jueves, 29 de noviembre de 2012

“Síganme y los haré pescadores de hombres”




“Síganme y los haré pescadores de hombres” (Mt 4, 18-22). Mientras camina a orillas del mar de Galilea, Jesús ve a dos pescadores, Andrés y Simón, y los invita a seguirlo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. El Evangelista Mateo destaca la prontitud de la respuesta de los dos hermanos: “Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron”. Lo mismo sucede más adelante, con la llamada a otros dos hermanos, Santiago y Juan: la respuesta es inmediata. Visto con ojos humanos, la escena no tiene explicación alguna; en efecto, ¿qué podría justificar, humanamente hablando, que dos experimentados pescadores, Andrés y Simón Pedro, y luego también Santiago y Juan, dejaran un oficio de sobras conocido por ellos, y sobre todo vital, ya que de ese oficio dependía el sustento propio y de sus familias, por el llamado de un extraño que los invita a un nuevo oficio, todavía más extraño, ser “pescadores de hombres”?
Lo que no tiene explicación humana, tiene explicación divina: Jesús es Dios, y por eso su llamada no es la de un mero hombre, sino la del Hombre-Dios; al llamar, Jesús infunde su Espíritu, y es este Espíritu quien, en una iluminación celestial, fugaz pero profundísima, porque ilumina la raíz del ser, hace vislumbrar a San Andrés, a Pedro, a Santiago y a Juan, en centésimas de segundos, que parecen cientos de años, la magnitud de la empresa a la que Jesús los llama: ser “pescadores de hombres” quiere decir que ahora pescarán almas en el mar de la historia y de la vida humana, para salvarlas de la perdición, incorporándolas a la Barca que es la Iglesia; ser “pescadores de hombres” quiere decir que aprenderán un nuevo oficio, no el antiguo de pescadores de peces, en el que utilizaban una red de hilo para atrapar peces, sino que ahora pescarán almas humanas, y para ello utilizarán una Red Nueva, Cristo Jesús; ser “pescadores de hombres” quiere decir que los llama a ser sacerdotes de su Iglesia, que transubstanciarán el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, en la Santa Misa, y perdonarán los pecados con el sacramento de la Penitencia, y santificarán toda la vida humana del Nuevo Pueblo de Dios, por medio de la administración de los sacramentos, manantiales de gracia divina; ser “pescadores de hombres”, significa que los llama a dar testimonio de Él, Hombre-Dios, con la ofrenda de su vida, para que por ese testimonio, muchos hombres se salven y entren en la Iglesia, “fuera de la cual no hay salvación”.
“Síganme y los haré pescadores de hombres (…) Inmediatamente (…) lo siguieron”. También a nosotros, como a Andrés y a los Apóstoles, nos llamó Jesús, no caminando a orillas del mar de Galilea, sino en el momento de nuestro bautismo, y renueva esa llamada en cada comunión eucarística. También nosotros, como Andrés y los Apóstoles, debemos dejar “inmediatamente” nuestro hombre viejo, y seguir a Jesús según nuestro estado de vida, para ayudarlo en su tarea de salvar almas.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

“Cuando sucedan estas cosas, levantad la cabeza, porque está por llegarles la liberación”



“La ira de Dios pesará sobre este pueblo” (Lc 21, 20-28). Jesús profetiza la ruina y destrucción de Jerusalén, como consecuencia de su ceguera, que la conducirá a rechazarlo a Él, el Mesías, Dios Hijo encarnado para la salvación del mundo. Jerusalén será sitiada, sus muros abatidos, sus casas incendiadas, el templo arrasado hasta el suelo. Pero Jesús no está hablando sólo de una consecuencia física y material, sino que se refiere a un castigo ante todo espiritual, cuando dice: “La ira de Dios pesará sobre este pueblo”, y el castigo será permanecer en el rechazo del Mesías.
Ahora bien, como en Jerusalén y en el Pueblo Elegido están representados los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, la profecía acerca de la ira de Dios se refiere también a estos, ante todo y de modo exclusivo, para aquellos que lo rechacen a Él en su condición de Salvador, rechazo demostrado principalmente en el desprecio a su Presencia eucarística y a la celebración de su Día, el Día del Señor, el Domingo.
Así como para la Jerusalén terrestre el haber condenado a muerte al Redentor le valió ser arrasada hasta el suelo por parte de su enemigo, el Imperio Romano, así también, para el bautizado, llamado a ser por la gracia morada del Dios Altísimo, templo del Espíritu Santo y a consagrar su corazón como altar de Jesús Eucaristía, el abandono de la misa dominical, por las diversiones mundanas, la televisión e internet; la conversión del templo que es el cuerpo en una sórdida cueva impregnada en alcohol y en drogas, en cuyas paredes cuelgan las más aberrantes imágenes de depravaciones sexuales, producto del consumo de la pornografía; en donde se escuchan no cantos de alabanza a Dios Trino, sino toda suerte de blasfemias, de bromas de doble sentido, de impudicias, de aberraciones contra-natura; en donde anidan los más abominables demonios, porque de templo del Espíritu Santo ha sido convertido en madriguera de Asmodeo, el demonio de la lujuria; todo esto le significará al bautizado que pervierta su cuerpo y su corazón, una ruina más grande que la de Jerusalén, porque le significará el ser abandonado a su suerte por el mismo Jesucristo, quien a nadie obliga –de hecho, Jesús dice: “El que quiera seguirme, que cargue su Cruz y me siga”-, de modo tal que el alma, sin el auxilio de la gracia divina, a la cual despreció en esta vida, será conducida al abismo infernal, para que continúe haciendo por la eternidad lo que libremente deseó hacer en esta vida: su propia voluntad en vez de la voluntad de Dios.
Para estos bautizados, “la ira de Dios”, tal como la anuncia Jesús, comenzará a hacerse penosa realidad, y continuará por la eternidad, cuando de labios de Jesús oiga: “Haz lo que quieras”.
Pero existe también una luz de esperanza, porque cuando el mundo se haya descristianizado a tal punto de conducir a los elegidos, los bautizados, a semejantes profanaciones, será también la señal de que el mal, el demonio, el error, la ignorancia, el pecado, estarán a punto de ser borrados de la tierra por la Segunda Venida en gloria del Hombre-Dios Jesucristo, lo cual constituirá la liberación definitiva de los poderes del infierno y el inicio de la vida nueva en la paz y en el Amor de Cristo: “Cuando sucedan estas cosas, levantad la cabeza, porque está por llegarles la liberación”.

martes, 27 de noviembre de 2012

“Serán odiados a causa de Mi Nombre, pero por vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas”



“Serán odiados a causa de Mi Nombre, pero por vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas” (Lc 21, 10-19). Antes de la Segunda Venida, el mal será tan abundante en la tierra, que el solo hecho de pertenecer a Cristo y llevar su nombre, el nombre de cristianos, desencadenará el odio del mundo.
El motivo del odio a los cristianos en los últimos tiempos, será causado por la incompatibilidad de las cosmovisiones: para los cristianos, existe un Dios Uno en Tres Personas, la Segunda de las cuales se encarnó en el seno de María Virgen, y es de este Dios Trino de quien derivan la naturaleza y sus leyes, la moral y la ética. Para los cristianos, Dios Trino creó al hombre e imprimió en la naturaleza humana las leyes de su perfecto funcionamiento, de modo que alterar la naturaleza, como por ejemplo, el uso de anticonceptivos, iría en contra de su designio amoroso sobre el hombre; fue Dios quien, además, dispuso que por medio del bautismo, el cuerpo del hombre fuera su templo del Espíritu Santo y santuario de Dios Padre, y que su corazón fuera el sagrario de Dios Hijo encarnado, Jesús Eucaristía, y esto es tan real que, al introducir imágenes impuras en ese  templo que es el cuerpo, se profanan, más que la persona humana administradora del cuerpo, a las Tres Divinas Personas, a quienes el cuerpo, el alma, y el corazón, pertenecen, y con mucha mayor razón se dice de la profanación física del cuerpo; fue Dios quien creó al hombre varón y mujer y santificó esta unión por medio del sacramento del matrimonio, de manera tal que el amor que santifica esta unión es el Amor mismo de Cristo, y es la razón por la cual la infidelidad, el mal trato entre los esposos, el abandono de uno al otro, son profanaciones al Amor santo de Dios Trino; fue Dios Trino quien creó al alma para que se deleitara en la contemplación de la Verdad y no se empecinara en el error, de manera que la obstinación en la herejía, en la apostasía, en la falsedad, injuria gravemente su santidad; fue Dios quien creó a la voluntad humana para que se alegrara en el Bien infinito de su Ser divino, de modo que la idolatría a las creaturas, tal como se ve en la actualidad –política, fútbol, deportes, diversiones-, es un insulto a su majestad infinita.
Al fin de los tiempos, antes de la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, los seguidores del Anticristo habrán conseguido construir una civilización radicalmente falsa, anti-natural, anti-cristiana, blasfema y sacrílega, hecha a la medida de la humanidad sin Dios; será una humanismo religioso, pero sin Dios, puesto que el Dios del hombre en ese momento será el propio hombre, y esta civilización anti-cristiana contrastará tanto con los designios de Dios, que quienes permanezcan fieles a la Persona del Hijo de Dios, serán odiados y perseguidos, así como fue odiado y perseguido el mismo Hijo de Dios.
“Serán odiados a causa de Mí pero por su perseverancia salvaréis vuestras vidas”. Pero los que sean odiados por el mundo, tendrán un consuelo que superará toda adversidad y todo odio recibido del mundo: recibirán el Amor de Dios Padre, el Espíritu Santo, que hablará a través de ellos.
Cuando aparezcan estos cristianos, que darán testimonio de Cristo desde las cárceles del Anticristo, será la señal de que la Segunda Venida del Hijo del hombre está muy cercana.

lunes, 26 de noviembre de 2012

“Muchos dirán ‘Yo Soy’, pero no se dejen engañar”



“Muchos dirán ‘Yo Soy’, pero no se dejen engañar” (Lc 21, 5-11). Una de las señales antes del Día del Juicio Final será la proliferación de sectas, cuyos fundadores se proclamarán como el Mesías. Es esto lo que Jesús quiere decir cuando advierte que muchos dirán: “Yo Soy”, es decir, pretenderán hacerse pasar por el Mesías en Persona.
Sólo en los últimos años, han surgido multitud de fundadores de sectas, de falsos mesías y falsos profetas, que se han auto-proclamado como los salvadores de la humanidad. Ésta será una de las señales más claras de que están cerca los “cielos nuevos y tierra nueva” profetizados en la Sagrada Escritura.
Algunos de estos fundadores de sectas, falsos iluminados, propagadores de herejías, difusores de mentiras, amantes del dinero, apóstatas, falsos visionarios, son: Jim Jones, fundador de la secta “Templo del Pueblo”, ideólogo de uno de los suicidios colectivos más grandes de la historia; José Luis de Jesús Miranda, colombiano fundador de la secta “Creciendo en gracia” y de la “Iglesia del 666”, quien se auto-proclama como “Jesucristo hombre”; David Koresh, fundador de la secta de los davidianos, también auto-proclamado como Mesías; otros fundadores de sectas son: Sai Baba, Sun Myun Moon, Ellen White, los anti-papas de la secta Palmar de Troya, en España, los fundadores de la secta ocultista “Golden Dawn” o “Amanecer Dorado”, etc., etc.
Los ejemplos son innumerables, y dar una lista exhaustiva sería largo y engorroso. Lo que se puede vislumbrar es que, si bien es cierto que desde que existe la humanidad, se han erigido, a lo largo de la historia, individuos falsamente iluminados, creedores de poseer la Verdad absoluta, la señal distintiva del final de los tiempos será la sobreabundancia de estos fundadores de sectas, correlativos al aumento de sus seguidores, quienes serán individuos que se dejarán embaucar, porque rechazarán la luz de la fe y de la Verdad revelada en Cristo Jesús. Esto será una señal del fin de los  tiempos, porque indicará una actividad inusitada, por el aumento de la frecuencia y de la cantidad de apariciones de falsos líderes, de las fuerzas del infierno. Serán tiempos de mucha confusión, de muchos errores, de muchas medias verdades, que son siempre mentiras completas; serán tiempos en los que cada cual creerá ser el dueño de la verdad, que será la verdad que él mismo se inventará. Este espíritu de confusión, de error, de ignorancia y, en definitiva, de maldad, será un indicativo de la presencia de los agentes del infierno, que redoblarán sus esfuerzos por perder las almas, ante la inminencia de la Llegada de Jesucristo, quien los encadenará para siempre en el Abismo.
“Muchos dirán ‘Yo Soy’, pero no se dejen engañar”. Podemos decir que en nuestros días, las señales de confusión, error, ignorancia, malicia, con respecto al verdadero y Único Mesías, Jesucristo, se multiplican de modo alarmante. De todos modos, nadie sabe “ni el día ni la hora”, por lo que debemos estar “alertas y vigilantes”, como las vírgenes prudentes, o como el “servidor bueno y fiel” que espera el regreso de su amo con la “lámpara encendida” y “haciendo su trabajo”. Por otra parte, si bien no sabemos el día y la hora de su Segunda Venida, y si bien debemos estar atentos a la misma, hay una Venida, intermedia entre la Primera en humildad y la Segunda en Gloria, de la cual sí sabemos el día y la hora, y es su Llegada oculta en el velo sacramental, la Eucaristía: llega el día y la hora en que se celebra cada Santa Misa, y si para la Segunda Venida debemos estar preparados, mucho más lo debemos estar para esta Venida intermedia, sacramental, anticipo del encuentro cara a cara con el Mesías, en la eternidad.

domingo, 25 de noviembre de 2012

“Esta pobre viuda dio de lo que tenía para vivir”



“Esta pobre viuda dio de lo que tenía para vivir” (Lc 21, 1-14). Mientras un grupo de personas adineradas está haciendo grandes donaciones en el templo, se acerca a ellos una viuda pobre que deposita sólo dos monedas de cobre.
         Visto con ojos humanos, la viuda pobre pasa desapercibida, porque frente a la cantidad de dinero depositado por los ricos, su ofrenda es menos que insignificante. Para los hombres, que juzgan siempre por las apariencias, la ofrenda de la viuda no tiene valor, mientras que las ofrendas de los ricos sí son dignas de tener en cuenta.
         Sin embargo, el juicio de los hombres sobre las intenciones del prójimo es siempre erróneo y falso, porque el hombre no tiene la capacidad de escrutar el fondo del alma y la raíz metafísica del ser, como sí la tiene Jesús, puesto que Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. A diferencia de los hombres, que siempre se equivocan, el que juzga sin jamás equivocarse, es Jesús, porque en cuanto Dios, Él ve en lo más profundo y recóndito del alma. Cada ser humano está ante su Presencia, y nada del alma, ni siquiera el pensamiento más pequeño, se le escapa, y es esto lo que hace a sus juicios certeros e infalibles.
         Éste es el motivo del elogioso juicio de  Jesús a la viuda pobre: en su indigencia, dio de lo que tenía para vivir, mientras los demás daban de lo que les sobraba. En otras palabras, Jesús basa su juicio sobre la viuda en aquello que ve en el interior del alma de esta mujer, algo que no encuentra en los ricos que hacen las ofrendas. ¿Qué es lo que ve Jesús, que está presente en la viuda y ausente en los ricos? Jesús ve la grandeza de la fe y del amor a Dios que hay en la viuda, fe y amor que la llevan a donar no de lo que le sobra, sino de lo que tiene para vivir. La pobreza material se contrapone con la enorme riqueza espiritual que suponen la presencia de fe y de amor a Dios, que a su vez son los que la conducen a donar a Dios toda su fortuna material, aún cuando esta sea objetiva y económicamente insignificante. De modo inverso sucede con los ricos que depositan grandes sumas de dinero: aunque la ofrenda en sí misma, objetiva y materialmente, es muy valiosa, valen menos que la ofrenda de la viuda, porque no los mueve ni la fe ni el amor a Dios, sino su propio orgullo, ya que lo que pretenden, al hacer las donaciones en el templo, es ser vistos, halagados y ensalzados por los hombres.
“Esta pobre viuda dio de lo que tenía para vivir”. Si el mismo Jesús en Persona halaga a la viuda pobre, entonces todo cristiano está llamado a imitarla, puesto que el halago proviene del mismísimo Dios Hijo en Persona, y es así que el ejemplo de la viuda pobre tiene que ser el parámetro comparativo con el cual medir la propia donación material.
         Pero hay otro ejemplo más en la viuda, además de cómo tiene que ser el don material: en las dos monedas de cobre, insignificantes en sí mismas, está representada nuestra humanidad, alma y cuerpo, que se ofrenda en Cristo ante el altar de Dios, por eso, nuestra oración en la Santa Misa podría ser así: “Señor, acepta la humilde ofrenda de mi don, mis dos monedas de cobre: mi cuerpo y mi alma; dispón de ellos como te parezca, ya que todo lo que soy en la vida, te lo ofrezco a Ti, en señal de amor y adoración”.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo



         La Iglesia proclama y celebra a su Rey, Jesucristo, como culminación del año litúrgico. Para poder apreciar en su verdadera dimensión espiritual y sobrenatural esta celebración, es necesario recordar que si bien Cristo es Rey, se diferencia substancialmente de los reyes de la tierra, de modo que ningún rey terreno puede comparársele, y esto no solo porque su Reino “no es de este mundo”, como Él mismo lo dice, sino porque Él mismo no es un rey más de las innumerables monarquías existentes a lo largo y ancho del mundo, y en toda época de la historia humana.
         Jesús es Rey, pero no es un rey como los demás, y esto por muchos motivos: a diferencia de los reyes de la tierra, que adquieren la reyecía porque son proclamados reyes por otros hombres, Jesús es Rey por derecho propio, puesto que es Dios Hijo en Persona, y como Dios, es Dueño de toda la Creación, de todo el Universo visible, y del ejército invisible de ángeles de luz; es Rey también como Hombre, porque su Naturaleza humana, asumida en el momento de la encarnación en el seno de María Virgen, es perfecto, al no solo no tener ni la más mínima sombra de pecado, sino al divinizar y santificar su humanidad en el momento de la encarnación, con su propia divinidad y santidad.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que tienen reinos que son terrenos y, por lo tanto, limitados e imperfectos, y pueden ser localizados en una extensión geográfica particular, el Reino de Jesús “no es de este mundo”, porque es un Reino celestial, que es el cielo mismo, y por eso no tiene localización geográfica, y aunque existe en la tierra, tampoco puede localizarse en un lugar, puesto que Él reina, por medio de la gracia santificante, en los corazones de los que lo aman.
         A diferencia de los reyes de la tierra, cuyas coronas están tapizadas por dentro con telas acolchadas para que el peso de los materiales preciosos de la corona no lastime sus sienes, y están confeccionadas con oro puro, plata, diamantes, Nuestro Rey lleva en sus sienes una corona de gruesas espinas que laceran su cuero cabelludo y hacen salir de su Sagrada Cabeza torrentes de Sangre preciosísima, más preciosa que el oro puro, la plata y los diamantes.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que se visten con costosísimos vestidos de seda y de lino, bordados con hilos de oro y plata, Nuestro Rey Jesucristo se viste con un manto rojo, que es su Sangre, que corre a raudales de sus heridas abiertas.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que en sus horas de triunfo sobre sus enemigos, son aclamados y vitoreados por las multitudes, que de esa manera les agradecen el haberlos librado de sus enemigos, Jesús, Nuestro Rey, en la Hora de su más resonante triunfo contra los mortales enemigos del hombre, el demonio, el mundo y la carne, la Hora de su agonía y muerte en la Cruz, se ve abandonado por la inmensa mayoría de sus discípulos, de aquellos que habían recibido milagros, dones, portentos, obras prodigiosas, sanaciones milagrosas, aunque recibe el consuelo de la Presencia de su Madre, la Virgen, que llora sin consuelo al pie de la Cruz, y el de los discípulos qeu lo aman, como Juan, quienes muestran su agradecimiento permaneciendo arrodillados ante la Cruz, besando las heridas de sus pies traspasados.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que poseen un cetro de madera fina de ébano, como signo de su poder terreno, el cetro de Nuestro Rey es la Cruz, formada de un tosco madero, y con este cetro santo, el leño ensangrentado de la Cruz, gobierna el Universo entero, el visible y el invisible.
         A diferencia de los reyes de la tierra, que cuando salen a batallar y ganan las guerras, traen como cautivos y esclavos a otros hombres, además de riquezas terrenas, como oro, plata, y toda clase de mercancías valiosas, Jesús Rey del Universo, triunfante en el madero de la Cruz en su lucha contra los tres enemigos mortales del hombre, el demonio, el mundo y la carne, trae para los hombres toda clase de bienes celestiales, el perdón de Dios, la filiación divina por la gracia, la amistad con Dios, y todo su Amor y su Misericordia infinitos.
A diferencia de los reyes de la tierra, que reinan desde sus sillones mullidos y tapizados en seda, cómodamente sentados, y cuyas órdenes esclavizan a los hombres, Nuestro Rey Jesucristo reina desde el madero ensangrentado de la Cruz, y desde allí emana sus decretos reales, decretos de perdón, de amor y de paz de parte de Dios Padre para con los hombres.
Porque reina desde la Cruz, la Iglesia le canta, por boca de sus santos:
“El nuevo Rey/
de los siglos nuevos/
CRISTO JESÚS/
Sólo Él/
Llevó sobre sus espaldas/
El poder y la majestad/
De la nueva gloria:/
La CRUZ,/
Como dice el profeta:/
Rey es el Kyrios/
Desde el madero”[1].

Y fuimos nosotros los que subimos a Nuestro Rey a la Cruz, con nuestros pecados, porque si los reyes de la tierra son puestos en sus lugares de poder por los hombres, sin haber hecho ningún mérito por la salvación de la humanidad, Nuestro Rey en cambio fue levantado en alto en el leño de la Cruz, por la maldad de nuestros corazones, y eso a pesar de que obró para con nosotros la obra más grande que jamás pueda concebirse, la obra de la Redención.
A Nuestro Rey, que reina desde el madero ensangrentado de la Cruz, le cantamos como Iglesia: “Ante Ti, Hombre-Dios crucificado, Jesucristo, Rey del Universo, hincamos nuestras rodillas y te adoramos; que Tu Preciosísima Sangre caiga sobre nosotros y sobre el mundo entero, para que por esta Sangre tuya, la Sangre del Cordero, quedemos libres de toda culpa y así, con el corazón encendido en amor santo hacia Ti, continuemos en la eternidad, en los cielos, esta humilde adoración que te brindamos en el tiempo, arrodillados ante tu Cruz”.
Pero además de la Cruz, Jesucristo Rey del Universo reina desde la Eucaristía, y por eso también doblamos nuestras rodillas ante Nuestro Rey Jesús en la Eucaristía, y a Él le ofrecemos el humilde homenaje de nuestra adoración.


[1] Tertuliano, Adv. Marcionem III, 19.

jueves, 22 de noviembre de 2012

“Habéis convertido mi casa de oración en una cueva de ladrones”


  
“Habéis convertido mi casa de oración en una cueva de ladrones” (Lc 19, 45-48). La ira de Jesús se desata cuando comprueba la profanación del templo que supone la presencia de vendedores en él. Como bien dice Jesús, el templo es “casa de oración”, y ellos la han convertido en “cueva de ladrones”. Pero hay algo que llama la atención, y es que Jesús se atribuye la condición de dueño del templo, porque dice: “Habéis convertido mi casa de oración en una cueva de ladrones”.
         No se trata de un exceso de celo de un maestro religioso hebreo, que en un exceso de moralidad, trata de poner orden en el templo del Pueblo Elegido. Mucho más que eso, Jesús es el verdadero, real, y único Dueño del templo, puesto que Él es el Dios al cual el templo está dedicado. Sin Él, ni el templo, ni los sacerdotes, ni los fieles, tienen razón de ser; es por esto que su indignación e ira están más que justificadas, pues el Pueblo Elegido ha pervertido el uso original, único y exclusivo del templo, que es la oración y la adoración al Dios Viviente.
         Pero esta indignación de Jesús no se limita solamente a los vendedores y cambistas de su tiempo, sino a los cristianos que profanan sus cuerpos con modas, música y costumbres escandalosas. El motivo es que la presencia de vendedores de palomas y bueyes, y la presencia de cambistas, presencia extemporánea ya que nada tiene que ver con la realidad del templo, tiene además un sentido figurado de realidades sobrenaturales: son una representación de los ídolos a los cuales los cristianos adoran, desplazando a Cristo de sus corazones y poniéndolos a estos en su lugar.
         Esto es así porque Cristo ha convertido, a cada cristiano, en el día de su bautismo, en un templo consagrado a Dios y a su Espíritu, y por esta misma gracia, ha convertido sus corazones en altares, sagrarios y custodias en donde alojarse Él en su Presencia sacramental. Es por esto que San Pablo dice: “El cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19). Y si el cuerpo es templo del Espíritu Santo, el corazón es altar y sagrario de Jesús Eucaristía. El cristiano no tiene otra misión ni otra razón de ser en esta vida terrena, que ser templo del Espíritu y sagrario de Jesús Eucaristía. Si su cuerpo es profanado, profana a la Persona del Espíritu Santo, a quien su cuerpo había sido consagrado el día del bautismo; si su corazón es profanado, con amores y deseos impuros, carnales, codiciosos, lascivos, vengativos, profana a Jesús, para quien ese corazón había sido consagrado como altar y sagrario suyo.
         Cuando se ven la multitud inmensa de jóvenes que profanan sus cuerpos con modas escandalosas; cuando en sus corazones resuena música indigna e indecente no ya de un cristiano sino de un ser humano, como la música cumbia, la música rock, especialmente el rock “heavy” o pesado, explícitamente satánico; cuando se ve que generaciones enteras son introducidas en el ocultismo y la brujería por sagas de películas esotéricas que pasan por “aptas para todo público”; cuando la gran mayoría de los jóvenes prefiere empapar sus cerebros en alcohol en la llamada “previa”, llenando de alcohol sus cuerpos, que son templos del Espíritu Santo; cuando esos mismos jóvenes saturan sus corazones con imágenes pornográficas, pensamientos lascivos, deseos lascivos, que hacen honor a Asmodeo, el demonio de la lujuria; cuando se piensa que a los adultos les importan más sus intereses y diversiones terrenas antes que Jesús Eucaristía, y así abandonan la misa dominical, dando pésimo ejemplo a sus hijos; cuando se piensa que los cristianos, la gran mayoría, han profanado sus cuerpos, que habían sido consagrados como templos del Espíritu, y en sus corazones, convertidos en altares de Dios para que Jesús Eucaristía sea allí adorado, está ocupado por ídolos de todos los tamaños, nombres y colores, se comprende la ira de Jesús, que no puede tolerar tamaña profanación. A estos cristianos, Jesús también les dice: “Habéis convertido mi casa de oración en una cueva de ladrones”. Guardémonos muy bien de cometer el mismo error, para no ser destinatarios de la justa ira de un Dios, cansado de tanta malicia que sale del corazón humano, y tomemos la decisión de vivir en gracia, de modo que nuestro cuerpo sea verdaderamente templo del Espíritu, y nuestro corazón, altar, sagrario y custodia de Jesús Eucaristía, y que en ese templo se escuche, no la música mundana, sino cantos de alabanza y gloria al Cordero de Dios.