viernes, 25 de marzo de 2016

Domingo de Resurrección






(Domingo de Resurrección - Ciclo C – 2016)

         “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20, 1-9). María Magdalena, que había ido de mañana temprano al sepulcro para rezar a Jesús, a quien creía muerto, ve la piedra quitada de la entrada y acude presurosa a avisar a Pedro y a Juan que el cuerpo de Jesús no está en la tumba: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. María Magdalena ve la piedra de la entrada fuera de su lugar, pero como todavía “no había entendido las Escrituras de que Él debía resucitar de entre los muertos”, piensa que Jesús está muerto y que “alguien” se ha llevado su cadáver, pues el sepulcro está vacío. Pedro y Juan, alertados por María Magdalena, corren y entran en la tumba y recién luego de ver la Sábana Santa y el sudario tirados en el suelo, “vieron y creyeron”; hasta ese entonces, ellos también, igual que María Magdalena, no buscaban a un Jesús vivo y resucitado, sino a un Jesús muerto, porque también ellos, al igual que María Magdalena, no habían entendido las Escrituras que Él debía resucitar de entre los muertos”. Tanto María Magdalena primero, como Pedro y Juan después, buscan a un Jesús muerto, pero no lo encuentran, porque Jesús ya no está más muerto, sino vivo, resucitado, glorioso, lleno de la luz y de la gloria de Dios. Buscan a un Jesús cadáver, sin vida, pero encuentran un sepulcro vacío, y la primera reacción de María Magdalena es la de seguir pensando con categorías y con razonamientos humanos, sin creer en las promesas de Jesús de que Él habría de resucitar entre los muertos. María Magdalena, pero también Pedro y Juan, a pesar de haber estado tan cerca de Jesús, no creen en sus palabras y en la promesa de su Resurrección y esa es la razón por la cual buscan a un Jesús sin vida, un Jesús cadáver. Incluso María Magdalena, al darse con la prueba de la Resurrección -el sudario y la Sábana Santa en el suelo del sepulcro-, no toma a esto como una prueba de la veracidad de las palabras de Jesús y continúa con sus razonamientos humanos: si el cadáver de Jesús no está en el sepulcro, es porque se lo han llevado, no porque Jesús haya resucitado realmente: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. La verdad de lo sucedido –Jesús ha resucitado por su propio poder y esa es la razón por la que no está en la tumba- es tan alta y grandiosa, porque se origina en el Ser divino de Dios Trino, que escapa a la mente humana que no posee la luz de la fe, y es por eso que, en vez de pensar que ha resucitado como Él lo había anticipado, piensa que “alguien” ha robado el cuerpo y es por eso que “no sabe dónde lo han puesto”. Para María Magdalena –como para Pedro y Juan, antes de entrar al sepulcro-, Jesús no ha resucitado y es por esto que el Jesús que buscan es un Jesús muerto y no vivo.
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Hoy también, en la Iglesia, muchos bautizados –incluidos sacerdotes- viven con una fe puramente humana, como la de María Magdalena, Pedro y Juan, antes de entrar en el sepulcro: muchos piensan en Jesús, pero en un Jesús muerto, sin vida, desde el momento en que sus mandamientos –amar al enemigo, bendecir al que nos maldice, perdonar setenta veces siete, amarnos los unos a los otros con el Amor con el que Él nos amó, el amor de la cruz-, no son norma de vida, ya que la gran mayoría de los cristianos vive, no según los mandamientos de Cristo, sino según su propio parecer. Esto es lo que explica, por ejemplo, que los jóvenes no se casen por la Iglesia, o que los niños abandonen la Iglesia inmediatamente después de haber “aprobado” el Catecismo de Primera Comunión y la Confirmación. Muchos buscan y creen en un Jesús muerto, no vivo y resucitado, y es por eso que las palabras, los mandamientos y los milagros de Jesús no significan nada para ellos. Estos tales repiten, aunque sin saberlo, las palabras de María Magdalena, antes de creer en la Resurrección: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. En otras palabras, como si dijeran: “Jesús está muerto y no sabemos dónde está”.
Sin embargo, los cristianos hemos recibido, en el Bautismo sacramental, el germen de la fe sobrenatural en Jesús y es por eso que, por la fe del Catecismo, no podemos decir: “Jesús está muerto y no sabemos dónde está Jesús”. Por el Catecismo de la Iglesia, sí sabemos dónde está Jesús: no está más con su Cuerpo muerto en el sepulcro, que está vacío y desocupado, sino que está, vivo, glorioso y resucitado, con su Cuerpo lleno de la vida, de la luz y de la gloria de Dios, en la Eucaristía, en el sagrario, irradiando desde allí la luz de su gloria divina. Por la fe de la Iglesia sabemos que Jesús no sólo ha resucitado del sepulcro, dejándolo vacío, sino que está, con su Cuerpo resucitado, glorioso y luminoso, en la Eucaristía. Es por esto que, iluminados por la luz que brota del sepulcro en la madrugada del Domingo de Resurrección, nosotros decimos con la Iglesia: “Sabemos dónde está el Cuerpo de Jesús resucitado: en la Eucaristía”. Y es este el mensaje que debemos dar al mundo.

jueves, 24 de marzo de 2016

Viernes Santo



(Ciclo C - 2016)

         El Viernes Santo, día de la muerte del Señor Jesús en la cruz, es el día más oscuro, más triste y más doloroso para la Iglesia Católica, porque es el día en el que las fuerzas de las tinieblas parecen haber prevalecido sobre ella, al dar muerte a su fundador. Sin Jesucristo, el Hombre-Dios, el ser humano está perdido, porque queda a merced de sus tres grandes enemigos: el Demonio, el pecado y la muerte; tres enemigos mortales que sólo buscan su destrucción, su ruina y su eterno dolor. Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote, muere en la cruz, y si los hombres, enceguecidos por el pecado, no pueden darse cuenta de que han matado a Dios Hijo encarnado, la naturaleza y el universo entero sí, y es por eso que, al morir Jesús, se produjo un eclipse del sol que “cubrió toda la tierra” (cfr. Mt 27, 45). Estas tinieblas cósmicas, que sobrevienen sobre toda la tierra al morir Jesús, son solo una figura, pálida, de otras tinieblas, mucho más densas y siniestras, porque son tinieblas vivientes, los ángeles caídos, que se abalanzan sobre los hombres a quienes ya nadie protege, porque ha muerto en cruz el Único que podía derrotarlos, Jesucristo, el Cordero de Dios. El Viernes Santo se eclipsó el sol cosmológico, el astro sol, cubriéndose la tierra de tinieblas, pero esas tinieblas son igual a nada, comparadas con las tinieblas vivientes, los ángeles apóstatas, y las tinieblas que significan el pecado y la muerte. Al morir Jesús en la Cruz, se abate sobre la humanidad el más completo terror, porque el Sumo y Eterno Sacerdote, Aquel que tenía el poder de Dios, porque era Dios, para vencer para siempre a los enemigos del hombre, ya no vive más, porque está muerto, con su Cuerpo sin vida, colgado sobre la cruz.
La Iglesia expresa este momento de triunfo aparente de las tinieblas sobre ella, con la ceremonia del Viernes Santo: por una lado, la postración del sacerdote ministerial, indica que el sacerdote, sin Cristo, cae por tierra, porque si el sacerdote tiene poder para convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Cordero, es porque participa del poder sacerdotal del Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, pero ahora, en el Viernes Santo, el Sumo y Eterno Sacerdote ha muerto, por lo que el sacerdote ministerial queda reducido a la nada, ya que por sí mismo no puede, de ninguna manera, obrar el milagro de la Transubstanciación. La postración por tierra del sacerdote ministerial significa, por lo tanto, el momento más dramático para la Iglesia Peregrina, porque su Señor ha muerto en la cruz y ya no está, y sus enemigos parecen haber triunfado sobre ella.
El otro signo dramático con el que la Iglesia llora y lamenta la muerte de su Señor, a la par que advierte al mundo de la catástrofe espiritual que eso significa, es el hecho de que en este día, es el único en todo el año en el que no se celebra la Santa Misa, por el motivo de que el sacerdote ministerial, sin la participación al poder sacerdotal de Jesucristo, no tiene poder en sí mismo para convertir el pan y el vino en la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Al no haber Sumo Sacerdote, no hay Misa, no hay Confesión sacramental, no hay sacramentos, no hay sacramentales, y la Voz de la Verdad eterna de Dios parece haber callado, por lo que la confusión reina entre los miembros de la Iglesia. Parece, el Viernes Santo, que la promesa de Jesús: “Las puertas del Infierno no prevalecerán contra mi Iglesia” (Mt 16, 18), no se ha cumplido y jamás podrá cumplirse. Todo parece humanamente perdido, por cuanto parece que hasta el mismo Dios ha sido vencido por las tinieblas, dando así razón a las palabras de Jesús al ser detenido: “Esta es la hora de las tinieblas” (cfr. Lc 22, 53).
La muerte de Cristo en la cruz nos tiene que hacer tomar conciencia, por lo tanto, acerca del poder del pecado, un poder tan grande, que es capaz de llegar al deicidio.
En el Viernes Santo, todo en la Iglesia es luto, dolor, tristeza, silencio, porque su Dueño y Señor, el Sumo y Eterno Sacerdote, el Cordero de Dios, el Hijo de Dios encarnado, el que venía a “deshacer las obras de Satanás” (cfr. 1 Jn 3, 8), ha muerto en cruz.
Pero hay alguien que da una esperanza a la Iglesia toda en medio del dolor y es la Virgen, Nuestra Señora de los Dolores, que está de pie, al lado de la cruz; a pesar de que a la Virgen le parece que muere en vida, porque ha muerto la Vida de su Corazón, la Virgen tiene esperanza porque confía en las palabras de su Hijo, que había dicho que al tercer día resucitaría, y es por eso  que, si bien su Inmaculado Corazón está triturado por el dolor, desde lo más profundo de su Corazón Purísimo, la Virgen conserva la esperanza, la serenidad e incluso hasta la alegría, porque sabe, con toda certeza, que su Hijo es Dios y que Él, cumpliendo su Palabra, vencerá a la muerte, al Demonio y al pecado, al surgir triunfante, glorioso y resucitado del sepulcro.

Pero mientras tanto, hasta que se cumpla el tiempo fijado para la Resurrección, la Virgen llora por la muerte del Hijo de su Amor, y también la Iglesia llora y hace duelo con María, al pie de la cruz, porque ha muerto el Redentor. 

Jueves Santo


Jesús lava los pies a sus discípulos.
(Jacopo Tintoretto)


 (Ciclo C - 2016)

“Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1-15). Jesús, en su omnisciencia divina sabe, el Jueves Santo, que ha llegado “la hora de pasar de este mundo al Padre”; sabe que ha llegado la hora de su dolorosa Pasión; sabe que ha llegado la hora de la Cruz. Jesús sabe, porque es Dios, lo que habrá de ocurrirle; sabe que será traicionado, vendido por dinero, flagelado, coronado de espinas y crucificado; sabe que le espera una Pasión dolorosísima, porque siendo Él Inocente, cargará con todos nuestros pecados y se interpondrá entre nosotros y la Justicia Divina, para recibir sobre sí los castigos que merecíamos todos y cada uno de nosotros, para lavar nuestros pecados con su Sangre y para concedernos la filiación divina y la vida eterna.
Jesús sabe todo esto, sabe que habrá de sufrir todos los dolores y las muertes de todos los hombres de todos los tiempos, en su cuerpo y en su espíritu, para poder redimir a toda la humanidad y para poder expiar todos los pecados. Y es en este momento, el momento dramático de la Pasión, en donde se revela el motor que lo impulsa, desde lo más profundo de su Ser divino trinitario, a sufrir la Pasión por nuestra salvación, y es el Amor de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo: “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin”. Es por Amor que Jesús, siendo Dios Eterno, engendrado desde la eternidad por el Padre, se encarnó; es por Amor que vivió su vida oculta; es por Amor que predicó e hizo milagros públicamente, anunciando la Buena Noticia; es por Amor que acepta voluntaria y libremente sufrir cruel muerte de cruz para salvarnos; es por Amor que ahora, en la Última Cena, emprende la última fase de su misterio pascual, la Pascua, el Paso, que lo hará pasar de esta vida a la otra, y es el Amor el que lo impulsa y lo mueve, de tal manera, que lo lleva a “amar a los suyos hasta el fin”: “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin”. Es el Amor, que arde con Fuego divino en su Corazón, el que lo lleva a “amar a los suyos hasta el fin”, es decir, hasta la muerte de cruz. Es por eso que todo lo que Jesús haga en la Última Cena, está motivado, impulsado y motorizado por el Divino Amor y no hay nada de todo lo que Jesús hace en la Última Cena, que no sea a causa del Divino Amor: “(…) habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin”.
Todo lo que hace Jesús en la Última Cena, lo hace por Amor: es por Amor que parte al Padre, para “prepararnos una mansión” (cfr. Jn 14, 2) en el Reino de los cielos, para cada uno de nosotros; es por Amor que se humilla hasta lo inimaginable –Él, siendo Dios Hijo encarnado y por lo tanto, Dios de majestad infinita-, realizando una tarea propia de esclavos, como la de lavar los pies, y lo hace para pedirnos a todos que encaminemos nuestros pasos por el Camino Real de la Cruz, que lleva a la salvación y que evitemos el camino ancho y espacioso, sin cruz, que lleva a la eterna condenación-; es por Amor que confía a su Iglesia -nosotros, el Pueblo de la Nueva Alianza- la celebración, hasta el fin de los tiempos, hasta el Día del Juicio Final, del memorial de su muerte y resurrección, es decir, la Santa Misa, representación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, y para que cumplamos lo que nos pide es que instituye el Sacramento del Orden –por el cual los sacerdotes ministeriales participarán de su Sacerdocio, el Sacerdocio suyo, que es el Sumo y Eterno Sacerdote- e instituye también la Eucaristía, el Santísimo Sacramento del Altar, Sacramento por el cual Él habría de permanecer en medio de nosotros, su Iglesia, “hasta el fin de los tiempos” (cfr. Mt 28, 20); Sacramento por el cual habría de darnos no solo fortaleza para sobrellevar las tribulaciones de la vida, sino su mismo Sagrado Corazón, vivo, palpitante, glorioso y resucitado y lleno del Divino Amor, el Espíritu Santo.

 “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin”. Por Amor, Jesús se humilla, lavando los pies a sus Apóstoles –incluido Judas Iscariote, el traidor-; es por Amor que nos deja la Santa Misa, el Sacerdocio ministerial y la Eucaristía; es por Amor que sufre la Pasión, para salvarnos. Por lo tanto, también es por Amor –el Amor del Sagrado Corazón, no nuestro amor humano, pequeño, mezquino y egoísta- y en acción de gracias, que debemos imitar a Jesucristo en su humillación –se humilló en la obediencia, hasta la muerte de cruz- y en su Pasión, cargando la cruz de cada día y siguiéndolo por el Via Crucis, pidiendo la gracia de participar de su Pasión mediante los sufrimientos y tribulaciones que acarrea la vida, para que de esta manera, a través de nuestras vidas, unidas a su vida y sacrificio en cruz, se manifieste a los hombres aquello que Jesús ha realizado para nosotros al precio de su Sangre, la eterna salvación.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Miércoles Santo


“Voy a celebrar la Pascua en tu casa” (Mt 26, 14-25). Siendo Jesús el Hombre-Dios y, por lo tanto, el Dueño del universo, no tiene sin embargo una casa propia y es por ese motivo que envía a sus discípulos a la casa de un hombre anónimo, pero amigo suyo, que posee una casa y una habitación adecuada para celebrar la Pascua: “Voy a celebrar la Pascua en tu casa”. El Evangelio, y tampoco luego la Tradición, dicen nada acerca de este amigo de Jesús, que presta gustoso su casa para que allí Jesús celebre, en el Cenáculo, la Última Cena, pero aunque no digan nada de él, Jesús sí lo conoce y tiene tanta confianza en esta persona, que decide allí celebrar la Pascua de la Nueva Alianza, la Última Cena, la Primera Misa. Jesús confía tanto en esta persona –sabe que esta persona no solo no lo traicionará, denunciándolo a los fariseos o a los romanos, sino que le dará lo mejor que tiene para Él y sus Apóstoles-, que envía a sus discípulos con el mensaje de que ponga a punto el Cenáculo: “Voy a celebrar la Pascua en tu casa”. Esta persona anónima, desconocida para los hombres pero conocida para el Hombre-Dios, tiene un cierto grado de riqueza, porque tener una casa y además una casa con dos plantas, como en la que se llevó a cabo la Última Cena, era indicativo de que esa persona tenía un buen pasar económico y que ponía todo ese buen pasar a disposición del Señor. Allí, en la casa de esta persona, en el lugar más íntimo y reservado de la casa, en el lugar mejor preparado, Jesús quiere celebrar su Pascua; allí, en la casa de esta persona, Jesús quiere comer la Cena Pascual: carne de cordero, pan sin levadura, vino. Allí quiere pasar Jesús las últimas horas, antes de comenzar su dolorosa Pasión; allí quiere dejar el testamento de su Amor, la Eucaristía, el Sacerdocio ministerial y el Mandato nuevo de la caridad, que los hombres “nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado” (cfr. Jn 13, 23), es decir, hasta el fin, hasta la muerte de cruz.
“Voy a celebrar la Pascua en tu casa”. La casa es símbolo del alma y del corazón del hombre, y es por eso que también hoy Jesús nos repite, a cada uno de nosotros: “Voy a celebrar la Pascua en tu casa”. Jesús quiere entrar en nuestra casa, en nuestra alma, para celebrar la Pascua de la Alianza Nueva y Eterna en lo más íntimo y profundo de nuestro ser, en nuestro corazón. Jesús quiere que abramos nuestros corazones, para que lo dispongamos como el Cenáculo, por medio de la gracia, para que Él entre en nuestros corazones por la Comunión Eucarística y así Él cene con nosotros y nosotros con Él: “He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Jesús quiere que dispongamos nuestros corazones, como el Cenáculo de la Última Cena para allí celebrar su Pascua, pero nosotros los que preparamos la mesa, sino que es Jesús quien dispone nuestros corazones por su gracia y es Él quien nos convida el manjar, el banquete substancioso y delicioso de la Pascua de la Nueva Alianza: Jesús nos da a comer el manjar exquisito de la Nueva Alianza: la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo, su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía; el Pan Vivo bajado del cielo, su Cuerpo inhabitado por el Espíritu Santo; el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, su Sangre derramada en el altar de la cruz y vertida en el cáliz eucarístico.

 “Voy a celebrar la Pascua en tu casa”. Jesús en la Eucaristía está “a las puertas” de nuestros corazones y quiere entrar en ellos para cenar con nosotros, para celebrar con nosotros la Pascua de la Nueva y definitiva Alianza, para convidarnos el Banquete celestial, su Cuerpo glorioso y resucitado en el Santísimo Sacramento del Altar. Dispongamos nuestros corazones por medio de la gracia santificante, para unirnos a Jesús en el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, anticipo en la tierra de la bienaventuranza eterna.

martes, 22 de marzo de 2016

Martes Santo


(Ciclo C - 2016)

         “Cuando Judas tomó el bocado (…) Satanás entró en él (…) Judas salió (y) afuera era de noche” (Jn 13, 21-33. 36-38). No hay, en todo el Evangelio, una descripción más exacta y precisa de una posesión demoníaca, que la que el evangelista Juan hace de Judas Iscariote: “Cuando Judas tomó el bocado (…) Satanás entró en él (…) Judas salió (y) afuera era de noche”. Judas Iscariote representa la anti-comunión con el Hombre-Dios, lo exacto opuesto a lo que debe hacer un hombre si desea salvar su alma. Judas comulga con Satanás y no con Jesucristo; lo que caracteriza a Judas es la mentira, el engaño, la envidia, el deseo de enriquecerse, todo lo contrario y lo opuesto al Amor de Dios, expresado en los Mandamientos. En vez de desear cumplir los Mandamientos de Dios, Judas cumple los mandamientos de Satanás; en recompensa, el Demonio, “Padre de la mentira” (),  “premia” la devoción de Judas por él, “entrando” en Judas, convirtiendo a su cuerpo y su alma en posesión de las tinieblas. El Evangelio relata que, cuando Judas “tomó el bocado”, “Satanás entró en él”. Se trata de la anti-comunión eucarística: no se comulga el Pan del cielo, sino un alimento terreno, como símbolo de las pasiones sin el control de la razón; en Judas no hay amor a Jesucristo, que es lo que se necesita para poder comulgar, sino odio al Hombre-Dios, que es a su vez lo mismo que posee el Ángel caído; Judas prefiere escuchar el tintineo metálico del dinero mal habido, antes que escuchar los latidos del Sagrado Corazón de Jesús y, finalmente, consigue lo que quiere: apartarse de Jesús, “Luz de Luz”, para habitar en las tinieblas, ya que esto es lo que dice el Evangelio: “Judas salió y afuera era de noche”. Judas no solo sale del Cenáculo a una hora en la que ya está todo oscuro: además, Judas sale de la comunión con Cristo, Luz de Luz eterna, para entrar en comunión con las tinieblas vivientes, el Demonio y sus ángeles. La oscuridad cosmológica –“afuera era de noche”- es un símbolo de las sombras vivientes, los ángeles apóstatas.
         Si en el Evangelio se describe la traición de Judas, se revela también, de forma anticipada y por medio de las palabras de Jesús, otra traición, esta vez a manos de Pedro: el Vicario de Cristo afirma que “dará su vida” por su Maestro pero Jesús, que es Dios, sabe que Pedro lo traicionará, aunque a diferencia de Judas Iscariote, Pedro se lamentará amargamente por esta traición y se reivindicará más tarde, dando efectivamente su vida en testimonio de Jesús.
         Por fin, el último Apóstol descrito en este Evangelio es Juan Evangelista, que representa el modelo perfecto del alma que comulga con Jesús: es la antítesis de Judas, porque si Judas traiciona a Cristo porque prefiere escuchar el sonido metálico del dinero antes que los latidos del Sagrado Corazón, el Apóstol Juan, por el contrario, “se recuesta en el pecho del Sagrado Corazón” para escuchar sus latidos, los latidos de Amor y dolor del Hombre-Dios.

         Frente a la traición de Judas y a la futura traición de Pedro, la fidelidad y el amor de San Juan Apóstol, en quien están representadas las almas que abrazan la cruz, proporcionan consuelo a Jesús, en medio de la Gran Tribulación de la Pasión que ya está iniciando.

lunes, 21 de marzo de 2016

Lunes Santo


María unge los pies de Jesús con un perfume de nardo puro.

         Seis días antes de la Pascua y de su Pasión, Jesús acude a casa de sus amigos María, Marta y Lázaro (cfr. Jn 12, 1-11). Una vez allí, María realiza un gesto cuyo significado sobrenatural lo dará Jesús: rompe un frasco de “perfume de nardo puro, de mucho precio” y unge con él los pies de Jesús. Judas Iscariote se escandaliza falsamente, argumentando que debía haberse vendido el perfume para dar el dinero a los pobres, pero su escándalo es falso y su intención también, ya que según el Evangelio, lo que pretendía no era la atención de los pobres, sino el dinero: “porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella”. Lejos de reprochar el gesto de María, Jesús lo aprueba, al tiempo que revela su significado sobrenatural: al ungir sus pies con perfume, María anticipa la unción con bálsamos que según la usanza judía, recibirá su Cuerpo cuando ya muerto, descanse en el sepulcro luego de su Pasión. En efecto, Jesús le contesta personalmente a Judas Iscariote: “Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura”. La falsa solicitud de Judas Iscariote queda al descubierto por el mismo Jesús, quien no solo no reprocha a María el haber gastado un perfume tan costoso, sino que justifica su gasto, aprobando el gesto que anticipa y revela, aunque veladamente, su muerte en cruz. Aun siendo costoso, el perfume de nardo puro derramado por María no es, de ninguna manera, un derroche o una falta contra la pobreza cristiana, porque es utilizado en Jesucristo, para anunciar una verdad de su misterio pascual. Análogamente, no vale entonces el argumento de que lo que es costoso no debe usarse en la Iglesia –por ejemplo, ornamentos litúrgicos, cálices, copones, etc.-, desde el momento en que Aquel a quien se homenajea no es un hombre, sino Dios encarnado, Jesucristo.

Pero además de anunciar la inminente muerte de Jesús y de honrar anticipadamente esta muerte salvífica, el perfume de nardo, costoso y exquisito, tiene otro significado: es símbolo del “buen olor de Jesús” (2 Cor 2, 15), su gracia santificante, con la cual es ungida el alma muerta por el pecado -y por lo tanto en estado de descomposición espiritual-, para recibir la participación en la vida divina. Y así como, luego de derramar María el perfume sobre Jesús “la casa se llenó del perfume”, así la “casa del hombre”, su alma, cuando recibe en ella al Hijo de Dios, se llena del perfume de la gracia santificante. Es decir, Jesús inicia la Semana Santa, semana en la que morirá de muerte cruel en la cruz para que nuestra casa -nuestra alma- no solo no posea el hedor del pecado, sino que se “llene del perfume de su gracia”, conseguida al precio de su Vida entregada en el sacrificio del Calvario.

viernes, 18 de marzo de 2016

Domingo de Ramos


(Domingo de Ramos - Ciclo C – 2016)

         Días antes de su Pasión, Jesús es recibido triunfalmente en Jerusalén: montado en una cría de asno, Jesús es aclamado por los habitantes de Jerusalén, quienes exultan de gozo y de alegría ante su Presencia, dándole títulos mesiánicos como “Hijo de David”, extendiendo mantos a modo de alfombra, agitando palmas y entonando cánticos de triunfo, de gozo, de alegría (cfr. Lc 22, 7. 14-23. 56). Todos, sin excepción, han recibido algún milagro de Jesús, y es por eso que, jubilosos, lo reconocen como al Mesías. Sin embargo, esta misma multitud, que lo recibe a su ingreso a Jerusalén de modo triunfal, es la misma multitud que, días después, lo acusará injustamente de proclamarse Dios, lo condenará a muerte, pidiendo que “su Sangre caiga” sobre ellos (cfr. Mt 27, 25), lo coronará de espinas, lo flagelará, y finalmente, lo crucificará, luego de hacerle pasar una dolorosísima y cruenta agonía. El Viernes Santo, la multitud parecerá haber sufrido una profunda amnesia, que les hace olvidar todos los beneficios de Jesús, al tiempo que la alegría por su Presencia, es reemplazada por un odio deicida que no se explica por meras pasiones humanas. La misma multitud que el Domingo lo hosanna, es la misma multitud que el Viernes Santo lo maldice y lo crucifica. Es decir, mientras el Domingo de Ramos la multitud lo recibe jubilosa en su ingreso a Jerusalén, el Viernes Santo, por el contrario, expulsará a Jesús de la Ciudad Santa, para conducirlo al Monte Calvario y darle muerte por medio de la muerte más dolorosa, cruenta y humillante jamás inventada por la malicia del hombre, la crucifixión.
         ¿A qué se debe este cambio radical en el ánimo de los habitantes de Jerusalén?
         Para responder a esta pregunta, debemos considerar que en las escenas evangélicas están representadas realidades espirituales. Así, la Ciudad Santa de Jerusalén, representa al alma, santificada por la gracia de Jesús: sus habitantes, que reciben jubilosos a Jesús abriéndole de par en par las puertas de la ciudad, que lo aclaman como al Mesías, que recuerdan los prodigios y milagros que para ellos realizó, es el alma que, por la gracia, reconoce en Jesús al Salvador de los hombres y que le abre las puertas de su corazón, entronizándolo como a su Rey.
         Por el contrario, la multitud que desconoce a Jesús el Viernes Santo, que pide su muerte, que pide su sangre, que lo corona de espinas, lo flagela, lo insulta y lo crucifica, es esa misma alma que, enceguecida por el pecado, expulsa a Jesús de su corazón y lo crucifica con la malicia del pecado. La Ciudad Santa que expulsa a Jesús el Viernes Santo, es el alma en pecado, sobre todo en pecado mortal, que quita a Jesús el lugar merecido que en ella tenía, y no lo reconoce más como a su Rey y Salvador.
         Los integrantes de la multitud, por lo tanto, somos nosotros, los cristianos, que hemos recibido todos, sin excepción alguna, dones inimaginables, comenzando por el bautismo, siguiendo luego por la Comunión Eucarística y la Confirmación, sin contar con todos los otros beneficios de todo tipo, materiales y espirituales, naturales y sobrenaturales, cuya sola enumeración llevaría horas y horas. Esos habitantes de Jerusalén que expulsan a Jesús somos los cristianos cuando nos dejamos seducir por las tentaciones del mundo y caemos en el pecado, expulsando así a Jesús de nuestros corazones y crucificándolo, toda vez que cometemos un pecado, sobre todo, el pecado mortal.

         Al hacer memoria litúrgica del Domingo de Ramos los cristianos debemos ser conscientes de que las hosannas, los cantos de alabanza y el reconocimiento de Jesús como nuestro Rey, Mesías y Salvador, es obra de la gracia, y que el desconocimiento de Jesús, su condena y su crucifixión, son obra de nuestra libertad, de nuestro corazón y de nuestras manos, toda vez que consentimos a la tentación y caemos en el pecado. Tengamos siempre presente estas dos escenas evangélicas, la del ingreso triunfal en Jerusalén el Domingo de Ramos, y la expulsión para darle muerte cruel el Viernes Santo, para que seamos capaces de preferir la muerte terrena antes que expulsar de nuestros corazones, por causa del pecado, a Nuestro Rey, Jesucristo, el Hombre-Dios.