sábado, 3 de noviembre de 2018

"Amar a Dios y al prójimo"



(Domingo XXXI - TO - Ciclo B - 2018 )

“El primer mandamiento: es amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser; el segundo es  Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12,28b-34). Preguntan a Jesús cuál es el primer mandamiento entre todos y Jesús responde que amar a Dios y al prójimo. Ahora bien, lo que se debe entender es que si bien Jesús responde según la ley de Moisés, Él viene a dar un nuevo significado a la ley y los Mandamientos, porque Él dice, por ejemplo, con respecto al prójimo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como Yo os he amado”. Es decir, introduce un nuevo mandamiento, que es amar al prójimo como Él nos ha amado, condición que no estaba en la Ley de Moisés. También la modifica con relación al primer mandamiento, el que manda amar a Dios por sobre todas las cosas, aún cuando no lo diga explícitamente.
Es decir, los Mandamientos son una cosa antes de Jesús y son otra después de Jesús. Aunque la formulación es idéntica, cambia el sentido, porque Jesús introduce una condición que no está en la Ley de Moisés: amar, tanto a Dios como al prójimo, “como Él nos ha amado”. En esto consiste la novedad radical de los mandamientos del Nuevo Testamento con respecto al Antiguo. En el Antiguo Testamento, se manda amar al prójimo “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”, es decir, se manda amar con las fuerzas de la naturaleza humana. Por otra parte, cuando se decía “prójimo”, se entendía sólo al de raza hebrea y no a cualquier ser humano, como lo es a partir de Jesús.
La novedad, entonces, está en el modo del amor: con el amor humano y sólo a los de la propia raza, según la ley de Moisés, con el amor de Cristo y a todo ser humano –incluido el enemigo- según la ley nueva de la caridad de Cristo.
Para comprender cuál es la novedad del mandamiento de Cristo, es necesario entonces entender cómo es y qué significa “amar como Cristo nos amó”, porque esa nueva cualidad, la del amor de Cristo, es la que le da un nuevo significado a toda la ley de Dios. Y para responder a la pregunta de cómo nos amó Cristo, es necesario contemplarlo en la Cruz y en la Eucaristía, porque es allí en donde nos damos cuenta de que se trata de un amor nuevo, sobrenatural, divino, de origen celestial y no del propio amor humano. En la cruz, Cristo está crucificado, su Cuerpo cubierto de heridas sangrantes y da literalmente hasta su última gota de sangre por nosotros, que por el pecado lo crucificamos y que por el pecado éramos sus enemigos: Cristo nos ama con el Amor de su Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo y nos ama aún siendo nosotros sus enemigos, razón por la cual no tenemos excusas para no amar a nuestros enemigos y rezar por los que nos hacen mal, como Él nos enseñó. También debemos contemplar la Eucaristía para saber cuál es la clase del Amor con el que nos amó Jesús, porque en la Eucaristía Jesús está por Amor y sólo por Amor, cumpliendo su promesa de estar “con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Jesús está en la Eucaristía sólo por Amor y para darnos su Amor, de ahí que la adoración eucarística, de parte nuestra, no sea sino una pequeñísima devolución del Amor con el que Cristo nos amó primero.
“Ámense los unos a los otros como Yo os he amado”. Jesús nos ha amado con el Amor de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo y hasta la muerte de cruz, y nos sigue amando hasta el punto de permanecer, por Amor, encerrado en el sagrario, cuando podría no estar en él. Para corresponder a este Amor, debemos entonces amar a Dios y al prójimo con el mismo Amor con el que nos amó Cristo, no con nuestro simple amor humano y este Amor es el Espíritu Santo. Puesto que no tenemos al Espíritu Santo, lo debemos pedir, como nos enseña Jesús: “El Padre no negará el Espíritu Santo al que se lo pida”. Para cumplir con el Primer Mandamiento, de amar a Dios y al prójimo por encima de todas las cosas, según la ley de Cristo, debemos entonces primero pedir, por la oración, la gracia del don del Espíritu Santo. Sólo así amaremos a Dios y al prójimo con el mismo Amor con el que Cristo nos amó.


martes, 30 de octubre de 2018

“Maestro, que pueda ver”



(Domingo XXX - TO - Ciclo B – 2018)

         “Maestro, que pueda ver” (Mc 10, 46-52). Jesús sale de Jericó y un ciego, llamado Bartimeo, hijo de Timeo, al “oír que era el Nazareno”, se puso a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Jesús lo hace llamar y le pregunta qué es lo que quiere que haga por él y el ciego le pide que le devuelva la vista: “Maestro, que pueda ver”. En el mismo instante, Jesús le concede lo que le pide, haciéndole recobrar la vista y diciéndole: “Ve, tu fe te ha curado”.
         En este pasaje podemos meditar en dos elementos: por un lado, el milagro en sí mismo; por otro lado, lo que el milagro simboliza. En cuanto al milagro en sí mismo, se trata de un milagro de curación corporal, por medio del cual Jesús le devuelve la vista a un ciego. No se dice si era ciego de nacimiento o no; pero sí que era ciego, es decir, que no podía ver a causa de graves lesiones en su aparato ocular. Con su poder divino, Jesús cura al instante la ceguera, restableciendo todos los tejidos dañados del aparato ocular y permitiendo al ciego tener una visión normal. Algo que se destaca en el ciego es su fe en Jesús: ya había oído hablar del Nazareno, de sus milagros y había deducido que si Jesús no fuera Dios en Persona, no podría hacer los milagros que hacía. Movido por esta fe, es que acude a Jesús y es esta fe pura en Jesús en cuanto Dios, lo que lo ayuda a obtener lo que desea, la visión corporal, tal como se lo dice Jesús: “Ve, tu fe te ha curado”. En agradecimiento, el Evangelio dice que el ciego, desde ese momento, se hizo cristiano, es decir, comenzó a seguir a Jesús. El otro aspecto que podemos ver en el milagro es su simbolismo: el ciego, el que vive en tinieblas, representa a la humanidad caída en el pecado original y por lo tanto, envuelta en tres tipos de tinieblas distintas: las tinieblas del pecado, las tinieblas de la ignorancia y las tinieblas vivientes, los ángeles caídos. Estas tinieblas son las descriptas por el Evangelista Lucas, en el Cántico de Simeón y son las tinieblas que serán disipadas por el Mesías: “Nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas, en sombras de muerte”. Las tinieblas son el pecado, la ignorancia y las “sombras de muerte”, es decir, las tinieblas vivientes, los demonios. El hombre caído en el pecado original, sin la gracia santificante que le comunica la vida y la luz de Dios, vive inmerso en estas tinieblas y vive en estas tinieblas hasta el momento en que Jesús, el Dios que es la Lámpara de la Jerusalén celestial, lo ilumina con su luz divina. Mientras Jesús no ilumina al alma, esta permanece, irremediablemente, envuelta en “tinieblas y sombras de muerte”. El único que puede disipar las tinieblas de la ignorancia y del pecado y derrotar para siempre a las tinieblas del Infierno, es Cristo Jesús quien, en cuanto Dios, es Luz divina, tal como Él se auto-proclama: “Yo Soy la luz del mundo”. Puesto que Jesús es la Luz divina que vence a las tinieblas en las que estamos inmersos –aun cuando seamos capaces de ver con los ojos corporales-, es a Él y sólo a Él a quien debemos recurrir si queremos recuperar la visión sobrenatural de los misterios de la fe, además de vernos libres de las tinieblas del pecado, del mal y de la ignorancia. Y puesto que Jesús está en la Cruz y en la Eucaristía, es a la Cruz y a la Eucaristía adonde debemos acudir, postrados de rodillas y con el corazón contrito, para ser iluminados por el Cordero, la Lámpara de la Jerusalén celestial.
         “Maestro, que yo pueda ver”. Lo mismo que le pide el ciego Bartimeo, le pedimos nosotros a Jesús: “Jesús, Luz de Dios, disipa las tinieblas espirituales en las que estoy inmerso y haz que pueda ver, con los ojos del alma, el misterio de tu Presencia Eucarística, de manera que pueda seguirte por el Camino Real del Calvario en esta vida y así alcanzar el Reino de Dios en la vida eterna”.

sábado, 20 de octubre de 2018

“¿Sois capaces de beber el cáliz que Yo he de beber?”



(Domingo XXIX - TO - Ciclo B – 2018)

         “¿Sois capaces de beber el cáliz que Yo he de beber?” (Mc 10, 35-45). Santiago y Juan quieren beber del cáliz de la amargura de la Pasión; no quieren el poder político; no ven a Jesús como el líder mesiánico de una facción política que está en busca de un poder humano: ven a Jesús como al Mesías, que no necesita buscar poder humano porque Él es el Dios Omnipotente, Todopoderoso. Pero saben bien que estar al lado de Jesús significa estar al pie de la Cruz, porque Jesús está en la Cruz. Es en la Cruz, cuando en apariencia muestra la máxima debilidad, donde en realidad Jesús muestra su omnipotencia divina, venciendo para siempre al Demonio, al Pecado y a la Muerte. Es en la Cruz, cuando parece vencido a los ojos de los hombres, cuando Jesús triunfa, de una vez y para siempre, sobre los poderosos enemigos del hombre. Es en la Cruz, cuando es elevado en la Cruz, que Jesús atrae, con la fuerza omnipotente de su Divino Amor, a todos los hombres: “Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia Mí”, pero los atraerá con la fuerza del Amor, no con la fuerza de la violencia, de la tiranía, del despotismo, del autoritarismo, como hacen los hombres. Los hombres buscan el poder, pero para dominar tiránicamente sobre sus prójimos: Jesús ejerce el poder de su Amor, del Amor de su Sagrado Corazón, que brota de su Corazón traspasado en la Cruz, el poder del Espíritu Santo. Es la fuerza del Espíritu Santo la que atrae, con la fuerza del Divino Amor, a los hombres. Esto lo han entendido Santiago y Juan y porque aman a Jesús, es que quieren beber del cáliz de su amargura, quieren estar con Él al pie de la Cruz en esta tierra, y contemplándolo cara a cara en el Cielo y eso es lo que Jesús les asegura: “Ustedes han de beber el cáliz que Yo he de beber”. Con su pedido de estar al lado de Jesús y de beber su cáliz, Santiago y Juan demuestran que han entendido quién es Jesús y que su omnipotencia es la omnipotencia de un Dios que es Amor y Justicia infinitos.
         Los que no han entendido nada acerca del misterio pascual de muerte y resurrección, son el resto de los Apóstoles, porque se enojan con Santiago y Juan cuando se enteran que estos han pedido a Jesús estar a su lado. Se imaginan que Jesús es un líder al estilo de los líderes humanos, que buscan el poder económico, militar, político, social, para ejercer de forma tiránica este poder. No han entendido que Jesús es Dios y que Él no gobierna como lo hacen los hombres, con injusticia y tiranía, sino que gobierna con la fuerza del Amor de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo. El resto de los Apóstoles ve de forma mundana y quieren el poder mundano; no les interesa ni la Cruz ni el cielo, sino el poder terreno y por eso quieren estar al lado de Jesús. Por eso es que Jesús tiene que aclararles que Él no es como los líderes humanos, que ejercen tiránicamente su poder: Él es Dios omnipotente y gobierna con la fuerza de su Amor, pero Él no está en un cómodo sillón de emperador, sino clavado y crucificado en la Cruz y quien quiera reinar con Él, debe reinar, como Él, desde el madero.
         Muchos en la Iglesia están como los Apóstoles antes de su conversión: buscan estar en la Iglesia, pero no para participar de la Cruz de Jesús, sino para obtener prestigio, poder e incluso hasta dinero. Otros, pocos, muy pocos, están en la Iglesia como Santiago y Juan en este Evangelio: quieren estar con Jesús crucificado, quieren beber del cáliz amargo de su Pasión, porque quieren salvar sus almas y las de sus hermanos, viviendo en el Reino de Dios para siempre, en la otra vida. Cada uno de nosotros es libre para elegir de qué lado queremos estar: si del lado del poder mundano, tiránico y autoritario, sin Dios, que busca sólo el beneficio propio, o del lado de la Cruz de Jesús, en la cima del Monte Calvario, antesala del Reino de los cielos. Como hijos de la Virgen, estemos donde está la Virgen: al pie de la Cruz, en la cima del Monte Calvario.

sábado, 13 de octubre de 2018

“Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los cielos”



(Domingo XXVIII - TO - Ciclo B – 2018)

         “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los cielos” (Mc 10, 17-27). En el Evangelio se establece un diálogo entre Jesús y un hombre rico que le pregunta qué es lo que tiene que hacer para ganar la vida eterna. Jesús le dice que debe cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios y como el hombre le contesta que eso él ya lo cumple, Jesús agrega que, para entrar a la vida eterna, debe “vender todo lo que tiene y dárselo a los pobres”. El hombre, dice el Evangelio, “se retiró entristecido” porque “tenía muchos bienes”. Es decir, el hombre era un hombre bueno, puesto que conocía la Ley de Dios y la cumplía, pero tenía su corazón apegado a los bienes terrenos, tal como lo manifiesta con su tristeza, cuando Jesús le dice que debe venderlos para adquirir un tesoro celestial ye entrar en el Reino de Dios. Para completar su enseñanza, Jesús utiliza una figura, la de un camello que no puede entrar por el ojo de una aguja. Ahora bien, “el ojo de una aguja” es, en realidad, la puerta estrecha y angosta, ubicada en la muralla de Jerusalén, destinada a las ovejas. El camello, que es un animal alto y además va cargado con muchas mercaderías, no puede pasar por la puerta de las ovejas, ya que esta es baja y estrecha. Por su altura y porque va cargado de mercaderías, el camello no puede pasar por “el ojo de una aguja”, es decir, la puerta de las ovejas, aunque sí hay una única forma para el camello de poder atravesar la puerta: la única manera de hacerlo es que el camello se despoje de sus mercaderías y que se arrodille y así podrá pasar. Es decir, aliviado de la carga y disminuida su altura, podrá atravesar la puerta estrecha y angosta de las ovejas. La imagen utilizada por Jesús –camello, puerta de las ovejas- se entiende mejor cuando aplicamos a las imágenes una transposición: así como el camello no puede pasar, cargado de riquezas y por su altura, así tampoco el rico de bienes materiales –y también de males espirituales- no puede entrar en el Reino de Dios.
         En esta imagen que proporciona Jesús, debemos vernos a nosotros mismos, en este sentido: el camello somos nosotros, que vamos por la vida cargados, ya sea de bienes materiales, a los que estamos apegados a esta vida, o de males espirituales, como la soberbia, el orgullo, la ira, la gula, la pereza, la envidia y muchos otros más. Todos estos bienes materiales y los males espirituales, hacen que seamos incapaces de ingresar por la puerta estrecha de las ovejas. A primera vista, parece imposible que ingresemos así en el Reino de Dios. Sin embargo, hay un modo en que, a pesar de la altura y la carga que portamos, seamos capaces de ingresar por la puerta de las ovejas. Lo que debemos tener en cuenta que la puerta de las ovejas es Jesús y su Santa Cruz, según sus propias palabras: “Yo Soy la Puerta” (Jn 10, 9): Jesús no solo es el Buen Pastor, sino que es la “Puerta de las ovejas”, es decir, el lugar por donde las ovejas pasan para ingresar al seguro redil. Jesús crucificado y Jesús Eucaristía es la Puerta de las ovejas y el ingreso al Reino de Dios. Entonces, hay una forma por la cual podemos ingresar en esta puerta: sólo si nos hacemos más pequeños, dejando de lado nuestra soberbia y orgullo y ayudados por la gracia, nos arrodillamos ante la Cruz de Jesús y solo si nos despojamos de la pesada carga de los bienes materiales –reales o imaginarios, pero a los cuales estamos apegado-, seremos capaces de ingresar por la Puerta de las ovejas, Cristo crucificado y también Jesús en el sagrario. En otras palabras, solo el que, con un corazón contrito y humillado –despojado de su soberbia, orgullo y apego a las riquezas- y solo quien por la gracia se vea despojado de sus males espirituales, podrá arrodillarse ante Jesús crucificado y ante Jesús Eucaristía; solo quien se postre de rodillas, con el corazón contrito y humillado podrá entrar por la puerta estrecha, la Cruz de Jesús y así será capaz de ingresar en el Reino de los cielos. Puesto que es gracia de Dios, debemos pedirlo en la oración, porque si nos parece imposible que entremos en el Reino de Dios a causa de nuestros pecados, sí podremos entrar en el Reino de Dios por medio de la gracia que obra en nosotros destruyendo el pecado. Así, se cumplen las palabras de Jesús: “Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios”.

sábado, 6 de octubre de 2018

“Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”



(Domingo XXVII - TO - Ciclo B – 2018)

“Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mc 10, 2-16). Los fariseos le preguntan a Jesús acerca de la licitud del divorcio, basándose en el permiso de divorcio que Moisés les había otorgado. Jesús les responde con una negativa, afirmando implícitamente que Él viene a restaurar el antiguo orden creado por Dios: Dios ha querido, desde la eternidad, que el matrimonio esté constituido por el varón y la mujer de forma tal que “formen una sola carne”, es decir, que sean una sola cosa indisoluble o, dicho de otras maneras, uno con una y para siempre. Jesús les aclara que si Moisés había dado permiso para el divorcio, eso era “por la dureza de sus corazones”, pero eso ahora forma parte del pasado porque ahora Él, que es Dios, viene para otorgar la gracia santificante, la cual hará realidad el designio y el diseño de Dios para el matrimonio: que el matrimonio sea entre el varón y la mujer y sea indisoluble.
Jesús, que es el Dios que creó al varón y a la mujer para que se unieran en matrimonio indisoluble ahora viene, encarnado, para prohibir el divorcio y, por medio de la gracia sacramental, restituir el matrimonio al orden querido por Dios desde el inicio: el varón debe unirse a la mujer y entre ambos constituir un vínculo indisoluble, que se disuelve sólo con la muerte de uno de los cónyuges. Es decir, la indisolubilidad del matrimonio y la característica del matrimonio de ser la unión entre el varón y la mujer, provienen de Dios, no es un invento ni del hombre ni de la Iglesia, sino que es Dios quien quiso, desde toda la eternidad -cuando ideó crear al género humano-, que la unión entre ambos fuera indisoluble y fuera entre el varón y la mujer. Cualquier otra unión que no respete estas características, se encuentra fuera de los planes divinos y es por lo tanto pecaminosa.
Ahora bien, Jesús viene a hacer algo todavía más grandioso que el simple hecho de restaurar el orden querido por Dios desde siempre –la indisolubilidad matrimonial y la característica de estar formado por la unión entre el varón y la mujer-: viene a darle al matrimonio una dignidad que antes de su Encarnación no la tenía y esa dignidad consiste en ser el matrimonio de los esposos católicos una imagen del matrimonio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. En efecto, desde su Encarnación Él, en cuanto Hombre-Dios, se une a la Iglesia, su Esposa, constituyendo así la unión esponsal, mística y sobrenatural entre el Cordero y la Iglesia Esposa, formando lo que San Pablo llama “gran misterio” (cfr. Ef 5, 2. 21-33).
Ahora, por medio del sacramento del matrimonio, los esposos católicos quedarán unidos de tal manera a este matrimonio místico entre Cristo y la Iglesia, que el matrimonio será la prolongación, en el tiempo y en el espacio, ante la historia y los hombres, del matrimonio místico, sobrenatural, entre Él y la Iglesia: el esposo participará de la esponsalidad de Cristo Esposo y la mujer de la esponsalidad de la Iglesia Esposa. Cristo es el Esposo de la Iglesia Esposa y este desposorio místico existe antes que cualquier matrimonio humano y a partir de Él, en virtud de la unión de los esposos por el sacramento del matrimonio, todo matrimonio entre los esposos católicos será una prolongación y una imagen visible de este matrimonio entre el Cordero y su Esposa. Por eso Jesús eleva al matrimonio entre el varón y la mujer a una dignidad superior a la de los ángeles y es lo que da el fundamento sobrenatural acerca de la indisolubilidad matrimonial y acerca de la fecundidad esponsal, porque así como Jesús es fiel a su Esposa y la Iglesia es fiel a su Esposo Jesús, así los esposos católicos deben ser fieles entre sí y así como la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia es fecunda, porque se incorporan hijos de la Iglesia por el bautismo sacramental, así los esposos cristianos deben ser fecundos en su prole.
“Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. La unión esponsal sacramental entre el varón y la mujer va mucho más allá de sus características naturales, la indisolubilidad, la fidelidad y la fecundidad: cada matrimonio católico es un misterio que hace referencia a un misterio insondable, la unión esponsal entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, siendo los esposos una prolongación, hacia la sociedad y la historia, de la unión esponsal entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. Ésa es la razón de la altísima dignidad e importancia del sacramento del matrimonio, dignidad e importancia que no son ni comprendidos ni valorados por el hombre que vive sin Dios. Pero no es el mundo sin Dios el que debe comprender, valorar y vivir esta sublime realidad del matrimonio católico, sino los mismos esposos católicos y el modo de hacerlo es viviendo en la santidad esponsal, único modo de responder a la grandeza y majestad con la que Cristo ha dotado al matrimonio sacramental católico.

sábado, 29 de septiembre de 2018

“Si tu mano es ocasión de pecado, córtala (…) si tu pie es ocasión de pecado, córtalo (…) si tu ojo es ocasión de pecado, arráncalo”



(Domingo XXVI - TO - Ciclo B – 2018)

“Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible” (Mc 9, 38-43.45.47-48). Lo mismo repite para el pie y para el ojo: “Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies a la Gehena. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos a la Gehena, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”. En este párrafo, Jesús nos hace dos revelaciones: por un lado, que nuestras acciones –significadas en la mano, el pie, el ojo- son libres y, por otro, que estas  nos conducen, indefectiblemente, a dos lugares irreconciliables entre sí: o el Cielo –el Reino de Dios- o el Infierno –la Gehena-. De hecho, éste es uno de los lugares de la Escritura en donde se revela explícitamente la existencia del Infierno. Ahora bien, ¿Jesús nos anima a mutilar nuestro cuerpo? De ninguna manera, ya que está hablando en sentido metafórico. Es decir, es obvio de toda obviedad que Jesús no nos impulsa a la auto-mutilación, ya que habla en sentido figurado cuando dice que debemos cortarnos la mano, cortarnos el pie o arrancarnos un ojo, si éstos son ocasión de pecado. Lo dice en forma figurativa, pero para que nos demos cuenta de la importancia y de la gravedad que tienen nuestros actos. De nada vale entrar con los dos ojos, las dos manos y los dos pies al Infierno, “donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”, donde los tormentos son para siempre, en el cuerpo y en el alma. Más vale entrar mancos, rengos y tuertos en el Cielo –metafóricamente hablando-, que ir con todo el cuerpo completo al Infierno.
“Si tu mano es ocasión de pecado, córtala (…) si tu pie es ocasión de pecado, córtalo (…) si tu ojo es ocasión de pecado, arráncalo”. ¿Qué nos quiere decir Jesús con estas imágenes tan fuertes? Lo que Jesús nos quiere decir es que es absolutamente necesaria, para la vida espiritual de la gracia, la mortificación de los sentidos y de la imaginación, puesto que se trata de lugares de inicio de la tentación consentida o pecado. Es decir, de lo que Jesús nos habla es acerca de la necesidad de la mortificación de los sentidos, porque es por los sentidos y por la imaginación por donde entran pensamientos que conducen a la satisfacción de las pasiones y al pecado consiguiente. Por ejemplo, un pecado de ira, comienza en el pensamiento y en el deseo y se lleva a la práctica con acciones como elevar la voz, planificar una venganza, ejecutar la venganza. Se necesita todo el cuerpo, además de la mente –el pensamiento- y la voluntad –el deseo- para pecar. Y si el pecado es mortal, nos hace perder la vida de la gracia y si morimos sin la gracia, nos condenamos. Lo que Jesús nos quiere hacer ver es que debemos combatir el pecado en su raíz y para ello, debemos llevar, en la mente y en el corazón, sus mandamientos y sus Bienaventuranzas. Con el mismo ejemplo: frente a un pensamiento de ira, de venganza, de furia, rechazar ese pensamiento recordando sus palabras: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); “Ama a tus enemigos” (Mt 5, 44); “Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 22) y así. Quien lleva en la mente y en el corazón las palabras de Jesús, podrá poner fin casi de inmediato a cualquier tentación y así no caerá en pecado. Para cometer un pecado de robo, por ejemplo, para ejecutarlo, además de pensarlo, se necesita abrir el picaporte de la casa ajena para entrar en ella y robar: si alguien tiene en mente el mandamiento que dice: “No robarás” y si tiene en el corazón la imagen de las manos de Jesús clavadas en la cruz por nuestra salvación, entonces no realizará la acción de abrir una puerta ajena para entrar y robar. A esto es a lo que se refiere Jesús cuando dice que “más vale entrar manco, rengo y tuerto en el Reino de Dios, que con el cuerpo sano y completo en el Infierno”.
“Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible”. Acudamos a la imaginación, recordemos a Jesús flagelado, coronado de espinas, crucificado; llevemos en la mente y en el corazón su Pasión, sus mandamientos y bienaventuranzas y así evitaremos el pecado y conservaremos la gracia para el día del Juicio Particular, de modo que podremos entrar con nuestro cuerpo completo y glorificado en el Reino de Dios.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

“Los discípulos no comprendían lo que Jesús les decía (estaban) discutiendo sobre quién era el más grande”



(Domingo XXV - TO - Ciclo B – 2018)

“Los discípulos no comprendían lo que Jesús les decía (estaban) discutiendo sobre quién era el más grande” (Mc 9, 30-37). El Evangelio es una clara muestra de que la crisis de la Iglesia es una crisis de santidad y es una crisis que se manifiesta desde el inicio mismo de la Iglesia, desde su mismo seno. Mientras Jesús les habla acerca de la Pasión que ha de sufrir, mientras Jesús les anticipa, proféticamente, que Él habrá de ser traicionado, entregado, muerto en la cruz y para recién después resucitar y así salvar a la humanidad del pecado, de la eterna condenación en el infierno y de la muerte que lo acecha a cada instante, los discípulos, aquellos elegidos por Jesús para recibir de Él sus enseñanzas privilegiadas, demuestran no estar a la altura de los acontecimientos. Por el contrario, demuestran una mundanidad tal que asusta. Por un lado, “no comprenden” lo que Jesús les dice, porque no entienden qué es la Pasión ni el por qué ni para qué Jesús ha de sufrir la Pasión. Dice así el Evangelio: “Jesús (les decía): “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará”. Jesús les habla claramente de su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio por el cual habrá de salvar a los hombres, pero ellos “no entienden” lo que Jesús les dice: “Una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: “¿De qué hablaban en el camino?”. Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”. Es decir, mientras Jesús les habla de la necesidad imperiosa de la cruz para salvar el alma del infierno, de la muerte y del pecado; mientras Él les habla acerca de la peligrosidad de los enemigos humanos –los judíos- y preternaturales –los ángeles caídos- cuya malicia es tan grande que lo llevarán a Él a la muerte, provocando la dispersión de su Iglesia, los discípulos, en vez de estar atentos a estas revelaciones celestiales, se encuentran enfrascados en cuestiones humanas, discutiendo sobre banalidades, como por ejemplo, “cuál de ellos es el más grande”: “Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”. Con esta discusión mundana y banal, los discípulos no solo demuestran que no están a la altura de la misión sobrenatural que Jesús les quiere encargar y de los eventos sobrenaturales que en breve habrán de suceder, sino todavía demuestran algo peor: demuestran una mentalidad mundana, un espíritu soberbio, orgulloso, que se encuentra apegado a esta tierra, a sus honores, a sus homenajes, a sus mundanidades. Mientras deberían estar deliberando sobre quién de ellos, aún indigno, debería estar a los pies de la cruz de Jesús, acompañando a la Virgen en su soledad, en su dolor y en su humillación, los discípulos “discutían sobre quién era el más grande”. Se disputan los aplausos humanos, en vez de desear el silencio de Dios; se pelean por un puesto de honor mundano, cuando deberían desear un puesto de crucificados, al lado de la cruz de Jesús; se pelean por los honores que los hombres se dispensan unos a otros, cuando esos honores, delante de Dios, son como hierba seca que se lleva el viento y nadie más se acuerda de ella.
“Los discípulos no comprendían lo que Jesús les decía (estaban) discutiendo sobre quién era el más grande”. Podemos decir que la crisis actual que vive la Iglesia, una crisis que es ante todo de fe y santidad y que se manifiesta claramente en la apostasía masiva de los católicos, comienza en el momento mismo de la predicación evangélica y se extiende, como una mancha que todo lo corroe y todo lo contamina, hasta nuestros días. También nosotros debemos preguntarnos si no nos comportamos mundanamente, como los discípulos de Jesús; también nosotros debemos preguntarnos si es que entendemos que estamos en esta vida para unirnos a la Cruz, para recubrirnos con el Manto de la Virgen y así vencer a nuestros tres grandes enemigos, el Demonio, el Pecado y la Muerte, en vez de buscar el aplauso mundano, o en vez de estar discutiendo entre nosotros por banalidades, cuando en realidad debemos mirar hacia lo alto, hacia el destino de eternidad que nos espera en la otra vida.
“Los discípulos no comprendían lo que Jesús les decía (estaban) discutiendo sobre quién era el más grande”. Tengamos cuidado de no ser nosotros esos discípulos que, estando en la Iglesia, no entienden para qué están, para salvar sus almas y las de sus hermanos y no para buscar puestos de poder y el aplauso inútil de los hombres.