jueves, 29 de abril de 2021

“Éste es mi mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado”

 

(Domingo V - TP - Ciclo B – 2021)

         “Éste es mi mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado” (Jn 15, 9-17). Moisés había dado a los israelitas las tablas de la Ley, en las que estaban contenidos los Diez Mandamientos. Esos mismos mandamientos son los que los hereda el cristianismo y la razón es que el Dios que los promulga por medio de Moisés, es Jesucristo, el mismo Dios que ahora, encarnado, habita en medio de los hombres, en la tierra, en el tiempo y en el espacio. Es decir, Dios había dado sus mandamientos  por medio de Moisés al Pueblo Elegido y ahora, los da al Nuevo Pueblo Elegido, pero no por medio de un profeta o un hombre santo, sino Él, personalmente: Dios promulga sus mandamientos en persona, por medio de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth.

         Ahora bien, en la Ley que Dios dio a través de Moisés, figuran el amor a Dios y al prójimo, ya que el primer mandamiento dice: “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”. Si esto es así, ¿por qué razón Jesús dice que da un “mandamiento nuevo”? Es decir, si ya existía en la Ley de Moisés, que el mismo Dios había promulgado, el amar a Dios y al prójimo, ¿por qué Jesús dice que su mandamiento es “nuevo”? Alguien podría objetar la novedad del mandamiento de Jesús, diciendo que incluso hasta su formulación es la misma: “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”. Volvemos entonces a preguntarnos: ¿hay alguna “novedad” en el mandamiento de Jesús? Y si hay alguna novedad, ¿en qué consiste?

         Para responder las preguntas, hay que comenzar diciendo que existen no una, sino varias razones por las cuales se puede decir que el mandamiento de Jesús, aun cuando la formulación sea la misma o parecida, es radicalmente nuevo, tan nuevo, que se puede decir que es substancialmente distinto al mandamiento que ya conocían los hebreos y veamos las razones.

         Por un lado, analicemos el concepto de “prójimo”: para los hebreos, el “prójimo” era aquel que compartía la raza y la religión y si había alguien que no era hebreo pero se convertía al judaísmo, entonces recién se podía llamar a ese tal “prójimo”. Mientras tanto, para el que no era considerado prójimo, porque no compartía ni la raza, ni la religión, se aplicaba la ley del Talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Esto cambia radicalmente con Jesús, porque a partir de Él, el prójimo al que hay que amar es todo ser humano, independientemente de su raza, de su religión, de su nacionalidad, de su condición social. Para el cristiano, todo ser humano, por el hecho de ser ser humano, es decir, creatura de Dios, es un prójimo al que hay que amar y aquí hay otra diferencia con el judaísmo: no solo se anula la ley del Talión, sino que al primer prójimo al que hay que amar, es al enemigo: “Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen”.

         Otra diferencia es el amor con el que hay que cumplir el mandamiento: antes de Jesús, se explicitaba que el amor con el que había que amar a Dios y al prójimo era el amor humano –“Amarás a Dios y a tu prójimo con todas tus fuerzas, con todo tu ser”-, con las limitaciones que esto implica, porque el amor humano, por naturaleza, es limitado y además, está contaminado, por así decirlo, por el pecado original: esto cambia con Jesús, porque el amor con el que se debe amar a Dios y al prójimo es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. Es decir, ya no basta con amar con el simple amor humano: ahora hay que amar a Dios y al prójimo con el mismo Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, el Amor Divino.

         Otra diferencia, que no existía en los mandamientos del Antiguo Testamento, es que el cristiano debe amar “como Cristo nos ha amado”: “como Yo os he amado”, dice Jesús y es por eso que debemos preguntarnos: ¿cómo nos ha amado Jesús? Porque según sea el amor con el que nos ha amado Jesús, así debe ser el amor con el que amemos a Dios y al prójimo. La respuesta es que Jesús nos ha amado doblemente: con el Amor de su Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo, y “hasta la muerte de cruz”. Estas dos características del amor de Jesucristo hacen que su mandamiento sea verdaderamente nuevo, al punto de ser un mandamiento radicalmente distinto al mandamiento que tenían los hebreos, aun cuando su formulación sea, sino idéntica, al menos parecida: nos amó con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad y nos amó hasta la muerte de cruz. Así es como debemos amar a nuestro prójimo –incluido el enemigo-: hasta la muerte cruz y con el Amor del Espíritu Santo.

         Por último, surge una pregunta: si yo, como cristiano, estoy dispuesto a cumplir el mandamiento nuevo de Jesús, me encuentro con una doble dificultad: por un lado, no estoy crucificado, como lo está Jesús; por otro lado, no tengo el Amor de Dios, el Espíritu Santo, en mi corazón, porque en mi corazón hay solo amor humano. Entonces, ¿es imposible cumplir el mandamiento de Jesucristo? No es imposible, porque Jesús no manda nada imposible, pero para poder cumplirlo, debemos pedir dos cosas: postrados ante Jesús crucificado o ante Jesús Sacramentado, debemos pedir la gracia de ser crucificados junto a Jesús –se entiende que la crucifixión, al no ser en sentido material, es en sentido espiritual-; por otro lado, debemos pedir al Padre el Espíritu Santo, como nos enseña Jesús: “Pidan al Padre el Espíritu Santo y el Padre se los dará” y así, crucificados con Cristo en el Calvario y con el Amor del Espíritu Santo en el corazón –comunicado este Amor por la Comunión Eucarística-, entonces sí podremos vivir el mandamiento verdaderamente nuevo de Jesús: amarnos los unos a los otros como Jesús nos ha amado, hasta la muerte de cruz y con el Divino Amor, el Amor del Espíritu Santo.

        

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