sino que serán precipitadas -junto con el Demonio, la Bestia, el Falso Profeta y el Anticristo- a las profundidades del Infierno eterno.

          La aparente falta de caridad de las vírgenes prudentes hacia las necias -estas últimas les piden aceite para sus lámparas, pero las prudentes se niegan a compartir el aceite-, no es tal, ya que significa que la salvación es personal y no comunitaria, es decir, el permanecer en estado de gracia, el vivir la Verdadera Fe y el obrar la misericordia hasta el final de la vida, es una cuestión de actos personales, propios de la persona, que en cuanto tal, no pueden ser compartidos, ya que dependen de la libertad de cada persona.

          “El Reino de los cielos se parece a diez vírgenes necias y a diez prudentes”. ¿De qué lado estaremos, cuando los ángeles de Dios, haciendo sonar sus trompetas, anuncien a la humanidad el fin de los tiempos y la Segunda Venida en la gloria del Mesías? ¿Seremos como las vírgenes necias, en quienes no se encontró ni fe, ni esperanza, ni caridad, porque no tenían la gracia de Dios y por eso fueron dejadas fuera del salón de fiestas del Reino? ¿O seremos como las vírgenes prudentes que, ante la improvisa Llegada del Esposo, fueron consideradas dignas de entrar en el Reino de Dios, porque en sus almas inhabitaba la gracia y con ella la luz de la fe y las obras de misericordia? De nuestra libertad, de nuestro libre albedrío, dependerá que nos encontremos a la izquierda o a la derecha del Hombre-Dios el Día de la Ira de Dios.

 

 

“Los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz”

 


         “Los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz” (cfr. Lc 16, 1-8). ¿Por qué Jesús alaba al administrador infiel? En realidad, lo que Jesús alaba no es al administrador infiel ni a su infidelidad, sino a su astucia. Es decir, en esta parábola debemos estar bien atentos a su estructura, desarrollo y desenlace, para no equivocarnos en lo que Jesús nos quiere enseñar. Como decíamos, Jesús no alaba ni al administrador infiel, ni a su infidelidad –esto sería alabar el mal, lo cual no es compatible con la santidad y sabiduría de Jesús-, sino que alaba su astucia, empleada para granjearse amigos para cuando sea despedido a causa de su mala administración. Es por esta astucia, que el administrador infiel se granjea amigos para cuando sea despedido por su amo, como consecuencia de haber sido sorprendido in fraganti en su mala administración.

         “Los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz”. El mal nunca es ejemplo de nada, pero en este caso, no debemos aprender del mal –la infidelidad y mala administración del administrador infiel-, sino de su astucia, la cual, si es usada bien, es una buena cualidad. En el administrador infiel debemos vernos nosotros, que no sabemos administrar correctamente el mayor bien que nos confía Dios y es la gracia santificante, puesto que con frecuencia, preferimos el pecado antes que la gracia. Seamos astutos como el administrador infiel y hagámonos de amigos que nos ayuden para cuando seamos despedidos, es decir, para cuando salgamos de esta vida terrena e ingresemos en la vida eterna: obremos la misericordia con nuestros prójimos, que así rezarán por nosotros y ofrezcamos oraciones, sufragios, ayunos, oraciones y penitencias por las Benditas Almas del Purgatorio, tanto cuanto seamos capaces, para que ellas intercedan por nosotros en la hora de nuestra muerte y así podamos entrar en el Reino de los cielos.

“Los ángeles de Dios se alegran por un solo pecador que se arrepiente”

 


“Los ángeles de Dios se alegran por un solo pecador que se arrepiente” (Lc 15, 1-10). Los fariseos y los escribas, al ver que Jesús era escuchado por publicanos y pecadores, murmuran entre sí y dicen: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. Esta murmuración, percibida por Jesús, da ocasión para que el Señor relate dos parábolas, la del pastor que encuentra a la oveja perdida y la de la mujer que encuentra la dracma perdida. En ambas parábolas, hay coincidencias: algo de valor se pierde, el dueño lo busca, lo encuentra y se alegra por haberlo encontrado. El significado es el siguiente: lo que se pierde es el hombre que, creado por Dios a su imagen y semejanza para amarlo, servirlo y adorarlo, se pierde por el pecado y en vez de buscar su felicidad en Dios, la busca en el mundo y en el pecado; el que busca, en las parábolas, es el Hijo de Dios, quien baja desde el Cielo y se encarna en el seno de María Santísima, para ofrendarse como Víctima Inmolada en la Cruz y así rescatar al hombre perdido. La alegría que experimentan los ángeles es también la alegría que experimenta Dios Hijo al ver que el fruto de su Sangre derramada en la Cruz es la conversión del alma, que deja de buscar su consuelo y felicidad en las cosas de la tierra, para buscarla en el Reino de los cielos. A esto se refiere Jesús cuando dice: “Así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente”.

El pecado no es nunca causa de alegría, pero un pecador que se convierte, es decir, que deja el pecado para buscar su alegría y consuelo en Cristo Dios y su Reino, sí es causa de alegría. Hagamos el propósito de dejar el pecado  y las cosas de la tierra y de convertir nuestro corazón, es decir, de alegrarnos por Dios y buscar su gracia, que es el anticipo del Cielo en la tierra y así se alegrarán los ángeles del Cielo por nuestra conversión.