jueves, 8 de julio de 2021

“Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados y Yo los aliviaré”

 


“Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados y Yo los aliviaré” (Mt 11,28-30). Nuestro tiempo se caracteriza por un fuerte y marcado materialismo existencialista, que ha desplazado a Dios por completo no solo de las leyes y del gobierno de las naciones, sino de la vida cotidiana de miles de millones de seres humanos. Esto no hace más que agravar la angustia existencial que el hombre posee por el solo hecho de nacer en este mundo, agobiado por el peso del pecado original. Puesto que Dios es la Fuente de la felicidad del hombre, al haber sido creado el hombre para ser feliz en la unión en el Amor con Dios Trino, al no tener a Dios por culpa del pecado original, por un lado, y al desplazar a Dios y a su Mesías, Jesucristo, de manera intencional, por otro lado, el hombre se ve envuelto en la más oscura tiniebla espiritual, que inunda su existencia de angustia, de dolor, de sufrimiento, sin encontrar sentido ni a la vida ni a la muerte ni a su paso por esta vida terrena.

Entonces, en nuestros días, el agobio del hombre se produce por dos caminos: por causa del pecado original, porque por éste se encuentra sin la Fuente de su felicidad que es Dios y, por otro lado, porque el hombre mismo, llevado por su propia ceguera espiritual, se aleja de Dios y de su Ley. De esta manera, la angustia existencial se multiplica y el hombre se agobia espiritualmente, sin ser capaz de encontrar, por sí mismo, una salida a esta situación.

Es aquí cuando interviene el Hombre-Dios Jesucristo quien, desde la Eucaristía, promete alivio a todo aquel que se encuentre “afligido y agobiado”, porque Él se encargará de quitar lo que ensombrece la vida del hombre, que es el pecado y al mismo tiempo le dará aquello que ilumina la vida del hombre en la tierra, que es el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

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