sábado, 6 de marzo de 2021

“Jesús hizo un látigo (…) expulsó a los mercaderes del Templo”

 


(Domingo III - TC - Ciclo B – 2021)

         “Jesús hizo un látigo (…) expulsó a los mercaderes del Templo” (Jn 2, 13-25). El Evangelio nos muestra a un Jesús un tanto distinto al de otras ocasiones: aquí no es el Jesús misericordioso y bondadoso, que se compadece del dolor humano y cura enfermedades y resucita muertos. Aquí se trata de un Jesús distinto, el mismo Jesús, pero con una faceta no mostrada antes: su ira, que al ser la ira del Hombre-Dios, no es una ira en modo alguno pecaminosa, como la del hombre o la del demonio, sino que es la justa ira de Dios encarnado, encendida al comprobar en persona cómo el Templo ha sido convertido en una “cueva de ladrones” y en un refugio de animales, cuando la función central y única del Templo es el recogimiento del alma en el silencio y en la oración, para adorar a Dios en su altar. Es la perversión de esta función del Templo y también del altar lo que enciende la justa ira de Jesús, que así expulsa a los mercaderes, los cuales se habían apropiado de un lugar que no les pertenecía, para desarrollar actividades que no debían ser desarrolladas de ninguna manera en ese lugar sagrado.

La expulsión de los mercaderes del Templo fue un hecho real, es decir, sucedió en un tiempo determinado, pero es también una prefiguración de realidades celestiales y sobrenaturales. En efecto, en los mercaderes del Templo están prefigurados la ambición, la avaricia, la codicia, es decir, el deseo desordenado de los bienes materiales, que llega hasta el extremo de adorar al dinero, convirtiéndolo en un ídolo; los animales, con su irracionalidad y con sus funciones fisiológicas, representan a las pasiones desordenadas, que obran fuera del control tanto de la razón humana como de la gracia santificante; el Templo es figura del cuerpo del bautizado, predestinado por Dios para ser morada de la Santísima Trinidad y Templo del Espíritu Santo, en tanto que el corazón del hombre está prefigurado por el altar del Templo, en donde se debe adorar solo y exclusivamente al Cordero de Dios, Cristo Jesús. El deseo desordenado del dinero y las pasiones descontroladas son colocadas por el hombre pecador en el altar de su templo, es decir, en el corazón, para ser adorados, cuando el único que debe ser adorado en el corazón humano es Jesús Eucaristía.

Otro elemento que debemos considerar es que la expulsión de los mercaderes del Templo prefigura la acción de la gracia santificante, que restituye la función primigenia del corazón dada por la Trinidad, que es la adoración del Cordero Místico, el Hombre-Dios Jesucristo.

Cuando ingresa en nuestras almas por la gracia santificante, Jesús destruye nuestros ídolos –el dinero, el placer, el poder, el tener-; Jesús con su gracia domina y controla las pasiones desordenadas; Jesús con su gracia restituye la función primigenia del cuerpo del bautizado, que es ser “templo del Espíritu Santo” y “Casa de oración”; Jesús restituye la función del corazón del hombre, destinado por la gracia a ser altar en donde se adore al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía.

Por último, la ira santa de Jesús es también prefiguración del Día de la Ira de Dios, el Día del Juicio Final, en el que Jesús, como Justo Juez, juzgará a la humanidad, conduciendo a los elegidos al Reino de Dios y condenando a los réprobos al Infierno eterno, en donde compartirán una eternidad de dolores y tormentos con los ángeles caídos y el cabecilla de los ángeles apóstatas, Satanás. Al contemplar esta escena de la expulsión de los mercaderes del Templo por parte de Jesús, pidamos la gracia de no encontrarnos a la izquierda de Jesús, entre los réprobos, en el Día del Juicio Final, para lo cual debemos hacer el propósito de vivir –y sobre todo morir- en estado de gracia santificante.

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