Solemnidad de Todos los
Santos
(Ciclo
A - 2026)
La Iglesia Militante, la Iglesia que peregrina en la tierra se alegra y
celebra, en la Solemnidad de todos los Santos, a todos los que, luego de su
peregrinar por la tierra y unidos al Sacrificio Redentor de Cristo, por los
méritos de su Pasión y Cruz, lograron alcanzar el Reino de los Cielos, es
decir, a aquellos que componen la Iglesia Triunfante, los Santos.
La Iglesia Militante se alegra por la Iglesia Triunfante, por los Santos, que
son quienes contemplan a la Trinidad por toda la eternidad y esa alegría es una
participación de la alegría que experimentan los Bienaventurados en el Cielo;
es una alegría celestial y divina porque se origina en la contemplación cara a
cara de las Tres Divinas Personas y del Cordero.
La diferencia entre los Santos que habitan en el Cielo y nosotros, que
habitamos en la tierra, es que nosotros somos pecadores. El pecador se opone al
santo porque el pecador no tiene en sí la santidad divina, mientras que el
santo, viviendo en gracia en su vida terrena, ahora es glorificado por la
eternidad en los Cielos. Los que no somos santos, sino pecadores, debemos
contemplar a los santos, sus vidas y sus mensajes de santidad, para aspirar
algún día a ser santos como ellos. Mientras estamos en esta condición de
viadores, de peregrinos hacia la Jerusalén Celestial, no somos santos, sino
pecadores. Esperamos algún día dejar la condición de viadores y pecadores y por
esto mismo es que, contemplando las vidas de los Santos, esperamos algún día
ser como ellos, esperamos algún día ser glorificados con la gloria de Cristo,
como ellos. En ese momento comenzaremos a ser santos y para que lleguemos a ser
santos es que la Iglesia nos propone a los Santos como modelos de virtud y de
santidad y sobre todo, como modelos de amor a Jesucristo, Rey de los Santos.
Como pecadores, estamos en esta vida llenos de defectos, vicios y miserias
humanas, pero la Iglesia quiere que seamos perfectos, llenos de virtudes y de
santidad divina, como los santos.
La Iglesia nos propone imitar a los Santos porque ellos, en vida terrena,
fueron hombres y mujeres comunes y corrientes y hasta grandes pecadores, pero
fueron transformados por la gracia santificante de Jesucristo en esta vida y
ahora son glorificados por la eternidad en el Reino de los Cielos. Todos los
Santos fueron pecadores que luego se convirtieron por la gracia santificante y
así lo demuestra la historia de la Iglesia. Algunos ejemplos de estos santos
que antes de convertirse fueron pecadores son: Moisés, quien según el libro del
Éxodo (2, 11-15) cometió un homicidio, pero luego se arrepintió y ahora es
santo; otro ejemplo es San Pablo, el cual antes de recibir la gracia de la
conversión a Jesucristo, cayéndose del caballo, asistió y aprobó un homicidio,
el martirio de San Esteban (cfr. Hech 6, 8); otro ejemplo de pecador
convertido es el del Beato Bartolo Longo, el cual antes de ser ferviente devoto
y difusor del Santo Rosario y de la advocación de Nuestra Señora del Rosario de
Pompeya, fue espiritista, médium y sacerdote de Satanás, además de ser un gran
enemigo de la Iglesia, al dejarse contaminar por el pensamiento de filósofos
anti-cristianos como Hegel y Renán; los santos mártires Lucian y Marcian, antes
de su conversión, eran poderosos brujos y hechiceros que lanzaban maldiciones
oscuras, invocaban demonios y creaban pociones venenosas, hasta que fueron
derrotados por una joven cristiana quien venció sus hechicerías simplemente
trazando la Señal de la Santa Cruz, recibiendo Lucian y Marcian en ese instante
la gracia de la conversión, dedicándose a la penitencia, a la oración y a la
predicación, hasta ser martirizados por el emperador Decio en el año 250 d. C.;
otro ejemplo de santo que fue pecador antes de su conversión es San Agustín,
Doctor de la Iglesia, quien frecuentó todo tipo de sectas además de tener un
hijo, Adeodato, por fuera del matrimonio; otro ejemplo clamoroso de conversión
es el de Santa Teresa de Ávila, a quien Jesús la llevó al infierno y la hizo
entrar en la cueva con paredes de fuego que le estaba destinada por toda
la eternidad, si es que continuaba con su vida de pecadora y no se convertía y
eso que Santa Teresa, al momento de tener esta experiencia mística, ya era
hermana Carmelita. Y aunque hubo santos que jamás cometieron un pecado mortal, como Santa Teresita de Lisieux y el Padre Pío, sin embargo ellos también deben su santidad a la gracia, porque les fue perdonado y borrado el pecado original con la gracia del Bautismo y además crecieron en santidad por la gracia santificante. Con ejemplos como estos, podríamos continuar sin detenernos,
ya que la vida de la Iglesia está signada por la vida de pecadores que se
convirtieron en grandes santos. El gran ejemplo que nos dejan los santos es que
ellos, si bien eran pecadores antes de la gracia de la conversión, una vez
recibida esta gracia, tomaron conciencia de la miseria que es el pecado y del
valor inestimable de la gracia, al punto que desearon morir antes que pecar,
siquiera con pecados veniales, e hicieron el propósito de vivir en gracia y de
perder la vida terrena, si fuera necesario, antes que perder el estado de
gracia. El mérito de los santos radica en haberse enamorado de Jesucristo y su
gracia, prefiriendo la muerte antes que perder la gracia y por eso ahora son
recompensados con la gloria divina por la eternidad en los Cielos.
El ejemplo de vida que nos dejan los Santos es el aprecio y el amor a la gracia
santificante de Jesucristo y el hacernos ver que, sin la gracia de Jesucristo,
ellos no solo no habrían sido jamás santos, sino que, por el camino de pecado
que llevaban, su condena en el Infierno era segura. En esto consiste el
apreciar la santidad, en que saber que la diferencia entre habitar en el
Infierno para siempre y el vivir en la gloria de los Cielos por la eternidad,
comienza aquí en la tierra, con el amor a Jesucristo y a la gracia que nos
confieren los Sacramentos. Quien comprendió esto con lucidez celestial fue
Santo Domingo Savio, quien a los nueve años le dijo a San Juan Bosco: “Prefiero
morir antes que pecar”. Lo que carácterizó a los Santos es el haber amado más
la vida eterna que la vida terrena; el haber despreciado los bienes terrenos
con tal de adquirir el Bien Eterno de la vida de la gracia; el haber amado a
Jesús por encima de todo, incluso hasta por encima de la propia vida.
Nuestra esperanza de santidad en esta vida y de feliz eternidad en la otra
vida, es la vida de los santos, porque ellos, siendo pecadores como lo somos
nosotros, no se quedaron en el pecado, sino que abrazaron la vida de la gracia
e hicieron todo lo que estaba a su alcance para perseverar en la gracia y
también para acrecentarla. Por esta razón es que la Santa Iglesia Católica nos
propone a los Santos y sus vidas y mensajes de santidad y es para que,
aprendiendo de ellos y de sus vidas y sobre todo participando de su gran amor a
Jesucristo y la gracia de los Sacramentos, lleguemos algún día a ser santos
como ellos y participemos de su gloria y de su bienaventuranza, adorando a la
Trinidad y al Cordero por siglos sin fin.





