miércoles, 21 de noviembre de 2012

“Si hubieras comprendido el mensaje de paz”



“Si hubieras comprendido el mensaje de paz” (Lc 19, 41-44). Jesús se lamenta y llora amargamente por el destino de Jerusalén, y profetiza su destrucción, lo cual efectivamente sucederá años después de su muerte, a manos del Imperio Romano. El motivo de la ruina de Jerusalén, que tal como lo profetizó Jesús, fue arrasada hasta el suelo, es que Jerusalén no ha reconocido “el mensaje de paz” que Dios, Yahvéh, le envía en Él, Jesús. Lejos de reconocer el mensaje de paz y, mucho menos, al Mensajero de la paz, Jesucristo, Hijo de Dios Encarnado, Jerusalén se decide por la guerra contra Dios, asesinando a su enviado, el Cristo, en la Cruz, y esto lo ve Jesús con anticipación, puesto que Él es Dios y conoce las cosas futuras como si fueran presentes.
Jerusalén no ha comprendido el mensaje de paz, porque ha negado voluntariamente la condición divina del Hijo de Dios; se ha negado a reconocer sus milagros, que acreditaban sus palabras; se ha negado a reconocer en Cristo el perdón divino concedido por el Padre al Pueblo Elegido y a la humanidad entera. Al mensaje de paz de Cristo, manifestado en sus curaciones milagrosas, en las expulsiones de demonios, en su Palabra que da vida eterna, en los innumerables prodigios de todo tipo, Jerusalén ha respondido con la traición de Judas Iscariote, el juicio inicuo orquestado por los sacerdotes del templo, el insulto, los golpes y las blasfemias del pueblo, y ha coronado su afrenta al Dios de la paz crucificando en un madero al Mensajero de la paz. Jerusalén no comprendió que Dios, en Cristo, le tendía la mano del perdón y de la paz, y alzó a su vez su mano para abofetear a Dios en su rostro, flagelarlo, coronarlo de espinas, y crucificarlo. Al mensaje de paz de Dios, Jerusalén respondió con la violencia criminal y asesina, que terminó quitando la vida al único que podía salvarla de sus enemigos, Jesucristo.
         Jesús llora amargamente porque rechazarlo a Él, el mensajero de la paz de Dios, tiene tremendas consecuencias en todos los órdenes: en el plano humano, los enemigos humanos se vuelven contra Jerusalén, y luego de un largo sitio, le prenden fuego y la arrasan hasta el suelo; en el plano espiritual, la tragedia es aún mayor, porque al rechazar al Dios de la paz, inevitablemente se cae en la esfera de Satanás, príncipe de la guerra, del odio y de la destrucción, quedando el alma a merced del ángel caído y de su odio sin fin.
         “Si hubieras comprendido el mensaje de paz”. El lamento y el llanto amargo de Jesús por Jerusalén tiene también otro destinatario, y son las almas que en el Día del Juicio se condenarán, pues ellas también estaban llamadas a recibir el mensaje de paz del Mesías, y no lo quisieron reconocer, porque libremente se decidieron por el odio y la adoración al demonio y a sus obras.
         “Si hubieras comprendido el mensaje de paz”. Cuando los condenados escuchen estas palabras, será ya muy tarde, porque sólo cuando estén en compañía para siempre del Ángel destructor, comprenderán que debieron haber aceptado la paz de Cristo y, más importante aún, debieron haber transmitido a los demás esa paz, y no lo quisieron hacer.

lunes, 19 de noviembre de 2012

“La salvación ha llegado a esta casa”



“La salvación ha llegado a esta casa” (Lc 19, 1-10). La entrada de Jesús en casa de Zaqueo redunda en algo inesperado desde el punto de vista humano, puesto que Zaqueo, conocido por ser “pecador”, tal como murmuran todos: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”, ni era discípulo de Jesús, ni se preocupaba de los pobres, ni de aquellos a los que eventualmente hubiera podido perjudicar de una manera u otra. En otras palabras Zaqueo, antes de la entrada de Jesús en su casa, no ha convertido su corazón, y sí lo hace después de la entrada de Jesús. 
Esto sucede porque Jesús no deja indiferente a quien se encuentra con Él: por su condición de Hombre-Dios, concede la conversión radical del corazón; Jesús no da consejos meramente morales, ni provoca simples cambios conductuales; el hecho de que   Zaqueo se decida a dar la mitad de sus bienes a los pobres, y a devolver cuatro veces más a quien haya podido perjudicar, no se debe a que, deslumbrado por las enseñanzas religiosas de un rabbí hebreo ha decidido cambiar de conducta y de comportamiento: se debe a que Jesús le ha iluminado con su gracia en lo más profundo de su corazón, en la raíz última de su ser metafísico, en su acto de ser, y le ha concedido el poder ver el sentido último de esta vida, que no es el enriquecimiento, ni el ascenso social, ni el pasarla bien, ni el ser reconocido por los hombres, sino el obrar la misericordia para con los más necesitados, de modo de alcanzar un lugar en la Jerusalén celestial.
Jesús le ha hecho ver, con la gracia de la conversión, que esta vida se termina, indefectiblemente, en pocos o en muchos años, pero que se termina, y que luego de esta vida vienen la muerte, el juicio particular, y el destino eterno, de alegría, amor y felicidad, o de dolor, de odio y de horror, según las obras realizadas, porque Dios, infinitamente Justo, no puede dejar de dar a cada uno lo que cada uno elige con sus obras. La gracia de la conversión de Jesús a Zaqueo le permite darse cuenta que su prójimo no es alguien a quien se puede usar a placer, sino un hermano en Cristo sin el cual nadie podrá salvarse, y es por eso que Zaqueo dona la mitad de sus bienes y decide dar cuatro veces más a quien hay perjudicado.
El hecho que Jesús entre en la casa de Zaqueo significa entonces un cambio radical en su vida, ya que a partir de su encuentro con Jesús, Zaqueo convertirá su corazón y salvará su alma, hecho profetizado por Jesús: “La salvación ha llegado a esta casa”.
Pero no solo Zaqueo es el destinatario de la gracia de la conversión; también a nosotros Jesús nos dice: “Quiero hospedarme en tu casa”, pero como no podemos hacer entrar físicamente a Jesús en nuestros hogares materiales, sí podemos en cambio hacerlo entrar físicamente, en su Presencia corpórea resucitada, y con su Acto de Ser divino, en nuestro corazón, por la comunión eucarística. Por lo tanto, al comulgar, es decir, al hacer entrar a Jesús en nuestra casa que es nuestra alma, le decimos: “Señor, entra en mi casa, en mi alma, y dame la gracia de la conversión, para que pueda comprender que esta vida se acaba pronto, y que lo único que tiene valor ante tus ojos son las obras de misericordia obradas a favor de mi prójimo. Entra en mi casa, en mi corazón, por la Eucaristía, dame la gracia de la conversión, y yo seré salvo”.

domingo, 18 de noviembre de 2012

“Señor, que yo vea otra vez”



“Señor, que yo vea otra vez” (Lc 18, 35-43). Un ciego –no de nacimiento, porque pide ver “otra vez”- pide a Jesús volver a ver. Jesús, en vista de su fe, le concede lo que pide: “Recupera tu vista, tu fe te ha salvado”.
Hasta aquí, no se presenta ningún interrogante: un ciego pide volver a ver, Jesús, en vista de su fe, le concede el milagro. La pregunta surge de la segunda parte de la frase de Jesús: “Recupera tu vista, tu fe te ha salvado”. ¿Por qué dice esto Jesús? En esta respuesta de Jesús se puede vislumbrar algo que va más allá de la simple curación física, porque es evidente que no le está diciendo que se ha salvado de las tinieblas físicas, propias de la ceguera: si le dice: “Tu fe te ha salvado”, es porque se ha salvado de las tinieblas espirituales, aquellas que impiden ver las realidades sobrenaturales, las realidades del cielo, que escapan a la percepción sensible de los sentidos.
La “salvación” de la que habla Jesús es precisamente esta: por su fe, el ciego se ha salvado de vivir en las tinieblas del ateísmo, del naturalismo, del humanismo ateo, del racionalismo, todos vicios del espíritu que negando los milagros del Evangelio, niegan la condición divina del Hombre-Dios, y así se colocan voluntariamente en las más oscuras tinieblas espirituales, que los ponen en estado de condenación y a las puertas del infierno.
Por el contrario, la capacidad de ver sobrenaturalmente los misterios de la fe católica, llevan al alma de claridad en claridad, toda vez que puede ver a Cristo en esos misterios, quien es “luz eterna de luz eterna”. El que posee esta capacidad de ver sobrenaturalmente, con los ojos de la fe, estos misterios, puede ver a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios humanado, la Palabra encarnada, en la Eucaristía; puede ver en la Misa la renovación incruenta del sacrificio de la Cruz; puede ver la Presencia operante del Espíritu Santo en los sacramentos, concediendo la vida divina a quien los recibe.
“Señor, que yo vea otra vez”. Al igual que el ciego del camino, debemos pedir ver sobrenaturalmente, por eso nuestra oración podría ser así: “Señor, haz que yo vea, con los ojos de la fe, tus misterios insondables: haz que yo te vea en la Eucaristía y en el santo sacrificio del altar, en tu Presencia sacramental, pero haz que te vea también en mi prójimo, sobre todo en el más necesitado. Haz que te vea, para que viéndote te ame, amándote te adore, y adorándote me salve. Amén”.

viernes, 16 de noviembre de 2012

“Cuando vean estas cosas, sepan que el fin está cerca”



(Domingo XXXIII – TO – Ciclo B – 2012)
         “Cuando vean estas cosas, sepan que el fin está cerca” (Mc 13, 24-32). Jesús da las señales del fin de los tiempos, del fin de la historia humana, en los que Él vendrá como Justo Juez a juzgar al mundo. Da señales, pero no dice cuándo será, porque “el día y la hora nadie lo sabe”, ni siquiera el Hijo del hombre –no en cuanto hombre, pero sí en cuanto Dios-, sólo Dios Padre.
         El cristiano, por lo tanto, debe estar atento a las señales de los tiempos, para discernir si estas señales aparecen o no, porque si se las detecta, si empiezan a aparecer, entonces significa que el Día del Juicio Final está cerca.
         Ahora bien, más allá de la indicación precisa del Juicio Final, la advertencia de Jesús, “sepan que el fin está cerca”, alcanza a todo hombre en cualquier época de la historia humana, porque con “el fin cercano”, Jesús se refiere también al fin de la vida humana en la tierra, al fin de toda persona humana que nace en este mundo. La vida humana es limitada, frágil, mortal, y cada segundo que pasa se encamina hacia su fin natural, que es la muerte, pero del mismo modo a como el Fin del mundo, el Día del Juicio Final, es el comienzo, al mismo tiempo, del Día sin ocaso, es decir, del Día de Dios, la eternidad, así también, el fin de la vida humana en la tierra es el inicio de la vida eterna, de la vida que no termina más.
         Es esto lo que el cristiano debe tener en mente, cuando se reflexiona sobre este Evangelio, además de tener en cuenta el fin del mundo: los días en la tierra pasan veloces -“Nuestra vida, Señor, pasa como un soplo”, dice el Salmo-, y al término de ellos asoma el horizonte de la eternidad, eternidad para la cual debemos estar preparados.
         Precisamente, la vida en la tierra no tiene otro sentido que la preparación, por las obras de misericordia, por la fe y por el amor, para ganar la vida eterna, ya que el paso de esta vida a la felicidad eterna en los cielos, en la contemplación de la Trinidad, no es automático, puesto que se requiere obrar la misericordia para acceder a la comunión de vida y amor con las Tres divinas Personas.
         Quien no obre la misericordia, no sólo no accederá a esta comunión, sino que será precipitado en el infierno, en el lugar en donde obtendrá para toda la eternidad lo que libremente eligió con su ausencia de misericordia.
         “Cuando vean estas cosas, sepan que el fin está cerca”. No sabemos si viviremos los tiempos profetizados por Jesús; no sabemos si viviremos los días de la manifestación del Hijo del hombre, pero sí sabemos con certeza que los días de nuestra vida se terminan, que cada día que pasa es un día menos que falta para nuestra propia muerte y encuentro personal con el Hombre-Dios Jesucristo, en donde compareceremos ante Dios Trino para recibir el juicio particular, que decidirá nuestro destino eterno: o el fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo, o el fuego del infierno.
         Todo el tiempo de esta vida terrena, es tiempo de misericordia, que Dios nos otorga para que obremos el bien y salvemos nuestras almas.

jueves, 15 de noviembre de 2012

“Donde esté el cadáver allí se juntarán los buitres”



“Donde esté el cadáver allí se juntarán los buitres” (Lc 17, 26-37). Jesús instruye a sus discípulos acerca del Día del Juicio Final, y da señales de cómo será este día, llamado “Día de la ira de Dios”: será similar a los días de Noé, en los que la gente “comía, bebía y se casaba”, hasta que llegó el Diluvio; será similar a los tiempos de Lot: “se comía y se bebía, se compraba y se vendía, se plantaba y se construía”, hasta que llegó la lluvia de fuego.
Las dos referencias a grandes personajes bíblicos como Noé y Lot, dan cuenta del estado de la humanidad en los tiempos inmediatamente anteriores a la manifestación de Jesús como Justo Jueza de la Humanidad: las actividades de “comer, beber, plantar, construir”, con las que se describen los períodos bíblicos de Noé y de Lot, hacen referencia a un estado de la humanidad en el que todo estará aparentemente en calma, en donde la actividad material del hombre será plena, y en donde el consumismo materialista estará en su auge. Esto indica despreocupación de Dios y ausencia hasta de su idea por parte de los hombres, puesto que las actividades son puramente exteriores, y este olvido de Dios será lo que desencadenará los castigos. Pero hay algo todavía más grave, una consecuencia del olvido de Dios, y es la adoración idolátrica del hombre por el hombre mismo, significado en la mención a Sodoma y Gomorra.
En síntesis, la situación de la humanidad será como en tiempos de Noé y Lot, tiempos caracterizados por el ateísmo teórico y práctico, por el desprecio de Dios y de sus leyes, por la exaltación del consumismo materialista como único objetivo de la vida y, lo más grave de todo, por la elevación a la categoría de derecho humano a las más aberrantes perversiones contra la naturaleza. Y de la misma manera a como la humanidad fue purificada por el agua, en tiempos de Noé, y por el fuego, en tiempos de Lot, así también, en el Día del Hijo del hombre, la humanidad será purificada por el agua y el fuego: la humanidad regenerada por la lluvia de la gracia, que actuará sobre los buenos, y por el fuego abrasador caído del cielo, probablemente detonaciones nucleares provocadas por el mismo hombre, pero también alguna especie de castigo celestial para los impenitentes, que arrasarán corporal y materialmente a quienes no estén preparados.
Por último, la respuesta a la pregunta a la pregunta de los discípulos acerca de “dónde” sucederá esto, es enigmática, pero también significativa: “Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres”. El cadáver es un cuerpo sin vida, sin alma, y con esto se refiere Jesús al Anticristo, persona humana que, aunque esté vivo naturalmente, está muerto a la vida de Dios, a la vida de la gracia, y por eso despide el hedor de la muerte; los buitres, serán los precursores del anticristo, los falsos profetas, los falsos mesías, entre los primeros, los fundadores de sectas, que de la misma manera a como un buitre, animal carroñero, está cerca del cadáver para alimentarse de sus miasmas, así estarán cerca del Anticristo, para alimentarse de sus doctrinas falsas.
Pero hay otra señal, indicativa del fin, venida esta vez del Cielo: si alrededor del cadáver se juntan los buitres, si alrededor del Anticristo se juntan los falsos profetas y falsos mesías, alrededor del Cuerpo de Cristo se juntan las águilas. Y al igual que los discípulos, preguntamos: “¿Dónde sucederá esto? ¿Dónde se juntarán las águilas?”: las águilas, los adoradores del Hombre-Dios, volarán alrededor del altar eucarístico, alrededor del sagrario, donde está el Cuerpo de Jesús.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

“Como el relámpago brilla en el cielo así vendrá el Hijo del hombre”



“Como el relámpago brilla en el cielo así vendrá el Hijo del hombre” (Lc 17, 20-25). En la imagen del relámpago que surca veloz el cielo, en un día de oscuridad y tormenta, Jesús grafica cómo será el Día del Hijo del hombre, es decir, el Día en que Él venga a juzgar al mundo, llamado en la Biblia “Día de la ira de Dios”.
La imagen da idea de la situación espiritual de la humanidad al momento de la Llegada del Hijo del hombre: el rayo se desencadena en una tormenta, y como es algo luminoso, se contrasta con la oscuridad de la tormenta. Así estará la humanidad entera el día que Jesús llegue a juzgar la tierra: sumergida en la oscuridad del pecado y del mal, e inmersa en las tinieblas de la ignorancia y del error, de tal manera que la luminosidad del rayo contrastará con las tinieblas y la oscuridad, tanto más cuanto que la blancura del rayo simboliza la pureza y la gloria de su Ser divino, que disipará la densa oscuridad del espíritu del mal, que para esos días se habrá abatido sobre la humanidad como nunca antes en la historia.
Pero la figura del rayo también simboliza la prontitud y celeridad de su Llegada, lo cual contrastará con otro signo de los tiempos, y es la aparición de falsos mesías, falsos profetas, falsos maestros, y de innumerables sectas, unas más tenebrosas que otras: si las sectas pueden decir: “Aquí está el Mesías”, o si los falsos profetas –como por ejemplo, Soon Myung Moon, Sai Baba, David Koresh, y tantos otros más- pueden decir: “Yo soy el Mesías”, esto es señal de su radical falsedad, porque precisamente el Mesías vendrá como el rayo, en un abrir y cerrar de ojos, sin dar tiempo, como lo hacen los sectarios y los fundadores de sectas, devenidos en falsos cristos, a montar toda una institución que propague el falso mensaje de salvación. La señal de que alguien es un falso profeta o mesías, es precisamente el tiempo: mientras Jesús vendrá de modo repentino, como el rayo cruza el cielo de oriente a occidente, los sectarios tendrán tiempo de montar sus instituciones y de tejer las telas de arañas de sus falsas doctrinas.
“Como el relámpago brilla en el cielo así vendrá el Hijo del hombre”. El Día del Juicio Final, el Día de la ira de Dios, Jesús vendrá como Justo Juez, como un rayo atraviesa el cielo; ese día, llamado “terrible” por los Padres de la Iglesia, temblarán hasta los ángeles ante la ira de Dios, y ya se habrá terminado la misericordia.
Mientras tanto, nos queda el tiempo de la misericordia, los días ordinarios, los días de todos los días, en los que Jesús viene no como Justo Juez, sino como Dios de la Misericordia y del perdón, de la paz y del Amor, y viene como Rey pacífico, en el silencio del altar eucarístico, obedeciendo a la voz del sacerdote en la consagración. Estos días son días de misericordia, que hay que aprovecharlos al máximo, antes de que sea tarde.

martes, 13 de noviembre de 2012

“¿Ninguno de los que fueron curados volvió a dar gracias a Dios, sino solo este extranjero?”



“¿Ninguno de los que fueron curados volvió a dar gracias a Dios, sino solo este extranjero?” (Lc 17, 11-19). Jesús cura con un milagro a diez leprosos, pero solo uno de ellos, al darse cuenta de que estaba curado, vuelve para dar gracias.
La desatención e ingratitud de los nueve restantes, no pasa desapercibida a Jesús, quien, dándose cuenta de la frialdad y desagradecimiento con los que los nueve recibieron el don de la curación, hace una pregunta retórica: “¿Ninguno de los que fueron curados volvió a dar gracias a Dios, sino solo este extranjero?”. Sin embargo, no debemos pensar que la actitud de desagradecimiento ante los dones divinos es exclusiva de los leprosos del Evangelio: día a día, a lo largo y ancho del mundo, se repite la misma historia. Jesús concede dones, milagros, prodigios, para todos y cada uno de los seres humanos que habitamos en el planeta, y estos dones son declaraciones de Amor de un Dios que ama con locura a su creatura, y que no tiene otro modo ni sabe otra cosa que el Amor, pero los cristianos no nos damos cuenta de su Amor, y por lo mismo no somos agradecidos, con lo cual nos parecemos a los leprosos ingratos del Evangelio.
Un ejemplo de lo que decimos lo tenemos en los diálogos de Jesús con la beata Luisa Piccarretta, la vidente italiana que escribió “Las Horas de la Pasión” y “Fiat. Cuando la Divina Voluntad reina en las almas”. En este último libro, se desarrolla el siguiente diálogo entre Jesús y Luisa. Dice Jesús: “Hija mía, mi amor por la creatura es grande. ¿Ves cómo la luz del sol cubre la tierra? Si tú pudieras hacer de aquella luz tantos átomos, sentirías en aquellos átomos de luz mi voz melodiosa, y te repetirían el uno junto al otro: “Te amo”, “Te amo”, “Te amo”…, de modo que no te darían tiempo de enumerarlos; quedarías ahogada en el amor y de hecho “Te amo”, “Te amo”, te lo digo en la luz que llena tu ojo, “Te amo” en el aire que respiras, “Te amo” en el silbido del viento que hiere tu oído; “Te amo” en el calor y en el frío que siente tu tacto, “Te amo” te dice mi latido en el latido de tu corazón; “Te amo”, te repito en cada pensamiento de tu mente; “Te amo”, en cada acción de tus  manos; “Te amo”, en cada paso de tus pies; “Te amo”, en cada palabra…, porque nada sucede dentro o fuera de ti si no concurre un acto de mi amor hacia ti; así que un “Te amo” no espera al otro. Tus “Te amo”, ¿cuántos son para Mí?”[1].
Luego, Luisa Piccarretta dice: “Yo he quedado confundida. Me sentía ensordecida dentro y fuera por los coros del “Te amo” de mi dulce Jesús… Y mis “Te amo” eran escasos, tan limitados, que he dicho: “Oh mi amante Jesús, ¿quién puede hacerte frente? Por lo que tengo, parece que no tengo nada de lo que Jesús me hacía comprender”.
La beata reconoce que no agradece a Jesús en la medida en que debería hacerlo, y si eso le pasa a una santa de la envergadura de Luisa Piccarretta, mucho más nos pasa a nosotros. Podríamos justificarnos diciendo que lo que sucede es que los dones del amor de Jesús son tantos, y tan variados, y a todo momento, que pasan, en su inmensa mayoría, completamente inadvertidos.
Pero algo podemos hacer para recompensar nuestra indiferencia, nuestra ingratitud y nuestra frialdad, de modo de no parecernos a los nueve desagradecidos, e imitar al que volvió para darle gracias: en agradecimiento por los “Te amo” de Jesús, presentes en cada átomo de luz, en cada segundo de existencia, en lo más alto de los cielos, y en lo más profundo del ser de cada uno, le ofrecemos la Eucaristía, su mismo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por medio de la cual le decimos, en el tiempo y en la eternidad, con un grito que desde el altar resuena en los cielos infinitos: “Te amo”.



[1] Cfr. Piccarretta, Luisa, Fiat. Cuando la Divina Voluntad reina en las almas, 70.